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Cultură

Los vendedores ambulantes de Argentina cumplen más que los políticos

Al menos están ahí cuando la gente los necesita.
21.8.12

Cuando la gente supo que el ex presidente de Argentina, Néstor Kirchner, había muerto en octubre de 2010, tomó las calles de Buenos Aires. El duelo público empezó y miles de porteños salieron de sus casas hacia la plaza central de la ciudad. Desde las primeras horas de esta vigilia pública, los vendedores ambulantes como Adrian Giannovi establecieron puestos de venta ambulantes de bebidas con una parilla para hamburguesas al lado de la Plaza de Mayo.

Esto no es un espectáculo inusual en la bulliciosa capital del país: Buenos Aires está llena de manifestaciones, protestas y mítines políticos. Y aunque las reuniones públicas aparecen regularmente en las actualizaciones diarias de tráfico, los vendedores ambulantes son una presencia silenciosa, testimonios de primera mano de las protestas.

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Giannovi dijo que los vendedores como él son una necesidad en todos los eventos públicos. La gente confía en ellos para moverse entre la multitud y ofrecer lo que se necesita.

Cuando los políticos hablan, nosotros estamos ahí, el me dijo. Cuando hacen algo [mal] y la gente demanda un cambio, estamos ahí. Y cuando mueren, también estamos, con los dolientes.

Estaba en lo cierto. Cumpliendo con su papel, esta red bien organizada de proveedores vende todo lo que se pueda necesitar. Moviéndose dentro de la multitud de personas, esperando en fila para presentar sus respetos, los vendedores llevaban cajas enormes  de cervezas en la cabeza, mientras otros vendían las banderas argentinas para los momentos de patriotismo, e incluso tenían pañuelos a mano para las personas angustiadas.

Esta exhibición pública es típica de la ciudad. Mientras el activismo y la demanda de cambio recientemente ha aumentado en todo el orbe –la gente saliendo en tropel en las calles de Moscú y Trípoli reclamando la atención del mundo– las manifestaciones en Buenos Aires tienen una melodía diferente; son parte del marco de la vida cotidiana. Todos los días la gente marcha, gritando sus demandas, expresando sus opiniones y pidiendo que sus necesidades se cumplan.

Los canales locales de televisión anticipan el caos provocado por los manifestantes, informando a los residentes qué carreteras estarán bloqueadas y por qué. Algunos dicen que el número de manifestaciones públicas alcanzan un promedio de 68 cada día. Para la mayoría, este gran número es un gran signo de una democracia sana y una buena libertad de expresión, dando a luz la posibilidad de cambio y de movilización ciudadana.

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Mientras algunos residentes se quejan del caos que a menudo viene de la mano de las marchas diarias, esta red de vendedores prospera gracias al activismo; son los beneficiarios de la disidencia, por lo que se ganan la vida a costa de aquellos que se dedican a la política y están luchando por el cambio.

Miguel González –un hombre que exprime alrededor de 150 naranjas al día para los manifestantes– dijo que el sistema funciona a través de una red de tipo piramidal. Cada mañana, me dijo, algunos vendedores se reúnen en bares locales para ver las noticias y saber dónde serán las manifestaciones. Luego organizan quién va y a dónde llamando a dos personas cada uno hasta que todo el mundo sabe dónde ir. Igual que un equipo de distribución, los proveedores salen a las protestas, marchando hacia sus puestos de trabajo como cualquier otro.

Las opiniones políticas son tan diversas como cualquier otra en Argentina y los vendedores a menudo tienen que asistir a los actos con los que están en desacuerdo, sirviendo a personas que tienen puntos de vista opuestos. Giannovi me habló de sus pensamientos sobre la presidenta actual y su deseo de cambio y mayor solidaridad. Pero, ¿sus opiniones políticas se interponen en el camino de ganarse la vida? ¿Qué se siente tener opiniones tan fuertes, pero estar en las reuniones sólo para vender hamburguesas en lugar de participar? Él me dijo que, a veces si apoya la causa, se involucra más y lo ve como una oportunidad para hablar sobre la política con sus clientes. Dijo que es una buena vida, estar al aire libre y con la gente, dándoles de comer mientras que su energía le da de comer a él.

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Un día frío de invierno del año pasado pasé entre una multitud de grupos sindicales locales que se manifestaban en la Plaza de Mayo. Como punto central donde los manifestantes se reúnen, la plaza es conocida por su asociación del mismo nombre, la de las activistas de derechos humanos: las Madres de Plaza de Mayo.

Aquí conocí a Óscar González, un canoso hombre mayor, que estaba vendiendo bocadillos y refrescos en un carrito fuera del edificio del gobierno. Le pregunté cuánto tiempo había estado allí.

Él me dijo dramáticamente que podía recordar más de cinco décadas de presidentes y dictadores. Cuando Juan Perón estaba gobernando el país en la década de los cincuenta, González estaba vendiendo a los seguidores del populista presidente. Cuando era un adolescente de 16 años de edad y estaba empujando una carretilla vendiendo refrescos, se autoproclamaba peronista. Recuerda el olor, la emoción y la energía del baile de la gente. Pero ahora está desencantado con la política; aún mantiene sus propias ideologías políticas pero se quedan en casa cuando va a trabajar, para que pueda convertirse en lo que rodea su puesto un día cualquiera. Es igual si son trabajadores que exigen salarios más altos o estudiantes que piden mejores instalaciones, él siempre anima a las personas que marchan a su alrededor.

Independientemente de sus propias perspectivas y actitudes los vendedores tienen un trabajo que hacer y ellos se lo toman en serio. Dejando de lado sus opiniones personales para trabajar; su plataforma es la esfera pública, estando en cualquier lugar que los manifestantes elijan para ser oídos. En una forma inusualmente paralela a los políticos, los vendedores también ofrecen lo que quiere la gente. Sin embargo –en comparación con la oferta de políticas sociales o el cambio– aseguran que sus necesidades básicas más inmediatas estén cubiertas para que puedan seguir con sus protestas.