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El nuevo ‘reality’ de Lindsay Lohan demuestra que todos somos basura

Es todo culpa nuestra.
17.12.18
Lindsay Lohan, fotos de Gareth Cattermole/MTV 2018/Getty Images for MTV​
Fotos de Gareth Cattermole/MTV 2018/Getty Images para MTV

El tráiler de Beach Club de Lindsay Lohan me pone triste.

Empieza con una Lindsay Lohan que parece sacada de una falsificación Eurotrash del cuadro El nacimiento de Venus de Botticelli, ese en el que la diosa está desnuda en una concha que surge del océano. Lohan, con un vestido de fiesta azul de inspiración griega, pone ojitos a la cámara mientras con voz en off dice: “En el pasado me han sucedido muchas cosas. La gente siempre me ha causado problemas por ir a bares, así que, ¿por qué no abrir el mío?”. Corte a Lohan llevando pendientes de aro y mucha sombra de ojos rosa. “Ahora soy la jefa”, dice chasqueando los dedos.

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Cuando salieron por primera vez el tráiler y la fecha de estreno de Beach Club, el reality show de Lohan que llegará a MTV el 8 de enero, mi reacción inmediata fue Dios mío, necesito verlo ya. El universo Twitter parecía compartir mi entusiasmo. La primera semana de enero se perfila como un montón de basura de telerealidad o de auténticos tesoros, según tus sentimientos acerca del género.

No estoy aquí para ensalzar ni empoderar los méritos de los realities (o la falta de ellos). Ver programas como Jersey Shore y The Bachelor puede ser realmente divertido. Tengo la estúpida teoría de que las estrellas de los realities son nuestros bufones de hoy en día, porque su función principal es entretenernos con sus apabullantes personalidades y sus dramas de fácil solución. A mi modo de ver, intercambian su personaje público por un mínimo de fama y un gran cheque. Me parece un trato justo.

Tampoco me interesa juzgar a Lohan por querer cobrar ese dinero de MTV. Ha recorrido un camino muy largo y muy problemático los últimos 15 años. Todos seguimos la cobertura que hicieron las revistas de sus turbios problemas, que nos dejaban sin aliento, mientras ella probablemente luchaba contra la adicción a las drogas y una enfermedad mental. Hicimos que fuera asquerosamente permisible que los paparazzi hicieran fotos a famosas como Lohan, Britney Spears y Paris Hilton en las que se les viera algo íntimo y las vendieran para ganar dinero. No estoy al tanto del estado financiero de Lohan —viendo su estilo de vida, es evidente que no le va nada mal—, pero entiendo la tentación de un cheque. Esperemos que MTV sea tan generoso como lo fue Oprah en 2013.

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Por hacer un repaso, Lohan se hizo famosa cuando tenía 11 años. Sus padres la llevaban a hacer de modelo infantil cuando tenía tres años. No ha habido un momento en su vida en el que no formara parte de la máquina de la industria del entretenimiento y, francamente, si algo hemos aprendido de películas como Ha nacido una estrella y Vox Lux, es que no debe de ser nada fácil vivir tu vida en esa burbuja y seguir siendo una persona humilde y racional sin que la vida tenga que darte una bofetada de realidad un par de veces.

Es una pena que Lohan no esté preparada para abordar los problemas reales con los que ha lidiado. Ese es mi principal problema con cómo retrata la revista PAPER a Lohan y a Amanda Bynes, su hermana en el estrellato infantil y en las humillaciones públicas. Ambos artículos pasan por alto los aspectos conflictivos; pierden la oportunidad de desafiar a Lohan y a Bynes para que se enfrenten a su vergüenza y quizás incluso se conviertan en defensoras de los jóvenes que también luchan contra la adicción y las enfermedades mentales.

Lohan huyó de Estados Unidos y ahora pasa la mayor parte de su tiempo en Miconos, donde se encuentra su principal resort de lujo, y en Dubái, donde anunció planes para construir una isla con la marca Lohan. Eligió instalarse en enclaves de gran riqueza, donde los privilegiados literalmente pagan para aislarse de los problemas del mundo. En Grecia, los ciudadanos comunes viven una crisis económica devastadora. Los refugiados de los rincones de África y Oriente Medio devastados por la guerra están huyendo hacia sus costas, debido a la proximidad geográfica del país a esas regiones, tratando desesperadamente de sobrevivir.


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A pesar de esconderse, en teoría disfrutando de unas infinitas vacaciones en la playa, Lohan ha tenido un par de altercados públicos con estos problemas en Grecia, como en septiembre, cuando se acercó a una familia de refugiados en la calle e intentó separar a dos niños de sus padres, por lo que le dieron un puñetazo en la cara. Obviamente, este incidente le hace quedar mal. Pero parece que Lohan quiere ayudar, que es consciente de que debería ayudar, pero que apenas sabe qué hacer cuando se trata de altruismo en el mundo real.

Todo esto hace que Beach Club sea aún más desconcertante. La incursión de Lohan en la propiedad de un club nocturno y resort es real. Gente que no es famosa puede acudir a sus diversos establecimientos. Y se entienden sus ganas de retirarse de la opinión pública y de cultivar una imagen más madura y más domestica, pero en realidad esto no concuerda con lo que esperamos de un reality show, aparte del hecho de que ahora tiene el suficiente control como para hacer los guiones a su gusto.

No sabemos exactamente cómo será Beach Club. Lo único que sabemos es que Lohan está a punto de convertirse en la próxima reina del drama de un reality show de televisión, siguiendo los pasos de Lisa Vanderpump como jefa matriarcal que tiene a todo el mundo a raya y genera drama. Está jugando a ser una versión disfrazada de empresaria inteligente, sin la parte del esfuerzo y el sacrificio.

Es posible que el programa acabe siendo un desastre de lo más hortera, el equivalente televisivo de tocar un bocina cada vez que algo "mola mucho". Si ese es el caso, seguramente Beach Club sea la misma historia de siempre de Lohan, con todos nosotros pegados a la pantalla esperando ansiosamente a que la cague. Eso nos convierte en gente basura, porque nos han dado de comer la misma basura en 2007, 2010 y 2012, y aún tenemos ganas de más en 2019.

Por otro lado, por improbable que parezca, Beach Club podría ser el éxito que allane el camino para el regreso de Lohan. Después de pasar años de drogadicción, conducción borracha, arrestos, rehabilitación y libertad condicional —y haber conseguido salir de todo esto con vida, vale la pena destacarlo— seríamos malas personas si no le diéramos una oportunidad a la nueva faceta empresaria de Lohan.

Me estoy esforzando mucho para no ser demasiado filosófica sobre el destino de Lindsay Lohan, después de todo, en el mundo pasan muchas cosas más importantes, como el cambio climático y el nacionalismo violento, por ejemplo. Pero siempre he sentido una extraño conexión con Lohan. Me parecía mucho a ella en Tú a Londres y yo a California. Era una niña torpe y con la cara pecosa que quería ser actriz. Ella es un par de años mayor que yo y representó a alguien a quien admirar y emular.

Es una pena que Lohan haya terminado con antecedentes, problemas de adicción y amigos como Tiffany Trump. También es culpa nuestra, por alimentar a las revistas y a la bestia de la televisión basura durante décadas. Sin embargo, parece que estamos al borde de un cambio en la forma en que hablamos de personas famosas y los aspectos no tan agradables de la vida pública. Tal vez si demostramos a los famosos que pueden ser emocionalmente vulnerables y honestos con respecto a sus luchas con la salud mental y la sobriedad, las mujeres como Lohan y Bynes se sentirían más cómodas utilizando su plataforma para cosas buenas. En cualquier caso, por ahora tenemos a Lohan presidiendo una manada de jóvenes buenorros que fingen trabajar en un complejo turístico de lujo en la playa sin ningún tipo de cuidado, casi con toda seguridad, todo para nuestro entretenimiento soñador y voyerista.

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