Drogas

Ir al trabajo drogado es una mierda

"Mi consejo es que si te gusta trabajar drogado siempre traigas gotas para los ojos, colonia, chicles de menta, y por supuesto, no perderte en el viaje".

por Jorge Damián Méndez Lozano
20 Septiembre 2017, 4:00am

Pasar la jornada laboral borracho o bajo el influjo de algún tipo de droga, a priori, puede parecer divertido. Para saber con seguridad cuáles son las vicisitudes, sufrimientos o goces que experimenta un empleado cuando, por error o decisión, acude con el subidón a desempeñar su cometido, hemos charlado con algunas personas que, ya sea por la resaca del alcohol, meterse cocaína, fumar marihuana o consumo de ácido lisérgico (LSD), han convertido un día cualquiera de trabajo en la misión más difícil.

Ernesto, profesor

Daba clases de literatura en un colegio privado. Un martes que no me tocaba trabajar me levanté a las ocho de la mañana, me preparé un café y me fumé un porro de marihuana chronic para escribir un cuento. Apenas me comenzaba a subir cuando sonó el móvil.

Era el subdirector de la escuela preguntándome si podía adelantar la clase del miércoles para ese martes a las 10:00 de porque la maestra de la clase de física no acudiría. Por los nervios no supe qué evasiva inventar, además de que creía tenerlo todo bajo control, así que acepté.

Cogí el coche a las 9:30 hacia el cole sintiéndome cada vez más drogado. Miraba mis ojos en el retrovisor y estaban inyectados en sangre. Paré en una Farmacia y compré unas gotas para el "ojo rojo" que me los puso blancos y brillantes de una manera sospechosa.

"Miraba mis ojos en el retrovisor y estaban inyectados en sangre"

Por suerte, alguien había olvidado unas gafas de sol en mi coche, así que llegué con ellas puestas a la sala de profesores. Saludé a tres maestros sintiendo que mi aliento me delataba. Aunque lo peor estaba por llegar.

Entré en clase sintiéndome como un conejo blanco corriendo entre el tráfico. Tuve que quitarme las gafas y fue cuando la cabeza me estalló por el miedo que me provocaba pensar que todos mis alumnos se enteraran de mi estado.

"Saludé a tres maestros sintiendo que mi aliento me delataba"

Durante una hora impartí la clase dándole la espalda al grupo con el pretexto de que tenía muchas cosas que escribir en la pizarra. Solo apunté tonterías. Por supuesto nadie me hizo caso y la clase fue una anarquía total. No tuve fuerzas para enfrentarme a 35 descerebrados de 16 años.

Elisa, fisioterapeuta

Trabajaba en una clínica de rehabilitación y, en una ocasión, a mi jefa, a dos compañeras y a mí nos tocó viajar a un congreso en el que participábamos. Cuando llegamos al aeropuerto me puse a buscar mi carné en mi cartera y encontré una pastilla de LSD que me sobraba del fin de semana. No pensaba tirarla, así que me la tragué.

Faltaba una hora para que embarcáramos en el avión y nos sentamos en la sala de espera donde un bebé comenzó a llorar. Ya había pasado como media hora y empecé a ir colocada. Vi a la madre del niño y su cara metamorfoseó en un pato anaranjado. Después miraba al bebé y pensaba que era un cerdito fosforescente.

Me quedé mirando fijamente a la progenitora con cara de pato y ella abrazó fuerte a su hijo algo atemorizada. Pensó que estaba loca, pero en vez de apartarme, me senté junto a ellos y les saqué tema de conversación.

"Cuando llegamos al aeropuerto me puse a buscar mi carnet en mi cartera y encontré una pastilla de LSD que me sobraba del fin de semana. No pensaba tirarla, así que me la tragué"

Se me ocurrió pedir que me dejara coger al bebé y, para mi sorpresa, me lo prestó. Atentos a la escena: el cerdito fosforescente que sostenía y yo nos pusimos a llorar bajo un halo rojo. Lloré, pero no de tristeza, sino de emoción porque me recordaba a mi sobrino.

Devolví al pequeño y mis compañeras me miraban con extrañeza. En el avión me tocó sentarme al lado de mi jefa y me puse los auriculares para no tener que hablarle. Estaba muy drogada.

Alberto, camarero

Salí de trabajar del la hamburguesería donde trabajo en Imperial Beach (parte del condado de San Diego, Estados Unidos) y volví a mi casa en Tijuana, México. Eran las cinco de la tarde y decidí quedar con un amigo para tomarme unas cervezas. A las 23:00 estaba hasta los topes de alcohol y a la una de la mañana ya no podía ni hablar. Además, me metí un par de antidepresivos y terminé dormido en el sillón del salón de mi amigo.

A las cinco y media de la mañana me levanté preocupado porque me tenía que ir a trabajar. Ni siquiera me duché, sólo volví a planchar la camisa que traía puesta porque era el uniforme del restaurante. Viajé durante una hora y media para cruzar la frontera a Estados Unidos y llegué resacoso-borracho a trabajar, listo para cumplir con mis obligaciones. "Beto ―me dijo el gerente―, ¿qué haces aquí? Hoy es tu día de descanso, además hueles a alcohol. Vete a tu casa".

Paco, administrador de empresas

Después del 11-S, cruzar a Estados Unidos en coche se ha vuelto una larga espera por los controles. Uno de los cruces fronterizos que yo frecuento en Mexicali abre sus puertas a las seis de la mañana, pero tengo que estar ahí media hora antes para llegar a tiempo al trabajo.

Si me voy de fiesta los viernes, los sábados estoy como un zombi. Hace unos meses ocurrió eso: me acosté de madrugada, borrachísimo y apenas me estaba poniendo cómodo cuando sonó el despertador. Me puse en pie sintiendo que me moría y esnifé restos de cocaína. No me hicieron nada.

Unos señores de los que te limpian me estuvieron picando en la ventana para que avanzara, pero como no desperté, abrieron mi puerta, pusieron el automóvil en punto muerto y me empujaron conforme se movía la fila de coches

Llegué al cruce fronterizo antes de que abrieran y esperé apoyado en el volante. Lo próximo que recuerdo es oír, entre sueños, los cláxones de muchos vehículos. Abrí los ojos y mi coche estaba avanzando, pero yo no lo iba conduciendo. Unos señores de los que te limpian me estuvieron picando en la ventana para que avanzara, pero como no desperté, abrieron mi puerta, pusieron el automóvil en punto muerto y me empujaron conforme se movía la fila de coches. Tuve que darles cinco dólares de propina.

Al llegar al trabajo una compañera me dijo: "Oye, Paco, te vi en la caravana en tu coche, pero estabas dormido en el volante y unos tipos lo iban empujando, ¿estás bien?". Contesté y me fui directo al baño para vomitar y pedir clemencia.

Cesar, creativo publicitario

Acababa de entrar a trabajar a una agencia de publicidad como copywriter, cuando un viernes, al terminar la jornada, nos reunimos para celebrar el cumpleaños del propietario de la agencia. Como quería estar lúcido y parlanchín, me compré un gramo de cocaína y repasé mentalmente la conversación que tendría con el propietario. Estaba confiado de que sería un éxito.

Después de un rato tras esnifar unas rayas, la garganta se me comenzó a cerrar por la cocaína. En ese instante el homenajeado pidió atención para hacer un brindis. Guardamos silencio y todos le escuchamos. Inesperadamente una gran gota de saliva mezclada con cocaína bajó por mi garganta y me hizo sentir mucho asco, tanto que interrumpí el discurso con dos sonoras arcadas y, aunque no expulsé vómito, las contracciones estomacales que tuve fueron muy escandalosas.

El resto de la fiesta la utilicé para explicar, moviendo la mandíbula en todas direcciones, que un par de flemas me habían pasado una mala jugada. Por supuesto nadie me creyó.

Luis, agente inmobiliario

Ya tenía mi ritual. Todos los días por la mañana tras una breve reunión en la empresa inmobiliaria, salía a la calle a fumar marihuana. Después me comía unos tacos de carne guisada para bajar el zepelín y me ponía a buscar clientes para venderles una casa.

Un día de esos después de pegarme una buena fumada, el coordinador de ventas me llamó por teléfono para que regresara a la empresa a recoger unos documentos. Entré a su oficina con los ojos muy colorados y una risa de idiota.

Actualmente no tengo trabajo porque semanas después fui despedido

Sin que me lo preguntara, le confesé que había comido tacos y que se me habían enrojecido los ojos por la salsa picante. Creo que no me creyó porque me preguntó si consumía drogas.

Actualmente no tengo trabajo porque semanas después fui despedido. Mi consejo es que si te gusta trabajar drogado, siempre traigas contigo gotas para los ojos rojos, colonia, chicles de menta y, por supuesto, no irte en el viaje, o sea, activarte, ponerte a trabajar y divertirte.

Carlos, repartidor de comida

Había vuelto de un viaje por el desierto de San Luis Potosí después de comer peyote y mi cuenta bancaria estaba en números rojos. Para recuperarme, entré a trabajar como repartidor de comida en un restaurante japonés.

En mi segundo día de trabajo me avisaron que saldría a entregar un pedido grande de teriyaki y sushi. En aquellos días prefería no estar más de dos horas sin fumar marihuana, por lo que pensé que salir a la calle era mi oportunidad para hacerme un peta.

Mientras se terminaban los pedidos, entré al baño a llenar mi pipa con hierba, pero la boquilla estaba tapada con restos de ceniza. Entonces se me ocurrió una idiotez: meter la pipa al microondas que utilizaban los empleados para ablandar los residuos y poder eliminarlos con un palillo.

Ni siquiera me han llamado para preguntar si algún día volveré

No habían pasado ni cinco segundos cuando una humareda espesa comenzó a formarse en el electrodoméstico. El humo se propagó por el exterior hasta alcanzar el pasillo. No me lo podía creer. Me apresuré y saqué la pipa del micro, caminé hacía el parking, subí a mi coche y jamás volví al trabajo.

Ni siquiera me han llamado para preguntar si algún día volveré. En ocasiones recuerdo la pregunta que me hizo el gerente del restaurante durante la entrevista laboral: "¿Consumes drogas? Te pregunto porque al pasado repartidor lo encontramos fumando cristal en el baño".

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