Creative Commons
Edwin Valero, el Inca, era un torbellino. Siempre iba hasta las últimas consecuencias, lo mismo sobre el ring de boxeo que en su vida cotidiana. Más bien, los demonios de su vida diaria los trasladaba al ring. Eran su corazón. Por eso, no quieren que se cuenten en el cine los detalles de su tragedia, de ese paso desenfrenado por la vida que estremeció la existencia de cuantos lo vieron y lo trataron.En Venezuela ha sido prohibida la proyección de su película biográfica, "El Inca", hasta que no se vuelva a editar y sean retiradas escenas que, asegura el juez que llevó el caso, "vulneran los derechos de vida privada, honor, intimidad, imagen, confidencialidad y reputación de los hijos de Edwin Valero".La vida del Inca ha sido objeto de fascinación y hasta de culto alrededor del mundo. De ese extraño culto que se le rinde a las almas atormentadas, a esas que asoman un malévolo talento en su oficio. Miles de aficionados recalcitrantes al boxeo se agolpaban en el internet buscando las transmisiones ilegales de sus peleas, como el cinéfilo busca hasta en los confines más subterráneos algún extraño filme. Algo de exótico, y gore había en las peleas de Valero. Querían ver a la máquina golpeadora, esa que había noqueado a sus primeros 18 rivales en el mismo primer asalto.Pero en 2010, justo cuando estaba en la cima de su carrera boxística, Edwin Valero se quitó la vida. Unas horas antes, se la había quitado también a su esposa. El venezolano se fue invicto. Acumulaba 27 triunfos, todos por nocaut, y era dueño del cinturón de campeonato mundial del CMB en peso ligero. Antes, había reinado por la AMB en la categoría súper pluma.Si hay un adjetivo para describir a Edwin Valero, es el de desorbitado. Sobre el ring era como un muñeco de cuerda que lanzaba golpes a dos manos con evidente urgencia de que todo terminara pronto. Así como en su vida, siempre marcada por las adicciones al alcohol, las drogas, y el desenfreno. La licencia para pelear en Estados Unidos se le negaba una y otra vez por las secuelas cerebrales que le había dejado un accidente en motocicleta años antes.Su mirada, fiel al cliché, era una ventana al arrebato. Intensa, insana, como si pareciera que había algo que apenas podía contener. Era un caudal al punto del desborde. Con la prensa podía ser encantador. Conocía las expresiones faciales, la modulación de la voz, el lenguaje corporal. Hablaba de que quería pelear con Pacquiao, juraba que había noqueado a Óscar de la Hoya en una sesión de sparring. Y le creímos. Sabía seducir. Pero es esa naturalidad para el engaño lo que vuelve peligrosas a personas como Edwin Valero.Así sedujo a su esposa, Jennifer Carolina Viera y a la familia de ella. Pero ya en la intimidad, Valero se fue desbordando. Antes del trágico final, Valero golpeó a su esposa y la mandó al hospital con varias costillas rotas. Luego llegó al hospital amenazando al personal médico, convenciendo a su esposa de que dijera que se había caído de las escaleras, y exigiendo llevársela a casa. Fue detenido, pero dejado en libertad condicional a pesar de la renuencia de varios cercanos que veían en Valero un peligro inminente. Era partidario del gobierno de Hugo Chávez a quien se había tatuado en el pecho, y era considerado un héroe nacional, por lo que gozó de algunos privilegios. El gobierno venezolano intentó llevarlo a Cuba a un tratamiento de rehabilitación, pero chocó el auto, escapó del lugar intoxicado, y perdió el avión. Unos días despúes, se escabulló, junto a su esposa, de los escoltas que lo cuidaban.Valero y su esposa aparecieron en otra ciudad, a varios kilómetros de distancia. Sin embargo, solo se supo de Valero cuando se presentó en el lobby del hotel en donde estaban alojados, asegurando que había asesinado a su esposa. Le había dado varias puñaladas hasta matarla. El Inca se entregó a la policía, fue detenido y encarcelado. Pero solo duró unas horas recluido. Esa misma madrugada, con su propia ropa, se colgó en su celda.La tragedia del Inca, de aquel abril de 2010, sigue confundiendo al publico, que insiste en tratar de entenderla a través del lente de la normalidad. Pero poco hay de normalidad en personas como Valero. En ellos no se registra la compasión ni el miedo, pero no es que pierdan contacto con esas emociones. Simplemente nunca las desarrollaron desde que nacieron. Para Valero atormentar a sus rivales hasta hacerlos caer, y destruirlos en un round era algo natural.Pore so es que en Venezuela se busca controlar lo que se verá de Valero en la película. Entre las escenas que se busca suprimir están algunas donde el Valero le dispara al asesino de un amigo y cuando su esposa está sobre el suelo, ensangrentada. Se exige también retirar varias grabaciones caseras y colocar al inicio y al final de la edición el siguiente aviso: "Película de ficción basada en hechos reales con escenas ficticias propias del escritor".Pero no, "El Inca" no es ficción.
Publicidad
Publicidad
Publicidad