Por supuesto que escuchamos mucha música en streaming en 2017, pero esa música no nos pertenece

A riesgo de sonar a: ¡despierten bola de borregos! Me pregunto qué significa este nuevo florecimiento del negocio para nosotros, los amantes de la música.
8.1.18
Photo by Foundry via Pixabay.

Fue como una especie de deja vu. Al leer los principales titulares de noticias musicales de los Estados Unidos y el Reino Unido —¡Hicimos mucho streaming! ¡Más que nunca! Además, ¡la gente sigue comprando más discos de vinilo!—, tuve la clara sensación de que ya habíamos vivido esto antes. El inicio de cada año trae consigo la mezcla habitual de ciclos de noticias lentas y el despliegue de estadísticas anuales. En el Reino Unido, esto último tomó la forma de cifras publicadas por la Industria Fonográfica Bitánica (BPI, por sus siglas en inglés) que muestran que en 2017, por primera vez, la mayor parte de la música fue escuchada a través de servicios de streaming (50.4 por ciento, para ser exactos), y que en general consumimos un mayor volumen de álbumes que el año anterior. En los E.U., el índice musical Nielsen también informó de un aumento en la cantidad de música que reproducimos, afirmando que "el consumo general de álbumes, canciones y transmisiones de audio on-demand creció 12.5 por ciento año tras año. Un aumento del 59 por ciento en los streamings de audio on-demand compensó la disminución en las ventas de canciones y álbumes".

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Ahora, todo eso suena como un progreso. Desde que se quemó el primer CD y luego apareció Internet e iniciaron así las descargas ilegales, la industria de la música ha luchado por mantenerse al día con la forma en que han ido cambiando nuestros hábitos de consumo musical. Específicamente, con la forma en que esos hábitos han socavado los beneficios que las disqueras pueden obtener de la música. Estadísticas como ésta, que muestran una imagen positiva de la dirección en la que se mueve el consumo de música, funcionan bien para contrarrestar la narrativa de que las discográficas están perdiendo el control del negocio de la música. Después de todo, incluso la manera en que hemos entendido las unidades musicales —canciones agrupadas en álbumes, que luego compramos y que quizás también nos inciten después a ver ese acto en vivo, lo cual podría inspirarnos a comprar reediciones caras de edición limitada—, ha sido totalmente moldeada por la industria discográfica. Aunque los servicios de streaming han mermado el dominio del álbum al separar esa clásica unidad de grabación en sus partes individuales para ser escuchadas individualmente, todavía centramos gran parte de nuestro gozo de la forma artística de la música en la reproducción de sus grabaciones.

Pero estas cifras también nos cuentan otra historia, tanto la de BPI (la gente detrás de Official Charts Company, quienes básicamente saben todo sobre qué música no underground consumimos en Gran Bretaña) como la de Nielsen Music (las personas que saben todo lo que escuchas en los Estados Unidos). Usar más los servicios de streaming significa poseer menos. Eso suena obvio y tonto, pero realmente considera esa idea por un momento. Cuanta más música escuchemos en streaming, menos nos poseemos a nosotros mismos. Y cuando no poseemos la música que decimos amar, abrimos la puerta para que surja un tipo de involucramiento con la música que quizás no hayamos considerado durante un par de generaciones.

Sé que con esto corro el riesgo de sonar a: ¡despierten bola de borregos!, pero el negocio de la música que crece en la dirección de hacer que el acceso a la música dependa de las compañías de tecnología —los Spotifys, Apples, Deezers del mundo— de nuevo nos quita el control de nuestra manos. Obviamente, los fabricantes de CDs y vinilos alguna vez tuvieron ese monopolio, al igual que lo tuvieron las compañías que crearon los CDs y los reproductores de discos que usábamos para escuchar nuestra música. Con esa estructura, obtenías un producto físico que podías sostener entre tus manos, sacar en las fiestas, apilar, y ver cómo se empolvaba en un estante. Pero las marcas que hacían reproductores de CDs o de cualquier tipo, no estaban inmiscuidas en tantos ámbitos de nuestras vidas en ese momento. Reproducir una cinta en un dispositivo JVC era sólo eso; JVC no era una compañía que organizara festivales o que ofreciera a los artistas dinero para lanzar su música de forma exclusiva o que produjera podcasts como lo hacen las compañías tecnológicas ahora. Es decir, las disqueras han tenido que cederle a esas compañías un asiento en la mesa de la industria, todo en cuestión de años.

Escuchar música mientras silenciosamente te atienes a una colección de música puede no ser un gran problema para la mayoría de las personas, pero me he dado cuenta de que para mí es importante. Por un tiempo, parecía que construiríamos enormes bibliotecas digitales, con etiquetas desordenadas y, a veces, sin ilustraciones y con versiones de canciones que se cortaban de inmediato hacia el final o tenían el sonido de un salto en el CD. Pero ahora sabemos que las personas no compran música en línea. Las descargas digitales han disminuido nuevamente (un 23.4 por ciento en el Reino Unido), porque honestamente, ¿quién está acumulando canciones individuales o álbumes completos en iTunes o Amazon?

Arrastrar y agregar canciones a listas de reproducción en Spotify es sencillo y directo, y siempre tienen la portada correcta; pero es extraño saber que, en última instancia, esa música no te pertenece. Es tuya hasta que Spotify sea vendido o desaparezca o un día decida cambiar sus términos. Depender de las compañías de streaming te convierte en lo que la revista Variety llamó un "drive-by consumer" [consumidor indolente] a fines del año pasado, en un artículo sobre cómo Amazon anunció que eliminaría su biblioteca musical de la nube en 2019. Ahora resulta que tampoco quieren que tengas música propia. La pregunta es si eso te molesta, o si estás feliz de entrar en una nueva era en la que la música se trata menos de una grabación que puedes reproducir en un dispositivo personal y más sobre asistir a un club o estar al frente en un concierto, del intro de un DJ antes de un mix en la radio digital. Al aceptar el streaming con los brazos abiertos, los principales actores de la industria discográfica podrían inadvertidamente llegar a inspirarnos a ver más allá de su posición dominante. Podrían ayudarnos a recordar que la música no fue diseñada principalmente para ser una grabación a la que se le pone precio. Y si eso sucede, quién sabe cómo lucirá la recapitulación de las estadísticas anuales.

Puedes encontrar a Tshepo preguntándose si sus cajas de cientos de CD todavía están bien, en Twitter.