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Buenos Aires quiere acabar con su villa miseria

El proyecto municipal para acabar con la marginalidad de la emblemática Villa 31 está en marcha. La intervención incluye obras de iluminación y pavimentación, acceso a los servicios básicos y la construcción de la nueva sede del Ministerio de Educación.
24.11.16
Imagen de Villa 31 por Manuel Torino
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Como un espectro, el joven aparece en medio del sombrío pasadizo. Se lleva la mano a la cintura mientras se aproxima al reportero de VICE News. "¿Le tiro?", pregunta –o se pregunta– con la mirada extraviada. Desde la oscuridad no surgen respuestas.

En la villa 31 nunca las hubo. Pueden dar fe de esa carencia crónica las más de 50.000 almas que hoy sobreviven, apiñadas entre la pobreza y la indigencia, en el asentamiento de emergencia más emblemático de la Argentina.

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En términos relativos, este lugar es el epicentro del abandono. Google Maps no permite exagerar: aislado tras las vías del ferrocarril, en pleno centro de Buenos Aires, se encuentra a solo 400 metros de la opulenta Recoleta, el barrio más rico de la capital argentina.

Imagen de las obras de Villa 31 con la moderna Buenos Aires de fondo.

Pero ni su ubicación privilegiada, ni el hecho de tener más habitantes que muchos distritos porteños, fueron razones suficientes para que el Estado —el mismo que creó el asentamiento hace 80 años para alojar a los desocupados—proporcionara, hasta ahora, los servicios más básicos.

En pleno siglo XXI, aquí todavía a miles de ciudadanos les resulta un lujo imposible abrir el grifo y tener agua potable, calentarse con gas de red en invierno o contar con cloacas.

Quizás la única señal de infraestructura que se observa al caminar por sus estrechos pasillos de tierra es una gran autovía en altura que divide el asentamiento en dos: la villa 31 y su hermana menor, la 31 bis.

En imágenes: 'Satellite', el barrio-guetto de Milán del que todos quieren irse, Leer más aquí.

Aprovechando los pilares de cemento, sus habitantes —muchos de ellos, trabajadores de la construcción— levantaron enclenques construcciones que se sujetan de la autopista. El resultado es un monumento a la desigualdad: cada día ven pasar frente a sus narices el progreso a una máxima de 80 km/h.

Sin embargo, tras décadas de postergación, a la deuda social más evidente de la Argentina, finalmente le estaría llegando su momento.

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"Algo está cambiando", murmura Ana María, una menuda inmigrante que ya cocinaba delicias limeñas muchísimo antes que Perú se convirtiera en la potencia gourmet de Latinoamérica.

Desde su negocio de comidas típicas puede ojear cómo avanzan las primeras tareas de pavimentación, iluminación, desagües y conexión de servicios en la zona de Cristo Obrero, la más relegada del asentamiento.

Fotografía por Manuel Torino.

"Hasta que no lo vea terminado, no lo creo", agrega la cocinera, con una desconfianza cimentada en dos generaciones de promesas incumplidas. A su lado, un puñado de comensales asiente.

Se refieren al ambicioso plan del gobierno porteño para integrar la Villa 31 al resto de la ciudad. El desafío es mayúsculo; tan grande como el asentamiento mismo.

Pero el alcalde Horacio Rodríguez Larreta repite que el proyecto es la prioridad de su administración. Y asegura que, en solo tres años, la más emblemática de la docena de villas que hay en Buenos Aires será un barrio más.

"El objetivo es que una persona que nazca en la villa 31 tenga exactamente la mismas posibilidades de desarrollo que alguien que nazca en otro barrio de la ciudad", sostiene en diálogo con VICE News Diego Fernández, titular de la Secretaría de Integración Social y Urbana, una unidad creada ad hoc. "Eso hoy no pasa. La desigualdad que hay en unos pocos metros de distancia es enorme", reconoce el funcionario.

Los laberínticos pasillos

Las miles de casillas que se sostienen solidarias entre sí dan forma a laberínticos pasillos. Entre ellos camina Adriana Castillo, una asistente social que releva a diario las necesidades de los vecinos. "Al principio nos costó establecer un vínculo de confianza, pero ya logramos hacer más de 20.000 entrevistas personales", cuenta mientras saluda a un vendedor ambulante.

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Castillo forma parte de un batallón de 120 entusiastas jóvenes que trabajan en unas oficinas en la periferia de la villa. "La integración es un paso superior a la urbanización. Queremos unir socialmente las dos realidades que hay en Buenos Aires", dicen a coro.

Fotografía por Manuel Torino.

En esa línea, además de la construcción de dos escuelas nuevas y del reacondicionamiento del precario centro de salud, se levantará un moderno edificio de 24.000 m2 que albergará, en el corazón de la villa, a la nueva sede del Ministerio de Educación de la Ciudad.

Se descuenta que el efecto de esta obra será revolucionario: todos los días unos 2500 empleados entrarán a trabajar al asentamiento desde distintos puntos de la ciudad. "Será un edificio de vanguardia, un ícono arquitectónico de la ciudad de Buenos Aires", promete Fernández.

Otro aspecto clave para romper con el aislamiento social y urbano que sufre la villa 31 será la transformación de la actual autopista en un parque en altura.

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Según confiaron a VICE News fuentes del gobierno porteño, "la autopista dejará de dividir el barrio y dará paso a un corredor ecológico que unirá de forma definitiva a la 31 con el resto de la ciudad".

Además, el jardín buscará suplir otro déficit que sufren los vecinos: la falta de espacios verdes. Si bien la OMS recomienda entre 10 y 15 m2 de espacio verde por persona, en la aquí hay apenas 0,3 m2 por habitante. Con la creación del nuevo parque la proporción llegaría a 7,5m2 por vecino, una cifra incluso superior al promedio de la ciudad de Buenos Aires.

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En total, los especialistas calculan que el plan de integración demorará cerca de 36 meses y demandará una inversión de unos 400 millones de dólares, que se obtendrán, en su mayoría, mediante créditos blandos otorgados por organismos multilaterales.

Drogas y violencia

La desigualdad entre los vecinos de la villa 31 y los demás porteños también se puede medir en muertes: aquí hay ocho veces más asesinatos que en el resto de la ciudad de Buenos Aires. La tasa de homicidios es de 51,3 cada 100.000 habitantes, según datos del Instituto de Investigaciones del Poder Judicial.

La escalofriante cifra es similar a la que hoy padece Venezuela (57,6 cada 100.000) y muy por superior a la media regional que calcula la Organización Mundial de la Salud (28,5 cada 100.000).

"La gran mayoría de los asesinatos están relacionados a enfrentamientos entre grupos narcos que operan en la villa", sostiene una fuente de las fuerzas de seguridad. Y agrega: "Hasta hace unos meses por la noche era moneda corriente escuchar disparos de las bandas paraguayas y peruanas".

Sin embargo, en los últimos meses, un fuerte operativo policial, inédito en la última década, allanó los principales búnkers de droga y, pese a que continúan las disputas por el territorio, el nivel de violencia disminuyó sensiblemente.

De esta forma, se recuperaron dos antros tristemente célebres: "la Casa del Pueblo" y "el Galpón de Tarzán", donde niños soldados solían vender y consumir paco, una droga de bajo costo hecha con pasta base de cocaína que causa estragos entre los más jóvenes.

En ese mismo sitio, marcado a fuego por la violencia y la marginalidad, prometen que estará listo antes de fin de año un centro de desarrollo laboral para que los vecinos puedan capacitarse y conseguir trabajo.

Todo un símbolo para un barrio históricamente postergado y que ahora puede ser parte de la ciudad.

Sigue a Manuel Torino en Twitter: @manutorino

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