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Fanfarronería suicida: Amadeo Modigliani y Jeanne Hébuterne

En 1917 una mujer, Jeanne Hébuterne, conoce a un Amedeo Modigliani con una Divina Comedia bajo el brazo.
19.7.17

Heterochromia iridum es una anomalía en los ojos que hace que los iris se expresen de distinto color, y se produce cuando el individuo tiene mucha o poca melanina. Según los expertos, y quienes la tienen, no trae cambios significativos en la visión y el diagnóstico sólo es posible cuando alguien lo nota. Hubo un hombre que tal vez tenía heterocromía y nadie se percató. Justamente en él, esta condición impactó su visión dotándola de una peculiaridad importante y convirtiéndose en la excepción no descubierta a la regla. Se llamaba Amadeo Modigliani y era artista.

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Modigliani nació dentro de una familia judía en Livorno, Italia, 1884. Su madre era una mujer listísima, cuyo linaje genial se rastrea hasta el filósofo Spinoza. Su padre era un mal prestamista porque le importaba más la situación personal de sus clientes que cobrarles. La infancia del pintor estuvo llena de cultura y carencia. Dedo, como le decían, era un niño enfermizo, dependiente de su madre, quien le contaba historias y lo inspiraba a ser artista. A los 14 años, comienza a estudiar pintura, pero enferma de tifoidea y luego de tuberculosis. No está claro de qué color era Livorno, pero de ese color era uno de sus ojos. Digamos que era color miel.

Fue luego a París. Ahí se instauran de manera permanente sus excesos. Modigliani tenía una debilidad por el alcohol, las drogas y las mujeres. Se hizo famoso en los círculos artísticos por su facilidad de ejecución: Modi nunca retocaba sus cuadros. Sin embargo, hay una curiosidad en ellos. No era tanto que las figuras fuesen demasiado alargadas, sino que los ojos estaban vacíos. Y con todo esto, sus retratos reflejaban el alma de las personas. O eso decían ellos. Tampoco está escrito de qué color era París, pero de ese color era su otro ojo. Vayamos con negro.

Un día de marzo en 1917, imaginemos la escena, una mujer llamada Jeanne Hébuterne conoce a un Amedeo Modigliani con una Divina Comedia bajo el brazo. Los ojos del pintor cobraron un color nuevo, único. Le presta su sombrero con la esperanza de ver cómo se vería siendo suya. Debió ser una imagen estéticamente bella porque se enamoró enseguida. Jeanne tenía 18 años, era estudiante de pintura y modelo a sueldo. Su padre, católico, dejó de enviarle dinero cuando se enteró de que se ponía el sombrero de Modigliani porque temía del judío libertino. Pero nadie, ni Modi, lo portaba mejor y nadie podía dejar de hablar de la pareja. Se veía a los amantes de Montparnasse bailar por las calles y París adquiría colores que no se habían visto jamás.

Se mudan a Niza, pues les cuentan que ahí los desnudos de Modi podrían venderse bien. Pero el viaje fracasa porque el pintor tiene una crisis de tuberculosis y debe ser internado. Mientras tanto, Jeanne da a luz a una hija a la que llama como ella. Recuperado a medias, la pareja regresa a París, donde la obra de Modigliani sigue siendo fructífera. Pocos como él, pero vivían en la miseria. Y es que Dedo tenía un problema de visión que le impedía vivir: un ojo miel en el cielo y uno negro en el infierno; un hogar italiano repleto de pinturas de cuellos alargados y un cuchitril repleto de vicios baratos.

Cuenta Mick Davis que hubo un concurso de pintura en París. Modigliani se niega a participar, pero Jeanne y su hija le hacen cambiar de parecer. El ojo claro lleva aquí la batuta. El dijo antes que sólo pintaría los ojos de Jeanne cuando conociera su alma. Tal vez verla le recordó a Livorno, al puerto donde escuchaba historias de su madre, donde aprendió a pintar. Ahí, donde las primeras fiebres nublaron su vista y le revelaron arte. Robó un vestido de terciopelo azul y sentó a su amante para pintarla. Una botella de vino y varios cigarros dieron de sí un retrato de Jeanne que la contenía embarazada por segunda vez y un par de ojos perfectamente ilustrados. Modigliani había conocido el interior de esta mujer, tal vez porque lo miraba fijamente al posar y pudo ver que dentro sólo estaba él. El alma de Jeanne era Amadeo.

Por eso me atrevo a decir que lo siguió en su travesía. Cuentan todos que el magnetismo de la pareja era tal que los destrozos del pintor pasaban a segundo plano. Eran juntos, siempre, contra las eventualidades, todas desafortunadas. El retrato de Jeanne conmovió al público y logró ganar el concurso. Mientras tanto, Modi estaba buscando una licencia matrimonial para formalizar frente al mundo su unión. Después de obtenerla, hace una parada en un bar. El ojo oscuro toma el mando. Sólo una copa de vino, se dice a sí. Una que fueron dos, tres, más. El loco de Livorno gritaba que era millonario, nadie sabía por qué. Sencillamente era porque iba a casarse con Jeanne. Pero en el bar no entendieron eso y lo atacaron en la salida. Eso dice la ficción, pero con historias así, ¿quién presta atención a lo real?

Lo oficial es que Amedeo Modigliani cayó por la tuberculosis. Jeanne no dejó su lado una semana entera. Ninguno de los dos comía, sólo ella intentaba bajar su fiebre. Imaginemos otra escena: los dos en la cama envenenados de miedo, él delirante, ella entrando al delirio. Por fin ella comprende lo que es tener ojos de distintos colores, la visión la embriaga y se rehúsa a pedir ayuda. Nada es peor que separarse de él y sólo ella comprende que necesita a Amedeo Modigliani para vivir. En ese momento, viendo al sombrero que yace derrotado en el suelo, Jeanne Hébuterne ve el alma de su amante. Demasiado tarde porque Modi muere con un ojo a Livorno y el otro a París. Ella no puede soportarlo. Va a su casa, ve el paisaje desde la azotea y decide lanzarse al vacío. Muere embarazada de ocho meses y dejando a una pequeña hija huérfana. Entendamos, se fue Modi y se le fue la vista.

Luego de una década, los amantes de Montparnasse son enterrados juntos. Ahora, y todo el tiempo que dura una tumba, los ojos de este par no van a ningún otro lado que no sea el otro. Por fin, Modigliani tiene los ojos del mismo color.