Cultura

Pasé un día como si tuviera 17 años otra vez

Esa época mágica cuando uno es joven y tiene la energía para salir de fiesta toda la noche tiene que llegar a su fin algún día... ¿o no?

por Michael Buchinger
03 Agosto 2016, 3:00am

El autor ahora (izquierda) y cuando tenía 17 años (derecha).

Este artículo fue publicado originalmente en VICE Alpes.

Mi vida era mejor cuando era un adolescente. De eso estoy seguro. No sólo Pokémon y Gwyneth Paltrow eran lo más guay del mundo en aquel entonces, sino que, como me recuerdan continuamente mis amigos, yo también lo era. A los 17 años, era mucho más agradable, divertido y en todo sentido más genial de lo que podría ser en la actualidad.

A los 17 años, simplemente era imparable. En aquellos tiempos casi no podía esperar hasta el viernes, cuando ya podía quitarme mi uniforme de la escuela católica y me vestía con mi ropa de calle para ir de fiesta toda la noche y hasta las tantas de la mañana. Bailaba en clubes nocturnos vulgares como si nadie estuviera mirando, vivía como si nada pudiera hacerme daño y bebía como si la resaca fuera una conspiración de las compañías farmacéuticas. Luego me pasaba el domingo tratando de reconstruir los acontecimientos de la noche anterior.

Hoy, por el contrario, mi noche de viernes ideal consiste en una taza de té, los DVD de Sexo en Nueva York y elegir de forma compulsiva la opción de "ver todos los episodios" sin pensarlo dos veces. A la mañana siguiente, lo único que me debo recordar es en qué episodio me quedé dormido.

Hoy en día, muchas veces me siento como una sombra de mi antiguo yo. Vivo de los recuerdos de aquellos días de gloria. No me malinterpreteis, soy feliz con mi cómoda vida de joven adulto. Simplemente me pregunto si todavía queda algo de esa chispa juvenil dentro de mí. ¿Podría tener 17 otra vez si quisiera, aunque sólo fuera por un día? Sólo había una forma de averiguarlo.

8:30

A pesar de ser aterradoramente temprano para un sábado por la mañana, me despierto totalmente descansado y no hay nada que me gustaría más que saltar de la cama y cantar "Here Comes the Sun". Sin embargo, eso estaría fuera de lugar para el Michael de 17 años, como aquel episodio de Tom y Jerry donde son amigos por alguna extraña razón. Entonces recuerdo que lo más acorde con mi supuesta edad es permanecer en la cama durante unas cuantas horas más.

12:00

"¡El perro se va a emborrachar esta noche!".

Ya al mediodía, me levanto aturdido de la cama, después de haberme quedado dormido. En un movimiento provocado por la nostalgia de que me eche la bronca, rápidamente llamo a mi madre.

—"Mamá, me acabo de despertar, y es mediodía. ¡Tampoco he comido nada todavía!", le cuento en un intento frenético por alterar sus nervios.

Pero en lugar de que se cabree o que se escuche que pasa la aspiradora de manera agresiva, mi madre reacciona en un tono sorprendentemente tranquilo: "Bien por ti", dice ella. "Trabajas muy duro y te has ganado un fin de semana para relajarte".

Profundamente decepcionado por su negativa de participar en mi experimento de "17 otra vez", decido cambiar de estrategia.

—"¡Voy a usar esta energía para algo productivo! Esta noche me reuniré con mis amigos en el parque y probablemente bebamos mucho alcohol", le comento en mi tono más provocativo.

—"Bien, entonces divertíos!", me dice alegremente y se despide. Ni siquiera me dice que me acuerde de llevar un suéter. Poco tiempo después, inexplicablemente me envía una foto de un perro sentado en un bar con el subtítulo "¡el perro se va a emborrachar esta noche!" Pongo los ojos en blanco por la frustración. Así son las madres, ¿no?

13:00

Después de preparar el plato favorito de mi adolescencia —un plato de pasta con ketchup— me empiezo a preguntar qué hacía durante todo el sábado cuando tenía 17. Me quedo con que mi yo adolescente probablemente habría visto varias horas de televisión basura y jugado a videojuegos.

Ya que parecía lo más apropiado para el experimento, abro Pokémon Go y comienzo mi marcha por el camino de la nostalgia al recorrer la ciudad, con la esperanza de atrapar un par de especímenes raros en el camino. Esta parte de mi experimento es exitosa en comparación con la llamada telefónica con mi madre, porque un rato después de que atrapar mi tercer Pidgey, realmente me siento como un adolescente de nuevo y me dan ganas de emborracharme y (¡con suerte!) enrollarme con alguien.

14:30

Me dirijo al supermercado en una misión para recoger dos de las bebidas favoritas de mi juventud: Eristoff Ice y Eristoff Red, pero el mero pensamiento en estas dos bebidas increíblemente repugnantes hace que me ponga pálido. Esta reacción no es gratuita; entre los 16 y los 18 vomité casi cada semana por beber estos venenos. Casualmente, casi siempre potaba en el aparcamiento de la consulta de un ginecólogo, al final se convirtió en mi zona para vomitar.

En el supermercado trato de pasar desapercibido y pillo mis dos bebidas. Entonces me pongo en la cola para pagar, tratando de ocultar el botín como si fuera a pasar un cadáver al otro lado de la frontera. Estaba tan absorto en mi mundo de 17 años de edad, que me entró miedo de que el cajero me pidiera el carnet. No lo hizo porque tengo 23 y parece que tenga 32.

18:00

"¡Mirad lo que tengo!", les digo a mis amigos, con quienes ya me he reunido para entonces y hemos comenzado un picnic y un botellón en el parque. Con entusiasmo saco las dos botellas de Eristoff de mi mochila y con orgullo las muestro al grupo. Ellos se quedan helados, sin lugar a dudas porque no pueden comprender lo increíblemente guay y joven que he vuelto a ser.

"¡HEY! ¡Eristoff!", grito, pero mi anuncio sólo provoca silencio en lugar de júbilo. Entonces me doy cuenta de que mis bebidas sobre todo les dan asco a mis amigos. Emiten una gran variedad de sonidos de disgusto que en lo personal reservo para la música de David Hasselhoff. Obviamente, no han tenido buenas experiencias con los refrescos combinados con vodka.

"Michael, he vomitado mil veces por beber esas cosas", comenta mi amiga Bianca, la primera en romper el silencio. "¿Por qué querría beber algo así?" Pero Bianca acaba de cumplir 30, por lo que simplemente elijo ignorarla para que no enturbie mi espíritu juvenil.

En vez de eso, abro mi Eristoff Ice y dirijo la conversación a temas como los deberes, Pidgey y el profesor Willow. Mis amigos asienten con la cabeza, mientras intercambian miradas cuyo significado parece decir: "¿Quién invitó a este tío?"

19:00

Podríais pensar que después de dos Eristoff Ice y tres tragos de Eristoff Red empezaría a sentirme mareado, pero estaríais equivocados. Tal vez soy un maestro de la borrachera, porque si antes estaba borracho, parloteando y profesando mi amor a toda la gente a mi alrededor, ahora me siento lo suficientemente sobrio como para pilotar un 747.

20:00

Empiezo a recordar por qué todo el mundo odia las bebidas preparadas con vodka. Tienen un sabor suave y afrutado, lo que da una falsa sensación de sobriedad justo antes de que te hundan en la miseria. Hace una hora podría haber pilotado un avión; lo mejor que puedo hacer ahora es sacar un bolsa para vomitar de mi mochila. Decido dejar de beber durante la siguiente media hora.

21:00

Mi nuevas amigas.

Vale la pena señalar cuántos adolescentes vienen a este parque. Yo creía que sólo los traficantes de drogas y los maniacos sexuales acechaban a esta hora de la noche, pero estaba equivocado; hay más adolescentes aquí que en un concierto de One Direction. Simplemente están sentados sobre el césped, imperturbables, fumando y bebiendo. Nota mental para mí: "¡a los jóvenes guay les encantan los parques!"

Entonces logro entablar una conversación con un grupo de chicas adolescentes. Mi intento de extraer su esencia juvenil termina en un fracaso absoluto. Me dan un par de consejos para ir a buenos sitios para beber y después se deshacen de mí al desaparecer en la distancia dentro del parque, sin duda, para discutir asuntos urgentes como Pequeñas mentirosas y hoverboards.

22:00

Inexplicablemente, una tercera parte de mis amigos deciden dejarme en el parque. Junto con el grupo restante, me dirijo a un lugar que mis nuevas amigas me han recomendado, situado justo en el centro del Triángulo de las Bermudas de la vida nocturna de Viena: el Kaktus Bar. Recuerdo con entusiasmo visitar ese establecimiento a los 17, y en una ocasión incluso me referí a él como un "sitio guay".

El Kaktus Bar fue el lugar donde, por ejemplo, una vez me besuqueé con un tipo llamado Gerald durante aproximadamente una hora, porque me compró una ronda de chupitos de tequila. Sin embargo, cuando Gerald hizo un movimiento hacia mis genitales, me vi obligado a terminar nuestro romance con un abrupto final, ya que tuve que salir al aparcamiento para vomitar.

De todos modos, lo que encontré en el bar fue una pequeña habitación, con luz rosa, que era como si Katy Perry hubiera explotado y sus restos se hubieran esparcido por las paredes. Los camareros iban de traje y sorprendentemente todos los invitados parecían tener la misma edad que yo. Tal vez llevaban a cabo su propio experimento de "vuelta a los 17".

22:15

Pido una ronda de cervezas para mis amigos y yo, la cual llega a nuestra mesa en un tiempo récord.

"¡ Wow, eres rápido!", le digo a nuestro camarero.

"Eso es lo que dice mi novia", responde sin perder el ritmo. ¿Cuántos chupitos de tequila tendré que beberme para olvidarme de esta noche?

En un momento de rebeldía adolescente, pillo todas las botellas de cerveza vacías de la mesa y las escondo en mi mochila. En realidad no lo hago por la sensación de haber robado algo, sino porque un amigo mío hace su propia kombucha y necesita las botellas.

23:00

Me gustaría poder decir que estuve de fiesta toda la noche y que finalmente me desmayé completamente vestido en mi salón, con los zapatos puestos. Lo siento. Después de pasar menos de una hora en el Kaktus Bar, me fui a casa pensando en darme un baño con gel desinfectante y agua bendita.

En un último intento de revivir los últimos años, me dirijo al McDonald's más cercano y en medio de una multitud de adolescentes ebrios, pido unas patatas fritas. Pero incluso este intento fracasa. Las patatas no están malas, pero su sabor es un poco insípido y desde luego no son tan buenas como las recordaba. Lo cierto es que veo esto como una metáfora de mí mismo.

CONCLUSIÓN

Quizás soy irremediablemente aburrido o tal vez tener 17 nunca fue tan bueno como lo recuerdo. Mientras llevé a cabo mi pequeño experimento, no pude evitar pensar en todo el tiempo que desperdicié; tiempo que podría haber gastado en casa, tumbado cómodamente en el sillón.

No quiero volver a tener 17, e incluso empiezo a preguntarme cómo aguanté los 17 la primera vez. Y aunque me alegro del renacimiento de Pokémon (e incluso podría recomendar tomarse una botella de Eristoff Ice de vez en cuando), tal vez hay algunas cosas que es mejor dejarlas en el pasado: mi yo de 17 años de edad creo que es lo primero en esa lista.

@michibuchinger