Mi aseguradora me dejó tirada hasta que les envié un mail con el asunto “COÑOS CHORREANTES”

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Mi aseguradora me dejó tirada hasta que les envié un mail con el asunto “COÑOS CHORREANTES”

Me hice un seguro de asistencia en viaje que cubría todo: desde arañazos de gatito hasta repatriación de cadáver. Pero cuando me puse enferma me tuve que pagar yo los gastos médicos y me dejaron tirada.
30.4.15

He visto a los ejemplares más sanos de mi generación caer devastados por la enfermedad en medio de viajes trepidantes. En mitad del desierto, en Marruecos, mi mejor amiga se tragó una mosca y se le llenó el cuerpo de ronchas. La amiga de una amiga cagó sangre durante dos semanas en India. Cuando acudió a una consulta de pueblo, a pie de calle, el médico le preguntó "si sangraba por delante o por detrás", puntualizando que, en las mujeres, "sangrar por delante es normal a veces". Dos personas cercanas a mí estuvieron al borde de la muerte por picaduras de mosquitos portadores de dengue. Mi tía, cuando volvió de Senegal, no era mi tía: la picadura de un insecto le deformó la cara hasta límites insospechados.

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Estos datos, añadidos a mi habitual hipocondría, hicieron que, cuando dejé trabajo, amigos y vendí todas mis cosas para iniciar lo que me gustaba llamar LA AVENTURA DE MI VIDA, lo primero que hiciese fuese acudir a una oficina de una conocida compañía aseguradora, a la que a partir de ahora llamaremos CAFRE (cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia). Como soy hipocondríaca de verdad, tiré por lo alto. Me hice con un seguro de asistencia en viaje que cubría todo: desde arañazos de gatito hasta repatriación de cadáver. Fueron majos, me sonreían, me hicieron sentir segura. Les creí. Cerramos el trato con un firme apretón de manos.

A partir de entonces, supe que, pasase lo que pasase, ahí estaba CAFRE para mí. CAFRE ERA MI MAMÁ. Teniendo en cuenta la pasta que me dejaba al mes en pagar la póliza, pensaba que, en caso de malestar, no tendría más que desmayarme cómodamente y despertaría del coma en su regazo hospitalario calentito y mullido, con amables médicos de batas impolutas auscultándome con cara de preocupación profesional. Soy aprensiva y tendente a imaginar catástrofes, pero había habido algo en aquel apretón de manos con el que cerré el trato que me dotaba de un halo de protección.

En las montañas de California, aprendí a disparar una metralleta, me encontré frente a frente con un oso negro y escuché escalofriantes historias acerca de reconstrucciones faciales después de ataques de mountain lions, una especie de pumas locos que se pasean por los pinares californianos. En Cuba, bebí agua del grifo, comí jamón que claramente no era jamón y fui atacada salvajemente y sin descanso por la especie de mosquito que puede portar el dengue. En México, me harté de tacos de puestos de la calle. Y ahí vino el mal.

Un día me desperté y era como si me hubiese vuelto loca. Nunca he tenido alergia, el máximo picor que había sentido en mi vida eran unos hongos vaginales que tuve a los 17 años, y el recuerdo era infernal. Esto era como aquello pero EN TODO MI SER. Una urticaria salvaje. El único alivio era un baile demoníaco en el que, completamente desnuda, intentaba rascarme todo el cuerpo al mismo tiempo. El elegido de mi corazón se unió a la danza e intentó ayudarme rascando las partes que quedaban fuera de mi alcance. Por la noche, el picor era cada vez peor, y ya me estaba haciendo heridas de tanto darle al rasque. A los dos días, estaba a punto de perder la chaveta. Lloraba y gritaba.

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Mi novio me miraba angustiado. "Te daría con un palo en la cabeza para que al menos pudieses quedarte inconsciente y descansar ", me decía. Y yo pensaba: "Me quiere. Es amor verdadero". En el momento en el que el palo en la cabeza me empezó a parecer una opción fantástica, decidí que nos íbamos a urgencias. En mi mente, algo se relajó. Era el momento de dejarse caer en los brazos maternales de CAFRE. El problema era que HACÍA TRES DÍAS que les había rogado por mail que me indicasen a qué centro médico del Distrito Federal podía acudir, contándoles que estaba bien jodida, y NO HABÍA HABIDO RESPUESTA. Al borde del colapso, llamé por teléfono a CAFRE ESPAÑA (Llamada internacional: mientras suena la musiquita de espera, van cayendo monedas tintineantes y se te va encogiendo el corazón). Me sometieron a un interrogatorio, en un plan muy seco y cortante:

¿Consideras que ESTÁS REALMENTE ENFERMA?

¿Consideras que es una URGENCIA REAL?

¿Del 1 al 10, cómo calificarías el grado de dolor?

Respondí a gritos, desesperada, y me dijeron que tenían que valorar el caso, ver si realmente era una urgencia (porque de pronto resultaba que mi seguro sólo cubría las urgencias), y que tardarían unas tres horas en decidir si me cubrían los gastos médicos o no.

- No puedo esperar -les dije- EN ESO CONSISTEN LAS URGENCIAS.

- En ese caso -me indicaron- puedes acudir al centro médico, pagar tú misma los servicios, y después escribirnos para solicitar el reembolso.

Muy cabreada, opté por esa opción absurda y nada segura, y nos largamos al hospital. Allí me dieron un camisón de los que dejan el culo al aire, me ingresaron y me pusieron un gotero en vena. Cada cosa que tocaba mi cuerpo -camisón, agujas, camilla, pantuflas- debía ser pagada en la ventanilla de cobros del hospital. Yo estaba angustiada. Era como cuando vas a la peluquería y te vas dejando embaucar por la peluquera, que te echa mascarillas y mierdas sin que te des cuenta casi, y sabes que al final te va a costar un riñón y el páncreas. Me daba miedo pedir un vaso de agua. Lo pedí y me trajeron un minicucurucho de papel con un poquito de agua al fondo. Aquel lugar era la puta miseria, pero lo cierto es que aquella mierda que me metieron en el cuerpo hizo desaparecer mi picor en veinte minutos. Pagué unos 300 euros, me quité el camisón enseñaculos y nos largamos de allí.

Bankia es Gandhi al lado de CAFRE. Movistar es la Madre Teresa de Calcuta. Iberdrola es un spa.

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Un par de días después de haber ido a Urgencias, empecé mi cruzada particular para que CAFRE me hiciera caso. Yo, como cualquier aldeana del capitalismo, ya había luchado contra grandes corporaciones. Pensaba que estaba como en Segundo de Bachillerato de Lucha contra Multinacionales. Ja. Ni de coña. Bankia es Gandhi al lado de CAFRE. Movistar es la Madre Teresa de Calcuta. Iberdrola es un spa. Frente a CAFRE, me sentía en el parvulario del hacer justicia frente a las grandes empresas. Estaba sola a la salida de la guardería, con un babi rosa, esperando a mi mamá, me había cagado encima y NADIE VENÍA A BUSCARME. Porque el problema con CAFRE no era, como en otras conocidas empresas, la confusión y el tenderte trampas hasta el aturdimiento. Ellos eran mucho más finos. Directamente NO TE RESPONDÍAN.

Cuando los llamabas, te remitían a teléfonos que se colgaban solos o que comunicaban todo el tiempo. Por mail, directamente, no respondían JAMÁS. Les escribí hasta la saciedad, de forma obsesiva, repitiendo una y otra vez el mismo mail, con el objetivo de que toda una página de su correo se viese invadida por mi grito de auxilio. Nada. Les dije que estaba MUY CABREADA, que iba a cancelar mi seguro con ellos. NADA.

De pronto, la desesperación y la ira me llevaron a una especie de demencia en la que todo me daba igual. Abandoné las amenazas. Más por desidia que por otra cosa, empecé a titular los mails que les enviaba con la mayor chorrada pornográfica que se me ocurriese. ¿No es acaso "Enlarge your pennis" uno de los mails de spam más abiertos? Pues venga. Pollas enormes, coños chorreantes… cualquier cosa valía. Total, ni lo iban a leer. Nunca iba a recuperar mi dinero.

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Cuál fue mi sorpresa cuando, tras semanas de bombardeo por mail, CAFRE respondió amablemente a mi mail titulado "COÑOS CHORREANTES". El único problema era que SE HABÍAN "OLVIDADO" DE ADJUNTAR LA FICHA QUE HABÍA QUE RELLENAR PARA EL REEMBOLSO. Es decir, que la respuesta, en la que simplemente se disculpaban por haber tardado tanto en responderme, no me servía de nada. Solo era otra más de sus estrategias para minar mi moral. Harta de todo, decidí hacerme amiga de CAFRE en Facebook y publicar un resumen de mi historia en mi muro. Etiquetándoles, por supuesto.

Al día siguiente, apareció en mi correo una larga sucesión de mails de CAFRE, todos muy amables y ofreciéndome lo que les había pedido: el formulario de reembolso, un mail de disculpa… Todo correcto. Supongo que, como corporación, les venía fatal que yo me pusiese a trolearles la vida por redes sociales. Aquellos mails eran un torrente estresado de respuestas a antiguas preguntas. Había uno que me enloqueció especialmente. Era un mail absolutamente absurdo, como escrito precipitadamente por un mono borracho. Me ofrecía, en toda su inocencia, la respuesta a una pregunta que había hecho hace un mes y medio, en mitad de mi ataque de urticaria. Me mentía deliberadamente, diciéndome que estaban intentando contactar conmigo. Me descojoné. Era como un absurdo viaje espacio-temporal.

CAFRE me falló. Creí que soltando esa pasta tan salvaje estaba pagando una protección real, una seguridad que no habría que negociar. En una de las principales avenidas del Distrito Federal hay un rascacielos inmenso. Son las oficinas de CAFRE. Hay un luminoso rojo en lo alto que lo indica. No puedo imaginar el infierno que hierve allí dentro. Me pregunto si hay un entrenamiento real, un adiestrador que enseñe cómo minar la moral de los clientes hasta dejarlos extenuados, o simplemente trabajan allí hordas de gente estúpida y chapucera, que pasan el día medio recostados en su silla, y solo de vez en cuando leen correos antiguos, los responden con lo primero que se les ocurre, y babean impacientes mientras abren mails que prometen COÑOS CHORREANTES.