​¿Qué pasa cuando donas tu cuerpo a la ciencia?

Donar tu cuerpo a la ciencia es, básicamente, como darte un último empujón de autonomía. ¿Cuál es el proceso? ¿Qué cuerpos pueden ofrecerse a la ciencia?

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oct. 21 2015, 3:00am

Todas las fotos por Jake Lewis. Sí, ese es el aspecto que tiene una mano que lleva desde la década de 1980 conservada en productos químicos

Advertencia: algunas de las fotos de este artículo son extremadamente explícitas. Si te impresionan las imágenes de cadáveres y órganos humanos, te recomendamos que leas este artículo con precaución.

Mira a tu alrededor. ¿Cuántas de las personas de tu entorno crees que han visto un cadáver alguna vez? En algunas esferas, la muerte se convierte en un negocio. Para patólogos, funerarias, empresas privadas de ambulancias y sepultureros, la muerte es una parte importante de su rutina diaria. Hay un aspecto de la muerte, sin embargo, importante para la vida de todo el mundo, uno que permite alargar la vida a los que tienen la suerte de seguir manteniéndola: la donación del cuerpo a la ciencia.

Donar tu cuerpo a la ciencia es, básicamente, como darte un último empujón de autonomía. La muerte implica la cesión automática de la voluntad, pero al donar, con los últimos estertores, mueres teniendo la certeza de que tu cuerpo se utilizará para el bien de la humanidad. Pero, ¿cuál es el proceso? ¿Qué cuerpos pueden ofrecerse a la ciencia? ¿Podría donar el mío? Si así fuera, ¿qué diría mi madre?

Todo tiene que empezar en alguna parte, y en este caso concreto, el más allá de la carne humana empieza en King's College de Londres. El interior de este magnífico y palaciego edificio hay un par de cubículos diminutos, separados por un pasillo, que albergan el Instituto Anatómico de Londres. Aquí es donde cursan sus solicitudes todos los que quieren entregar su físico al estudio científico una vez muertos.

En una de las oficinas está Emma Cole, cuyo cargo es el de coordinadora. En la práctica, podríamos decir que Cole hace las veces de agente de viaje para cadáveres. Emma se pone en contacto con las familias y, con la ayuda de Jenine, envía formularios de consentimiento y organiza el transporte de los cadáveres a las universidades médicas. En una ocasión incluso participó en una visita guiada por las salas de disección.

«Estuvo bien, no se me da mal y, además, es un tema fascinante», me dijo. «El día que bajé, había cuatro médicos investigando nuevas técnicas para el tratamiento de los traumatismos torácicos. Me dejaron observarlos un rato; no todo el mundo tiene oportunidad de hacer eso».

Emma Cole, del Instituto Anatómico de Londres

Existen varios tipos de consentimiento a disposición de quienes quieran donar su cuerpo, me contó Emma. El consentimiento indefinido permite a la institución quedarse con el cadáver tanto tiempo como necesiten y hacer lo que quieran con él. El segundo tipo permite al instituto quedarse con el cadáver tres meses; transcurrido ese periodo, deben devolverlo. Con el tercer tipo de consentimiento, se establece un periodo limitado, pero el centro puede conservar partes del cadáver y hacerle fotos para su uso en libros de texto. Si la causa de la muerte fue una enfermedad infecciosa, como el sida o la tuberculosis, el cadáver no puede donarse.

Pregunté a Emma qué movía a la gente a donar su cuerpo, y su respuesta fue que, cuando el periodo de posesión ha transcurrido, el instituto costea un funeral rudimentario para el donante, lo que supone un alivio financiero para la familia. «Es un servicio rápido, de diez minutos, con un capellán. Las familias pueden asistir, si quieren... El único inconveniente es que no tienen la opción de personalizar nada. Después se les hace entrega de las cenizas. En cualquier caso, el instituto se hace cargo de todos los costes».

Asimismo, al final del periodo se celebra otro servicio en el que los estudiantes que han trabajado con el cadáver conocen a la familia del donante, para ayudar a la familia a tener la sensación de que se ha cerrado un capítulo. Algunos centros incluso permiten a los estudiantes asistir a los funerales de los cadáveres con los que han trabajado.

Sobre el ordenador de Emma hay un tablón con tarjetas de agradecimiento y buenos deseos de familias de donantes. Este trabajo le resulta más satisfactorio que el que tenía en una empresa de contratación. «Me gusta», dijo. «También tengo cierta presión, pero nada parecido a lo que he tenido que aguantar trabajando con directores ejecutivos que se creen un tanto especiales».

Supongo que eso es lo bueno de los muertos: que no tienen ego.

A poca distancia de la estación de Mile End se encuentra la Queen Mary University, adonde se llevan los cadáveres que se recogen en las funerarias. El modesto y sencillo Bancroft Building alberga el Centro Turnbull para la Enseñanza Científica Básica, donde los alumnos aprenden anatomía de varias formas. Como la mayoría de centros, está decorado con moquetas anodinas, muebles de conglomerado marrón claro y un par de máquinas expendedoras de refrescos. Tras algunas puertas del edificio es posible encontrar los cadáveres de unas 20 personas y diversas partes del cuerpo conservadas.

El gerente del centro –quien, al igual que el resto del personal, incluidos los tanatoprácticos, prefiere permanecer en el anonimato- me contó cómo llegan los cuerpos.

«Tenemos una entrada exclusiva para el acceso de los recién fallecidos. La ambulancia privada con el cadáver llega a la zona de carga, donde el cuerpo se lleva directamente al depósito», me explicó. «Por procedimiento, nunca los recibimos por una zona de acceso público. No sería apropiado y causaría mala impresión a los transeúntes. Además, debemos observar las directrices de la Autoridad del Tejido Humano (HTA, por sus siglas en inglés), que son muy precisas respecto al procedimiento de recepción de un cadáver».

A continuación, los tanatoprácticos del centro embalsaman el cuerpo. Pude presenciar parte del proceso de embalsamamiento, durante el cual se limpia el cadáver. Fue una experiencia muy extraña. A la izquierda había hileras de nichos con cuerpos ya embalsamados.

Una máscara como las que utilizan los tanatoprácticos para protegerse de las emanaciones químicas

La primera vez que visité el centro, todavía estaban organizando los preparativos para el comienzo del curso. Había un ataúd en la sala donde se llevarían a cabo las disecciones. Me dijeron que cuando empiezan las clases no hay ataúdes a la vista de los alumnos, para evitar intensificar el concepto de muerte.

Curiosamente, la profesión de embalsamador no requiere una formación académica tan extensa como cabría esperar. «Para un puesto de técnico general pueden requerirse calificaciones académicas y luego te vas formando con la práctica», me explicó el gerente. «Para el embalsamamiento, es distinto. Tienes que venir de ese campo de especialidad. Hay una rama que es embalsamamiento comercial, pero es distinto al médico. En el embalsamamiento comercial, empiezas como aprendiz y vas formándote gradualmente. Para el médico, ya debes tener la formación necesaria».

En la sala adyacente a la que alberga los cadáveres se realiza la parte teórica de las clases. Aquí se encuentran maquetas carísimas y de gran tamaño del sistema respiratorio, la cabeza, el cerebro, etc. También hay docenas de cajas con distintas partes del cuerpo conservadas. Cerebros, corazones, tórax, manos... La preparación de estas muestras requiere un alto grado de conocimientos.

En el caso de una mano, por ejemplo, una persona altamente cualificada hace incisiones en las zonas apropiadas para dejar expuesto el tejido, los tendones y los músculos. Resulta fascinante observar estas partes, y más aún cogerlas, en especial el cerebro, que se vuelve mucho más pesado después del proceso de embalsamamiento.

Incluso en un entorno clínico, me preguntaba si el hecho de estar rodeado de muerte por todas partes afectaba a quienes trabajaban allí.

«No puedo hablar por los demás, pero en mi caso es algo extraño. No es que me de miedo ni nada por el estilo, es más una especie de fascinación», me explicó el gerente.

«Luego, cuando llevas un tiempo, se convierte en un ejercicio rutinario: estás ahí para supervisar las prosecciones y cuidar los cadáveres, siempre de una forma respetuosa. Tanto al personal como a los estudiantes se les indica que esa persona decidió donar su cuerpo y que es todo un privilegio poder realizar un examen anatómico, siguiendo los deseos del donante».

La siguiente vez que visité el centro se estaba celebrando una clase. Cerca de 20 alumnos estaban reunidos en la sala de disección y cinco o seis de ellos trabajaban en un cadáver, tratando de localizar los nervios y los vasos de la zona de los glúteos. Según me dijeron, para la mayoría de aquellos estudiantes era la primera vez que asistían a una disección.

Quizá la experiencia sobrepasó a Gemma, de 23 años.

«En mi caso ha sido un poco chocante. Quizá me está costando más de lo que pensaba. Creo que tienes que ser capaz de disociar el cuerpo de la persona, y me parece que todavía no he llegado a ese punto. ¡Estoy en ello!», dijo con una risa nerviosa.

El olor resultaba bastante molesto, pese a que no era un hedor a podrido, sino el de los productos químicos que se utilizan para embalsamar. El formaldehído sigue siendo el producto principal del compuesto; por otro lado, el fenol, un potente fungicida, se ha dejado de utilizar debido a su toxicidad.

Al margen de algunos mareos y molestias, la mayoría de los alumnos –de edades muy diversas- se mostraban muy emocionados con la experiencia.

«Tengo la sensación de haber adquirido un nuevo nivel de conocimiento en el tiempo que llevo aquí», dijo sonriente Oscar, de 23 años. «Me interesaría dedicarme a la cirugía en el futuro. No me cierro a nada, desde luego, pero esta experiencia me ha hecho ver lo importante que es nuestra labor para el futuro».

Le pregunté si, tras ver lo que les ocurre a los cadáveres una vez donados, donaría sus vísceras a futuros médicos y cirujanos.

«Ya tenía esa intención, porque había hablado con médicos y otros alumnos sobre lo mucho que esto contribuye a nuestro conocimiento. Así que creo que seguramente donaré mi cuerpo a la ciencia».

No hay que sobrevalorar la importancia de donar tu cuerpo en beneficio del conocimiento humano, y en todas mis visitas era palpable el respeto y la reverencia que se dedicaba a los cadáveres.

Cuando pienso en ello, me sorprende el acto de valentía que supone ceder todo tu cuerpo después de la muerte para llevar a cabo un último acto de generosidad, sacrificar algo tan valioso, algo que te ha permitido vivir. Resulta muy hermoso entregar una parte de ti que conoces de forma tan íntima.

Desde el principio hasta el final, las personas implicadas en el proceso de donación de un cuerpo están siempre cerca dela muerte y parecen tener siempre presente el privilegio que supone trabajar con personas que han tomado tan noble decisión. Todavía me encuentro indeciso sobre si quiero que algún futuro médico, cauto y ansioso, me corte el gluteus maximus, pero algún día espero poder imitar a esos valientes donantes y optar por marcar una diferencia después de haber exhalado mi último suspiro.

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Traducción por Mario Abad.

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