'Aburto': Testimonios desde Almoloya, el infierno de hielo

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ABURTO

'Aburto': Testimonios desde Almoloya, el infierno de hielo

Adelanto del libro de Laura Sánchez

Aburto, libro de la periodista Laura Sánchez Ley, está hecho con base en entrevistas realizadas a las personas involucradas en el asesinato de Luis Donaldo Colosio, candidato a la presidencia de México, el 23 de marzo de 1994 en la ciudad de Tijuana, o relacionadas con su asesino confeso, Mario Aburto Martínez. Veintidós años después, muchos entrevistados pidieron proteger sus identidades por temor a sufrir represalias, lo cual se ha respetado. El material de este libro también deriva de archivos oficiales y de las investigaciones que se llevaron a cabo por más de siete años.

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VICE: ¿Por qué sacar este libro a 23 años del asesinato de Luis Donaldo Colosio?
Laura Sánchez: Hace cuatro años, mientras escribía un reportaje sobre la familia de Mario Aburto, visité Lomas Taurinas, el lugar donde fue asesinado Luis Donaldo Colosio en 1994. Estaba parada justo a los pies de la estatua de bronce que erigió el PRI en honor del candidato asesinado, cuando vi una escuela. Me acerqué a los jóvenes y les pregunté por curiosidad si sabían quien era el hombre de la estatua y la respuesta generalizada fue "no sé". Después les pregunté si sabían quien era Mario Aburto y se quedaron pasmados. En Lomas Taurinas, donde se erigió un monumento al magnicidio, desconocían qué pasó ese día, a pesar de ver la estatua cuando iban camino a la escuela, cuando abrían su ventana. Seguí preguntando y la respuesta entre los jóvenes era encogerse de hombros y responder: "no sé". Ahí me di cuenta que era necesario recordarles qué pasó, pero de otra manera.

En 1994, cuando fue asesinado Luis Donaldo Colosio, conocimos el nombre de Mario Aburto, pero también nos contaron que era un joven ignorante, un "asesino solitario" que mató porque tenía una personalidad borderline, que él quería ser famoso. Un joven loco. Me di cuenta entonces, que no sabíamos nada más que lo que la autoridad y los medios oficialistas nos quisieron contar.

Pero Mario Aburto era más que eso, era un hombre complejo, que apenas había cumplido 22 años, que estudiaba una carrera técnica y trabajaba para mantener a su madre y sus hermanas. Que era un joven educado interesado en la lectura, fanático de Gabriel García Márquez.

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Por eso escribí este libro sin satanizar, sólo contando quién era Mario Aburto, qué le gustaba, a qué aspiraba y qué ha hecho en prisión durante 23 años. Las autoridades lo han escondido en prisiones de máxima seguridad y, hasta la fecha, su familia se pregunta: "¿Mario seguirá vivo?" Es necesario que las autoridades respondan a esta pregunta que se ha vuelto bastante común entre los mexicanos.

¿Con este libro crees poder aclarar sobre lo que sucedió ese día?
No creo, lo que este libro aclarará es la versión que nos presentó el gobierno de México, esa investigación de 68 mil 293 hojas que incluye 1460 declaraciones y que costó millones de pesos a los ciudadanos. La investigación mostró defectos desde el primer momento; se cometieron errores tan severos que pusieron en tela de juicio casi una década de trabajo. No logró dar seguimiento a elementos que se consideraron probatorios en su época, por ejemplo, la historia de Mario Aburto.

Esto no es ficción, lo cito casi textual: para encontrar culpable a Aburto, la Fiscalía Especializada y los especialistas para el Caso Colosio, diagnosticaron que era una persona manipuladora que requería de aprobación social para sentir confianza y seguridad en sí mismo.

Sustentaron la participación de Mario en el asesinato a partir de su "pasado criminal" desde que era adolescente en su pueblo. Dentro de las conductas antisociales del estudiado se encuentran:

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* Modificar una pistola de salva para convertirla en arma de fuego

* Firmó dibujos que no fueron elaborados por él.

* La madre caminaba con faldas cortas, se pintaba el pelo de rojo, se preocupaba más por su arreglo personal que por su familia.

¿Qué va a encontrar el lector en Aburto?
Un retrato personal que dista mucho de la versión oficial y el retrato que nos dibujaron los medios oficialistas. Es un retrato contado por amigos, novias, familiares, abogados y por Mario mismo a través de cartas y llamadas telefónicas que ha realizado a sus familiares desde Almoloya de Juárez.

Después de siete años de investigación sobre esto, ¿qué crees que fue lo que sucedió?
Pienso que les urgía tanto comprobarnos y exhibir a Mario Aburto como un asesino solitario y perturbado, que incurrieron en terribles errores como satanizarlo, y no permitir que Mario tuviera derecho a contar su historia justamente.

¿Crees que pueden haber más Aburtos en el futuro?
Sí, por supuesto. Podría repetirse la historia en 2018. Siempre que exista un grupo en el poder con suficiente determinación de permanecer en el poder, podremos esperar las estrategias más bajas y violentas.

Acá un adelanto del primer capítulo de Aburto:

"¡Déjenlo aquí para matarlo!"

Yo no maté al licenciado Colosio. Yo no lo maté. No hay que perder la fe. Yo no pierdo la fe, creo mucho en Dios y creo que Dios es justo, y también creo que algún día me hará justicia. Mi único pecado es haber sido pobre y no tener para haber pagado un abogado defensor particular que me defendiera en realidad, y que al mismo tiempo pudiéramos tener los recursos necesarios para hacernos llegar pruebas que presentaríamos y poder comprobar mi inocencia. Porque de otra manera pues no, porque somos pobres. Nuestro único pecado es haber sido pobres, no tener recursos para llevar nuestra propia investigación y presentar pruebas. Ése es nuestro único pecado. Y nada más.

Mario Aburto, 
Almoloya de Juárez

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Cuando aquel miércoles 23 de marzo de 1994 se oyó el primer disparo, los residentes de Lomas Taurinas se abrieron como barridos por el viento. Los que estaban más cerca retrocedieron con dos pasos torpes y el cuerpo de Luis Donaldo Colosio, desplomado de frente, quedó a la vista de todo el mundo.

Eran las 5:12 de la tarde y Colosio, el hombre que iba a gobernar México, moría a balazos en plena campaña electoral sobre la tierra pedregosa de una colonia llamada Lomas Taurinas. La imagen de su cuerpo inerte, a pesar de las décadas transcurridas, sigue siendo brutal y desoladora.

La bala de un revólver Taurus calibre .38 perforó la sien derecha del hombre, justo encima de la oreja. La bala, que viajó a 265 metros por segundo, licuó el cerebro de Colosio y al salir hizo estallar su cráneo en esquirlas. Le brotó sangre por la boca y los oídos: le dispararon a dos centímetros de la cabeza y el único rasgo que se distinguía en su cara era la punta de la nariz.

El cabello y el bigote, que aún conservaban el color oscuro, quedaron irreconocibles; en cambio, en la chamarra aperlada de diseñador inglés y en la camisa italiana apenas quedaron rastros del segundo tiro que le sorrajaron en el estómago. El hombre más conocido de México en esos días era un cuerpo inmóvil tendido de boca con la pierna derecha flexionada, el rostro sobre la tierra arenosa que atestiguó sus últimos pasos.

Un grito desgarrador retumbó más allá y atrajo la atención de la gente. Hacia el norte, a tres metros de la escena, seis elementos de seguridad brincaron el cuerpo inmóvil del candidato y detuvieron a un joven delgado de chamarra negra al que violentamente jalaron y apretaron contra el piso con las rodillas sobre su espalda.

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Alguien gritó:

—¡Desgraciado asesino!

Y a ese grito, como si fuera una necesidad colectiva, se sumaron una tras otra mil voces:

—¡Asesino! ¡Asesino!

La enardecida multitud, que aún llevaba gorras blancas con el logotipo de su apellido, comenzó a correr hacia el joven y los agentes de seguridad debieron esforzarse para cortar su avance, formando una valla circular con sus propios cuerpos; levantaron del piso al joven homicida, y fue ahí cuando varios hombres estiraron las manos para arrebatarlo de sus captores.

—¡Mátenlo!

En un momento, la valla cedió y un grupo de unos 50 hombres se libró de los policías y cayó sobre el joven a patadas y jalones de cabello.

—¡Déjenlo aquí, cabrones, para matarlo!

Un vecino lanzó un manotazo y alcanzó a agarrarle la cabeza. Al sentir en sus manos el cabello del que había disparado contra Luis Donaldo Colosio, juntó tanta furia que apretó hasta arrancarle un mechón de pelo.

—¡Déjemelo aquí para matarlo!

El joven se retorció de pie; otro, a su lado, levantó un terrón de tierra y lo arrojó con fuerza de beisbolista. El tumulto de agentes no pudo evitar el lanzamiento y al magnicida se le abrió el costado derecho de la cabeza. Los vecinos intentaron matarlo hasta que un grito ronco los paró:

—¡Suéltenlo, o se van con él!

Uno de los agentes, un militar, desenfundó su escuadra 9 mm, la empuñó desafiante a lo alto y amenazó a todo aquel que se atravesara en su camino por sacar de Lomas Taurinas al ejecutor del candidato presidencial. Pero su esfuerzo fue inútil: a los captores les costaba trabajo levantar los pies para dar cada paso y evitar que el torrente humano que inundaba sus costados se les fuera de frente.

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Caminaron rumbo a un puente de madera destartalado que cruzaba un canal de aguas negras y conectaba la avenida principal de la colonia con el parque donde había sido baleado Colosio. El joven criminal, empapado en sudor, intentó moverse y arrastró los pies con titánico esfuerzo.

—¡Mataron a Colosio, lo mataron, Dios mío!

Avanzaron y el joven alcanzó a levantar la cabeza, su rostro estaba tenso y crispado en una mueca de terror; parecía desplomarse frente a los ojos de todo mundo, pero los agentes de seguridad lo mantenían erguido tirando de sus cabellos. Para ese momento, su camisa había sido desgarrada por la multitud y su torso estaba completamente descubierto. Sobre su pecho caían gotas de sangre que le escurrían hasta el ombligo. Continuó avanzando y arrastró otro pie, pero era como tratar de caminar empujando un muro de ladrillos.

—¡Pinches policías, déjenlo aquí para matarlo!

En esos minutos el pistolero estuvo a punto de ser linchado por una avalancha de gente que con los puños llenos de piedras intentó arrebatarlo de sus captores para descargar todo el odio, la impotencia de ver morir al que creían su presidente. Los agentes amortiguaron a medias los golpes y en medio de la confusión, los gritos y las amenazas, lograron meterlo a una camioneta Suburban destartalada que iba saliendo del lugar, propiedad de un taxista que fue obligado a asistir al mitin.

La multitud tropezaba, los unos contra los otros. Con súbita descarga de adrenalina hicieron un último esfuerzo por matarlo. Zangolotearon de un lado a otro la camioneta, pero no lograron bajarlo.

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—¡Déjenlo aquí para matarlo!

El joven sobrevivió a Lomas Taurinas. En la camioneta, y seis kilómetros de por medio, fue el turno de los agentes de descargar su odio contra él.

—¡No sabes con quién te metiste, hijo de la chingada!

—¡Que yo no fui!

El olor a sangre fresca rivalizó con el sudor de los agentes, que debían resguardar al candidato y ahora trasladaban a su asesino.

Más allá del hedor humano, era difícil respirar por la opresión en el pecho que cada uno sentía; sabían que ese hombre no era el único culpable.

Con la cabeza metida entre las piernas, el joven iba sentado en medio de dos policías y trató de inclinarse, pero uno de sus captores lo empujó violentamente al piso. El pecho clavado en sus prominentes rodillas lo asfixió, pero tomó una bocanada de aire para despedazar
el silencio y contestar cuando le preguntaron su nombre.

—Me llamo Mario Aburto.