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Testimonios

Un amigo me violó

A la mañana siguiente desperté completamente desnuda al lado de él, me dolía todo el cuerpo, principalmente el área genital, las piernas y el abdomen. Le desperté y le pregunté qué había pasado. Me miró despectivamente y se rio.

por Natalia Fang
15 Mayo 2015, 9:22am

Ilustración por la autora

"Un coche con tres chicos blancos, típicos barriobajeros de las afueras en esa época, cervezas, porros... Hablan de Renaud, el cantante. [...] Como llevamos minifalda, como tenemos una el pelo verde y la otra naranja, sin duda, 'follamos como perras', así que la violación que se está cometiendo no es tal cosa. Como en la mayoría de las violaciones, imagino. Imagino que, después, ninguno de esos tres tipos se identifica como violador. Puesto que lo que han hecho es otra cosa. Tres con un fusil contra dos chicas a las que han pegado hasta hacerles sangrar: no es una violación. La prueba: si verdaderamente hubiéramos querido que no nos violaran, habríamos preferido morir, o habríamos conseguido matarlos. Desde el punto de vista de los agresores, se las arreglan para creer que si ellas sobreviven es que la cosa no les disgustaba tanto".
Teoría King Kong, Virginie Despentes

Gilberto (no es su nombre real) y yo nos conocimos en el ambiente laboral. No trabajábamos para la misma empresa pero sí en el mismo medio. Intercambiamos redes sociales y números desde el principio y formábamos parte del mismo círculo. Coincidíamos en eventos de trabajo al menos una vez a la semana y llevábamos una relación "de amigos".

Hace dos años me lo encontré en una convención que se celebraba fuera de la Ciudad de México, donde vivo. No iba ninguno de mis amigos cercanos y procuré estar cerca de él para no quedarme sola durante las actividades programadas. Me dio la impresión de que había atracción entre nosotros, aunque ninguno quería demostrarlo de forma muy obvia. Una noche salimos en grupo a una cantina. Empezaron a pedir rondas de mezcal con su respectiva cerveza, y después de tomarme la primera, le dije a Gilberto que acabaría hecha un trapo si seguía bebiendo de esa forma. Él me dijo que no me preocupara, que podía confiar en él y que cuidaría de mí. Tal vez fue un error creer en alguien que no conocía en profundidad y cederle la supervisión de mi integridad física como si fuera una nimiedad. A medida que avanzó la noche, él me pedía más y más mezcales. Decliné algunos y otros los tomé. También pedí un refresco y agua, según yo para aminorar los efectos del alcohol, pero fue muy tonto de mi parte creer que podría controlar la borrachera que se aproximaba. Él también bebió, pero en menor cantidad y a un ritmo más lento. Ebria yo y envalentonado él, me tomó de la mano y nos besamos frente a todos los asistentes. Aparentemente, el ligue era oficial. Un par de horas después de haber llegado a la cantina, el grupo decidió moverse al bar del hotel. Ahí comienza a distorsionarse mi memoria.

Gilberto, otra persona y yo fuimos a un colmado y recuerdo que compró condones. No habíamos hablado del tema, pero supongo que dio por hecho que tendríamos relaciones sexuales. No dije ni hice nada y para entonces ya comenzaba a tambalearme y a arrastrar las palabras.

En el hotel, unos se quedaron a apartar un área grande del bar mientras que otros subimos a una de las habitaciones. Alguien sacó una pipa con marihuana, le di una calada y Gilberto también. La pipa dio otra vuelta. Ya no quise fumar y él tampoco. Bajamos donde estaban los demás y ahí terminan mis recuerdos de esa noche. La combinación de sustancias provocó un cortocircuito en mi cerebro.

Si habéis sufrido lagunas mentales, sabéis lo aterradoras que pueden ser. A la mañana siguiente desperté completamente desnuda al lado de Gilberto, que tenía puesta una camiseta y unos boxers. Me dolía todo el cuerpo, principalmente el área genital, las piernas y el abdomen. También me dolía la cabeza y tenía una punzada en el estómago de que algo andaba mal. Desperté a Gilberto y le pregunté qué había pasado. Me miró despectivamente y se rio.

—¿Cómo que qué pasó? Lo que todos sabían que iba a pasar, lo que tú querías que pasara. Follamos y punto. ¿No te acuerdas?— preguntó.

—No, Gilberto, ayer estaba supermal, no me acuerdo de nada.

—Pues yo no te vi tan mal.

—Estaba borrachísima... ¿Usaste condón?

—Sí, ahí está, en el suelo. No montes un drama.

Me dio la espalda y siguió durmiendo. Claro que quería seguir preguntándole cosas, detalles, quería saber por qué había tomado la decisión por los dos cuando yo, claramente, no estaba en una posición consciente para elegir nada. Pero no lo hice. Comencé a asustarme y a querer salir de ahí lo antes posible. Vi el condón tirado, pero no lo toqué. Recogí mi ropa, me vestí en el baño y al verme en el espejo, noté que tenía una cortada en el labio inferior, que estaba hinchado, además de un moretón considerablemente grande en la misma zona del rostro. Me revisé todo el cuerpo, tenía moretones y rozaduras por todas partes, señales de que me había tratado con gran brusquedad.

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Llegué a mi habitación del hotel totalmente histérica. La punzada en el estómago se hacía cada vez más intensa y dos voces luchaban en mi cabeza por ser escuchadas. "Ese cabrón abusó de ti", decía una, mientras que la otra, la más agresiva, la que odio y me hace sentirme como una mierda la mayor parte del tiempo, me dijo con frialdad: "Él tiene razón, no te hagas la tonta. Tú querías, solo que no te acuerdas, todo esto es tu culpa, así que no te quejes. Todos os vieron besándoos, ¿crees que alguien se va a poner de tu lado, golfita? No eres más que una borracha, una puta, una vagina. Esto es lo que te mereces".

Pasé horas bajo la ducha y escuchando a las voces. No supe qué hacer. Evité ver a Gilberto durante el día, pero a la mañana siguiente tendríamos que coincidir en las actividades de la convención, forzosamente. Incluso hoy me cuesta trabajo entender mi comportamiento, pero en terapia me han explicado, una y otra vez, que fue como un pequeño síndrome de Estocolmo. Me quedo cerca de mi agresor para que no me haga más daño. Me porto como si nada hubiera pasado para guardar las apariencias y proteger mi maltrecha dignidad ante los demás.

Cuando llegué con los compañeros, todos sabían lo que había sucedido, o al menos la versión que Gilberto les había contado. Bien maquillada y con el labio menos inflamado, traté de investigar con disimulo lo que ellos habían visto esa noche. Básicamente, después de haber fumado, bajé arrastrándome al hall, por lo que él, muy amablemente, me llevó a su habitación para evitarme el ridículo. Una compañera de trabajo, que tenía la habitación contigua, me dijo que oyó gritos y golpes secos, ante las risas de todos, que me guiñaron el ojo y se dedicaron a bromear sobre lo intensa que había sido la noche. Me entraron ganas de llorar, pero me aguanté. Gilberto apareció y se portó como si fuera mi novio. Yo no hice nada al respecto. Me preguntó por qué había desaparecido el día anterior, y me dijo que esa noche tenían planeada una nueva ronda de cantinas. Rechacé la invitación, y concentrada en saber más de lo que había pasado, le dije que si podíamos ir a su habitación después del desayuno. Minutos después estábamos en esa asquerosa habitación, y después de cerrar la puerta, él se empezó a desnudar con desesperación. Lo observé desconectada de mi cuerpo, me sentía como una tercera persona ajena a la situación. Como si fuera una película. Se acercó a mí y con una facilidad dolorosa, cargó sobre mí y me tiró contra la cama para intentar quitarme la ropa. Ahí me di cuenta de lo sencillo que había resultado aprovecharse de la situación, si yo no estaba en posibilidades de defenderme, de salir corriendo, de decir con firmeza "no". Cuando sus manos toscas me tiraban de la blusa y el pantalón, volví en mí, le dije que había cambiado de opinión y que tenía que irme. Él se molestó, y del puro enfado, soltó un dato importante:

—¿Sabías que ese día acabaste como muerta? Ni siquiera te movías, estabas inconsciente. Pero a mí me apetecía correrme y seguí.

Salí corriendo de ahí y procuré evitarlo el resto del evento.

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Volví a mi casa en el DF y caí en una profunda depresión e incluso me sentí responsable por haber confiado en un simple conocido. Pero también sabía que nunca, en mis años de borracheras y porros, había tenido relaciones sexuales casuales, ni se me había violentado de esa manera. Cuando se lo conté a un par de amigas muy cercanas, me sorprendí cuando cuestionaron mi manera de actuar:

—Pero es que si abusó de ti, ¿por qué le seguiste hablando los días siguientes? ¿Por qué volviste a su habitación? Yo te creo porque soy tu amiga, pero no sé, tu forma de actuar fue rara— dijo.

Aquella conversación me desmotivó por completo. Yo sabía que ese individuo había abusado de mí pero no me sentía digna de hacer ninguna reclamación, de tomar acciones legales ni de llamarlo una violación. La culpa se comió a la responsabilidad, y me sentía tan vulnerable, expuesta y juzgada, que preferí evitar a la justicia.

Así como a alguien bajo los efectos del alcohol no se le permite conducir o cerrar tratos importantes, entre otras cosas, porque no está en condiciones de tomar una decisión cabal, tampoco está permitido tener relaciones sexuales con una persona que no está en plenas facultades porque eso la pone en una situación de desventaja. Tampoco es válido, si tienes un mínimo de decencia y humanidad, tocar, restregarte o penetrar a una persona que está prácticamente inconsciente. No importa si se acordó algo antes de que perdiera la conciencia. No lo hagas. Déjala en paz y quita tus asquerosas manos de encima. No uses su cuerpo como un receptáculo de semen, porque no está bien, ¿de verdad hace falta explicarlo?

A las pocas semanas de lo sucedido, el horror se multiplicó a niveles insospechados. Me había quedado embarazada. Busqué como loca a Gilberto, que no contestaba a mis mensajes, llamadas ni whatsapps.

Tomé la decisión de abortar y me siento en extremo privilegiada de haber tenido la libertad de hacerlo en un ambiente seguro y fiable. No imagino la vida con la obligación de mantener dentro de mí a ese óvulo fecundado en una noche tan horrorosa. Tras una charla con la psicóloga de la clínica, el pago de 2.500 pesos y el apoyo moral de tres amigas, se concretó la interrupción legal de mi embarazo. También me hicieron análisis para comprobar que no tuviera enfermedades de transmisión sexual y afortunadamente, todo estaba en orden en ese aspecto.

Como tenía pocas semanas, el procedimiento fue con pastillas y la cena del 25 de diciembre la pasé entre la alegre conversación con mi familia, que no supo nada del asunto, y un profuso sangrado.

Seguí buscando a Gilberto con insistencia. Quería verlo cara a cara, mostrarle los análisis, decirle que era un ser humano despreciable y que no tenía derecho a hacer lo que hizo. Estuvo desaparecido durante semanas, hasta que un día, me envió un mensaje que solo me provocó una amarga risa.

"Natalia, perdón que no te haya contestado, es que estoy metido en un follón. Una tía me está buscando porque dice que soy el padre de su hijo y me quiere hacer una prueba de ADN. Luego te llamo".

Después de haberme hecho cargo de la situación, quise olvidar el asunto y bloquearlo de mi mente cuanto antes. No pensar en él nunca más. Borré a Gilberto de todas mis redes sociales, le pedí a los amigos que tenemos en común que nunca lo volvieran a mencionar y consideré seriamente un cambio de trabajo para no encontrármelo. Durante un año dejé de beber alcohol y preferí encerrarme en mi casa a fumar marihuana, mi sedante más efectivo.

Tiempo después comencé a hablar de lo sucedido y a trabajarlo en terapia intensiva. A día de hoy, no siento que me lo haya perdonado. Tampoco he perdonado a ese abusador de mierda. Este evento, de terribles consecuencias, me provocó un nuevo pensamiento obsesivo, que consistía en una combinación de "Tú tuviste la culpa", "te lo mereces" y "no vales nada, zorra de mierda".

Desarrollé un síndrome de estrés postraumático que me hace estar superalerta en todo momento, en especial cuando hay más hombres que mujeres a mi alrededor. También cuento, de manera automática, el número de hombres que hay en el vagón del metro, en el autobús, en el médico o en el súper. Comienzo a planear rutas de escape de cualquier lugar. Me mantengo cerca de la palanca de emergencia o de la salida por si tengo que huir. Siempre que sea posible viajaré en el vagón de mujeres, y cuando tengo que usar el vagón mixto, siento que mi cuerpo hormiguea, arde y se quema si lo roza un hombre. No aguanto muchas estaciones bajo estas circunstancias sin que me den ataques de pánico. También evito usar auriculares en la calle y procuro siempre tener un objeto afilado en la mano. Sufro pesadillas horribles y explícitas en las que me violan, golpean, estrangulan o introducen objetos punzantes en la vagina.

Otro aspecto de mi vida que se vio afectado tras el abuso fue, por supuesto, mi vida sexual. Actualmente me es imposible disfrutar del sexo como un momento de intimidad. Puedo tener relaciones pero me desconecto inmediatamente y mi mente se va a otro lugar, piensa en todo menos en lo que está sucediendo. No siento nada, estoy ida. A veces me viene un pensamiento que me desagrada: que solo sirvo para eso, que soy como una muñeca hinchable, que mi papel es complacer a los hombres sin que yo tenga derecho a la misma satisfacción. Es injusto y duele, es un rol que no estoy dispuesta a desempeñar y trabajo duro para erradicarlo.

No suena muy bien, pero ha mejorado con el tiempo.

Una de mis terapeutas favoritas me repite la frase: "A veces no sabemos por qué hacemos las cosas. No te castigues más". Sé que me he visto envuelta en situaciones terribles pero he aprendido de ellas. Y lo mejor que puedo hacer ahora es mantenerme sobria, no cederle a nadie la responsabilidad de velar por mi integridad física y tener la seguridad que si algún día estoy en una situación de peligro, voy a pelear con todas mis fuerzas para defenderme.

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