La historia de cómo los rusos se enamoraron de unas barritas hechas con sangre

Muchos niños soviéticos crecieron disfrutando el dulzor, la textura y ese regusto metálico de las barritas Hematogen sin saber de qué estaban hechas realmente.

por Mark Hay
04 Abril 2019, 3:45am

Ilustración por Adam Waito 

Maria Pirogovskaya creció en la Unión Soviética. Recuerda que, cuando era niña, su madre muchas veces volvía de la farmacia con un “regalito saludable” para ella: una “barrita” llamada Hematogen. Producida oficialmente como un suplemento sin receta para tratar la anemia —que afecta a casi un cuarto de la población mundial aunque con especial incidencia en los niños—, este dulce estaba hecho con azúcar de remolacha, leche condensada y sirope, así que Pirogovskaya lo devoraba en un abrir y cerrar de ojos. Básicamente, era el equivalente soviético de las gominolas con vitaminas, pero con una textura más parecida a la de los caramelos de esos que se pegaban a los dientes. “En el colegio”, añade Pirogovskaya, “me las compraba siempre que pasaba junto a una farmacia y llevaba suelto”.

Sin embargo, a diferencia de los suplementos que se comercializaban en otros países de Europa o en Estados Unidos, las barritas Hematogen que con tanta ansia devoraba Pirogovskaya no estaban hechas de vitaminas y minerales aislados de productos naturales o producidos sintéticamente en un laboratorio. El hierro de Hematogen, que ayudaba a prevenir la anemia, procedía de la albúmina, uno de los componentes principales de la sangre. Más concretamente, cada barrita de Hematogen contenía al menos un 5 por ciento de sangre de vaca.

Las barritas de Hematogen no eran un producto exótico ni un experimento. Según muchos testimonios, se comercializó en las farmacias soviéticas durante décadas, hasta la caída de la URSS, y fue un elemento importante en la infancia de muchos niños de la época. Incluso hoy es posible encontrarla en muchos establecimiento de la antigua Unión Soviética, aunque no con tanta facilidad como antes. (Hoy los fabricantes y vendedores de Hematogen venden toda una gama de productos no solo para la anemia, sino para tratar todo tipo de síntomas, como la falta de concentración, la piel apagada o un refriado común).

“De hecho, si quisieras la podrías comprar ahora mismo en Nueva York”, asegura Anastasia Lakhtikova, una de las editoras del ensayo académico Seasoned Socialism: Gender and Food in Late Soviet Everyday Life.

Por mucho que pueda parecer uno de tantos bienes de consumo extrañísimos de la era soviética, nacidos de la frugalidad, el pragmatismo y la producción y distribución centralizada y totalitaria, el origen de Hematogen es anterior a la URSS. Para empezar, casi todas las culturas de la humanidad tienen una larga tradición de consumo de sangre animal. El consumo de muchos alimentos elaborados con sangre tiene su origen en historias de escasez y en el conocimiento, desde antiguo, de que, como señala Adrianne Jacobs, colaboradora en Seasoned Socialism, “la sangre es increíblemente nutritiva” y contiene muchas proteínas, vitaminas y minerales, y menos colesterol que los huevos.

Pirogovskaya, que hoy es historiadora especializada en alimentación y medicina rusa en la Universidad Europea de San Petersburgo, señala que gracias al aumento de la sensibilización y el interés por la salud pública y la química alimentaria durante el siglo XIX, “los médicos y fabricantes europeos empezaron a interesarse por la idea de crear alimentos altamente nutritivos y no perecederos”. Probaron con todo, desde cacao a leche o levadura, y elaboraron productos de todo tipo a base de polvos y extractos. También experimentaron con la sangre, intentando destilar su valor nutricional y materializarlo en formatos con sabor agradable y de larga duración. Pirogovskaya señala que investigadores de toda Europa crearon una serie de productos a base de sangre, como Hematopan, “polvo de sangre endulzado con regaliz”, y Haemosan, una “bebida hecha de proteínas, lecitina y glicerofosfato de calcio”. Las barritas de Hematogen, según el periódico ruso Pravda, se elaboraron en el laboratorio de un médico suizo, respondiendo a esa locura por la comida modernista de finales de la década de 1800.

Según el hematólogo Thomas DeLoughery, la idea de procesar sangre masivamente en un formato fácil de almacenar y endulzado para tratar la anemia no era tan descabellada. A día de hoy, los médicos recomiendan tomar suplementos de hierro a las personas con riesgo de carencia. Pero las pastillas de hierro no siempre tienen buen sabor y muchas personas no son capaces de absorber el hierro al tomarlas; DeLoughery y otros facultativos suelen prescribir también suplementos de vitamina C, que ayuda a absorber el hierro.

DeLoughery señala que “las barritas de Hematogen contienen unos 10 miligramos de hierro elemental, cantidad que se encuentra en el intervalo recomendado de ingesta de hierro para los niños”. El hecho de que el hierro proceda de la sangre es una ventaja añadida, ya que “el hierro de la sangre, el hierro hem, se absorbe mucho mejor que el de las pastillas”.

1553875611588-hematogen-collage
Composite image by Hilary Pollack

La mayoría de los fabricantes de Hematogen desaconsejan comer más de una barrita al día en el caso de los niños, o una y media en el de los adultos, y tampoco recomiendan consumirlas mientras se está dando pecho, durante el embarazo o para personas con diabetes. Asimismo, no recomiendan tomarlas más de varias semanas seguidas. Sin embargo, estas advertencias pueden deberse más a un exceso de precaución que a un verdadero riesgo. DeLoughery señala que la barrita media de Hematogen contiene una décima parte del hierro que hay en una pastilla. Incluso aunque un niño absorbiera más hierro en la barrita del que contiene la pastilla, “sería muy difícil que se produjera una intoxicación por hierro”, asegura. Como mucho, un empacho de Hematogen podría provocar un dolor de estómago o estreñimiento.

Décadas después de su creación, las barritas de Hematogen parecieron desaparecer de todas partes salvo de la URSS, donde solo empezaron a triunfar a partir de la década de 1920. Aunque las razones son un tanto turbias, según la historiadora alimentaria Amy Bentley, la desaparición del producto en Occidente probablemente se debiera a la ola de modernización liderada por Estados Unidos y a la nueva obsesión del país por trascender los productos naturales, como la sangre, a favor de los alimentos químicos y procesados. Al mismo tiempo, su auge en la URSS tenía su origen en el sistema económico descendente de la unión. “Posiblemente”, aduce Lakhtikova, “se tratara del proyecto de alguien muy poderoso que pensó que sería una gran idea”.

Tal vez los altos mandos soviéticos se interesaron en las barritas de Hematogen sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial, cuando, pese a la importante escasez de alimentos, el país dedicaba muchos recursos a la producción de vitaminas para su población, sobre todo los niños. Fue esa obsesión de los soviéticos por producir todo lo que podían en su propia industria la que, durante las décadas de 1970 y 1980, propició la omnipresencia de Okean, una pasta hecha de krill. Jacobs explica que Okean “se publicitó como una forma saludable de añadir nutrientes a las comidas” y que también suponía “un beneficio para la industria pesquera soviética, que estaba almacenando enormes cantidades de krill”.

Al margen de las razones, los científicos soviéticos alteraron las barritas Hematogen originales, según Darra Goldstein, experta en historia de la gastronómica soviética. Inicialmente comercializado como un jarabe, los soviéticos lo convirtieron en barritas dulces, más atractivas para el consumidor infantil.

No está muy claro cuántos padres o hijos sabían, o saben, que el Hematogen está hecho de sangre de vaca. Hay gente que comió esas barritas durante toda su infancia pero que nunca supo del ingrediente estrella hasta hace poco y que, al saberlo, se mostró verdaderamente sorprendida. Lo cierto es que los ingredientes nunca fueron un secreto. Las autoridades soviéticas lo llamaron “albúmina” no con intención de esconderlo, sino por mor de la especificidad tecnocrática.

“La gente no miraba de qué estaban hechas”, supone Lakhtikova, “simplemente porque tampoco había otra cosa para elegir” a la hora de tratar la anemia en las farmacias soviéticas. Tampoco existían mucha conciencia vegetariana ni tantos escrúpulos respecto a la sangre. “No era tan frecuente, por no decir nada habitual, descartar un producto porque contenía algo que no aprobabas”, añade.

Además, fueron muchos los niños soviéticos que acabaron enganchados al sabor de Hematogen, quizá porque los dulces eran considerados un lujo poco frecuente y caro en la URSS —Goldstein señala que una barrita de chocolate podía suponer el sueldo de un día de un trabajador medio—, mientras que las barritas de Hematogen eran más asequibles y fáciles de conseguir tanto en ciudades como en pueblos. Hubo niños que incluso preferían su sabor al de otras chocolatinas más caras, con chocolate con leche o caramelo de soja.

Tal vez esa habituación al sabor de Hematogen durante la infancia explica por qué las barritas son todavía tan populares en Rusia. Obviamente, se han visto desplazadas por otras golosinas y suplementos, sobre todo en las grandes ciudades, pero la demanda sigue siendo lo suficientemente alta como para que varias empresas privadas produjeran distintas variedades de Hematogen, como barritas con sabor a frutos secos y complementadas con vitaminas y minerales, cubiertas de chocolate o incluso con muy poca o ninguna sangre.

Los niños de la era postsoviética, sin embargo, no han vivido la escasez de las generaciones anteriores y tienen mucha más variedad entre la que elegir, por lo que seguramente acaben desinteresándose por el sabor de las barritas Hematogen. Varias autoridades en alimentación y nutrición soviéticas de origen estadounidense con las que hablé para este artículo me aseguraron que nunca habían oído hablar o visto las barritas de Hematogen, seguramente, cree Lakhtikova, porque es más probable que las conozcan quienes crecieron en la URSS o en un estado postsoviético.

Pero su existencia sigue despertando el interés de muchos. DeLoughery quedó tan fascinado por el concepto de Hematogen cuando se lo expliqué que pidió varias barritas para su próxima reunión de profesorado. Sin embargo, dudo que ni a él ni a sus colegas les guste el sabor y empiecen a inculcarle a sus hijos el consumo de Hematogen. Ya se verá.