Crisis

La flipante historia del maestro de las estafas que se hacía pasar por sultán

Pese a que fue descubierto en numerosas ocasiones, el estafador profesional Anthony Gignac siempre lograba encontrar nuevas presas en Miami, la capital estadounidense del fraude.

por Francisco Alvarado
26 Julio 2018, 3:45am

Montaje por Lia Kantrowitz 

Anthony Gignac pasó gran parte de su vida fingiendo ser un príncipe saudí, disfrutando por la patilla de estancias en hoteles para superricos y robando con todo descaro artículos de lujo en tiendas carísimas. Incluso engatusó a la dirección de una universidad importante para que le hicieran una transferencia de casi 14.000 euros. Pese a todo, el 4 de marzo de 2014, el estafador colombiano, que entonces tenía 43 años, aseguró al juez federal George Caram Steeh que los días en que encarnaba al príncipe Khalid bin Al-Saud quedaron atrás.

“He cambiado”, afirmó Gignac ante el tribunal de Detroit, según la transcripción de la sesión. “No era ninguna amenaza para la comunidad, señoría… Sí, es cierto que tengo un historial y que he cometido errores horribles. El peor error que he cometido fue el de no poder estar con mi madre cuando murió por estar en prisión. Le prometí a mi madre que nunca jamás volvería a prisión por delinquir”.

Gignac, un hombre regordete, con un corte de tazón y ojos oscuros y expresivos, había sido puesto en libertad en 2012 tras cumplir una condena de cinco años por hacerse pasar por un diplomático extranjero y por un delito de fraude bancario. En esta ocasión, lo pillaron violando su libertad condicional al viajar a los Cayos de Florida a mediados de febrero sin notificarlo a su agente de condicional.


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Gignac insistió en que había viajado a los Cayos para aliviar su depresión y visitar a su hermano, el único pariente vivo que le quedaba. Sin embargo, la fiscal federal Saima Mohsin aseguró al juez Steeh que Gignac había vuelto a las andadas y estaba buscando nuevas víctimas a las que timar.

“Se está reuniendo con gente, haciéndose pasar por alguien que no es, concertando reuniones… Todo con el propósito de negociar algún tipo de acuerdo fraudulento para adquirir bienes inmuebles por valor de cientos de millones de dólares”, señaló Moshin, y posteriormente añadió: “Debe ser ingresado en prisión, ya no desde la perspectiva del castigo, sino como medida preventiva para evitar que vuelva a haber más víctimas de sus actividades fraudulentas”.

Parece que las perspectivas de aprovecharse de las gentes de la soleada Florida eran demasiado atractivas como para resistirse, incluso después de haber pasado 12 meses en la cárcel por violar la condicional.

Entre otras excentricidades, Gignac se paseaba con un Ferrari al que había colocado matrículas diplomáticas falsas y tenía una placa con la palabra “Sultán” colgada de la puerta de su casa, en una isla

Hoy, cuatro años después, el estafador profesional espera que se dicte la sentencia en Miami tras ser declarado culpable de suplantación de identidad y fraude, según informaba el Washington Post. Esta vez, Gignac acabará entre rejas por engañar a los propietarios de un hotel de Miami Beach y persuadirles para que le agasajaran con costosos bienes materiales y beneficios, y por defraudar cerca de 7 millones de euros a 26 víctimas de todo el mundo, según los cargos que constan en la demanda. Entre otras excentricidades, Gignac se paseaba con un Ferrari al que había colocado matrículas diplomáticas falsas y tenía una placa con la palabra “Sultán” colgada de la puerta de su casa, en una isla.

El sur de Florida ha sido siempre un filón para los timadores profesionales. Entre los más famosos destacan Jimmy Sabatino, un estafador de Staten Island cuyas travesuras le costaron el ingreso en una prisión de máxima seguridad, y Haider Zafar, que se presentaba ante sus posibles víctimas —principalmente inversores— como uno de los miembros de una adinerada e influyente familia pakistaní propietaria de hoteles, fábricas textiles y negocios en la industria petrolera. Víctimas de Zafar fueron los entonces jugadores del Miami Heat Mike Miller, James Jones y Rashad Lewis, a los que birló un total de casi 6,5 millones de euros en total.

Para Gignac, Sabatino, Zafar y otros delincuentes de su calaña, el sur de Florida es el lugar idóneo para traspasar a base de mentiras ese cordón de terciopelo rojo que separa el mundo ordinario de la alta sociedad y el lujo.

“En Miami no existe la cultura del rigor que impera en Wall Street o Nueva York”, explica Roben Farzad, autor de Hotel Scarface, un libro sobre la decadencia y los personajes del The Mutiny Hotel de Miami durante la época de los Cocaine Cowboys. “Si eres promotor inmobiliario y alguien te ofrece dinero sin enseñarte una hipoteca ni ningún tipo de documentación, tú aceptas el dinero tan alegremente. Miami es la capital mundial del dinero fácil”.

Este ambiente del laissez-faire hace que el sur de Florida sea un territorio especialmente fértil en el que buscar presas como empresarios y dignatarios que, a su vez, viven de otros embaucadores que especulan con las propiedades.

Gignac obtuvo regalos por parte de los propietarios del hotel de Miami Beach tras convencerles de que pertenecía a la realeza saudí y de que tenía intención de invertir casi 380 millones de euros para ser copropietario del hotel

“Para los comerciales, este es el sitio perfecto para estafar a gente que cree que puede estafar a extranjeros incautos y convencerles de que les den su dinero”, explica Farzad. “Es de una simetría que resulta incluso hermosa”.

Gignac obtuvo regalos por parte de los propietarios del hotel de Miami Beach tras convencerles de que pertenecía a la realeza saudí y de que tenía intención de invertir casi 380 millones de euros para ser copropietario del hotel. Según el Miami Herald, entre sus víctimas también había miembros de la familia Soffer, propietaria del famoso hotel Fontainebleau Miami Beach. Según el diario, las víctimas se dieron cuenta del fraude cuando al menos una de ellas vio al supuesto sultán comer beicon.

El hecho de que se produzcan tantas estafas en Florida —sobre todo en los Cayos— se debe a que sus residentes no ven a los forasteros con suspicacia, según Annette Robertson, fotógrafa subacuática residente en Cayo Hueso y que asegura haber presenciado de primera mano las argucias fraudulentas de Gignac. “Puedes venir a los Cayos y pasar totalmente desapercibida pese a que no encajes en la norma”, me explicó. “Aquí no hay normas. Yo la llamo la Isla de los Inadaptados”.

Robertson era una de los emprendedores a los que Gignac se presentó en 2014, según el propio testimonio del estafador de este mismo año. En una entrevista, la fotógrafa recuerda que conoció a Gignac cuando iba acompañada de su novio, el artista especializado en vida marina Wyland. “Nos dijo que era sultán y nos soltó todo el rollo”, recuerda. Llevaba un anillo de diamantes de nueve quilates y nos dijo que quería construir complejos turísticos con nosotros”.

Durante casi dos meses, Robertson y Wayland se reunieron regularmente con Gignac, con quien visitaron tres propiedades que Gignac, supuestamente, tenía intención de comprar. Una de ellas era el exclusivo Cheeca Lodge and Spa, en Islamorada. “Como estafador era buenísimo”, reconoce Robertson. “El gerente principal del Cheeca Lodge había trabajado en Palm Springs, y allí conoció a varios jeques. Cuando mencionó sus nombres, Gignac demostró saberlo todo sobre ellos. El tipo había hecho los deberes”.

Aunque decía que era un jeque, siempre me abrazaba y le daba un apretón de manos. Un jeque nunca haría eso, porque tocarte supone rebajarse a tu altura

Pese a ello, Robertson advirtió ciertas cosas que la hicieron sospechar. Recuerda, por ejemplo, que una vez llevó un cuadro que Wyland había pintado a una casa que, según Gignac, era de su hermano. Robertson calculó que el cuadro tendría un valor de unos 26.000 euros en una galería de arte, y se dio cuenta de que algo fallaba en el nuevo hogar de aquella pintura. “No había ni una obra original en la casa, solo un montón de basura”, dijo. “Y aunque decía que era un jeque, siempre me abrazaba y le daba un apretón de manos a Wyland. Un jeque nunca haría eso, porque tocarte supone rebajarse a tu altura. Él se justificaba diciendo que no participaba de todo eso”.

Robertson y Wyland no descubrieron la verdadera identidad de Gignac —y su historial criminal— hasta que uno de sus socios buscó su falso nombre en Google. La última noticia que Robertson tuvo del estafador fue en 2014, cuando al parecer el hombre había sido arrestado por los agentes federales de los Cayos. No sabía nada de su intento reciente de timar a los propietarios del hotel de Miami Beach.

“No me sorprende, la verdad”, fue su respuesta al saberlo.

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