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q12

Así se gana en Q12, el trivial para móvil que reparte 500 euros al día

No tengas miedo a responder a ciegas.
Juanjo de la Iglesia Q12
Juanjo de la Iglesia. Imagen vía Q12

Bien mirado, lo de participar en un concurso de la tele debe de ser un coñazo notable. Llenar la maleta para cambiarse entre grabación y grabación, desplazarse hasta algún polígono dejado de la mano de Dios, perder días de trabajo o asueto… Y luego, claro, el concurso en sí. Te piden espectáculo, dinamismo, que aguantes a un público oligofrénico o que confíes en un famoso atolondrado para jugarte los cuartos, cuando no que hagas el caricato delante de toda España, directamente. Encima, con la amenaza constante del fallo tonto, carne de programas de zapping con reposiciones que te perseguirán hasta que tus hijos tengan edad para votar. Quita, quita. Mucho estrés y mucho lío.

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Sin embargo, hay quienes rehúyen ponerse bajo los focos, pero sin renunciar a una aspiración tan lícita como recibir dinero por contestar preguntas de cultura general. Para esa noble gente se inventó Q12. No sólo tus cagadas permanecen en el anonimato, sino que participas solo, sin que nadie te moleste, con los órganos externos de tu aparato reproductor apoyados en el sofá si así lo estimas oportuno. Cierto, el premio de la tele es más sustancioso. Pero a algunos nos compensa.


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Q12 es una aplicación. Para concursar, hay que descargarla y registrarse como usuario —sin más dato personal que el número de móvil—. A partir de ahí, a esperar hasta que den las diez. Todas las noches aparecerá un presentador emitiendo en directo. Se van turnando: unos programas Juanjo de la Iglesia, conocido por su participación en Caiga Quien Caiga; otras veces el humorista Toni Cano, cuya batería de chascarrillos y chistes malos no puede tener más objetivo que freírle el cerebro al concursante.

El presentador describe la dinámica del juego, que es bien sencilla. Doce preguntas, que se muestran en pantalla una detrás de otra, siempre junto a tres posibles respuestas. El tiempo máximo para pulsar alguna es de diez segundos. Para optar al premio se requiere puntualidad; hay que jugar desde la primera pregunta. Si aciertas, sigues adelante. Si fallas, puedes quedarte a ver el resto del concurso, pero como espectador. Por lo general, mascullando insultos contra los miles de participantes que permanecen en liza o afirmando, como si alguien te escuchara o le importara, que “esta sí me la sabía yo”.

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Cuál es la gracia de todo esto, se preguntará alguien. ¿Echar un rato agradable? ¿Poner a prueba tus conocimientos? ¿Competir contra tus amigos? ¿Cualquier otro tópico que ya no atrae a nadie? No. Ni mucho menos. Para divertirnos tenemos una oferta de entretenimiento infinitamente superior a la que podemos disfrutar. A Q12 hemos venido por la pasta.

El importe del premio fue subiendo a la par que los seguidores de este trivial, hasta llegar a los actuales quinientos euros. Eso de lunes a sábado, los domingos la recompensa alcanza los dos mil euros. Y en fechas señaladas se ofrecen botes especiales. El sistema de reparto, invariable, es tan básico como dividir el dinero entre el número de ganadores.

La dificultad de las preguntas es alta, huelga decirlo. Alta por no decir que son muy jodidas. Y el exabrupto no se lanza a la ligera, sino con un respaldo empírico. Hablamos de preguntas jodidas nivel: de los ciento veinte mil jugadores que arrancan el juego, apenas trescientos terminan acertando las doce cuestiones. Y eso en una edición generosa, lo normal es una cifra sensiblemente inferior.

En el reparto equitativo reside otro de los alicientes; comprobar cuántos jugadores superan cada ronda y cuántos pardillos caen en esa pregunta que tú sabías perfectamente. De ello depende la dimensión de tu victoria. Lo mismo te llevas un buen pellizco que, pese a ganar, terminas con menos dinero que el que se está bañando.

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Pero dejemos los supuestos y vayamos a lo palpable. Yo he ganado tres veces. No está mal, las cosas como son. En una, el premio fue menor de tres euros. Otra, doce y pico. Y luego está la buena. Un domingo que terminé entre los dieciséis vencedores para llevarme 125 euros (en realidad, esa fue mi primera victoria, pero como guionista y mago del suspense que soy, la he retrasado buscando la sorpresa del lector).

Ahora es el turno de la pregunta clave, la que cualquiera con un mínimo de juicio formula. Y la respuesta es afirmativa, por más que nuestro baqueteado instinto de perro viejo se resista a creerlo. Sí. Pagan. Guardad las piedras y las antorchas, que parece que este hacedor de lluvia cumple lo que promete.

Cuando gané, tras recorrer el salón con los brazos extendidos como Leonardo DiCaprio en El lobo de Wall Street, me preocupé sobre la veracidad de todo aquello. Fui al apartado de cobro de la aplicación. Ahí ya era Jerry Maguire, con Tom Cruise gritando "show me the money". Resultó que el único requisito era solicitar el ingreso en tu cuenta de Paypal. Llegó en unos pocos días, sin trampa ni cartón.

Cómo se financian es lo siguiente que se pregunta cualquier resabiado sin hueco ya en el alma para milagros. Ni idea, la verdad. Hay que aclarar que Q12 es la versión patria de un trivial estadounidense, que experimentó un crecimiento fulgurante tanto de usuarios como de premios —un millón y decenas de miles de dólares—. Y sin modalidades de pago ni publicidad entre preguntas, aunque algunas marcas sí que patrocinan programas puntuales. Quizás en España funcione igual de bien y sus creadores recuperen la inversión, o puede que en un mes estén arruinados y cerrando el chiringuito. Servidor, mientras tanto, se inspira en Woody Allen: Take the money and run.

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¿Pueden ofrecerse consejos a neófitos y jugadores que nunca hayan logrado ganar? Pues alguno que otro.

Primero, ser muy pesado. Si invitas a alguien a la aplicación y se registra —gratis, recordemos—, obtienes una vida extra. Esto puede utilizarse una vez por programa, y permite continuar pese a fallar. Eso sí, con cabeza. No la malgastes si yerras la cuarta pregunta, porque luego vienen curvas. Aguarda hasta una ronda más avanzada, especialmente cuando sean pocos los jugadores que resistan.

Por tanto, persevera. No desaproveches ningún momento para dar la turra a familiares, amigos, animales domésticos o anónimos viandantes. Todo vale por una vida extra. Explícale a cualquiera de qué va el juego, por si cuela. O mejor, al terminar este artículo, lo compartes y así ahorras saliva.

El siguiente consejo puede lindar con la pamplina, aunque es más útil de lo que parece. Son diez segundos para contestar, pero la respuesta puede cambiarse. Por eso, cuando dudes, elige alguna rápido. Ya luego piensas y, si acaso, modificas. Pero no sería la primera vez que, dándole vueltas a dos opciones, termina el plazo y vas a la calle. Mejor un 33,3% de posibilidades que ninguna.

La última recomendación raya la poca vergüenza, pero es un factor fundamental para ganar Q12: ten mucha suerte. Es la única manera de acertar doce preguntas de tal variedad temática y especificidad. En un programa, lo mismo cae un personaje de una serie, el palmarés de la Libertadores, la fecha de una batalla histórica, qué color no pueden ver los caballos, una técnica arquitectónica, un instrumento musical de hace doce siglos, el nombre de la mayor isla de Japón, cuál es la moneda más valiosa del mundo, una teoría del origen del universo, el sombrero seleccionador de Harry Potter, el tango finlandés y un pintor del expresionismo abstracto. Es imposible saber tanto de tantos temas, por lo que sólo queda encomendarse a la fortuna para ir esquivando las piedras del camino.

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Ni que decir tiene que yo me he plantado en la ronda final acertando varias cuestiones a ciegas. Alguna, incluso, resultó ser pregunta killer, que es como llaman a aquellas que eliminan a más de la mitad de los concursantes. De estas hay varias por programa. Para avanzar, también tuve la suerte de que se me vinieran a la cabeza anécdotas o momentos concretos de mi vida que propiciaron el acierto. Sí, exactamente igual que el nota de Slumdog Millonaire.

Incluso en la última pregunta, donde ya no valen las vidas extras, hay que ser afortunado. Las mías fueron en qué año se instauró la República de China -1912-, qué cineasta dirigió un episodio de CSI: Las Vegas -Tarantino-, y cuál es el seudónimo de Beyoncé -Sasha Fierce-. De las tres, sólo sabía una. Y no la primera, que tiene truco. Marca de la casa. El detallito, jugar al despiste, ir a pillar. Lo que sea para elevar la dificultad. Así que conviene tomar pócimas, repetir conjuros a oscuras frente al espejo, quemar romero, rezar, o la superstición que pille más a mano para atraer la potra por un rato. Al menos, los diez minutos que dura el concurso.

Ah, una última cosa. Además de fortuna para responder y estar inspirado, también hay que tener cierto bagaje. Saber una mijita de algo. Que una cosa es comentar mis victorias con humildad y otra muy distinta quedarse con la gente. Ea. A jugar.

Sigue a Jorge en @j_decarlini.

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