Cultură

Historias de los peores compañeros de piso

Vivir solo es un lujo que pocos jóvenes de entre 20 y 30 años se pueden permitir, en cualquier caso, tanto si decides compartir casa con tu mejor amiga o un completo desconocido, uno nunca sabe si la convivencia acabará siendo una pesadilla.
20.5.16

Vivir solo es un lujo del que cada vez menos jóvenes de entre 20 y 30 años van a poder disfrutar. Con el aumento del coste de la vida y el estancamiento de los salarios, son cada vez más los jóvenes que se ven obligados a compartir piso, según los datos publicados el año pasado por . También son muchos los que vuelven a vivir a casa de sus padres, optan por o que .

Pew Research Center

vivir en comunidad alojándose en barracas

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se conforman con vivir de alquiler en un cobertizo en el piso de alguien

En cualquier caso, tanto si decides compartir casa con tu mejor amiga o un completo desconocido, siempre es una lotería y uno nunca sabe si la convivencia acabará siendo una pesadilla.

Pedimos a varias personas que nos contaran sus peores experiencias con sus compañeros de piso. Si pensabas que tu convivencia era chunga, prepárate a leer esto.

Se masturbó varias veces en mi cama

Ilustraciones por Alex Jenkins

Compartía piso con otro tío en Boston. Un día llegué a casa y cuando agarré el pomo de la puerta de mi cuarto, esta se abrió sola. Mi compañero de piso estaba frente a mí, de pie, vestido solo con unos pantalones muy cortos y empapado de sudor.

En cuanto me vio, empezó a vomitar su excusa: que se le había estropeado el portátil y tenía que consultar el correo. "Vale, tranquilo", respondí mientras se retiraba a su habitación.

Más tarde me di cuenta de que Safari estaba abierto en mi ordenador y yo jamás uso ese buscador, así que eché un vistazo al historial de búsquedas. Fue entonces cuando descubrí un montón de vídeos de CreamPie.com o algo así. Saqué a relucir mis dotes detectivescas y descubrí una aplicación que convierte la webcam del portátil en una cámara de seguridad que, en cuanto detectaba el movimiento, se ponía a hacer fotos.

Esa noche me fui a dormir a casa de un amigo y no volví a casa hasta el día siguiente por la tarde. Fui directo a comprobar la carpeta en la que debían guardarse las fotos que hiciera la cámara y… ¡pam! La carpeta estaba llena de fotos de mi compañero pajeándose. Con mi portátil. En mi cama.

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En un principio no supe bien qué hacer con aquella información, por lo que opté por no decir nada hasta pasado un mes, cuando él inició una discusión conmigo por alguna chorrada. La discusión fue subiendo de tono hasta que al final le solté: "¡AL MENOS YO NO ME PAJEO CON TU ORDENADOR EN TU CAMA!".

Se quedó helado y al cabo de un instante me espetó que estaba loco por "inventarme" algo así. "Mira, tío, tengo fotos en las que sales haciéndolo", le dije. Ahí sí tuvo que callarse y no volvió a abrir la boca. Stephen, 29 años.

Incendió el piso

Vivía en un piso de cuatro habitaciones en Nueva York que era como una fiesta continua. Una de mis compañeras era una chica bajita que fumaba muchos porros. Una noche se dejó una vela encendida encima de una silla en su habitación y se marchó de casa. Unas horas después, recibí una llamada de los vecinos avisándome de que había un montón de camiones de bomberos frente a nuestro piso. Cuando llegué, nuestra casa estaba en llamas.

Al final solo se había quemado su cuarto, pero todo el piso y todas mis cosas había quedado destrozado con el agua que habían echado los bomberos. El casero no cogía el teléfono porque era judío jasídico y aquello ocurrió un sábado.

Por su parte, mi compañera nunca admitió que fue su culpa. Fueron los bomberos los que tuvieron que decirme lo que había pasado. Carol, 30 años.


Mira: Bolo Blas


Se pusieron a favor de mi agresor sexual

Estaba estudiando en Honduras y uno de los chicos de nuestro grupo no paraba de acosarme a todas horas. Una vez incluso me empujó a una piscina cuando llevaba un vestido blanco. No quedó nada a la imaginación y me sentí totalmente humillada. El chico era jugador de béisbol y ya había agredido verbalmente a otras estudiantes.

Cuando le planté cara amenazó con pegarme, así que decidí recurrir a los profesores para que tomaran medidas. Los profesores me tacharon de chismosa. Fue indignante.

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Mis compañeras de piso, una de las cuales estaba colada por ese gilipollas, insistían en que era yo la que me estaba buscando que él me acosara, pese a que yo casi no le había dirigido la palabra. Todas decían que se comportaba así porque yo lo ignoraba. Hicieron el comentario durante una cena, delante de toda la clase y de los profesores. Me disculpé y me fui de la cena.

Cuando llegué a nuestro bungaló, cogí el champú de mis compañeras y oriné dentro como castigo por empeorar una ya de por sí horrible experiencia y por perpetuar la cultura de la violación en lugar de apoyar a una compañera. Christy, 28 años.

Se cagó por toda nuestra habitación

Durante mi primer año de universidad, viví con una chica a la que no conocía de nada. No éramos muy amigas, pero ella era maja y los primeros meses de convivencia fueron bastante civilizados.

Una noche de jueves, estuvimos bebiendo un poco en la habitación y luego nos fuimos cada una a una fiesta distinta. Cuando volví a casa horas más tarde, vi que la puerta no estaba cerrada con llave, las luces estaban encendidas, la tele a todo volumen y mi compañera estaba tumbada boca abajo en su cama, vestida solo con una camiseta y una mancha de vómito negro y reseco en la almohada. Estaba desnuda de cintura para abajo y por la parte de detrás de las piernas, hasta la planta de los pies, tenía lo que solo podían ser heces. Había más mierda en la alfombra y en el cubo del reciclaje. Cerré la puerta despacio mientras pensaba que no estaba preparada para lidiar con aquello.

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Fui a buscar al coordinador de mi planta, quien llamó a una ambulancia. Mi compañera tuvo que pasar la noche en el hospital mientras yo la pasé intentando limpiar la habitación con dos amigas valientes que se ofrecieron a ayudarme. A eso de las cuatro de la madrugada, cuando aún nos entraban arcadas por el olor a mierda, apareció un hombre ataviado con un mono y cargado con un montón de productos de limpieza industrial y me indicó que le diera las llaves de la habitación. Dormí en el cuarto de una amiga, fui a clase al día siguiente y, cuando volví a mi habitación, todo estaba como nuevo. A modo de disculpa, mi amiga me había dejado una bolsa de M&Ms en la cama con una nota que decía "¡Gracias por ser una compañera de habitación genial!". La verdad es que el chocolate no me apetecía demasiado después de lo que había pasado. Lauren, 24 años.

Me despertaba todas las mañanas con Bon Jovi

Mi compañero de habitación durante el primer año de universidad me despertaba todos los días incluso los domingos a las cinco de la mañana con la música de Van Halen o Bon Jovi a todo volumen mientras estudiaba un mes antes de los exámenes. Paul, 29 años.

Me robó la ropa y se acostó con alguien en mi cama

Cuando estaba estudiando en la universidad, me fui a vivir con mis cinco mejores amigos a una casa. Pronto empezamos a comportarnos como los chavales de 19 años que éramos: teníamos las paredes llenas de agujeros de dar puñetazos, dibujamos un mural de LeBron James montado en un elefante en la pared del salón, etc.

Una vez volví a casa a eso de las nueve de la mañana un día entre semana porque me había olvidado un libro de texto en mi cuarto. Cuando abrí la puerta, vi que la habitación estaba hecha un desastre. Había una caja con restos de pizza volcada sobre la alfombra y mi compañero de piso y su novia estaban desnudos en mi cama. Su habitación estaba solo a unos cuantos pasos de la mía. Desde aquel día, siempre que me iba cerraba la puerta con llave. Chris, 24 años.

Cocinaba ketamina en mi sartén

Mi compañero de piso siempre usaba mi sartén para cocinar ketamina. Como solo teníamos esa sartén, cada vez que yo quería usarla, sabía que estaba o en su habitación o en la cocina, pero llena de droga. Al final, otro compañero compró una sartén en la que estaba prohibido cocinar ketamina. Mario, 27 años.

Se han cambiado los nombres de algunas personas para evitar represalias.

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Traducción por Mario Abad.