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Cultură

Guía de Madrid hecha por un tío de Barcelona

Una guía escrita, básicamente, por un tío que no tiene ni puta idea de esta ciudad

Foto de Andrea Palacios, vía

Joder, cuando llego a Madrid lo primero que me apetece hacer es tomarme una buena hamburguesa madrileña en el McDonald's que hay cerca de la estación de Atocha, sea la hora que sea, es un ritual, con su Cocacolita y unas buenas patatas fritas de un euro —que no estamos forrados y tampoco hay que pasarse. Me instalo en una de las mesas, esparzo el ketchup por encima del papel ese de las bandejas y, mientras miro a la calle a través del cristal, pienso "¡ah! Madrid, por fin estoy en tus entrañas".

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Permitidme ahora un inciso. Hola, bienvenidos a la guía de Madrid hecha por un conciudadano barcelonés. Encantado, mi nombre es Pol Rodellar, claro que en este caso preferiría que me llamaseis Pablo Rodellar, para que todos nos hagamos un poco a la idea de que aquí hemos venido a hablar de la capital de España. Espera, hagámoslo bien, ¡qué coño!, apostemos fuerte; hoy me voy a llamar Antonio Rodellón. Mi objetivo es mostraros el Madrid de verdad, el que se esconde del turisteo y los lugares comunes. Cabe decir que como persona que vive a 500 kilómetros de distancia de esta ciudad me considero absolutamente capacitada para desarrollar este cometido. Bien, aclarado esto, prosigamos.

Justo al lado del McDonald's de Atocha tenemos, allí muy cerca, uno de los secretos mejor guardados de la ciudad; un garito típico madrileño, de palillos y servilletas por el suelo; de camareros masculinos gritando y ataviados con polos de uniforme con el logo del local bordado en el pecho y de clientela decimonónica de piel curtida que apesta a tabaco negro. En fin, un sitio así muy de barrio. Un spot imprescindible para todos aquellos que pretendéis bucear a través de la autenticidad de las costumbres de los habitantes de este páramo y que os hará sentir como si fuerais un madrileño más. El garito no se ve mucho pero si os fijáis lo suficiente lo encontraréis. El local se llama "El Brillante", os lo recomiendo. Eso sí, no vayáis promocionando el local por ahí a todo el mundo, mantengámoslo en secreto, para que lo disfruten los ciudadanos autóctonos y nosotros, los visitantes más integrados. Debemos evitar a toda costa que se corrompa la autenticidad del lugar. Cuando uno va a "El Brillante" tiene que saber su secreto; el bocadillo de calamares. No está muy publicitado y no aparece en la carta pero si le decís a uno de los camareros —a Miguel, por ejemplo, un hombre de manos rudas y cabello negro teñido puntualmente por unas preciosas briznas de pelo canoso— que venís de parte de Antonio Rodellón y que os haga un especial de la casa, os servirá uno de sus magníficos bocadillos de cefalópodo. Acompañadlo con un poco de mayonesa y una de esas cañitas "bien tiradas" que hacen en Madrid; cuando mordáis el manjar estaréis catando un pedacito de Madrid y de todos sus habitantes. El rebozado son sus adoquines y el tierno tacto del calamar la simpatía de sus ciudadanos.

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Foto de Felipe Hernández, vía

Recordad que estáis en Madrid y que aquí os dan una tapa con cada cañita que pidáis. Es muy típico de esta urbe reunirte con los coleguitas por la tarde para ir a tomarte unas cañas y cenar a base de estas preciadas y respetadas tapas gratuitas. La generosidad del gremio de restauración de la megalópolis del oso y el madroño es algo totalmente incomprensible para la mente de un —por ejemplo— catalán e incluso llega a ser un despropósito. Pero así es Madrid; generosa, fascinante y cautivadora.

¿Os gusta la marcha, amigos? Bien, porque no olvidemos ni por un momento de que Madrid es la capital de España pero también la de la fiesta y el "petardeo". Incluso los negros del Congo saben la que se gastan los madrileños con todo el tema de la vida nocturna y el "copeteo". No olvidemos que durante los ochenta fue la cuna de la aún poco reivindicada Movida Madrileña, cúmulo de gentes y artistas esplendorosos que logró traspasar el underground y llegar hasta los mismísimos platós de televisión durante una España postfranquista ansiosa de rebeldía y liberación. Pero estamos en el siglo XXI y el desenfreno sigue y no piensa detenerse. Próxima parada, Malasaña. Ponte el sombrero de bombín y desabróchate la camisa, que se vea esa preciosa cruz de oro golpeando el vello de tu estoico pecho. Eres un canalla, tu literatura es el callejeo, ¿la pluma?: tus piernas y tu gaznate. Te sientes como Sabina y la noche es un pergamino en blanco preparado para albergar las criaturas nocturnas más disparatadas. No conozco a nadie que no haya pasado una noche en Madrid y se haya vuelto a casa sin un buen puñado de anécdotas memorables.

Pero no todo es salir de fiesta. Existe un Madrid serio y comprometido, el Madrid del 15-M, la Puerta del Sol, Carmena y todo esto. Es necesario pasearse unos minutos por el epicentro del movimiento ciudadano más importante de los últimos 150 años y recordar esos días de tiendas de campaña y responsabilidad política y social. Fue en Madrid donde todo esto empezó y por eso, siempre que paso por Madrid, me busco un hueco para comprarme unas porras y pasearme, ni que sean cinco minutos, por este emplazamiento clave de la historia contemporánea.

Madrid. Siempre canalla, siempre acogedora, siempre bella. No cambies nunca. A medida que abandonamos tu área metropolitana y nos zambullimos en la autopista vemos como tus estructuras se van quebrando y diluyendo, te transformas en un ancho descampado repleto de naves industriales para, finalmente, desaparecer y dejarle el relevo a la estepa ibérica que nos acompañará durante nuestro regreso a casa. Mirando hacia atrás, recordándote, a menudo nos preguntamos por qué no nos decidimos de una vez por todas a ir a vivir dentro de ti, abrazados a tus entrañas. Supongo que es mejor sorprendernos cada vez que te veamos que no normalizarte y, por ende, despojarte de tu maravillosa y especial magia.