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especial ficción 2012

Mis queridas profesionales

"Ser prostituta mexicana no era lo que yo tenía en mente". Era de Georgia, y sólo por su acento ya daban ganas de follársela
14.8.12

"Ser prostituta mexicana no era lo que yo tenía en mente”, dijo desde encima de mí, su cabello envolviéndonos a los dos como una red mosquitera o una sábana de seda negra con que nos hubiéramos cubierto las cabezas. Su aliento olía a cerveza, cocaína y cobre. “Pero llevo unos tres años trabajando en México. Llegué haciendo autoestop desde Argentina. Podría decirse que fui bailando costa arriba”. Se rió.

Era de Georgia, y sólo por su acento ya daban ganas de follársela. Una lástima, pasaba inadvertido entre su clientela mexicana. Estábamos a 80 kilómetros al este de Puerto Vallarta, en un pueblo consistente únicamente en el prostíbulo, tres bares y una maquiladora cercana en la que se fabricaban muebles de alta calidad. Había mesas y sillas con diseños “escandinavos contemporáneos” en los bares, y la sala de baile del lugar, donde las mujeres hacían su striptease antes de llevarse a un cliente, parecía un IKEA pero con blancos muros de piedra sin mortero, tenues luces rojas, azules y verdes y cinco bolas de espejos colgando a baja altura. También era casi tan grande como un IKEA, y debían haber unos 300 hombres borrachos allí: sábado por la noche. No vi a otros americanos ni europeos. Tuve que soltar 100 dólares a cada uno de los gorilas de la puerta para poder conseguir a esta mujer antes de que la horda de clientes agitara sus billetes en el aire, esperándola tras su breve baile en el escenario. Era uno de los mejores activos del local.

“Nunca dices nada”, me dijo. Le gustaba hablar mientras follaba, algo inusual en una prostituta. “Sólo haces preguntas”.

Hay prostitutas a las que les gusta bromear durante el sexo, y eso me parece mal: no te conocen lo suficiente para eso.

Regresé para verla seis noches seguidas, y en cada ocasión me quedé la noche completa, 300 dólares en aquellos tiempos: una ganga para estándares americanos, pero escandaloso para un prostíbulo mexicano que no era para turistas. Entre cerveza y coca me dejé casi 2.500 dólares en aquel burdel. Después de la segunda noche ya no tenía que darle propina a los matones. Ella me había pedido que viniera más tarde para así poder atender sus asuntos habituales antes de que yo llegara, pero yo siempre llegaba temprano y la observaba.

Nunca antes, como tampoco después, había visto a una mujer con la que me iba a acostar llevarse a otros hombres, muchos hombres, para tener sexo con ellos antes de hacerlo conmigo. No tiene esa chispa erótica que cabría imaginar. Aunque soy un amante celoso, no me provocaba celos. Pero sí quería matar a cada hombre de ojos somnolientos que bajaba las escaleras y se arrastraba, o tambaleaba, hasta la salida o de regreso a una mesa, con sus amigos. Todas las mujeres en mi vida, excepto tres, habían follado con otros hombres antes de hacerlo conmigo: ¿Qué más daba si sucedía frente a mí, y todo en una sola noche? Sus amigos se reían, pero estos hombres no reían con ellos como hombres que volvían de estar con otra mujer. Entendía su tranquilidad y saciedad; sabía, al contrario que sus amigos, que no querían que nadie más los tocara —ni siquiera una amistosa palmada de borracho en la espalda— durante una hora o dos. No lograba comprender cómo algunos hombres podían después pasar el resto de la noche con sus esposas. No es que te sintieras sucio. Una vez oí a un amigo frotarse bajo el agua hirviendo durante 15 minutos después de visitar el Peppermint en Bangkok: su piel enrojecida cuando salió, envuelto en su toalla blanca, del baño cubierto de vapor, como la espalda de Meryl Streep después de que la frotaran con cepillos de acero en Silkwood, todavía hace que me rasque las cejas. El sexo era muy bueno, como era de esperar, pero convencional. No era el sexo, ni su cuerpo: aunque sus pechos no cabían del todo en mis manos, y sus areolas, rosas como tulipanes, tenían un diámetro de más de cinco centímetros, y un hoyuelo en cada pezón. Era esbelta y con curvas anchas, y le gustaba que le agarrases el culo desde abajo con ambas manos. No estaba depilada. Me sorprendía que no disfrutara, y que no permitiera nada rudo. Tenía el cuerpo curvilíneo de una campesina americana.

Cuando le confesé varios de mis pecados, acostados en la cama, hablando y mirando las enormes arañas que cazaban o se escondían en las esquinas y los intersticios entre las piedras, me dijo: “El último hombre perfecto del que oí hablar murió colgado en una cruz”.

En esta etapa de mi vida yo estaba entre dos esposas, no tenía trabajo, vivía de lo que quedaba de un negocio que había llevado a la bancarrota y visitaba prostíbulos de todo el mundo. Mis favoritos eran los de Latinoamérica, porque suelen estar en fuertes de piedra levantados por los españoles, mientras que los de Belice son de madera, destartalados y de dos pisos, construidos por los ingleses, igual que los burdeles del Caribe. Una vez vi a un hombre en Alligator Pond, Jamaica —un hombre al que conocía muy, muy bien, y que ya murió— recibir una mamada en la calle de una adicta al crack de veintitantos años, sin dientes y embarazada de siete meses. Le cobró cinco dólares americanos, y él le dio uno de 20; creo que fue la tarifa más barata que jamás llegó a pagar. La segunda mujer más hermosa con la que me haya acostado fue una prostituta cubana que vino a mi habitación en un hotel en NY. A la mañana siguiente se ofreció a llevarme a desayunar huevos revueltos, pero yo estaba exhausto, resacoso y avergonzado, y dije que no. Vi que había herido sus sentimientos. Le había hecho grandes promesas durante la noche. En otra ocasión, perdido en Londres, cerca del Piccadilly Circus, pasadas las cuatro de la mañana, me topé con una mujer bajita y rubia; caminamos juntos varias calles y, cuando giramos para entrar en un callejón, se hincó de rodillas y me desabrochó los pantalones. Al cabo de cinco solitarios minutos retiré su cabeza, con una excusa: por razones relacionadas con mi infancia, me resulta imposible correrme en la boca de una mujer. Entonces me preguntó si le podía prestar 30 libras. Fingí tener sólo un billete de diez. Normalmente soy una persona generosa y no sé por qué nos humillé a ambos de esa manera. Estoy seguro de que no era una profesional, pero me dio la impresión de que ya había estado en situaciones similares en el pasado.

Don Juan, Giacomo Casanova, Warren Beatty y sus improbables miles, Fidel Castro gozando de dos mujeres a diario. ¿Qué podrían estos reconocidos amantes saber que no sepa la puta mexicana promedio, ya en su treintena, que empezó a trabajar a los 14 años?

“Mi padre es doctor”, me dijo mientras subía y bajaba sobre mí, sus pechos balanceándose lentamente ahora que había retirado mis manos. “No te mueves nada”, me dijo. “Vamos a estar aquí mucho tiempo. Él quería que yo también fuese doctora. ¿Puedes creer que obtuve mi título en biología en Emory antes de bajar en mi furgoneta hasta Buenos Aires? En teoría tenía que hacer… ¿cómo se llama ese maldito examen?”, me preguntó. Sin detenerse, se estiró hasta la mesita de noche, tomó una Pacífico de la cubeta con tres dedos, vertió cerveza en mi boca –se derramó por mi cara y pecho– y luego tomó varios largos tragos mientras yo miraba su delgado y moreno cuello de gacela estirado hacia atrás, su barbilla levantada y ese triángulo hueco debajo, bombeando. Devolvió la botella al hielo. La única luz provenía de una lámpara de arco, con una pantalla violeta deslucida por el sol. Los dos sudábamos. Era verano, e incluso por las noches, con el ruidoso ventilador del techo con sus aspas dobladas y las ventanas de tres paredes abiertas, estábamos a 38 grados. Me gustaba ver nuestro sudor acumulándose en un diminuto charco en mi barriga. Habrá sido un fuerte, una iglesia o un monasterio, me preguntaba. Desde la entrada era difícil de saber, y cercaba la propiedad un alto muro de piedra. Los automóviles, camionetas y taxis aparcaban sobre tierra y arena.

“El em-cat”, le dije.

“Exacto, el em-cat. Tenía que hacer ese examen y después pensé, ¿sabes qué? A la mierda. Quiero vivir la vida. Los demás pueden hacer lo que les dicen y fingir, si para ellos eso es suficiente. Yo no le digo a nadie cómo ser idiota”. Era una de esas jóvenes sureñas de las que todo el mundo espera que se casen con su amor del instituto. Él entró en la Georgia State, procedía de una familia de políticos y abogados, empezaron a salir en undécimo curso y era un destacado tenista amateur. No sabía qué habría sido de él desde entonces. Ni siquiera le había enviado una postal. “Eso no fue muy considerado, lo sé, seguro que le rompí el corazón. Así que una amiga y yo nos subimos a mi Toyota azul (había sido de mi hermano, también doctor, anestesiólogo, si es que a ese majara se le puede llamar doctor, es un desastre), tomamos la interestatal 10, y cuando llegamos a Houston nos dirigimos hacia el sur. Ya no nos volvimos a desviar. No hasta que llegamos a la otra punta del continente”. El Che Guevara pero al revés. Me contó que leían a Gabriel García Márquez en voz alta por turnos mientras conducían. Ninguna de las dos sabía una palabra de español. Pensé que habían tenido suerte logrando atravesar Centroamérica. “Ella enfermó de algo raro en Perú (se llama Ginny, ahora está casada con un banquero que le pone los cuernos, y tiene a las dos gemelas más guapas que hayas visto, tienen apenas tres años) así que cogió un vuelo de regreso a casa y yo seguí conduciendo. Para entonces ya había conocido a un brasileño de largas pestañas”. Largos rizos negros cayéndole sobre los hombros, dijo ella. En ese momento sentí que debía ser mía, no de él, y me sentí solo al saber lo que guardaba en su corazón.

Durante la noche, mientras hacíamos el amor, le pedía que se casara conmigo —le pedí que se casara conmigo seis veces— y todas las noches se reía.

“No voy a volver nunca”, me dijo. “Pienso en esos rostros blancos regordetes sonriéndome y es demasiado. Sé que no puedo hacer esto para siempre. Creo que me quedan cinco, quizá siete años, y aun así tendré que moverme un poco. Llevo aquí en el Leopardo” –el burdel se llamaba El Leopardo, nunca supe por qué, pero le dio lustre a la palabra burdel en mi memoria; creo que fueron las piedras y las colinas, el viento árido de Lampedusa, Sicilia, la gloria perdida de viejas familias y amores perdidos— “nueve meses, y las cosas ya no van tan bien, tienes que ser nueva para traer más dinero. Claro, está bien hablar en inglés para variar. Pero me alegraré cuando vuelvas a Estados Unidos. No tienes por qué ir persiguiendo a una puta en mitad del desierto mexicano. Tienes una hija de seis años. Ya no eres un niño. Se supone que eres un hombre. Eso es algo que aquí en México entienden. Aquí los hombres engañan a sus esposas más que los hombres de Georgia, lo sé. O casi tanto. Pero cuidan de sus familias. Son buenos católicos. Podrán perseguir culos, pero no hasta muy lejos”. Se volvió a reír.

“Eres un chico dulce”, me dijo, y retiró mi cabello sudado de mi frente. “En otra vida, quizá”.

Ella tenía 27, yo 33.

“Tienes buen corazón. No lo olvides”.

Las prostitutas experimentadas y alegres hablan del amor con una autoridad cataléptica.

En la séptima noche, íbamos a mitad de camino cuando le dije a mi conductor que diera la vuelta. Era un joven gordezuelo de 17 años con pelo corto, su nombre era Raphael, y nunca aceptó la coca que le ofrecí, ni fumaba puros, aunque de vez en cuando, si traía una botella conmigo, aceptaba un trago de tequila, y cuando lo encontraba por las mañanas dormido en su coche, acurrucado en el asiento trasero al otro lado del muro de piedra, aceptaba fumarse un porro antes de volver a la carretera.

“¿No irá al Leopardo esta noche, señor?”, me preguntó mientras salía de la carretera, daba la vuelta, y volvía a entrar, esta vez en dirección oeste. “¿Quiere conocer otro sitio? Conozco un pequeño lugar. Es sólo una casa, pero tienen muchachas lindas. Muy bonitas. Conozco a una de ellas de la escuela. Todo mundo está enamorado de ella. No saben qué es, pues, ya sabe. Yo lo sé gracias a mi hermano y porque manejo el coche”.

“Creo que no, Raphael”, le dije. Estábamos hablando en inglés. A lo largo de los años he pasado meses en Centroamérica, pero mi español sigue siendo muy pobre. “Creo que es hora de volver a casa”.

“OK. Lo entiendo. Está cansado. Es demasiado, todas las noches. Un hombre necesita descansar”, me dijo. Estaba muy serio. Miraba el reflejo de los faros sobre la carretera de grava con mucha atención. No había cactos: sólo maleza, tierra, la arena y las piedras del desierto. Raphael siguió conduciendo, sujetando el volante con determinación.

Al día siguiente día volé a Houston en un pequeño avión mexicano para 40 pasajeros, y unos días después tomé un camión a Austin, Texas, donde empezaría mi posgrado (mi segundo intento) en poco más de un mes.

En Valparaiso, Chile, una ciudad universitaria y gubernamental que desciende por unas colinas enormes y desemboca en el Pacífico, uno viaja funicular arriba de regreso a los barrios después de una noche bebiendo tinto chileno barato, en termos de una pinta de capacidad, junto al puerto. A las cuatro de la mañana los restaurantes de chorrillana están llenos de estudiantes, y las salas de baile resuenan por todo el centro, pero conforme uno se aleja del nivel del mar en estos pequeños y pintorescos funiculares de cuero y madera pulida, la música empieza a desvanecerse, y si uno escucha con atención se pueden oír, casi sentir, las interminables olas que rompen contra las rocas. No cuesta comprender por qué Neruda construyó su extraña casa de techos bajos en estas colinas y nunca se fue. No sé cuánto tiempo hace que no me acuesto con una prostituta.

Obviamente era una buscona. No era profesional: Hay una rotonda en Valparaíso, enfrente de uno de los grandes edificios de piedra del gobierno, donde las callejeras se quedan a esperar a que los hombres pasen en sus coches, motos o ciclomotores. Una vez vi a una prostituta irse con un hombre sentada en el manubrio de su bicicleta. Se consideraba una descortesía acercárseles a pie, quizá porque la policía ignoraba de forma tácita el negocio, aunque sólo porque no era práctico hacer una redada. Si vas a pie, un agente no tiene razones para no arrestarte en un país estrictamente católico. Esta joven mujer —supongo que entre 19 y 20 años, todavía con las espinillas de su pubertad— había llegado a la rotonda y ahora estábamos los dos, nuestras rodillas casi tocándose —llevaba medias negras y altas y minifalda amarilla— ascendiendo en el traqueteante funicular mientras, al otro lado, un vagón vacío, nuestro contrapeso, traqueteaba camino abajo. Me acerqué a ella y la besé, sorprendiéndome a mí mismo, y ella abrió su boca: besaba muy mal, su lengua buscaba desesperadamente la mía como un murciélago asustado. Metió sus manos entre mis piernas; a pesar del beso, me tenía. Nos besamos al bajar del funicular y el guardia somnoliento me echó una mirada desdeñosa, así que le di mil pesos, unos dos dólares. No teníamos dónde ir, yo me estaba hospedando en un pequeño hotel en la colina, y la dueña era una mujer muy estricta que se molestaba si llegaba solo y tarde al hotel (no entregaba llaves para poder entrar por la noche: había que llamar a la puerta y despertarla). Una pareja estaba de luna de miel en el cuarto de al lado, compartíamos balcón y sabía que les molestaría escucharnos: no habían tenido mucho sexo. Le pregunté en mi mal español si tenía una cama, y me dijo algo sobre su madre. Nos estábamos besando contra la pared en una esquina y podía ver la media luna de la ciudad al fondo, y detrás de ella un mar de aguas negras. Pasó una pierna alrededor de mi cintura y me desabrochó los jeans. “¿El condón?” le pregunté, y me dijo: “No, no”, y empujamos al mismo tiempo. Pasó sus manos bajo mi camisa, me hizo daño con las uñas, ella gritó; no estaba seguro de cuánto teatro estaba ella haciendo, era joven; miré sobre mi hombro pero no había nadie en la calle, sólo dos perros marrones nos miraban inofensivos, casi uno al lado del otro, moviendo la cola. Intenté darme prisa, ella estaba haciendo demasiado ruido, pero seguimos ahí, parados. Por fin me corrí e intenté salir, pero de nuevo ella dijo: “No, no”, me agarró el trasero y tiró de mí para que volviera a entrar hasta el fondo; recuerdo que por un instante salí flotando de mi cuerpo y nos vi desde arriba, ella mordiéndome la mandíbula (por la mañana se podían ver las marcas de dientes), y me sentí tan grande como el cielo; por unos instantes creí que estaba muriendo. Vi a los perros meneando la cola y a nosotros dos unidos, y el mar y las luces de la ciudad, y a mi casera dormida en su cama bajo una colcha que ella misma había tejido, y a la joven pareja, recostada boca arriba, cada uno en su lado de la cama, y a los jóvenes todavía bailando en los clubes y a los policías fumando marihuana en los muelles, y el tren que lleva al norte hacia Viña del Mar, sentado en la estación junto al mar, y los marineros dormidos en sus camas y el cantinero fregando el suelo con los taburetes boca abajo sobre la barra donde me había sentado esa noche a escuchar las conversaciones de los hombres mayores. Ella seguía empujando hacia mí, no me dejaba ir, suspiré, y ella sujetó mi cara y me miró seriamente. “¿Estuvo bien?”, me preguntó en inglés, y solo pude asentir. Después rodeó la pared, llevándome de la mano, y la seguí, aunque mis piernas y hombros temblaban. Se agachó para orinar y se limpió con una pequeña toalla rosa que llevaba en su bolso; rápidamente se cambio de ropa frente a mí: unos jeans, Keds rojos y una desvaída camiseta blanca y negra de Billy Idol de manga larga. Le di cinco billetes de diez mil pesos. Me sentía cohibido.

“No, es mucho”, me dijo, y me devolvió tres. Le devolví uno y se lo quedó.

“¿Mañana?”, me preguntó, seria todavía. “¿Dónde te estás alojando?”

Traté de explicarle mi situación, pero no fui lo bastante claro. Así que mentí y le dije que me estaba quedando con unos amigos.

“Pero te veré mañana por la noche”, dijo, y me dio otro beso largo y desafortunado, con todo su cuerpo y sus pequeños pechos contra mí.

La noche siguiente, despierto sobre la cama de mi hotel, me sentía como un hombre que se va a dormir todas las noches mirando su teléfono, esperando una llamada de la mujer que lo dejó. No me atreví a salir a buscarla.

Rory, la de ojos solemnes, era una stripper que hacía trabajitos por su cuenta. “No sabes las cosas que he hecho”, me dijo. “Ni te gustaría si lo supieras. Definitivamente no querrías que fuera tu novia”.

Fui su novio temporal hasta que soltaron de prisión a su verdadero amor. Era adicto a la heroína, pero nunca supe por qué lo habían sentenciado a nueve años, a la edad estudiantil de 24, en una prisión federal de máxima seguridad en Beaumont, Texas. Tenía una extraña conexión con Beaumont, porque una vez salí con una mujer —era una de mis vendedoras cuando estaba en el negocio de las joyas— que había nacido y crecido en ese sombrío pueblo petrolero iluminado por llamaradas. Esta vendedora recibió un balazo a la salida de una subasta cerca de mi joyería. Quebrantando la política de la compañía, se puso nuestras joyas para ir a visitar a un hombre en su apartamento, y un ayudante de camarero que estaba viviendo temporalmente en casa de ese amigo —era gerente de un Chili’s y se había compadecido de él, ya que estaba pasando una mala racha— vio la pulsera de diamantes, el collar de esmeraldas y el Rolex President, fue a su dormitorio prestado, cogió su .32, y les disparó a ambos. Lo detuvieron a pocos kilómetros de distancia. Mientras tanto, la madre de mi vendedora recibió una llamada cuando su actividad cerebral disminuyó hasta llegar a cero; el médico quiso convencerla de que le permitiera abrir a su hija para extraerle los órganos. La madre, baptista a la antigua, se negó, y al cabo de unos segundos, minutos, de muerte cerebral y discusión cada vez más acalorada, repentinamente mi vendedora se sentó y dijo, con los cables aún conectados a su cabeza: “¿Qué ha pasado?” Más adelante se convirtió en la estrella medio famosa de una serie de películas de orgías, a pesar de que nunca recuperó del todo el habla ni la coordinación. Cuando éramos amantes, antes del disparo, insistía en tener sexo en sitios peligrosos: en la cornisa del último piso de un parking, en la baranda del balcón de un hotel, en las vías del tren, de noche en un pequeño kayak de plástico en el Golfo de México, en un taxi en un atasco de tráfico en el centro de Dallas. Me pregunté, más tarde, si sus aficiones sexuales se deberían a una sobrenatural premonición de su casi trágico futuro, abatida a balazos por el bien de la pornografía. Otra cosa mala de Beaumont era que un inversor al que yo había engañado sin pretenderlo era dueño allí de un negocio de pit-bulls, y en aquellos días de preocupaciones me asustaba despertarme una noche y encontrar a un perro devorador de hombres, con cuello de toro, montando guardia a la entrada a mi casa, o quizá entrando de un brinco en mi descapotable. En esos tiempos solía llevar la capota del coche subida. Pero no cuando jodía con esa vendedora, que me exigía: “Fóllame, fóllame con el coche descubierto” en casi cualquier lugar por el que se pudiera ir en coche. Como muchas mujeres hermosas que he conocido, tenía una vena exhibicionista.

“Quiero unos zapatos. ¿Me compras unos zapatos?”

Estábamos en Las Vegas, y empezaba a arrepentirme de haber llevado a Rory porque las prostitutas callejeras eran mucho más bonitas que la que yo había llevado, y si las callejeras son así, pensé, imagina lo que obtendrás si llamas a un servicio respetable, o si llevas una limo al Chicken Ranch (que, advertencia, ya no es lo que era). La llevé a Manolo Blahnik, a Louboutin, a Gucci, a Marc Jacobs —aunque no me gusta su calzado para mujer y estaba seguro de que ella se conformaría con algo chillón—, a Prada, a Barney’s. Jugaba a ser Julia Roberts —tenía apenas 23 años— pero yo no estaba de humor para ir de compras. La dejé en esa tienda con mi tarjeta y fui a buscar un bar, algo que en Las Vegas encuentras a pocos metros a menos que estés en un centro comercial con tu novia prostituta. Sabía que si la dejaba sola mucho tiempo desaparecería con un hombre. Ya lo había hecho antes, en salones de billar y bares, en una ocasión en una pizzería en el centro de Austin. En otra, en Chicago, alojados en una habitación romántica en el Four Seasons, con una vista fenomenal, sonó su móvil y resultó que tenía una cita. Quería saber si me gustaría conocerle: la esperaba en un bar a cinco kilómetros del hotel. Era cliente habitual, le conocía desde hacía años, un chef sudafricano que también tenía un doctorado en filosofía. No me dijo si era blanco o negro. ¿Cómo supo que ella estaba en Chicago? “Es regordete”, me dijo. “Es majo. Te caerá bien. Hace su propia música. Hemos quedado en un bar de jazz. Será divertido”. Me di un baño y tomé un taxi al aeropuerto, después de informar en recepción que la Sra. Martin dejaría la habitación por la mañana y que no debían aprobar gastos por más de 500 dólares.

Por fin encontró unos zapatos planos Miu Miu de piel de serpiente. Los únicos bonitos que vi en sus pies. En un día cualquiera usaba esas plataformas extra grandes de plástico que les venden a las strippers tras las bambalinas, o zapatillas de tenis, que yo prefería. Calzaba el número nueve: esa es la clase de chica que era Rory. Grandes apetitos. Culo enorme. Cabello rubio oscuro hasta los hombros del que le gustaba que tiraran con ambas manos. Le gustaba desde atrás. Me pedía que le hablara en alemán mientras lo hacíamos: había pasado un año en un burdel en Frankfurt, que describía como el mejor año de su vida.

La recogía en su apartamento y la llevaba al club de strippers donde trabajaba en el pequeño Porsche anaranjado que tenía entonces (era de un antiguo cliente que me debía, y aún me debe, 55 mil dólares, aunque vendí el Porsche poco antes de dejar de ver a Rory), mientras ella cantaba y bailaba en su asiento al ritmo de heavy metal o de Notorious B.I.G. a todo volumen. “Me tengo que preparar para el trabajo”, me decía. “Si no es muy deprimente”. Su escritor favorito era Charles Bukowski, le dije que él admiraba a Céline y ese verano lo pasó en cama leyendo, o diciendo que leía, Viaje al fin de la noche. Prefería trabajar de prostituta que de stripper, pero se movía demasiado para tener una base fija de clientes. Yo la recogía después de su turno —o a veces me sentaba a beber en el bar durante su turno, estaba enamorado de Rory y de otra mujer que trabajaba con ella en el Yellow Rose, una mujer alta con el pelo negro, estudiante de posgrado en antropología, pero estaba el problema de que eran muy buenas amigas— y después íbamos a comer Reubens y patatas fritas toda la noche en un local que me gustaba, o pasábamos por Taco Bueno.

A los 16 había sido Miss Vermont. Una noche, un violador trepó hasta su habitación y le dijo que a menos que lo acompañara mataría a toda su familia, incluyendo a su hermanito y a su hermana. Le enseñó el enorme cuchillo de caza que llevaba para el trabajo. Salieron caminando por la puerta de enfrente y la tuvo encerrada en su sótano dos semanas antes de que pudiera escapar. Era la clase de noticia que acapara titulares, pero su padre, un ministro anglicano, evitó que trascendiera a la prensa nacional. No era de sorprender que muchas de sus fantasías sexuales fueran violaciones. Le gustaba que le hicieran cortes en el culo, las piernas y la espalda con un cuchillo —esto fue difícil de aprender a hacer, y yo no disfrutaba con ello—, insistía en que le diera salvajes azotes, también le gustaba que la asfixiaran con una mano. Una vez me mordió tres dedos casi hasta el hueso. Tuvieron que ponerme puntos.

Cuando le dije que habíamos terminado —había empezado a salir con una estudiante de filosofía de 21 años, que en el futuro se convertiría en mi segunda esposa— su reacción fue de las violentas. Primero me atacó. Una noche de sexo inusualmente salvaje la tranquilizó. Pero nos persiguió durante semanas. Iba a un restaurante y la veía sentada en la barra del bar, tomando whisky y mirándonos con veneno en los ojos. Sabía que era mejor sacar a mi cita de ese lugar antes de que tuviera tiempo de tomarse más de tres. La chica nueva creía que simplemente tenía prisa por llevarla a casa y meterla en mi cama. Rory, con más de tres whiskys, daba miedo. La había visto clavarle un taco de billar en la nariz a un hombre. Le encantaba jugar al billar, y lo hicimos muchas veces durante el verano que estuvimos juntos. Le gustaba apostar grandes cantidades en nuestras partidas, y cuando perdía me hacía ojitos, pestañeando con sus largas pestañas postizas, y me decía: “Me lo puedes cobrar con favores”.

Me había quedado dormido en una pequeña cama de hierro y ella me despertó con una caricia en el cuello. La habitación estaba oscura como el fondo del mar, pero al otro lado de la ventana abierta —no había vidrio, ni siquiera cortina— podía ver las constelaciones sureñas, tan poco familiares, bajo un cielo sin luna, y debajo de nosotros podía oír las olas, y pensé que aún podría estar soñando de no ser porque el aire en la habitación estaba tan frío, y su cuerpo tan cálido mientras se deslizaba bajo las sábanas y se me enroscaba. Quería preguntarle su nombre y disculparme por mi rostro sin afeitar, que podía lastimarla cuando me besara, pero no hablaba mandarín y ella no hablaba inglés.

Hicimos el amor tres o cuatro horas, sin decir una palabra. Al no hablar, actuábamos con timidez, incluso nuestra respiración y nuestros gemidos eran casi inaudibles, como si nuestros padres estuvieran abajo y nos pudieran oír. Yo me corría, y ella se corría, y nos abrazábamos, y ella esperaba, sin quedarse completamente quieta, y me besaba, y con sus dedos tocaba zonas de mi cuerpo prohibidas para otras mujeres. Pero de esta forma evitaba que me durmiera o soñara, y de nuevo me volvía a despertar. No me había sentido tan excitado desde adolescente. Y no me había sentido tan satisfecho, pensé, cuando finalmente me dejó dormir, desde aquella noche, muchos años atrás, con tres tailandesas, en el Mona Lisa. Fue la noche que dejé que la madame escogiese a las mujeres por mí, que es lo que debes hacer si tienes la oportunidad y estás en un prostíbulo de renombre.

Cuando desperté a la mañana siguiente todavía estaba en la cama junto a mí. Ese es el regalo más hermoso que una prostituta te puede hacer, y lo saben. Ésta era una mujer en verdad dulce. Tenía casi mi edad. Cuando giré su rostro somnoliento para besarla bajo el sol de la mañana, abrió lentamente los ojos y parpadeó, entre dormida y sonriente, buscándome, quizá soñando todavía, y fue entonces cuando vi que era ciega.