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Viajes

Alberca y manicures en el palacio presidencial de Sadam Husein

Hasta me senté en uno de sus tronos.

El autor sentado junto a la alberca en el palacio de Sadam Husein.

Bagdad, 15 de julio de 2003.
Para mí la guerra ya había terminado. El presidente lo había dicho y ya no estábamos disparando a nadie; sólo estábamos matando el tiempo, esperando para regresar a casa. Pasábamos los días agotados, tratando de no sudar demasiado en nuestros edificios de cemento mientras el calor del verano iraquí iba en aumento. Todavía teníamos misiones, pero nos parecía más una manera de evitar que perdiéramos la cordura que cualquier otra cosa; como cuando tu padre te lleva al parque después de ver caricaturas todo el día.

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Una mañana, nuestro capellán llegó hasta nuestra pequeña base en Bagdad y nos dijo que tenía que visitar uno de los palacios que Sadam usaba para algunas reuniones y quería que lo acompañaran un par de escuadrones de infantería para que pudieran disfrutar de las instalaciones. Dijo que había una alberca gigante y prometió que podíamos pasar el día nadando, comiendo buena comida y que podríamos llamar a casa.

Nuestros comandantes, quienes ya estaban buscando maneras de elevar la moral, aceptaron de inmediato. Por suerte para mí, estaba en uno de los dos primeros escuadrones elegidos para ir al palacio.

Esa noche, empacamos todo nuestro equipo militar para vacacionar en mochilas de asalto camuflajeadas. Un amigo tenía una toalla gigante de color anaranjado y amarillo que le enviaron desde casa. Lo molestamos por ella, pero la empacó de todos modos.

Acostado en nuestras camas en la oscuridad, empezamos a planear nuestro día en el palacio.

“OK, estamos de acuerdo que empezaremos en la alberca, nadaremos un rato, iremos por algo de comer, y después haremos algunas llamadas”, dijo alguien desde la esquina de la habitación.

“Yo sólo quiero estar frente al aire acondicionado, hermano”, fue la respuesta.

“¡A dormir!” gritó un oficial.

El autor se prepara para salir a nadar en el palacio de Sadam.

Nos levantamos temprano al día siguiente y nos formamos para esperar a nuestro capellán. Llegó al poco tiempo y se bajó de su camioneta con una enorme sonrisa en el rostro. Caminó hasta nosotros, y nos recibió con un apretón de manos y una sonrisa. Incluso en la guerra, los capellanes están siempre muy positivos; un rasgo particular que sólo he visto en los empleados de las tiendas de LA, y en los jóvenes presentadores de televisión con tendencias suicidas.

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—¿Están listos para un día de relajación?— nos preguntó con una sonrisa.

—¡Uuuuuuh!— fue la respuesta.

Nos subimos a la camioneta y tomamos nuestras posiciones acostumbradas. No queríamos aplicar las medidas de seguridad ese día; íbamos de vacaciones, y nos pareció que estaría mal mancharlas con toques de guerra. Además, nos sentíamos invencibles en ese momento.

La camioneta arrancó y empezamos a botar en la parte de atrás, entusiasmados. Ninguno de nosotros había estado en una palacio.

Después de un breve recorrido por la autopista 8, atravesamos una serie de retenes hasta un lugar que más tarde se conocería como “Zona Verde”, una zona extensa en el centro de Bagdad, asegurada por las fuerzas internacionales a lo largo de un gran perímetro. Una vez adentro, estaba permitido bajar la guardia.

Cuando entramos, los pocos de nosotros que estábamos prestando atención pusimos nuestras armas en el interior del camión. Las calles de la Zona Verde estaban inquietantemente tranquilas; calles vacías y, lo que antes era el bullicioso centro de Bagdad, se encontraba desierto.

En cierto punto, una SUV gris se nos acercó por el lado opuesto de la carretera. Era nueva y grande y sobresalía sobre las carreteras de Bagdad, donde estaba más acostumbrado a ver pequeños coches desvalijados que batallan por avanzar. Al volante, había un hombre blanco de mediana edad con un lindo traje.

—Mira nada más—, dije, incrédulo. Un amigo asomó la cabeza por el costado de la camioneta y empezó a reír: “¿Qué rayos?”

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Después de meses de guerra, nos parecía un escenario sumamente extraño. Por lo general, antes de ver a cualquier occidental en Bagdad, teníamos pláticas y sesiones informativas de seguridad, pero aquí estaba este hombre manejando cómodamente su SUV nuevecita por la Zona Verde. De inmediato pensé que esa era la razón por la cual había ido a la guerra, para que este hombre pudiera manejar su enorme auto por Bagdad. Por estúpido e inmaduro que suene, hoy en día me parece una posibilidad tan real como me pareció en aquel entonces.

Al poco tiempo nos percatamos de las estatuas gigantes de la cabeza de Sadam Husein y supimos que estábamos cerca. La camioneta se detuvo y todos bajamos, observando el extenso estacionamiento de concreto del palacio, escondido detrás de bardas negras y palmeras.

—Muy bien caballeros—, dijo el capellán, —habrá un buen número de oficiales presentes. Necesito que adopten su mejor comportamiento.

Sonreímos y asentimos con la cabeza.

Cruzamos más puntos de control antes de llegar al palacio. Un pequeño y fornido guardia nepalí nos detuvo frente a la última reja antes de entrar al palacio. No hablaba inglés, pero nos indicó que abriéramos las mochilas con las manos. Sonreí y abrí la mía. Me dejó pasar.

El autor (centro) con otros soldados en la alberca de Sadam.

Cuando llegamos a la alberca fue, literalmente, como encontrar un oasis en el desierto. El azul brillante del agua era impresionante. Hasta ese momento, nuestra estancia en el país había estado pintada por los colores arenosos y aburridos de la guerra. Había hombres y, aún más importante, mujeres, asoleándose alrededor de la alberca. Dejamos de caminar y nos detuvimos a observar.

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El capellán, al ver nuestro asombro, nos incitó a seguir avanzando: —Vamos, muchachos, hay un lugar para cambiarse detrás de esos árboles.

Lo seguimos hasta los árboles, una fila de hombres de infantería cubiertos de tierra. Nuestros uniformes estaban rígidos de tanta sal y sudor seco. Uno de los bañistas se quitó los lentes de sol y nos observó pasar, un poco agitado. Yo lo miré directo a los ojos, seguro de que yo era la razón por la que él podía estar ahí echado tomando el sol.

Después de cambiarnos a nuestros shorts negros del ejército, nos dirigimos hacia la alberca. Parecíamos fantasmas; la armadura y los uniformes militares dejan muy poca piel expuesta al sol. Un par de nosotros saltaron de inmediato a la alberca, riendo.

Yo me detuve un momento a observar. No acaba de superar la escena de la alberca. ¿Quiénes eran estas personas? ¿Qué clase de trabajo tenían que les permitía descansar en la alberca de Sadam? Se suponía que estábamos en una guerra.

Después de un rato, nos aburrimos de nadar. Nos retamos a saltar desde la parte más alta, un trampolín de nueve metros que nadie estaba usando. Nadie quería hacerlo.

Por alguna razón, me sentía lleno de valor. Quizá fue la emoción del día, pero acepté el reto. Después de subir hasta la cima, salté hacia adelante, viendo cómo el agua azul se tragaba todo mi campo de visión antes de golpearme de frente en la cara.

No sé cómo, pero terminé a un costado de la alberca. Tenía los oídos completamente tapados con agua y salía sangre de mi nariz.

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—Eso fue increíble—, dijo alguien, —caíste completamente de hocico.

Llevábamos un par de horas en la alberca y el sol nos tenía exhaustos. El capellán nos llamó y nos dijo: —Muy bien, jóvenes, hora de cambiarse. Hay un comedor increíble dentro del edificio donde pueden comer. También hay un lugar para que llamen a casa y algunas tiendas. Nos reuniremos en el estacionamiento a las 18:00. Diviértanse, pero recuerden, no arruinen las cosas para sus compañeros. Compórtense y podremos regresar.

Me imaginé al bañista agitado escuchando, suspirando.

Después de eso, nos separamos en grupos. Un amigo y yo entramos primero al palacio asombrados y nos dirigimos hacia el comedor. El lugar estaba repleto de buena comida, refrescos y postres; un merecido cambio de nuestra dieta de comidas preempacadas listas para comerse.

Después de comer, salimos a explorar, caminando por los pasillos que no debíamos, llamando la atención de oficiales del departamento de estado olfateando flores. Nos paseamos por las salas como si fuera nuestro palacio personal, asomando la cabeza en todas las puertas para ver qué había del otro lado.

Empecé a sentir que todos los presentes entendían lo extraña que era esta experiencia. Ahí estábamos, los estadunidenses y sus aliados en el palacio capturado de Sadam, convertido en resort de guerra.

El autor (a la izquierda) recibiendo un manicure en el palacio de Sadam.

Después de más exploración, encontramos un salón de belleza manejado por unas mujeres iraquíes. Nadie lo estaba usando. Corriendo el riesgo de ser ridiculizados por nuestros compañeros híper masculinos, decidimos darnos un manicure por el puro lujo y espectáculo del asunto. Después de todo, ¿cuántos soldados pueden decir que recibieron un manicure de las manicuristas personales de Sadam?

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Con mi tiempo en el palacio llegando a su fin, decidí salir en busca de más cosas que hacer. Mi amigo y yo nos recargamos contra una columna de mármol en el vestíbulo frente a una escalera gigante y la gente nos miraba. Era un mundo aparte de la monotonía sombría de siempre en Bagdad; personas hermosas y educadas desplazándose rápidamente en sus prendas bonitas. Tacones altos y zapatos de piel hacían clic contra el piso de mármol, emitiendo un eco privilegiado.

Después, haciendo su entrada pausada a la habitación, estaba L. Paul Bremer, el virrey de Irak. Lo seguían un séquito de reporteros con cámaras y libretas. Los flashes se disparaban. Un equipo de asistentes trataba de protegerlo. Sonreía y respondía a las preguntas a la brevedad. Se detuvo un momento, dijo algunas palabras a los reporteros, y dio la vuelta para alejarse del lugar. Se percató de que lo estaba observando. Con los labios sellados, inclinó la cabeza ligeramente hacia mí mientras pasaba.

—Ese era L. Paul Bremer—, le dije a mi amigo mientras pasaba.

—Gran cosa—, me respondió.

—Vamos—, le dije, —hay que encontrar un cuchillo Gurkha.

Me refería al Kukri, un famoso cuchillo de combate que cargaban los guardias nepalís responsables de la seguridad del palacio. Eran cuchillos largos y curvos, e increíblemente poderosos; todo lo que puedes pedir de un cuchillo. Así que salimos en busca de algún guardia interesado en vendernos uno.

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Platicamos con un guardia que revisaba identificaciones en la puerta principal. No hablaba muy buen inglés, pero entendió lo que queríamos, y nos dijo que todos los guardias vivían en unas habitaciones en el piso de abajo.

En el sótano del palacio, las cosas eran calladas. Sentí que estaba en donde no debía. Probablemente porque no debía estar ahí. Después de caminar por un pasillo de puertas cerradas, encontramos una puerta abierta y asomé la cabeza. Había tres soldados nepalíes acostados en camas. Había un cuarto parados frente a mí, quitándose su equipo. Me disculpé, y les expliqué mis intenciones.

—Sí, venderé Kukri—, dijo el guardia.

—Genial. Tengo 20 dólares americanos—, dije.

—No, éste buen Kukri. 120—, me respondió.

No tenía el dinero y no tenía tiempo para recolectarlo antes de que tuviéramos que dejar el palacio. Miré a mi amigo quien se encogió de hombros. Salimos de la habitación, derrotados.

El autor sentado en uno de los tronos de Sadam.

Se nos acababa el tiempo. Seguimos caminando por el palacio, buscando cosas que hacer. Encontramos una sala de trono con una pintura enorme de misiles iraquíes dirigidos hacia Estados Unidos en el fondo. Nos tomamos fotos sentados en el trono.

De vuelta en el sótano, abrimos una serie de puertas de madera que nos habían llamado la atención mientras caminábamos por el pasillo de mármol. Adentro estaba el cine privado de Sadam Husein. Había unos cuantos marines dormidos en sillas grandes de cuero. El aire acondicionado en máxima potencia. En la pantalla rodaban los créditos de una película.

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Mi amigo y yo nos volteamos a ver y buscamos un par de asientos; cosas gigantes y suaves que nos tragaron completos. Una película empezó en cuanto terminaron los créditos. Era El gran escape de 1963, una película sobre soldados aliados en la Segunda Guerra Mundial que intentan escapar de una prisión alemana. Empezó la música de marcha cuando mi amigo se volteó y me dijo: —Despiértame cuando sea hora de partir.

Me quedé viendo la pantalla, absorbiendo el aire helado. Estaba agotado, tenía la piel caliente y olía a cloro. Miré a mi alrededor y vi que todos en la sala estaban dormidos. Miré mi reloj y activé la alarma a las 17:30, 30 minutos antes de la hora a la que debíamos estar de vuelta en el camión.

Me quedé dormido.

Para las 18:00, todos estábamos formados en el estacionamiento, listos para regresar a nuestra base en el suroeste de Bagdad. Intercambiamos las historias del día, la mayoría exaltados por el azúcar, pero agotados por pasar tanto tiempo en la alberca bajo el sol.

Nuestra camioneta no estaba ahí. Debía estarlo, pero se habían retrasado por alguna razón. El tiempo pasaba y nosotros ahí sentados, esperando y platicando.

Cayó el sol y todo se oscureció. Hicimos un círculo y alguien empezó a hablar sobre los Masones Libres. Uno de nuestros suboficiales de alto rango dijo que él era masón. Empecé a bombardearlo con preguntas. Acababa de leer en una revista que el gran secreto de los masones era que no había ningún secreto; que se benefician de la ignorancia del público en general y de su gusto por las conspiraciones.

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La conversación se convirtió en una lucha entre él y yo. Estaba ahí parado con un palo en la mano, picando el concreto y volteando piedras mientras respondía mis preguntas, sus ojos en el piso:

—¿Por qué tanto secreto? ¿Cómo entras? ¿Es cierto que…?

Eventualmente se molestó y me dijo que me callara. Yo también me sentía encabronado; estábamos en esta guerra juntos, ¿cómo podía haber algo más sagrado que eso?

Por fin, alrededor de las 21:00, llegó nuestro camión. Nos subimos en la parte de atrás y nos contamos para cerciorarnos de que estábamos todos. El sonido del velcro lleno nuestro oídos mientras nos volvíamos a poner nuestra armadura y cascos.

—Escuchen, buen trabajo, soldados—, dijo el capellán, su cabeza asomada por la cola del camión. —Se comportaron el día de hoy. Espero que hayan disfrutado su día de campo.

Desde la oscuridad, se escuchó un coro de “Uuuuuuh”. La cortina de lona cayó y regresamos a casa. Nadie adoptó su posición de seguridad.

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