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La monumental rosca de reyes de la Ciudad de México, la más grande del mundo

Cerca de mil 600 metros de rosca de reyes, gratis, para 260 mil personas. Así es la monumental fiesta de reyes en la Ciudad de México.

No es la primera vez que el Zócalo de la Ciudad de México se cierra a la circulación vehicular. Miles de personas, casi 180 mil, abarrotan la plaza principal mexicana en el Centro Histórico. Pero no protestan por el alza de precios que siempre trae el inicio de año, ni por las multas que hay que pagar con el nuevo reglamento de transito, ni siquiera piden un alto a la violencia que se vive en el país. Nada de eso. Esta noche del 5 de enero de 2016, la gente está ahí para exigir algo: un trozo de la monumental rosca de reyes y su respectivo cuadrito de leche.

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Para probar este pan que reparte la Secretaría de Desarrollo Social (SEDESOL) del Distrito Federal, hay que formarse. No hay de otra. La rosca y sus mil 400 metros de largo, que le dan dos vueltas a la plancha del Zócalo, está protegida por vallas metálicas y policías que parecen resguardar un tesoro nacional. Casi lo es. Se trata del pan navideño por excelencia en México. Ninguno le compite en esta época, además es el colofón de las tres semanas dedicadas a copiosas comilonas bajo el pretexto de celebrar el fin de año. Según la tradición, la noche del seis de enero se corta la rosca en familia. El pan esconde algunas figuras de porcelana en forma de un bebé desnudo que representan al niño Jesús. La persona que saque este muñeco, que ahora ya es de plástico, queda obligado a llevar los tamales, ya sea que los compre o los prepare, el dos de febrero, el Día de la Candelaria, cuando se conmemora la presentación de Jesús en el templo. Algo así como su bautizo.

"Yo llegué desde las ocho de la mañana", me dice Rita con un tono de voz que viaja entre la burla y la resignación. "Pero nos cambiaron la jugada. Siempre lo hacen en la mañana y yo me confié. No, no me quedé desde esa hora. Me fui a mi casa, a Xochimilco (a una hora del Centro Histórico en transporte público), venía con mis niños. Me regresé para acá en la tarde, como a las cuatro. Ya no los traje porque no aguantan. Ya llevo como tres horas formada".

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En el centro de la plaza, las luces de la pista de hielo, el árbol de navidad y los toboganes con nieve se ven casi vacíos. La mayoría de la gente está formada para obtener su porción de rosca. Las cuatro filas, una en cada cara de la Plaza de la Constitución, inician al lado de una mesa, dentro de las vallas de seguridad, y de ahí se extienden alrededor del Zócalo en zigzag. Nadie se mueve de su lugar. Las familias se ponen de acuerdo:

"Agarras dos pedazos de rosca", instruye una mujer a su esposo, "y te paras en varios lados para que juntemos más lechitas".

Detrás de las mesas se encuentra un ejército de casi 800 personas que visten chaleco rosa, gorro de cocina, cubrebocas y cuchillo de sierra en mano para cortar la rosca de unos 40 centímetros de ancho y casi 10 centímetros de grosor. Otros acomodan a un costado del pan los pequeños envases de cartón y aluminio de 250 mililitros con leche natural o saborizada. La mayoría trabaja en la SEDESOL y el resto son parte de comedores comunitarios que están apoyando la causa. La repartición de la rosca monumental es parte de la campaña "En Invierno Contigo", que atiende a personas que viven en la calle y en situación de vulnerabilidad en la ciudad, afectadas por contingencias climáticas. Bajo este programa se les otorga ropa, servicios médicos, espacios para dormir, baño y, por supuesto, alimento de forma gratuita. Aunque este día no importa si se vive en una alcantarilla o en una casa con alberca. Hay rosca para todos.

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"Yo llevo como 10 años participando", me platica Lupita. "La rosca se reparte hasta que se termina. Nosotros no estamos autorizados a quedarnos con nada. Es para la gente. Ni una mordidita le damos, por lo menos yo nunca la he probado. Aunque hay compañeros que de todos modos se les barre y le prueban, pero yo no".

A las siete de la noche, mientras Lupita se aguantaba las ganas de comer rosca, Miguel Ángel Mancera, el Jefe de Gobierno del Distrito Federal, sacaba el niño del pedazo que cortó. Nada nuevo, cada año es lo mismo. Así ha sucedido desde 1999, cuando Cuauhtémoc Cárdenas, entonces alcalde de la ciudad, cortó la primer rosca monumental horneada en partes y unida con mermelada y azúcar, que impuso un Récord Guinnes al medir mil 600 metros de largo. Esa vez ocupó buena parte de la avenida 20 de noviembre hasta llegar al Zócalo y se la empacaron 260 mil personas.

En cuanto reciben la orden, los empleados de la SEDESOL comienzan a partir trozos del pan dulce. La técnica ya la tienen dominada. Hunden el cuchillo, rebanan de forma horizontal y después dan cortes verticales para obtener pedazos cuadrados de pan. Toman una servilleta, un cuadro de leche y lo dan a la primer mano que ven extendida. La fila avanza rápido. En teoría la gente después de esto sale de la zona de vallas para que otros pasen por su ración. Pero la realidad es distinta.

Una señora organiza a sus hermanas y a sus hijos que corren a diferentes puntos para obtener rosca. Ella saca una bolsa negra, como las de la basura, y mete el trozo de pan que le tocó. Camina hacia la derecha y va encontrando a sus emisarios que depositan en el saco de plástico pedazos de pan, tan grandes y gruesos como la edición conmemorativa de Cien años de soledad.

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Dos chicas del barrio de la Candelaria llevan tres ladrillos de rosca entre las manos; es el botín que repartirán en su casa. Los policías se turnan para probar ese postre "que se ve rebueno ahorita que no hemos cenado". Otra señora recoge una de las cajas de cartón que contenía los cuadros de leche y en ella va acomodando los que ha conseguido en el camino, además de tres porciones de rosca. Una más está molesta porque los empleados de SEDESOL la entregaron los cartoncitos de leche ya perforados con el popote.

"Es un desperdicio. ¿Ahora cómo le voy a dar la leche para el lonch a mi niño?", su tono de voz demuestra molestia y frustración; los 10 cuadros de cartón que cuida en el piso tienen incrustados el popote. "Cada año venimos. Ahorramos un poco en la leche, que está bien cara. Pero así no se puede. ¿Qué no piensan estas personas?"

Un grupo de muchachos no mayores de 20 años está a un costado de la Catedral comiendo rosca. Es toda una sensación para ellos. Vienen de San Luis Potosí y están de vacaciones. Decidieron dar una caminata por el Zócalo y se encontraron con la repartición del pan. Se formaron y en menos de media hora cada uno traía una tajada que apenas podían sujetar con las dos manos.

La rosca está fresca, las tiras de ate de membrillo y de fresa están suaves y brillan. Lo mismo pasa con los higos cristalizados. Está esponjada, gordita, uno la puede apretar y poco a poco recupera su forma. En el sabor abunda la mantequilla y la naranja. Aunque si a uno le toca la orilla del pan lo encontrará un tanto seco. Pero sólo ahí.

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Conforme pasan los minutos, las 9.3 toneladas de rosca que prepararon panaderos afiliados a la Cámara Nacional de la Industria Panificadora van disminuyendo. A las 8:40 de la noche, una hora y media después de que se dio el primer cuadro del postre, la rosca se ha terminado. La mesa queda llena de migajas y en un rincón unas 10 personas estiran la mano, le gritan a un chico que les de rosca, que a ellos no les ha tocado, aunque traigan bolsas de supermercado abarrotadas de pan y leche. El chico no pude esperar a que le traigan un cuchillo y con las manos rompe trozos del postre que reparte a la gente. Si no es por la mesa que los divide, ya estarían sobre él.

Al final, el contorno de la plaza, donde fue repartida la rosca, ha quedado sucio. El piso brilla por la leche derramada. A pesar de los contenedores de basura instalados, el pavimento está invadido de envases vacíos. Están aplastados y de algunos escurre el líquido blanco, como si fueran heridos que se están desangrando. También hay trozos de rosca de alguien que no la sostuvo bien y se le cayó. Un policía recoge uno y se lo da a un teporocho que pasa buscando algo de comida.

"Ya llegaste tarde, mano", dice el oficial con un acento que parece reproche.

Otros dos elementos se dirigen a la mesa y buscan entre las migajas algunos pedazos de pan. Se vuelven a acercar a la valla y dan lo que encontraron al indigente. El hombre no los come, los guarda en una bolsa. Se los llevará a sus compañeros a un costado del edificio de gobierno del Distrito Federal, en los arcos. Compartirán el pan y esperarán que a alguno le salga el muñeco. A ese le tocará el dos de febrero formarse en la plancha del Zócalo para recolectar los tamales.