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feminismo

La mejor forma de combatir el machismo es dar a los hombres de su propia medicina

Las lecciones que aprendí en un campamento de verano para adolescentes ya cerrado siguen teniendo vigencia en la era del #MeToo.

por Kelli Auerbach; traducido por Mario Abad
26 Abril 2018, 3:15am

Ilustración por Nico Teitel 

“¡Mira cómo se mueve!”.

“Venga, dame tu número”.

“¡Sonríe, bombón!”.

Estas son sola algunas de las frases ofensivas que oí a varias chicas de entre 15 y 18 años decir a los chicos en un campamento de verano, ya desaparecido, en la montaña, cerca de Los Ángeles.

El ejercicio se llevó a cabo con un grupo de chicas de lo más diverso, desde miembros de bandas hasta frikis integrantes de grupos de teatro. Casi 100 jóvenes se colocaron dispuestas en dos hileras, unas frente a otras, formando un pasillo que los chicos, uno a uno, debían recorrer.


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Durante este experimento de piropos a la inversa, las chicas gritaban, susurraban, insultaban y humillaban a los jóvenes del sexo opuesto. Era un tsunami de falso flirteo y auténtica rabia. Se suponía que no podían tocar a los chicos, así que se ponían delante de ellos y les decían cosas muy cerca de su cara. Ellos no podían decir ni hacer nada.

Luego, los chicos debían sentarse a escuchar en silencio las historias de acoso, abusos y violaciones de las chicas. A continuación, después de que los dos grupos se reunieran por separado y debatieran, ambos géneros se juntaron para sacar conclusiones.

Pese a lo salvaje que puede parecer, este ejercicio se hizo para que los chicos se dieran cuenta del acoso y las microagresiones que las mujeres deben soportar a diario y para concienciarlos sobre los matices de ese sufrimiento, fomentar la empatía y lograr cambiar su actitud.

La autora en el NCCJ’s Brotherhood-Sisterhood Camp de Los Ángeles (abajo a la dcha., tumbada en el suelo con vaqueros y el codo hacia fuera)

En una ciudad tan extensa, estratificada y dividida como Los Ángeles, los jóvenes que acudían a este campamento procedían de entornos muy distintos. Desde su creación, en la década de 1950, hasta 2004, año en que cerró, este proyecto animaba a los jóvenes que acudían a reflexionar en profundidad no solo sobre el machismo, sino también sobre el racismo, el antisemitismo, el clasismo y la homofobia, todo con el propósito de generar un diálogo que ayude a “crear una comunidad multicultural, multirracial e interreligiosa”.

Su premisa era la siguiente: para derribar los prejuicios y la intolerancia, debemos empezar por examinar nuestros propios prejuicios, reconocer que todos discriminamos, todos tenemos estereotipos, sin importar lo tolerantes que nos pensemos que somos. No hay forma de crecer en Estados Unidos como persona blanca y no ser racista en cierto grado, así como no hay forma de ser hombre y no ser machista. Admitir nuestros prejuicios, analizarlos y enfrentarnos a ellos por lo que son es la única forma de hacer que desaparezcan.

“Me hizo ver qué se siente cuando invaden tu espacio íntimo, te agreden verbalmente, te marginan y te hacen sentir como un pedazo de carne y cuando no tienes el control. Es decir, lo que las mujeres viven a diario”

Muchos de los que nos apuntamos al campamento pensábamos que no sería más que un fin de semana divertido en la montaña. En cambio, nos encontramos con toda una lección de humildad. El personal del campamento era experto en hacernos pedazos y recomponernos de nuevo. Fue una semana muy intensa y transformadora, y de aquella experiencia surgieron las amistades más duraderas y sinceras que hayamos tenido.

El campamento estaba organizado por la National Conference of Christians and Jews, una organización formada en la década de 1920 con el propósito de fomentar la inclusión religiosa, aunque pronto amplió su labor a las relaciones humanas y la justicia social (y cambió su nombre en la década de 1990 al de National Conference of Community and Justice). Su filosofía distaba mucho de la de los experimentos de comunas hippies de la época.

Cuando el otoño pasado las mujeres de todo el mundo empezaron a dar a conocer sus experiencias de acoso y abuso, sentí curiosidad por saber si el movimiento #MeToo realmente estaba logrando cambiar las actitudes y comportamientos de los hombres, o si a estos ahora les da miedo que los pillen.

Me hizo pensar en el campamento, en los cambios de percepción que inspiró y en cómo ejercicios como el que hicimos podrían influir en la forma que tienen los hombres de entender el machismo más efectivamente que un hashtag o cualquier otra forma de activismo digital. Soy consciente de que la mayoría de la gente no tiene acceso a un campamento como ese, y por eso veo en ello un ejemplo de por qué haría falta que Estados Unidos invirtiera más en este tipo de iniciativas para fomentar la empatía y, por extensión, la acción directa.

Me puse en contacto con hombres asociados con el campamento (miembros, jóvenes líderes, personal y directivos) para preguntarles sobre su experiencia con aquel ejercicio de intercambio de roles. Lo definieron como una experiencia intensa, abrumadora, desconcertante e incluso perturbadora. Algunos hablaron de ella muy de pasada; otros se enfadaron y se pusieron a la defensiva; algunos lloraron.

“Mi primera reacción fue reír. Me parecía divertido que una mujer me dijera ‘Vaya culo que tienes’. Sin embargo, a medida que avanzaba, la sensación de sentirse solo como un cuerpo empezó a ser dolorosa, inquietante e incómoda"

Hubo personas cuyas reacciones se transformaron a lo largo de la charla, como Rodney Lazar, de 46 años, que participó en el campamento entre 1987 y 1991 y que hoy es vicepresidente ejecutivo de una empresa de finanzas. “Mi primera reacción fue reír. Me parecía divertido que una mujer me dijera ‘Vaya culo que tienes’. Sin embargo, a medida que avanzaba, la sensación de sentirse solo como un cuerpo empezó a ser dolorosa, inquietante e incómoda: ya no soy Rodney, soy solo un culo, un pectoral”, recuerda Rodney.

Daniel Solis y Martínez, de 35 años, asistió a los campamentos entre 1999 y 2004, y hoy es el director ejecutivo adjunto de la California Conference for Equality and Justice. “El miedo que sentí al principio del ejercicio se convirtió en vergüenza por conocer el dolor, la rabia y la tristeza de las mujeres que había conocido esa semana y formar parte de todo ello” explica Solis.

“Ponerse en la piel de las mujeres, aunque fuera solo temporalmente, me afectó mucho, señaló Lazar. “Me hizo ver qué se siente cuando invaden tu espacio íntimo, te agreden verbalmente, te marginan y te hacen sentir como un pedazo de carne y cuando no tienes el control. Es decir, lo que las mujeres viven a diario”.

Pese a todo, recuerdo que algunos chicos no lo pillaron. Se paseaban por el corredor, levantándose la camiseta y frotándose el pecho. Quizá ese pavoneo era un mecanismo de defensa, o tal vez disfrutaban siendo el centro de atención. Contacté con varios expertos no vinculados al campamento, para que me dieran su opinión sobre aquel ejercicio.

La doctora Kate Manne, filósofa feminista en Cornell, explicó: “Muchas veces a los hombres les cuesta entender por qué a las mujeres no les gustan que las piropeen” porque no lo ven como algo denigrante ni se dan cuenta de que la forma de un hombre de expresar atracción puede ir estrechamente ligada al miedo de una mujer a ser víctima de la violencia.

El doctor Paul Bloom, psicólogo de Yale, se muestra crítico con la empatía, argumentando que no es buena guía para tomar decisiones morales. Asimismo, afirma que un ejercicio como el que hicimos en el campamento podría incluso alimentar el desprecio de un hombre hacia las mujeres, si su forma de pensar es: Me gusta ser el centro de atención, por lo que a las mujeres también les debe de gustar; yo respondería si alguien me llamara zorra, por lo que las mujeres también deberían, y si no lo hacen, es culpa suya.

Escuchar a las mujeres no era tarea fácil, porque era una tarea que obligaba a chicos adolescentes a enfrentarse a poderes y privilegios que ni siquiera sabían que tenían

Los hombres con los que hablé que acudieron a los campamentos coincidían en que no asimilaron la importancia del ejercicio hasta que se sentaron en silencio a “escuchar las historias de las chicas y ver que los piropos están directamente asociados a casos de acoso y abusos”.

La doctora Julie Anderson, psicoterapeuta de Los Ángeles especializada en temas de género y sexualidad, corroboró que ese gesto —el de escuchar— es crucial: “El ejercicio se centraba en las experiencias de las mujeres desde su perspectiva y contexto, no desde la visión y las experiencias de los hombres”.

Pero escuchar a las mujeres no era tarea fácil, porque era una tarea que obligaba a chicos adolescentes a enfrentarse a poderes y privilegios que ni siquiera sabían que tenían: “Las mujeres mandaban en todo y nos decían qué teníamos que hacer, y entonces me di cuenta de lo normal que era que los hombres lo dirigieran todo. Aquel cambio de roles fue muy sorprendente y desconcertante”, recuerda Mike Chavez, hoy de 49 años y especialista de comunicación de un sindicato de personal sanitario.

Matthew Gibson, que participaba en los campamentos como uno de los jóvenes líderes, dijo: “Como hombre joven y negro, era muy consciente de que no tenía ningún poder en la sociedad. Pero lo que no me había parado a pensar era en mi posición de poder como hombre. Aquello me chocó mucho”.

Los hombres gais, como Solis y Martínez, convencidos de que no eran cómplices del machismo, fueron obligados a afrontar la realidad de que incluso ellos seguían teniendo privilegios por ser hombres y sexualizaban a las mujeres (imponiendo cánones de belleza, por ejemplo) pese a que no practicaran sexo con ellas.

“Antes del campamento, yo era machista, por lo que para mí si fue una transformación importante”

En el campamento fui testigo de cómo aquel ejercicio ponía patas arriba el mundo de esos jóvenes. Pero ¿funcionó? ¿Sirvió para cambiar su conducta posteriormente? Chavez dijo que dejó de ver a algunos de sus amigos del instituto porque no paraba de llamarles la atención por decir constantemente “zorras”. “Antes del campamento, yo era machista, por lo que para mí si fue una transformación importante”.

Otro de ellos, jugador de fútbol, se puso de pie en plena reunión de compañeros de fraternidad, delante de sus 50 hermanos, y pidió respeto para las mujeres y que no llamaran “maricas” a los homosexuales. Se burlaron de él, pero no dejó de reivindicarlo hasta que finalmente empezaron a escuchar. Esto es un claro ejemplo de lo que Anderson afirma que es la forma más efectiva de hacer que los hombres cambien positivamente su actitud hacia las mujeres: escuchar a otros hombres hablar de machismo y de por qué está mal.

Los hombres jóvenes que participaron en el campamento creían que un ejercicio empírico era una forma de entender el machismo más poderosa que leer un libro o ver un vídeo. Tanto Anderson como Manne corroboraron la importancia del aprendizaje visceral y de su vinculación con el cambio de la conducta. “La catarsis integrada (física, emocional, intelectual) tiene la capacidad de cambiar comportamientos que no te han sido de utilidad”, señaló Anderson. “El aprendizaje visceral puede desempeñar un papel clave en la labor de incitar a las personas a poner en práctica sus valores morales”, apuntó Manne.

¿Qué pueden sugerir ejercicios de roles como ese al movimiento #MeToo? Un hashtag no puede transmitir la experiencia de sufrir acoso. Tal vez lo que se necesite sea eso: experiencias. Según Manne, “las personas tienden a justificar moralmente sus actos para evitar verse como misóginos o acosadores”. Las experiencias viscerales pueden ayudar a luchar contra esto, añadió, pero también es necesario aceptar que estamos perpetuando conductas injustas y no cerrarnos en banda con excusas o culpando a las víctimas. “Hay que estar dispuesto a hacer frente a la vergüenza”.

En los campamentos no solo se llamaba la atención a los chicos por su comportamiento, sino que también se les animaba a trabajar y reflexionar para cambiarlo

A diferencia del movimiento #MeToo, que se basa más en señalar con el dedo acusador a los “hombres malos” —que también es necesario—, en los campamentos no solo se llamaba la atención a los chicos por su comportamiento, sino que también se les animaba a trabajar y reflexionar para cambiarlo. Había espacio para la redención, pero había que ganárselo trabajando duro. Y no era cosa de las mujeres, razón por la que los hombres se reunían entre ellos.

Para muchos hombres, esos campamentos empezaron como un proceso arduo y autorreflexivo para desvincular su masculinidad del comportamiento machista. Pero desaprender el machismo es una labor de por vida. Todos ellos siguen luchando por lograrlo, conscientes, como dijo Chavez, “de todas las formas en que no doy la talla como feminista”.

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