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Cómo la muerte del CD eliminó por siempre los horribles remixes de house

El lado B de cada CD en el top ten estaba lleno de "tesoros" que hoy se han perdido.

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Este artículo se publicó originalmente en THUMP UK.

Tuve un sueño la semana pasada y ese sueño ha vivido conmigo desde entonces, acompañándome en mis horas de vigilia, observándome, escondiéndose detrás de arbustos y postes de luz, emergiendo cuando menos lo espero ni quiero. El sueño fue simple. No hubo cosas impactantes ni revelaciones psicoespirituales. En muchos aspectos fue un sueño como cualquier otro que entra y sale de ti, un conjunto inconsecuente de imágenes e ideas que no presagian ninguna verdad.

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En el sueño me encuentro navegando por revistas en una tienda y cada revista que recojo parece normal, hasta que arrancó una del estante y la abro. En el interior, de nuevo, las cosas parecen normales, hasta que noto que algo no está bien. Sostengo una página de The Botanical Register cerca de mis ojos y veo que cada palabra en la página dice "Freemasons". Agarro una copia de Curry Club magazine y en lugar de recetas de korma de garbanzo sólo dice "Freemasons" una y otra vez. Lo mismo ocurre con Illustrated Sporting y Dramatic News, Metal Hammer y Grazia. Conmocionado por la ansiedad de las náuseas, huyo de la tienda. "¡AMIGOS!", grito a un grupo de damas de aspecto alarmado, que almuerzan mientras salen de Carluccio´s, "¡ESTÁN POR TODAS PARTES!".

Fue sólo un sueño. Los masones no están en todas partes. No están en ningún lado. Ya no.

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Solían ser rudos. Antes podías entrar en cualquier tienda de discos en el país y podrías encontrar algunos de ellos escuchando música. Como verás, los Freemasons no estaban tan ocultos como les gustaría que creyeras. Seguirlos fue fácil. Se esconden a la vista, utilizando una serie de nombres en clave (BN3, Alibi, Walken, Funk Fanatics y Pegasus) para infiltrarse en las listas y los clubes de Gran Bretaña. Tuvieron éxito, también, no es que lo supieras. Durante años, estas misteriosas figuras de fondo se frotaron silenciosamente el brillo de las sombras sobre los actos más grandes de aquellos días. Su contribución a la sociedad pasó desapercibida, pero ahora, casi una década después de su fase imperial, es hora de hacer un balance de lo que hicieron Russell Small y James Wiltshire -porque son los Freemasons de los que estamos hablando- y por qué lo hicieron.

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El "qué" es un enigma bastante simple para resolver. Como Freemasons, Small y Wiltshire remixearon a todos desde Jamiroquai a Beyoncé, Rihanna a Shakira, Katy Perry a Adele. Trabajaron con George Michael y Whitney Houston, Luther Vandross y Loleatta Holloway. También lanzaron remixes de actos como Herd & Fitz, The Disco Boys, y Steve Mac vs Mosquito (con Steve Smith) también, pero bueno, no hay nada malo en ganar dinero rápido. Como remezcladores estaban más cerca de Fatboy Slim que de DJ Sottofett - pensando comercialmente- creadores de atractivo pop-house barato, comisionados por ejecutivos rellenos de caviar para ser consumidos por ciudadanos saturados de azúcar en clubes ubicados en las calles principales de la nación.

Archivos de una clase de honestidad rara, lo mejor de sus releases –la precipitación de OTT en su remix a "Most Precious Love" de Blaze, la maldita e IMPONENTE versión en la que convirtieron "Work" de Kelly Rowland, la exagerada y navideña versión a "I Decided" que pisoteó la original de Solange– está imbuida por la más refrescante falta de pretensión artística imaginable. La ingenuidad admirable era el objetivo del juego.

Para contar el resto de la historia de los Freemasons necesitamos contar otra historia; una historia de irresponsabilidad, mercados hostiles, revoluciones de la juventud y, en última instancia, la muerte. Esa historia, que vamos a mantener breve, es la historia del CD single.

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Te acuerdas de los sencillos, ¿no? ¿Recuerdas caminar en Woolworths con 3 libras en la bolsillo y posibilidades ilimitadas? Semana con semana había por lo menos 40 discos listos para ser llevados a casa y deslizarlos dentro de un reproductor de CD portátil, nuevos mundos disponibles en tu bolsillo a un precio amistoso. Recordarás también que la atracción principal - "Purple Pills" de D12 o "Sven, Sven, Sven" de Bell & Spurling fue por una instancia un cambio engañoso de este formato tradicional de empaque tan difícil de usar como nuestro marco metafórico aquí mismo, seguido de algunos otros episodios menores.

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Los B-Sides, como eran llamados, niños, venían en unas cuantas formas y tamaños. Además de los nuevos materiales desnutridos y de las improbables interpretaciones en vivo del plato principal, los ejecutivos de las compañías discográficas se dieron cuenta de que los remixes eran un relleno decente del espacio disponible, aunque probablemente no fueran a cambiar las unidades en sí mismas. Prescindiendo de sus actos –no había necesidad de que Lemar o David Sneddon sacaran una nueva balada con ese nivel de talento por el amor de Dios– Fue beneficioso para todos los involucrados. Especialmente para la legión de DJs que llenó los clubes de Basingstoke y Burnley los viernes por la noche.

Estos remixes, producidos en su mayoría por actos de alto perfil como Freemasons o el sueco sensación StoneBridge, sirvieron a su propósito a un grado ejemplar. Y entonces ese propósito fue encontrado muerto, su sangre ennegrecida goteaba por las grietas entre las tablas del suelo. ¿El asesino? Las descargas digitales.

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La aparición de lo digital como medio principal por el cual la audiencia tradicional consumidora de singles obtiene acceso a la música, ya sea a través de descargas pagadas, el buffet en los servicios de streaming o un robo virtual pasado de moda; cualquiera de ellos acabaría finalmente con el CD.

Frágil y pasado de moda, el CD nunca fue tan querido como el vinilo o fetichizado como el cassette y como tal siempre estuvo destinado a seguir el camino del Minidisc, lo que pasó muy rápido. Woolworths lo olvidó y HMV, a estas alturas, era la última cadena que quedaba en las calles de una nación que había empezado a comprar más auriculares Skullcandy y libros de Russell Brand que álbumes de Skullflower y Russell Watson.

El CD era un desperdicio de espacio comercial, una obsolescencia física cuyo acto de desaparición fue lamentado por pocos. Los compradores de singles parecían lo suficientemente felices como para pedir prestada la tarjeta de débito de papá y gastar 79 pennies en el último lanzamiento de Stooshe y, francamente, ¿quién podría culparlos?

El álbum, en algún lugar a lo largo de la línea, pasó por una transformación radical también. Lanzamientos sorpresa, bonus tracks en digital solamente, y la fundamentalmente realización de considerar el álbum como la "mejor" o la "más importante forma de coleccionar y clasificar música fue, en el mejor de los casos, un romanticismo que pertenecía a una época pasada y, en el peor de los casos, un mito pernicioso elaborado por las disqueras como una manera fácil de conseguir una audiencia impresionable a parte de su disminución de los ingresos disponibles. Todo ello para crear un entorno en el que nuestra relación con la música como una mercancía de consumo se alteró irrevocablemente. Lo que viene a continuación, y cómo la industria y sus clientes que pagan (o mejor dicho, no pagan) reacciona a los cambios sísmicos, es increíblemente difícil de predecir. Lo que podemos predecir, lo que podemos saber, y lo que podemos aprender de esto es: la descarga digital mató a los Freemasons. Y no sólo los mató a ellos. Mató a una industria.

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Los Freemasons todavía hacen remixes, StoneBridge también, y solo tienes que pasar un segundo o dos segundos en SoundCloud para notar que el remix anónimo no ha ido a ninguna parte. La gente sigue alimentando a las superestrellas del día a través de FruityLoops y eso no es probable que cambie a corto plazo. Lo que ha cambiado, sin embargo, y cambiado para siempre, es conseguir que las disqueras paguen por estos trabajos, suciamente y sin ningún interés real. Los capitanes de la industria, Sony, EMI y Parlophone no tienen más espacio para llenar y no necesitan paquetes de libras virtuales de PayPal para llenar ese espacio.

Eliminando esa necesidad, los remixers se encuentran a sí mismos viviendo de su bolsillo. Teniendo que decidir sobre que hi-hats utilizar por nada más que la inmensa satisfacción que surge de que su remix de "Bitch Better Have My Money" salga durante un episodio de "Rick Stein's Long Weekends". Y nosotros, como fans, como clubbers, perdimos una fuente confiable de placer. Un placer que encontramos en los clubs a los que no les importa lo que sea cool; o en las estaciones de radio que están más interesadas en DJ Jean que en Jacques Greene. Tenemos que decir adios a los remix de house de las disqueras pop y eso, genuinamente, es una gran pena.

Tuve un sueño la semana pasada, y en ese sueño, los Freemasons estaban en todos lados.

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