crimen y drogas

Problemas en el paraíso de la hierba: Amsterdam sumida en una guerra de bandas criminales

El tratamiento que los holandeses han deparado a las drogas ha demostrado ser muy efectivo en la reducción de daños. Claro que también ha ocultado a la opinión pública los latentes problemas asociados al narcotráfico local.
20.4.16
Photo via Robin Van Lonkhuijsen/EPA

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El pasado 10 de marzo, la cabeza decapitada de un joven de 23 años apareció en la entrada de un fumadero de Amsterdam al que se conoce por ser uno de los puntos de encuentro de los narcotraficantes de la capital holandesa. El resto del cuerpo de la víctima fue descubierto en el interior de un coche quemado, al otro lado de la ciudad.

Se trata del penúltimo episodio escabroso de una guerra entre organizaciones criminales rivales. Según las autoridades holandesas, el conflicto se ha cobrado el 20 por ciento del total de los asesinatos de los últimos tres años en Holanda, uno de los países con un índice de asesinatos más bajo del mundo.

Todo arrancó hace 4 años en el puerto de Amberes, Bélgica, con la desaparición de un cargamento de cocaína. El millonario extravío se ha convertido en la razón a la que todos nombran para explicar la oleada de asesinatos que asola desde entonces al tranquilo país de los tulipanes. El estallido de violencia es la prueba de que ni siquiera un estado con alguna de las políticas sobre drogas más progresivas del mundo, está a salvo de la guerra contra las drogas.

Claro que puestos a buscar razones históricas para identificar el arranque de la guerra de las drogas, habría que remontarse a la Convención Internacional del Opio, celebrada en la Haya, nada menos que hace 104 años: en 1912. Entonces se firmó en la ciudad holandesa el primer tratado internacional de control sobre los estupefacientes.

Aquel pacto se convertiría en el preámbulo de la creación de Naciones Unidas y en la antesala de tres contundentes tratados sobre fiscalización de las drogas, que se convertirían en los señuelos que iban a determinar la política sobre narcóticos internacional de las próximas décadas.

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El martes, en Nueva York, la Asamblea General de Naciones Unidas acogió la primera jornada de una sesión especial de tres días en los que se discutirá la estrategia a seguir en materia de drogas de los próximos años. Se trata de la primera cumbre de esta índole que el organismo internacional celebra desde 1998.

Los partidarios de la reforma esgrimen que las actuales políticas antidroga han sido más perjudiciales que beneficiosas. De hecho, hasta la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha hecho un llamamiento a la reducción de daños que pretende despenalizar a los drogadictos, a menudo convertidos en las víctimas de una pirámide en la que miles de narcotraficantes circulan impunemente por todo el planeta.

A pesar de que los holandeses han cumplido con los tratados internacionales y han sido pioneros en la política de reducción de daños entre los toxicómanos de su país, también es cierto que han sido muy hábiles a la hora de mantener los existentes conflictos del narcotráfico lejos de la opinión pública.

'Se trata de un sistema endémicamente errático que multiplica obscenamente los ingresos de los narcotraficantes'.

En Holanda las drogas ocupan una suerte de vacío legal. Todas las drogas ilegales convencionales están prohibidas. Sin embargo, las sanciones por posesión de las mismas oscilan entre lo inexistente y lo irrelevante. Todo depende de la sustancia y de la cantidad. En la práctica, existen distintas gradaciones para la descriminalización de varias sustancias, además de un número considerable de políticas contradictorias.

Los coffee shops de Amsterdam son el ejemplo más flagrante. Son dispensarios de cannabis para holandeses y, a menudo, también para turistas, a pesar de que se trata de una sustancia que es ilegal producir, poseer y vender. Sin embargo, una vez la marihuana llega al mostrador del coffee shop, la ley deja de cumplirse en nombre de la tolerancia hacia las drogas blandas.

Si las tiendas consignan una cantidad reducida de cannabis y no venden más de cinco gramos por cliente, todo está en orden. Se trata de una solución que permite, entre otras cosas, que Holanda siga cumpliendo con la convención sobre drogas de Naciones Unidas.

"Se trata de un sistema contradictorio, que propone un doble rasero en el que puedes vender la sustancia abiertamente pero no puedes producirla. Es una auténtica falacia", comenta Jan Brouwer, un profesor de derecho de la universidad de Groningen, que está especializado en las políticas narcóticas de su país. "Se trata de un sistema fundamentalmente errático que abastece con millones al crimen organizado".

Brouwer asegura no creer necesariamente en la regulación de todas las drogas, pero entiende que el hecho de que algunas drogas sean menos perjudiciales no es razón para validar el sistema.

"Yo invito al gobierno a que empiece a regular las drogas lo antes posible. Es la única manera de impedir que los sindicatos del crimen, cada vez más fortalecidos, se hagan por completo con el mercado. Hemos intentado aplicar este sistema de doble rasero durante 40 años", comenta. "Y si queremos reparar nuestro problema de transparencia judicial es hora de que tomemos una decisión. O bien tiramos hacia el modelo estadounidense y aplicamos la represión indiscriminada de todas las sustancias; o bien damos el siguiente paso. Y ese no es otro que regular primero el cannabis. Y continuar con el resto de estupefacientes a partir de ahí".

La reputación que Holanda se ha ganado como país tolerante ha sido antes una consecuencia de la manera en que tanta gente se las ingenia para vivir en un espacio tan reducido, antes que de una manera pionera de respaldar los derechos de los demás. "Es algo más tipo 'tú ocúpate de lo tuyo que yo me ocupo de lo mío', mucho más típico de la cultura holandesa, que nada que tenga que ver con un 'vive libre o muerte'".

Tal es un sentimiento del que el mismo primer ministro holandés, Mark Rutte, dejó constancia durante una entrevista concedida en 2014. Entonces el líder señaló que "la gente debería sentirse libre de hacer con sus cuerpos lo que le de la gana, siempre y cuando estén bien informados de los efectos que les puede acarrear consumir tanta porquería", sentenció.

Rutted también dijo durante la misma entrevista que legalizar el cannabis en base al modelo de Colorado — en el que el estado grava y regula todos los niveles de la pirámide de producción y suministro y en que los jóvenes mayores de 21 años están autorizados a comprar la sustancia en las tiendas públicas autorizadas — es algo que se descarta completamente. "Si nos ponemos a hacer eso nos convertiremos", dijo, "en el hazmerreír de Europa".

Más allá de la pátina de tolerancia, la cultura de los estupefacientes holandesa no es muy distinta a la del resto del mundo. Por mucho que exista la idea errónea de que Amsterdam es el paraíso de la marihuana, lo cierto es que al público en general el cannabis le da completamente igual, y su producción sigue estando prohibida. Para la mayoría de los holandeses la marihuana no es más que algo para los turistas o algo con lo que te diviertes y haces un poco el idiota cuando vas al colegio. Alrededor del 24 por ciento de la población adulta del país lo ha probado, lo cual es una cifra elevada, pero solo un 10 por ciento lo hizo el año pasado, lo cual es una cifra bastante baja.

El hecho de que la gente consuma drogas se ha valorado como una circunstancia desgraciada para el país. Sin embargo, la regulación de las drogas, desde una perspectiva sanitaria ha mejorado la vida de mucha gente, en especial en comparación a hace 40 años. Los medicamentos con receta médica están firmemente regulados y los médicos dejan de administrarlos cuando sospechan que existen casos de abuso. Igualmente, los drogodependientes pueden acogerse a un sistema de salud universal en el que se les paga su desintoxicación. Incluso, en los casos más progresivos, hasta se suministra heroína gratuita a los pacientes que así lo desean en lo centros de salud del estado designados a tal efecto.

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"Nuestro programa contra la heroína ha demostrado ser un éxito absoluto", afirma Floor van Bakkum, responsable del programa de prevención en el Centro Jellinek de Tratamiento de las Adicciones, una institución financiada por la sanidad pública. "Hemos sido capaces de tratar a los drogodependientes, de rescatarles de la delincuencia y de la enfermedad, de disminuir los daños y, básicamente, de asegurarnos de mantener a cero el consumo de heroína en el grupo de pacientes con el que trabajamos".

El promedio de edad de los opiómanos está bien por encima de los 40 años. Y no para de subir. Las sobredosis todavía suceden, pero el índice de Holanda sigue siendo uno de los más bajos de Europa: el índice de muertes por sobredosis de opiáceos es de 9.1 personas por cada millón de habitantes. En Estados Unidos, por ejemplo, mueren 83 personas por cada millón por sobredosis de opiáceos, mientras que 123 de cada millón sucumben al abuso de medicamentos con receta.

En Holanda el sistema sanitario ha mejorado la calidad de vida de los consumidores de estupefacientes y han conseguido convertir el problema de la droga en un asunto de salud antes que en un problema delictivo.

"En el sistema holandés el consumo siempre se abordó como un problema de salud", cuenta. "La perspectiva delictiva solo empieza a tener un papel relevante en cuestiones de tráfico y de producción".

Y allí es donde el problema persiste. El año pasado 2.5 millones de fumadores de cannabis holandeses, 260.000 consumidores de MDMA y 170.000 consumidores de cocaína obtuvieron sus sustancias del mercado negro.

La marihuana es de producción propia mientras que el hachís llega del norte de Europa, tal y como relatan los holandeses que trabajan en el sector. Un informe policial de 2012 concluía que la cocaína entra principalmente por los puertos de Rotterdam y de Amberes, y que desde allí se distribuye hasta el resto de Europa. Por lo que respecta a drogas sintéticas, como el MDMA y las pastillas de éxtasis se producen en laboratorios clandestinos holandeses, que se han convertido en las factorías que suministran una cantidad sustancial del consumo global.

"La producción de drogas sintéticas se produce, fundamentalmente, en almacenes, en edificios de oficinas, en grandes cobertizos, en polígonos industriales o en zonas del campo", concluía el informe policial de 2012, que incorporaba un recuento anónimo de una docena de investigaciones a gran escala.

'Estamos hablando de un problema internacional. No deberíamos de tener la ilusión de que hacer las cosas de manera diferente resolverá nuestros problemas cuando el crimen organizado está subiendo como la espuma'.

A principios de este mes alrededor de 150 personas fueron detenidas después de que una masiva investigación descubriera una colosal operación de producción de estupefacientes. Las autoridades declararon al periódico holandés NRC que el laboratorio era lo suficientemente grande como para producir "70 kilos de MDMA varias veces por semana".

Teniendo en cuenta la dimensión del mercado de las drogas y el nivel de abastecimiento mundial de sustancias, el tráfico de drogas se podría convertir fácilmente en un parte integral de las economías locales, algo que dispararía la corrupción a nivel municipal y el lavado de dinero de manera escandalosa. Combatir el mercado de drogas ilegales tiene un coste para el gobierno holandés de alrededor de mil millones de dólares al año. Si se aplicara la misma cifra a una escala estadounidense estaríamos hablando de 19 mil millones de dólares — más o menos la cantidad que cifra el presupuesto anual de la NASA.

A diferencia de Estados Unidos, Holanda no dispone de leyes de tres instancias ni de sentencias mínimas obligatorias. Igualmente, no existe la amplia militarización de las fuerzas de seguridad que existe en Estados Unidos. Y todas las cárceles son públicas, y no privadas. Si bien es cierto que la población carcelaria ha ido disminuyendo, en gran medida debido al envejecimiento de la misma, se calcula que el 17.5 por ciento de los prisioneros holandeses están encerrados por haber infringido la ley nacional de opiáceos.

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Nicole Maalsté, una socióloga independiente, investiga el trabajo en la industria de las drogas ilegales. Tanto la policía como los departamentos gubernamentales acuden a menudo a ella para intentar descifrar el comportamiento de tales redes delictivas. En un correo electrónico dirigido a VICE News, Maalsté cuenta que la gente que trabaja en el mercado de la hierba holandesa puede dividirse en varias categorías distintas.

"En primer lugar estarían los criminales clásicos, los que intentan hacer dinero a toda costa", explica. "En segundo lugar están los pioneros, que son aquellos que aman la planta de marihuana y que nunca concibieron estar haciendo nada malo. Luego están los campesinos que luchan por dar con una solución para su negocio en una economía deficitaria. Y por último están los trabajadores accidentales, que se han visto obligados por las circunstanciales, y los pequeños criminales, que empiezan a hacerse más grandes".

En los últimos años, explica, las fuertes medidas contra los estupefacientes impulsadas por el gobierno han disuadido a los entusiastas de la hierba, mientras que han contribuido a que aquellos que solo buscan hacer dinero se hayan profesionalizado.

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La otra tara del actual sistema holandés, que consiste en no perseguir a los usuarios e ir a por los productores, ha contribuido a disminuir la calidad de las sustancias ilegales. Y, a consecuencia de ello, estas se han convertido en más peligrosas para la salud pública. La cocaína siempre está cortada con alguna otra sustancia, mientras que las pastillas de éxtasis adulteradas también han provocado varias muertes.

La calidad de los éxtasis fluctúa según los golpes que se inflijan a sus productores, lo cual, ocasionalmente, desemboca en un mayor índice de muertes.

Si bien el sistema holandés cuenta con enormes inconvenientes, los tratados en vigor de Naciones Unidas prohíben que ningún país legalice y regule las drogas con fines recreacionales. En concreto, la Convención Única sobre sustancias Narcóticas de 1961 dispone que los estados miembros tienen la "obligación general" de "limitar exclusivamente a intenciones médicas y científicas todo lo relacionado con la producción, exportación, importación, distribución, comercio, uso y posesión de estupefacientes".

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Piet Hein van Kempen, un profesor de derecho penal y de enjuiciamiento criminal en la universidad de Radbout, en Holanda, fue requerido recientemente por el ministerio de Justicia para que investigara si los tratados internacionales sobre la droga ofrecen algún espacio que permita "legalizar, descriminalizar, tolerar y/o regular el cannabis de cualquier otra manera para su uso recreacional". Su respuesta fue un no "tajante".

"Si solo miras a los tratados de Naciones Unidas y a las leyes europeas en materia de drogas, entonces descubrirás que incluso nuestra sistema actual los estaría vulnerando".

En Estados Unidos la marihuana recreacional ha sido aprobada en tres estados, además de Washington DC. Y allí, la administración Obama ha proclamado que el sistema de su país, que permite que la marihuana sea ilegal a nivel federal pero que pueda regularse legalmente en otros estados, no contraviene ningún tratado internacional. Tal argumento ha despertado el escepticismo de alguno de los miembros de la comunidad internacional. Muchos gobiernos, como Rusia, Irán o China han optado por adoptar una línea dura, una línea que, básicamente, entiende que los tratados expresan una rotunda prohibición de todas las sustancias ilegales.

'De acuerdo con los tratados de Naciones Unidas y con las normativas sobre drogas europeas, nuestro sistema sería ilegal'.

Van Kempen y un investigador académico están trabajando actualmente en un libro que propone soluciones al tema al margen de los tratados de la Unión Europea. No han querido desvelar los detalles, pero asegura que "creo que nuestra investigación resultará de interés para mucha gente".

La guerra contra las drogas ha sido siempre reivindicada como un asunto de salud pública y como parte de la lucha contra el crimen organizado. El sistema de doble rasero de Holanda solo ha servido para impedir que la guerra de las drogas alcance sus cotas más delirantes, pero también ha estrechado la mirada de la opinión pública, a quien se le ha privado la información sobre cuales serían los problemas que todavía quedarían por resolver.

Tal medida ha provocado, por extensión, un bloqueo considerable para la posibilidad de proponer una nueva normativa. Uno de los grandes partidos políticos del país defiende la legalización en principio; sin embargo sus miembros prefieren no sumarse a ninguna campaña pública por miedo a que su posición se les pueda volver en su contra a ojos de la opinión pública, proverbialmente desinformada.

Cuando se le pregunta por los efectos de la política holandesa contra el crimen organizado, Martin Van Rijn, el secretario de salud del país, asegura, básicamente, que pase lo que pase con la política del país en materia de drogas, lo que hace falta para cambiar las cosas es que se actúe desde el resto del mundo.

"Estamos hablando de un problema internacional", explica. "De manera que no deberíamos tener la fantasía de que si empezáramos a hacer las cosas de manera distinta, eso ayudaría a solucionar nuestros crecientes problemas con el crimen organizado".

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