Mi depresión me ha ayudado a ser mejor madre

No oculto a mis hijos quién soy, e intento enseñarles que ellos tampoco deben ocultarlo.

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feb. 21 2017, 5:00am

Este artículo se publicó originalmente en Tonic, nuestra plataforma dedicada a la salud y el bienestar.

Cuando estaba sentada en el suelo, llorando, era la peor madre del mundo. Cuando no llevaba a los niños a jugar con los demás, como había acordado con otros padres, era la peor madre del mundo. Cuando me quedaba en cama, cubierta con el edredón, durante 24 horas seguidas, incapaz de levantarme, era la peor madre del mundo.

Eso, al menos, era lo que pensaba, porque la depresión posparto te arrebata hasta el último resquicio de seguridad y lo arroja al pozo sin fondo en el que también se encuentra atrapado tu espíritu, tu valor y tu pensamiento racional.

Ni siquiera mi historial de trastornos mentales previos me había preparado para la depresión posparto que se apoderó de mí a los tres meses de nacer mi primer hijo. Cuando estás deprimida y no tienes hijos, resulta más fácil huir de todo lo que te rodea y recluirte. Es más sencillo fingir normalidad. Basta con desconectar. Pero no puedes desconectar de tus hijos. Esos pequeños cabroncetes te agarran del pelo con sus mugrientos deditos y te obligan a enfrentarte a la oscuridad de cualquier forma imaginable, como vomitándote en la cara mientras estás tumbada en el suelo, buscando respuestas en el techo.

Para cuando mi hijo tenía dos años, yo había pasado por varias recaídas y mejorías gracias a los antidepresivos que me daba el médico como quien da caramelos. Llevaba una temporada sin medicarme cuando volví a ver las dos rayas en el test de embarazo. Pocos días después, sufrí depresión preparto, por lo que retomé la medicación, pero esta vez llevaba una vida en mi interior, ¿qué clase de madre toma antidepresivos durante el embarazo? Correcto, la peor clase de madres.

Hoy día me siento diferente. Soy una buena madre. Es más, diría incluso que soy mejor madre gracias a la depresión que sufrí. Nunca imaginé que llegaría a estar agradecida por haber estado sumida en la negrura de una depresión, pero las cosas no siempre son tan terribles.

No juzgo mi papel de madre por las notas que sacan mis hijos, por sus logros o por su formas a la mesa. Mi aproximación a la educación de los hijos es más amplia porque he pasado demasiados años sintiendo ansiedad por cosas sin importancia y, al mismo tiempo, depresión por ninguna razón aparente.

La verdad es que hay días en los que me doy con un canto en los dientes por seguir viva. La depresión es la principal causa de incapacidad a escala mundial. Después del cáncer, el suicidio es la principal causa de muerte en personas de entre 15 y 29 años. Durante esos días en los que estoy bien, mis hijos y yo hacemos cosas juntos simplemente porque podemos. A veces nos quedamos hasta las doce de la noche viendo dibujos. Otras veces, la hora del baño se convierte en una batalla acuática en la que persigo por toda la casa a dos cuerpecitos desnudos empapados de agua y cubiertos de jabón. Hay noches en las que no hacemos los deberes porque no quiero que mis hijos se piensen que todo en la vida es rutina, órdenes y escribir la misma puñetera palabra en un cuaderno hasta la saciedad. Creamos recuerdos de esas tardes cotidianas simplemente porque podemos.

Y hablamos. Hablamos de todo. De consentimiento en el sexo, de si existe un dios y de otras cosas de las que cualquier padre de dos hijos de 9 y 6 años se escandalizaría. Porque yo quiero que mis hijos hablen conmigo de todo con total libertad, sin que tengan la sensación de que un tema es asqueroso o inapropiado. Sé el daño que puede hacer la sensación de no tener voz propia.

Debido a mi depresión, ahora soy mucho más sensible a los cambios de humor de mis hijos. Cuando se portan mal, no pienso automáticamente que son unos pesados. Tampoco dejo que se salgan con la suya, pero intento buscar algo más profundo (que lo suele haber) que pueda tratar de forma más comprensiva y beneficiosa.

Aceptar que ese horrible sentimiento de ser una mala madre forma parte de mi enfermedad y aprender a desprenderme de él fue esencial para lograr integrar la depresión en mi día a día como madre. Solo fui capaz de llegar a ese punto cuando aprendí a hablar sin tapujos de mi trastorno y de mi pasado, de los miedos que me atenazan cuando interactúo con los demás. "Resulta útil comprender los sentimientos de culpa y vergüenza", afirma la psicóloga clínica Stacey Radin. "También ayuda rodearte de personas objetivas y capaces de razonar contigo cuando te flaquean las fuerzas y crees que no puedes sobreponerte y aceptar las circunstancias de tu diagnóstico".

Aunque he llegado a un punto en que me atrevería a decir que soy capaz de controlar mi trastorno, sigo teniendo momentos muy duros (para los que ni la medicación ayuda) que no siempre soy capaz de ocultar a mis hijos. Pero he decidido que no quiero hacerlo. A veces la vida es una mierda, y si me ven llorar, volverme loca de repente, o incapaz de levantarme del sofá, no es el fin del mundo. Me muestro tal como soy y, a la vez, les enseño a ellos a hacer lo mismo. Les enseño que no pasa nada porque alguien llore, se preocupe de cosas sin sentido o pida ayuda.

Radin también considera que es muy beneficioso sacar la parte positiva de lo que antes veía como mis errores, en lugar de enterrarlos en el olvido, siempre y cuando no haga a los niños partícipes de la responsabilidad. "Los niños tienden a interiorizarlo todo y a culparse de las cosas", añade. "Prepáralos y diles que cuando estás de mal humor no tienen que tomárselo a título personal; que los quieres y que te preocupas por ellos, pero que simplemente tienes un mal día".

Si una madre es feliz, ¿su hijo también lo es? No necesariamente. Una madre deprimida también puede garantizar su felicidad.

Traducción por Mario Abad.

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