La tragedia de escuchar música con otros
Noisey

La tragedia de escuchar música con otros

La experiencia de escuchar música con gente puede llegar a ser realmente desagradable.
05 Mayo 2017, 11:08am

¿Sabes cuál es la mejor canción? La que te dejan escuchar entera.

La canción suena, pronto entrará la guitarra. También se aproxima un solo de saxofón. En sincronía con el movimiento de ese músico que va acercando la boquilla a sus labios, alguien en la sala en la que estás se levanta y se dirige al equipo desde el que está sonando la música. Alguien está intentando mantener una conversación con la persona que ha puesto la canción, pero él o ella, realmente, está esperando a ese saxo que tanto le emociona. Para disimular un poco, sus ojos se fijan en la conversación y no presta atención a esa persona que ya ha llegado al dispositivo. El saxo hace su entrada, suenan dos notas y… la canción se va.

Ahora suena otra canción, una distinta, inoportuna. La conversación también se pierde. Hay una intervención triunfal de quien ha puesto la nueva canción. Con voz pretenciosa la describe y explica todas sus virtudes, como si esto fuese posible. Quien esperaba el saxo mira a esa persona y… creo que ya sabéis lo que está sintiendo, ¿no?

Hay una discusión, un reclamo: "¿Por qué has hecho esto?", "Tenía muchas ganas de oírla, perdón", "Sí, pero no me quites así la mía oye...", etcétera. La conversación logra triunfar sobre la música. El fracaso rotundo del ruido sobre el sonido. La nueva canción también se diluye entre la vanidad. Ya nadie la disfruta. En un acto de interrupción, se han matado dos pájaros de un solo tiro. La discusión se alarga, otra canción suena perdida por detrás. Parece que las personas no miden las graves consecuencias de interrumpir una canción. Un pequeño crimen que parece irrisorio al lado de los terribles que denuncian los medios día a día pero que se esfuman, como la canción que suena ahora, en una discusión sin sentido, que no tiene las virtudes requeridas para romper un silencio.

La experiencia de escuchar música con gente puede ser muy desagradable. No solo cuando alguien interrumpe la canción que suena por la incapacidad de dejar que las cosas vayan a su debido tiempo, sino también porque hacerlo se convierte en un auténtico ejercicio de competencia. Como si escuchar música con otros fuera el espacio necesario para reivindicar nuestros gustos o juzgar los de los demás. También lo es por la impertinencia que caracteriza a ese sujeto que no es capaz de dejar que sean unas notas distintas a las que acostumbra a oír las que prevalezcan en ese momento. O porque siempre hay alguien, un alguien que no debería existir, que no comprende —como el mal músico— los tiempos en los que debe interpretarse una nota o una canción, y quiere llegar al éxtasis antes de tiempo. O aquel otro que, en su incontinencia musical, no puede resistir a que llegue su turno para escoger una canción.

La experiencia de escuchar música con gente puede ser muy desagradable. No solo cuando alguien interrumpe la canción que suena, sino también porque hacerlo se convierte en un auténtico ejercicio de competencia

Afortunadamente, después del conflicto, el silencio retorna y alguien que inteligentemente había abandonado la discusión bizantina, pone una nueva canción. Una de esas que logran lo que toda gran canción debe lograr: el silencio cómplice entre quienes están compartiendo la experiencia de escuchar música. Una pausa, como en la música misma, que organiza y le devuelve la armonía a la reunión. Porque la experiencia colectiva puede también ser grata cuando descubrimos bandas y géneros, canciones y sonidos, que nos llegan como enviados por un dios del Olimpo que nos quiso un instante. Hay un intercambio de saberes y de anécdotas que se transmiten a través de una canción que jamás había pretendido contar esa historia. Se hacen confesiones de mal gusto, y resulta que aquel "pecado musical" suele ser aceptado por todos o la mayoría y nos damos cuenta de que la canción no era el pecado, sino la creencia en los estereotipos que la podrían definir.

También se cultiva la capacidad de selección. Escoger bajo la presión de los otros. Poner música es como si en un restaurante, al ordenar alguno de los platos de la carta, todos los que están allí fuesen a comer nuestra elección. A comerla con gusto, con placer. Y con suerte esta experiencia puede derivar en un banquete —sí, como los de Platón— en el que todos comen y hablan, beben y ríen. La música variada pero coherente, satisface a todos y permite hacer filosofía del amor. Sí, la experiencia de oír música con otros es grata cuando la conversación no es más que el pretexto, el acompañamiento de la música y no, como muchos creen, la música el trasfondo de la charla.

Escuchar música con otros es una tragedia, en el sentido clásico y griego de la palabra. Se pasa, en los clics que van definiendo la banda sonora del momento, del dolor a la alegría, del bien al mal, de lo agradable a lo desagradable, de la música al ruido. En esta dinámica trágica, en este ir y venir de lo bueno y lo malo de oír música con otros, se forjan las amistades. Y se forjan porque entre gustos sí hay disgustos y esos disgustos permiten que salgamos de la corrección política que nos quiere imponer la gente de bien —dueña de la razón y de la música cool— y nos levantemos de nuestra silla, nos dirijamos al equipo de música para interrumpir esa canción horripilante que ha escogido el otro, no con el ánimo de oír una que queremos, sino con el ánimo de aguar la fiesta.