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Cultură

El dolor de perder a tus padres cuando eres joven

Desgraciadamente es algo más común de lo que creemos: uno de cada siete estadounidenses pierde a uno de sus padres o a un hermano o hermana antes de los 20.
20.11.15
Foto vía usuario de Flickr Tassilo von Parseval

Estaba entre el público, a punto de presenciar un espectáculo experimental de marionetas, cuando recibí el mensaje. Mi padre había sufrido un accidente. Había salido a pasear al perro y no regresó. Alguien lo encontró tumbado boca abajo en el suelo del parque que hay cerca de nuestra casa.

Más tarde, los médicos me explicaron que mi padre había sufrido un aneurisma. No respondía a los estímulos externos, pero estaban haciendo todo lo que estaba en sus manos por mantenerlo lo más confortable posible. Venía gente a visitarlo al hospital. Se lloró mucho por él. Dos días después, se le retiró el sistema de apoyo vital. Tenía 56 años.

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Cuando mi padre murió, yo estaba en el segundo año de universidad y nada preparado para una vida sin él. Todo perdió sentido. Me echaron de mi trabajo a media jornada, me costaba conciliar el sueño, dejé de asistir a dos clases y perdí casi siete kilos.

Ya había sufrido crisis depresivas antes, pero aquello era diferente. Me invadía una tristeza muy profunda. Conocía el motivo por el que me sentía así y era consciente de que no había nada que pudiera hacer para cambiarlo. Aquel sentimiento se veía agravado por el hecho de que la persona a la que solía recurrir en busca de consuelo era mi padre, y él ya no podía ayudarme.

Han pasado cinco años desde su muerte, y durante ese periodo, varios de mis amigos también han perdido a sus progenitores. Al principio pensé que sencillamente habíamos tenido mala suerte, pero tras una deprimente búsqueda en Google, di con una estadística que concluía que uno de cada siete estadounidenses pierde a uno de sus padres o a un hermano o hermana antes de los 20. Yo superaba ligeramente esos parámetros de edad cuando mi padre sufrió el aneurisma y tampoco pude encontrar datos referentes a Canadá, pero creo que aquello era suficientemente ilustrativo: es más común de lo que uno cree.

Hace poco decidí entrevistar a mis amigos sobre la muerte de sus padres. La idea era extraer algunas citas y hacer una recopilación sobre cómo nos enfrentamos a la pérdida de nuestra madre o nuestro padre. Quería escribir un artículo sencillo y gracioso y que contuviera consejos útiles. Algo así: «Diez cosas que ignorabas sobre la muerte de los progenitores» o «No pude dejar de llorar durante el funeral de mi padre y nunca imaginarías lo qué pasó a continuación».

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Sin embargo, tras las charlas, la idea me pareció ridícula. Mis amigos se mostraron sinceros y vulnerables y las conversaciones se prolongaron mucho más de lo que me había imaginado. Aquello me sirvió para darme cuenta de que todos estábamos desesperados por compartir nuestra experiencia y que no habíamos tenido la oportunidad de hacerlo. No es un tema que pueda surgir fácilmente en una cita o en una cena con amigos y, pese a que la pérdida supuso un cambio radical en nuestra forma de relacionarlos con el resto del mundo, ninguno de nosotros había hablado mucho del asunto.

Hacer aquellas entrevistas fue una experiencia dura y entristecedora, y quise plasmar al máximo esos sentimientos por escrito. Pensé que la mejor manera de hacerlo era mantenerme al margen y dejarles hablar. A continuación incluyo varios fragmentos de las entrevistas.

Mina, 26 años. Actriz

Mi madre era soltera e inmigrante india en Canadá y una superviviente de la violencia de mi padre. Decir que mi madre era feroz era quedarse corto. Era tozuda, intensa e implacable en todo lo que hacía, un aspecto que he heredado, para bien o para mal.

También tenía esa vena hospitalaria tan propia de los indios. Si ibas a su casa, esperaba que comieras su comida y te quedaras a pasar un rato en su salón. Recibió a todos mis amigos con los brazos abiertos, incluso aunque me estuvieran convirtiendo en una hippie atea y amante del arte.

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El día que murió, mi madre estaba de visita en casa de mi tío, en la provincia india de Kerala. Estaba rezando. Mi madre era muy religiosa. Era como una superheroína para Jesús. Estaba rezando el rosario, sentada en la cama. Mi hermano y mi hermana estaban allí, junto a ella, ya dormidos. Por lo visto empezó a tener dificultad para respirar. Despertó a mis hermanos y sufrió un ataque de pánico. Mi hermana la ayudó a bajar las escaleras. Todo el mundo en la casa se despertó. Ayudaron a mi madre a entrar en el coche de mi tío para ir al hospital. Acababan de salir del aparcamiento cuando mi madre soltó su último aliento. Todo esto me lo contaron mis hermanos. Creemos que fue un infarto inducido por la diabetes.

Murió al otro lado del mundo… fue complicado. Mi tío se encargó de todo inmediatamente, pero cuando volví a Canadá, tuve que encargarme de cancelar sus tarjetas de crédito, de enterarme de si había un testamento, de suspender sus cuentas bancarias, pagar las facturas… Fue abrumador. Mi madre no tenía nada preparado. Era de las de toda la vida, de las que no quería oír hablar de muertes, testamentos ni de cómo será nuestra vida cuando ella no estuviera.

Aunque no me gustaba mucho la casa en la que pasé mi infancia, retirar de allí todas las posesiones de mi madre fue horrible y muy entristecedor. Fue la constatación de que nunca iba a volver. El hecho de que la hubieran enterrado en India intensificaba el sentimiento de pesar. Ya no hay un sitio al que pueda ir a visitarla o en el que pueda simplemente sentarme a echarla de menos. Aquella casa familiar era el único lugar en el que mis hermanos y yo podíamos hacerlo.

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Por lo general, soy una persona muy sociable. Uno de los mayores cambios que he experimentado desde su muerte es que me he vuelto increíblemente introvertido. Nunca me apetece salir y ver gente, aunque sé que seguramente me haría bien. No me siento yo misma desde hace once meses.

Si tuviera que dar un consejo sobre este tema, animaría a la gente a que preguntara a sus padres (con mucho tacto) si alguna vez han pensado en qué pasará cuando ellos fallezcan. Por morboso y violento que pueda resultar, tener esta conversación con los niños de la familia presentes contribuye a que todo el mundo esté en igualdad de condiciones.

Y que vayan a un psicólogo.

Ron, 44 años. Productor

Mis padres se separaron cuando tenía dos años, y desde aquel momento mi padre se distanció de nosotros. Casi todas las Navidades recibía un regalo de mi padre por correo y una o dos cartas al año. Eso era todo. La primera vez que oí su voz fue a los 12 años, cuando un día llamó para decir que quería venir a verme y ejercer de padre. Me puse muy nervioso ante la perspectiva de encontrarme con él y fue bastante extraño, pero fue muy amable y se notaba que se estaba esforzando porque saliera bien. Nos vimos varias veces en el plazo de un año y parecía que él y mi madre iban a reconciliarse, pero las cosas se torcieron y, nuevamente, mi padre desapareció.

De adulto, solo lo vi una o dos veces, aunque siguió llamándome y escribiéndome. Una vez, cuando tenía 25 años, me dio plantón y entonces decidí que se había acabado eso de que me mareara un padre ocasional.

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El día que me enteré, iba de camino a una sesión matinal para ver una película tonta de Marky Mark y un oso de peluche que hablaba. Mi madre me había estado llamando varias veces pero no me di cuenta. Le devolví la llamada, con la corazonada de que algo iba mal. Contestó al teléfono llorando. No paraba de repetir que había muerto solo. No sabemos exactamente de qué murió, porque llevaba bastante tiempo muerto en su piso hasta que alguien lo encontró. Creen que fue un infarto. Los vecinos avisaron cuando notaron el olor a podrido.

Me había hecho albacea del testamento, lo que me dejó perplejo. No nos habíamos dirigido la palabra durante más de una década, aunque supongo que, si no era yo, no tendría a nadie más a quien dejarle la herencia. A veces creo que lo hizo un poco por despecho: Trata conmigo ahora. Aquí tienes mi vida. Sorpresa .

Me asusté mucho, porque yo también llevaba un ermitaño en mi interior y varios fracasos sentimentales, y me veía abocado a sufrir el mismo destino. Se me dan fatal las mismas cosas que a él, aunque intento que eso cambie.

No estoy triste porque lo eche de menos, sino porque la cagó y pasé la mayor parte de mi vida sin un padre. Me entristece la forma en que pasó el resto de su vida y cómo acabó. Después de acabar con la experiencia de arreglar sus asuntos y garantizar su descanso, no dejaba de decirle a todo el mundo: «Debemos permanecer juntos. Las relaciones no se mantienen solas y si las descuidas se deterioran».

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Martha, 28 años. Especialista en inventarios

Mi padre murió a principios de septiembre de 2003. Padecía cáncer de páncreas, pero solo lo descubrimos una semana antes de su muerte. Llevaba todo el verano sintiéndose como una mierda. Había ido al médico, que no fue capaz de determinar qué le pasaba. Una mañana, mi madre finalmente decidió llevarlo a Urgencias, dispuesta a no moverse de allí hasta que les dijeran qué tenía mi padre.

Recuerdo que mi padre entró en mi cuarto a eso de las seis de la mañana para avisarme de que él y mi madre se iban al hospital. Hice ademán de levantarme de la cama, pero él insistió en que siguiera durmiendo. Tenía 16 años, así que le hice caso. Jamás me perdonaré por no haberme levantado de la puta cama y darle un abrazo, porque aquella fue la última vez que hablamos estando él plenamente consciente.

Tres años más tarde, justo cuando acababa el instituto y empezaba en la universidad, a mi madre le diagnosticaron cáncer de ovarios. Yo estaba convencida de que no iba a morir. El universo ya me había arrebatado a mi padre, por lo que no podría perderla a ella también, ¿verdad? Juro que, incluso cuando la ingresaron en Urgencias, estaba convencida de que se mejoraría, que superaríamos ese bache y de que todo iría bien. No dejaba de pensar de que nos quedaba mucho tiempo para estar juntas.

En ocasiones me invadía un sentimiento de culpabilidad por no estar más triste, pero no lo estoy. Y hay veces en las que, de repente, me asaltan sentimientos años después. Es difícil de explicar. Después de un año, la gente suele mostrar menos paciencia por el rollo de los padres muertos; es frustrante pero comprensible. Este tipo de cosas no se arreglan en 365 días. Es algo constante que se manifiesta de formas distintas.

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No lo siento tanto en mi día a día, pero me he dado cuenta de que, con la edad, empeora. Es como si estuviera convencida de que las cosas buenas no durarán y de que la gente a mi alrededor me abandonará, porque no hay pruebas que me demuestren lo contrario. Estoy más triste y cabreada que nadie. Ojalá pudiera enseñarles que me ha ido bien y saber que están orgullosos de mí.

Echo de menos a mi familia, su físico que tan bien conocía. Echo de menos las veces que mi madre se metía en mi cama los sábados por la mañana porque no podía dormir y quería abrazar a su amorcito. Echo de menos abrazar a mi padre y colgarme de su cuello como si fuera un mono. Echo de menos la seguridad que me transmitían. Incluso las manazas de mi padre, como guantes de béisbol que hacían que las mías parecieran diminutas. No sé. Es curioso que, con todo el tiempo que ha pasado, todavía no sepa muy bien qué decir.

Graham (yo)

Tus padres van a morir. En un contexto filosófico amplio, todos entendemos esta afirmación, pero por razones obvias, no resulta agradable pensar en ello. Es un hecho que va a suceder al margen de lo que pienses de ellos y de si estás o no preparado. La última conversación que tuve con mi padre fue en un restaurante de sushi, a la hora de la comida. No recuerdo de qué hablamos, pero sé que al final de la conversación me preguntó si me apetecía tomar unas cervezas esa tarde, después de la conferencia que tenía que dar. Le mentí y le dije que estaba ocupado. Aquella noche la pasé solo en casa, viendo capítulos repetidos de South Park.

No sé si hay una lección que aprender de todo esto, y todo lo que se me ocurre roza lo tópico, pero pienso mucho en aquella decisión que tomé. Son muchas las cosas que me habría gustado hacer de forma distinta, pero en lugar de regodearme en ese pensamiento, he procurado llamar a mi madre más a menudo.

Graham Isador es escritor y vive en Toronto. Puedes seguirlo en Twitter.

Traducción por Mario Abad.