Me taladré el cráneo para estar siempre colocado

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Me taladré el cráneo para estar siempre colocado

A sus 76 años, Joe Mellen goza de un estado de salud excepcional y, pese a la edad y a su afición a la LSD, parece mucho más agudo e inteligente que la mayoría de las personas, quizás el agujero que se hizo tiene algo que ver.
18.2.16

Joe y Amanda Feilding, otra entusiasta de la trepanación, con el taladro de Joe (fotos cortesía de Strange Attraction Press)

«Esta es la historia de cómo llegué a perforarme el cráneo para estar constantemente en un estado de consciencia superior».

Pocas memorias arrancan con una frase tan sugerente como la que escribió Joe Mellen en 1970 en su libro Bore Hole. En él explica cómo en 1963 dejó atrás su anodina vida para convertirse en un beatnik, su primera experiencia con los ácidos en España y cómo su búsqueda de una forma de alterar su consciencia de forma permanente lo llevó a practicarse una trepanación, es decir, a perforarse el cráneo.

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Si bien estos argumentos por sí mismos ya son suficientes para elevar Bore Hole a la categoría de obra de culto, Mellen fue un paso más allá, logrando capturar con su narrativa el espíritu de la contracultura de los 60. Quizá esto explique en parte por qué las 500 copias de su obra, que él mismo publicó, son tan codiciadas como antiguos artefactos de civilizaciones perdidas. La editorial Strange Attractor publicó una nueva edición de lujo del libro, mucho más extensa, en la que se incluyen actualizaciones de la historia de Joe y argumentos en defensa de la trepanación en el siglo XXI, además de su intento de dar respuesta a una de las preguntas fundamentales de la naturaleza humana: ¿por qué nos gusta tanto estar colocados?

A sus 76 años, Joe Mellen goza de un estado de salud excepcional y, pese a la edad y a su afición a la LSD, parece mucho más agudo e inteligente que la mayoría de las personas que conozco. Tras una hora de charla, y a pesar de que no la buscaba intencionadamente, advierto una hendidura de tamaño considerable en la parte superior de su cabeza. Más tarde me explica que es el lugar en el que intentó practicarse –sin mucho éxito– una trepanación con una herramienta manual. En 1970, semanas antes de escribir el libro, Mellen se hizo otra perforación, esta vez con un taladro eléctrico, en la parte superior de la frente, un «tercer ojo» en la posición del chakra de la frente. Sin embargo, no se puede apreciar a no ser que presione la zona con un dedo.

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La diferencia entre una autobiografía y unas memorias es que la primera es la historia de la vida de alguien, mientras que la segunda solo trata con un aspecto concreto de esa historia. Generalmente, las memorias tienden a describir un viaje, y el de Joe no empezó con su primer porro o ácido, sino cuando decidió desprenderse de la vida convencional que sus padres habían programado para él. Su dicción es clara y correctísima, lo que no sorprende teniendo en cuenta su educación (Eton y Oxford). Le esperaba un futuro brillante en la empresa de bolsa de su padre. De hecho, le faltaban pocas semanas para finalizar sus exámenes de posgraduado cuando decidió abandonarlo todo y en cuanto empezó a fumar marihuana, todo empezó a cobrar sentido para él.

VICE: ¿Te consideras parte de la generación beatnik?

Joe Mellen: Sí, así se llamaba antes de que aparecieran los ácidos. La cosa cambió a mediados de los 60. En 1964 yo vivía en Torremolinos, donde había un pequeño grupo de fumadores de maría amantes del jazz. Entre ellos estaba Allan Cisco, a quien Timothy Leary había introducido en el consumo de mescalina en Acapulco. Me contó que había tenido un viaje en la playa y había luchado con un pulpo entre las olas. Todavía le quedaban dos buenas dosis, de 850 mg cada una. Me dio una y tuve un viaje increíble. Fue alucinante, como el cielo en la Tierra.

Joe, Amanda Feilding y Bart Huges

Háblame de cómo conociste a Bart Huges, el holandés que os introdujo en el LSD y en el concepto de la trepanación.

En 1965 estaba en Ibiza y todo el mundo hablaba de los ácidos, aunque solo unos pocos lo habían probado. Oí a dos hablar sobre el «futuro del ácido», y uno de ellos era Bart. También oí hablar de un tipo que se había hecho un agujero en la cabeza y pensé que estaba como una cabra. El hombre estaba de viaje de regreso a Ámsterdam, donde había fabricado ácido. Él y su amigo empezaron a sintetizar mescalina y luego pasaron al LSD… Y la verdad es que era muy buen ácido.

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Me preguntó si quería probarlo. Cuando fui a su casa, vi que tenía una bolsa llena de terrones de azúcar y otra con limones. Me indicó que mojara los terrones en zumo de limón y que me lo tomara. El viaje fue maravilloso.

¿Lo experimentaste todo? La distorsión del tiempo, las alucinaciones…

Bueno, esa es la gracia. Si no tomas el azúcar tendrás las alucinaciones, y puedes dejarlas todo el tiempo que quieras y retomarlas comiendo azúcar de nuevo. Lo curioso es que me daba la sensación de estar alucinando incluso cuando volví a mi casa. Parecía que había una fuga en las tuberías y que mi habitación estaba inundada, pero imaginé que era por efecto del viaje. Por supuesto, cuando me desperté, a la mañana siguiente, todo era real y la habitación estaba inundada de agua hasta la rodilla. No había estado alucinando.

Ese día volví a visitar a Bart, que me entregó una carta mecanografiada dirigida a un profesor de psiquiatría de Ámsterdam. El profesor le había pedido a Bart que le ayudara con un experimento consistente en tomar ácido y hablar de la experiencia en público. En la carta, Bart describía el mecanismo que había descubierto. Básicamente, concluía que el ácido actúa como vasoconstrictor; el científico había estado llevando a cabo experimentos para investigar los posibles usos del ácido para disminuir el sangrado durante el parto y como tratamiento para problemas respiratorios y de circulación sanguínea, pero no había establecido ninguna relación entre la LSD y la alteración de la conciencia, porque no era un genio. Era muy buen químico. Bart era un genio y tenía muy buena memoria para retener todo lo que aprendía.

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¿Cómo encaja en todo esto lo de comer terrones de azúcar?

La conciencia surge del metabolismo del cerebro, durante el cual se produce la oxidación de la glucosa. La glucosa es la única fuente de energía del cerebro. El cerebro funciona únicamente quemando glucosa. Si se produce un aumento de la oxidación de la glucosa, habrá más células que alcancen ese nivel de conciencia y, por tanto, esta se expandirá.

En mi pequeño libro, Bore Hole, presento un gran concepto: que el ser humano tiene un problema, derivado del hecho de que siempre estamos erguidos, lo cual obliga al corazón a bombear sangre al cerebro luchando contra la fuerza de la gravedad. Otro problema es el sellado del cráneo, que se produce cuando estamos completamente desarrollados [entre los 18 y los 21 años]. Antes de que ocurra, el cráneo está compuesto por placas separadas que dan cierto margen. Imagina que el cerebro es como una gelatina que puede expandirse y moverse. Sin embargo, una vez que el cerebro se ha sellado por completo, el cerebro deja de tener ese espacio. La sangre fluye a través de él sin movimiento. Esa precisamente es la razón por la que todos queremos colocarnos: queremos volver a ese estado rejuvenecido en el que podemos ser más espontáneos y creativos y vivir más. Es lo que nos estamos perdiendo. El paraíso perdido.

Portada de 'Bore Hole'

Esto nos lleva al tema de la trepanación. Existen precedentes históricos y prehistóricos de perforaciones en el cráneo, ¿verdad?

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Sí. Es la operación más antigua del mundo y se ha practicado en todos los continentes. En unas tumbas incas de Perú se hallaron 14 cráneos trepanados puestos en fila. Probablemente se trataba del rito iniciático de una casta de sacerdotes. Imagino que la razón por la que lo hacían era para ayudar a quienes hubieran sufrido heridas en la cabeza. Durante la batalla, un guerrero podía recibir un hachazo en la cabeza, que podía provocar que fragmentos de hueso se clavaran en el cerebro. Mediante la trepanación probablemente retiraban esos fragmentos de hueso. Actualmente siguen usando esa técnica en Kenia. Las tribus Gusii y Kuria lo hacen con instrumentos muy primitivos. Es un procedimiento muy sencillo. De hecho, en un quirófano lo realizaría una enfermera, no el cirujano.

No soy especialmente aprensivo, pero me costó mucho leer algunas partes del libro. ¿Entiendes la repulsión o la incomodidad que puede causar el tema a algunos?

Sí, por supuesto. Es muy comprensible. La primera vez que oí hablar del tema pensé que era una absoluta locura. Me parecía absurdo que alguien pudiera hacerse eso voluntariamente, pero bueno, al final uno se acostumbra a muchas cosas, ¿no?

Háblame del primer intento.

Era 1967 y vivía en Londres. En aquella época estaba sin blanca y no podía permitirme comprar un taladro eléctrico, así que compré un trépano manual en una tienda de instrumental quirúrgico. Se parece a un sacacorchos, pero tiene un anillo dentado en el extremo. En el centro tiene una punta con la que realizas una marca en el cráneo. Luego vas girando hasta que la rueda dentada corta el hueso. Como tiene un diámetro ligeramente inferior en la parte de abajo, va expulsando el trozo de hueso perforado. Fue complicado, como intentar descorchar una botella de vino desde dentro. El trépano no estaba muy afilado y no podía fijarlo al cráneo. Además, estaba colocado de ácido. Pensé que sería la única forma de poder hacerlo, pero no funcionó…

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Debo decir que esas partes del libro son difíciles de leer. Y pensar que lo intentaste dos veces más… La trepanación no es para todo el mundo, ¿verdad?

Pues creo que debería serlo. Es tan sencillo como que el ser humano necesita que fluya más sangre a su cerebro. Y no estoy hablando de colocarse, sino de recuperar esa vitalidad de la juventud y que pierdes al llegar a la edad adulta. También podría hacerse mediante una inyección después del nacimiento. Se inyectan células en torno a las fontanelas para evitar que se sellen. Sería muy sencillo.

¿Cuándo fue el segundo intento?

Más o menos un año después, con el mismo trépano manual. Conseguí extraer algo de hueso, pero no estaba seguro de si había conseguido llegar hasta el final porque había entrado con cierto ángulo. Al principio pensé que lo había conseguido, porque cuando retiré el trépano oí un ruido como de fluidos y burbujas. Supongo que atravesé un poco, pero no lo suficiente.

A la tercera fue la vencida, ¿no?

Fue en 1970. Me inyecté un anestésico local en la piel, los músculos y la membrana que cubre el cráneo. Me salió un bulto que parecía un huevo. Hice un corte con un bisturí. Como la anestesia contiene adrenalina, que es vasoconstrictora, logré minimizar el sangrado. Aquella vez no iba colocado. Con el trépano manual tenía que hacer mucha fuerza, pero esa ocasión utilicé un taladro eléctrico con una broca de 6 mm y fue mucho más sencillo. Desgraciadamente, se rompió el cable del taladro, así que tuve que parar, enrollarme una toalla en la cabeza y llevar la máquina al señor Lea, que vivía en el sótano de mi edificio. Era un tipo brillante, capaz de arreglar cualquier cosa. No me preguntó qué estaba haciendo, se limitó a arreglar el taladro y yo subí a casa para seguir con lo mío. Se nota enseguida cuando has atravesado todo el cráneo porque sale mucha sangre y de repente la broca penetra unos dos centímetros y medio. Cubrí toda la zona con vendas. Pasaron dos o tres días hasta que la piel volvió a regenerarse cubriendo el agujero. No me hizo falta tomar analgésicos y tampoco hubo complicaciones; eso sí, tuve la precaución de esterilizarlo todo muy bien. El principal peligro es que se infecte. Ni siquiera tuve dolor de cabeza. En total tardé media hora, incluyendo el tiempo de limpiarlo todo.

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Me sentía genial por haberlo conseguido, pero al cabo de una hora, más o menos, empecé a sentir una sensación de ligereza, como si me hubieran quitado peso de encima, y esa sensación era cada vez más intensa, hasta que superó mis expectativas. Lo hice por la tarde y me fui a la cama a las once de la noche con una sensación muy agradable, que seguía notando a la mañana siguiente. Entonces me di cuenta de que lo había conseguido.

Un amigo mío también quiere perforarse el cráneo. ¿Qué tiene que hacer?

Ojalá lo supiera. He oído que hay un tipo en México que lo hace por unos 1.800 euros, y que también te lo pueden hacer en Ecuador y Egipto, pero estamos hablando de mucho dinero. Bart siempre decía que debería haber una especie de cabina en la pudieras meterte, meter una moneda y ¡zzzzzzzzzz!

¿Qué consejo darías a la gente que quiere trepanarse el cráneo por su cuenta?

No aconsejaría a nadie que se lo hiciera, de verdad que no. He aprendido de Bart y no voy a animar a nadie a que lo haga por su cuenta. Debería haber un cambio jurídico y social en este país que permitiera esta práctica. Lo que me gustaría es que alguien investigara sobre las drogas alucinógenas y sus propiedades vasoconstrictoras.

¿Qué beneficios aporta estar colocado?

El ego es un mecanismo mediante el cual dirigimos la sangre del cerebro hacia donde hace falta. Constriñe las arterias en determinadas zonas para aumentar el flujo sanguíneo en otras. Pero la parte del cerebro que lo rige todo es el sistema del habla. Del habla dependen nuestra supervivencia y nuestra actividad cerebral. Esto ocurre porque monopoliza el suministro de sangre. Los centros del habla –relacionados con la escritura y la comprensión– fueron los últimos en desarrollarse en nuestra evolución. Se encuentran en la corteza cerebral, lejos del corazón. Para garantizar un flujo sanguíneo constante a los centros del habla, el ego reprime la función de otras partes del cerebro.

La gente se obsesiona con las cadenas léxicas que usan para describir su identidad, cadenas que los identifican como cristianos, musulmanes, judíos o lo que sea. Por tanto, las cadenas léxicas de cada persona son muy importantes para ellos, obviamente. Y pese a que hay mucho espacio para las ideas, hay personas que incluso agreden a aquellos que tengan ideas distintas. ahí radica la belleza de estar colocado. En ese estado, trasciendes el ego. En un estado de conciencia alterado, eres capaz de percibir en qué esfera de pensamiento se encuentran las personas, incluido tú. Dispones de una visión objetiva. Eso es lo maravilloso y el gran valor de un estado de conciencia elevado. Creo que todo el mundo debería colocarse y que Vladimir Putin debería meterse ácido.

El libro Bore Hole, de Joe Mellen, ha sido publicado por la editorial Strange Attractor.

Traducción por Mario Abad.