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Vinyl: la primera serie esnifable de la historia

100 minutos de locura farlopera ideada por Martin Scorsese, Mick Jagger y Terence Winter.

Óscar Broc

Óscar Broc

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Es solo rock'n'roll pero me lo esnifo. Con esta frase se podría resumir la vorágine de depravación que vomitan los 100 minutos del episodio piloto de Vinyl, definitivamente la serie que necesitaba HBO para sacudirse el dominio aplastante de Netflix del último año. La combinación de los ingredientes anunciada por la cadena ha superado las expectativas de las tochas más doctas: una serie ambientada en la salvaje industria musical de los 70 en Nueva York, con Mick Jagger, Martin Scorsese y Terence Winter -guionista de Los Soprano- implicados, solo podía desembocar en un aquelarre a velocidad terminal de perico, whisky, nihilismo y guitarrazos a un volumen ensordecedor. Y vive Dios que han hecho todo lo que estaba en sus narices para conseguirlo: hacía mucho tiempo que una serie no ofrecía en un solo episodio tanto vicio, tanta farlopa y tanta jodida locura.

Los primeros 5 minutos de Vinyl son una declaración de principios en modo radical. El protagonista, visiblemente borracho, se agencia 5 gramazos en plena calle y se hinca un tiro de blanca que le pone los globos oculares como pelotas de baseball. Acto seguido se mete en el Mercer Arts Center y, enzarpado hasta las cejas, descube a los New York Dolls. Durante unos segundos, parece que el puto mundo se cae en pedazos en un ragnarok setentero de glam, punk, sipiajos, ala de mosca y mugre. Resulta imposible decirle que no a la serie con semejante galletón inicial: si te esnifas esa puntita querrás meterte todo el episodio por la napia, pasar el dedo por los títulos de crédito y frotarte la dentadura con los restos.

Vinyl sigue las tribulaciones por el lado salvaje de Richie Finestra, un ejecutivo discográfico que está intentando vender su sello a Polygram, utilizando el fichaje de Led Zeppelin como anzuelo para convencer a los peces gordos. El marco no puede ser más jugoso. La Nueva York de los 70 es una ciudad dura, infestada de drogas, pero con una efervescencia musical en sus intestinos que deja sin aliento.

En este sentido, se ha cuidado tanto la estética de la locura farlopera como el rigor de la banda sonora. Scorsese, Jagger y Winter han puesto sobre la mesa todos sus conocimientos para servir al espectador la lección musical más entretenida de la ficción televisiva actual. De hecho, la fecha está elegida con suma inteligencia: estamos en 1973, una época en la que el rock se ha consolidado por completo. Las drogas forman parte integrante del proceso creativo y ya están aflorando nuevos estilos. No es gratuito que entremos en un concierto de Zeppelin o de los Dolls, como tampoco lo es que accedamos a una de las míticas fiestas de Kool Herc, donde se fragua un nuevo y extraño sonido llamado a convertirse en el rock'n' roll del siglo XXI: el hip hop.

Junto al aporte nutricional sonoro, la serie se revela también como una autopsia enloquecida de la industria de la música de los 70, un escenario que nada tiene que ver con la profesión en la actualidad. Los excesos no solo eran competencia de los grupos de rock. Los ejecutivos, locutores de radio y demás liendres de la industria eran iguales o peores: charlatanes, cocainómanos, puteros irredentos, fumadores crónicos, arrogantes, capaces de estar más de 48 horas despiertos masticando paranoia de la buena, alimentándose solo de rayas y whisky... Estos saludables hijos de puta eran los tipos que dominaban el negocio musical de los 70: mucho menos profesionalizado, más intuitivo y permanentemente tempurizado en boliviana; un mercado descontrolado e hinchado de dinero en el que se amasaban fortunas indecentes simplemente vendiendo discos... No como ahora.

La serie aborda el asunto de la cocaína con la misma ingenuidad (y voracidad) que imperaba en la época. Ahora, la farlopa se consume a hurtadillas y en secreto, pero hace 40 años, el polvo era habitual, se esnifaba a la vista de todos e incluso se consideraba una elegante arma para socializar. Esa urgencia por bucear en perico, sentirse Dios y no pensar en el futuro queda perfectamente plasmada en un capítulo piloto que debió de agotar todas las existencias de azúcar glass de Beverly Hillls. Y en esta maraña espasmódica de gentuza, narices irritadas, groupies, hipodérmicas, patillas y punk, Finestra se mueve como un depredador, un imán poderosísimo tallado a la perfección por un Bobby Cannavale en estado de gracia.

El piloto de Vinyl es Scorsese sin cortar. El motor siempre a tope. El viejo Marty recurre al pulso histérico y a la hipérbole drogota del Lobo de Wall Street –curiosamente el guión del film también era de Terence Winter-; le confiere al personaje de Cannavale el aura de un Don Drapper acanallado; y salpica la trama con apuntes mafiosos y humor negro -no puedo evitar pensar en Uno De Los Nuestros y en Ray Liotta al borde del colapso farlopero, buscando helicópteros en el cielo-. El veterano director consigue excitar hasta su horizonte final los componentes de un cóctel molotov que no se ciñe estrictamente a la radiografía sonora, pues ambiciona también convertirse en un fresco social. Diablos, hasta sale Andrew Dice Clay haciendo de magnate de la radio cocainómano y hay un guiño al cine de catástrofes de los 70 en un final demoledor, en el sentido más literal del adjetivo.

Todo indica que Vinyl está destinada a marcar una época. Es de culto antes de serlo. Es una serie muy loca y viciosa, y no será la única regresión musical a Nueva York que veremos este año. Netflix ya tiene su réplica preparada. Se llama The Get Down, se estrena en verano, tiene a Grandmaster Flash como asesor y nos llevará directamente al Bronx de los 70 para que presenciemos el nacimiento de la cultura hip hop.

Mientras tanto, en los próximos meses seguiremos bajando al infierno neoyorquino con Richie Finestra, su papela, los New York Dolls, Robert Plant y la madre que los parió a todos. En una era como la actual, dominada por los DJs de laboratorio, la música digital y los artistas-empresa hiperprofesionalizados, Vinyl reivindica el primitivismo animal del rock'n'roll con las tripas desparramadas sobre la mesa, en toda su jodida fealdad. El piloto es como una raya de palmo de perico, un solo de guitarra de Tommy Iommi a 12000 decibelios y una corrida en las tetas de una groupie... ¡todo al mismo tiempo! Coke'n'roll en estado puro. Purísimo.