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La pura puntita

Como amigo

Amamos la literatura porque son puras mentiras.

Traemos adelantos de los libros que te van a ensartar en las mesas de novedades.

Les es un mentiroso compulsivo que ve en la mentira un acto creativo. Después de un nacimiento particularmente aterrador, este personaje se convierte en un extraño esposo y topógrafo que cruzará la línea estatal para contar “cómo había ganado dinero dándoles clases de karate a unos policías; cómo había conocido al camarógrafo de Ingmar Bergman en su único viaje a Nueva York; cómo, ese mismo fin de semana, había pasado una noche con la bailarina principal de Alvin Ailey, quien, según él, lo había echado a patadas de la cama por la mañana, mirándolo como si estuviera loco cuando le preguntó si la podía volver a ver”.

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Como amigos es una novela del autor estadounidense (quien también vivió en Dolores, Hidalgo) Forrest Gander, y recientemente fue publicada por Sexto Piso, en una traducción de Pura López Colomé.

En La pura puntita traemos el segundo capítulo del libro. Puedes leer el primero acá.

Clay: «Paisaje con un hombre a quien mata una serpiente»

Por Forrest Gander

Les decidió entrar sin tocar la puerta, y subió de dos en dos los escalones, como si estuviera escapando de un oso. Oí el golpe de su anillo contra el pasamanos, el tono ascendente de sus pasos. Llegó hasta la sala por la cocina, y ceremoniosamente puso una hoja de papel sobre la mesa hechiza —una puerta sobre cuatro bloques de cemento ligero—, junto al diván, donde yo estaba forjando un toque.

—Es para ti —dijo.

A Les le gustaba poner en escena intercambios dramáticos de los que podía salir rápidamente, dejando tras de sí un espacio cargado. Su resonancia. Puntualizaba las notables cosas que decía con silencios; sus gesticulaciones extravagantes, con ausencia.

En retrospectiva, me imagino que era una puesta en práctica de su muerte. Cuando entró a mi apartamento aquella noche para darme aquel poema, estaba asegurando mi papel en su contexto.

Pensé entonces: Esto significa que me quiere. Por eso vino en coche hasta aquí a darme esta hoja de papel con un poema, y luego decirme que se tenía que ir. Pensé: Compartimos una incomparable intimidad. Escribió algo para mí.

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El poema se titulaba: «La trama».

* * *

En aquel entonces, Les era el único de nosotros que se había casado, y ya dos veces, lo cual era todo un misterio para mí. Tenía que estar relacionado con el hecho de su adopción, su incertidumbre acerca de la familia, una cierta hambre de cariño. Quizá una resaca de ansiedad, invisible para los demás, lo había llevado a formalizar una idea acerca de cómo debían conducirse los adultos: si vivías con una mujer, te casabas con ella, y luego tenías hijos. Todo curiosamente anticuado.

Pero las otras mujeres no lo dejaban en paz, o él a ellas. Intentos de seducción, experimentos, repiqueteo de pasiones. Lo recuerdo diciéndome que una vida no alcanzaba para las posibilidades de un hombre. Como si yo me hubiera conformado con algo mucho menor.

Su segunda esposa se llamaba Cora. Nadie en nuestro círculo de amigos había conocido a la primera, su novia de la preparatoria.

Sólo algunos de nosotros conocíamos a Cora. Vivía en la pequeña granja que sus padres le habían dejado, al otro lado de la frontera estatal, en Pineville, Missouri. «Es pintora», decía Les, sin agregar nada más. Su teléfono, una de dos: o no estaba en el directorio o, lo más seguro, tomando en cuenta su propensión al misterio, estaba registrado bajo un alias. Al menos tres veces al mes, Les se iba en coche hasta Missouri «a la granja», a ver a Cora. O eso me insinuó una vez, cuando llevábamos a cabo un trabajo de topografía. Se las había arreglado para convencer a Cora de que la granja era el mejor lugar para pintar; que Eureka Springs era donde él tenía que vivir por motivos de trabajo, y que Sarah, que todo el mundo en Eureka Springs sabía que no sólo era su compañera de apartamento sino también su amante, era una lesbiana de armas tomar que pagaba su parte de la renta, aunque casi nunca andaba por ahí. De todos modos, aquellas tardes, cuando el equipo entero de topógrafos llegaba a cenar al Café de Lana, Les siempre llamaba a su esposa desde el teléfono público al lado de los baños. Presumiblemente, habría resultado muy raro que la llamara desde la casa que compartía con Sarah.

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Y a pesar de que Les estaba casado con Cora y vivía con Sarah, a todos los demás nos parecía bastante claro que, además, se daba vuelo con la ceramista, la cantante de folk, la cantinera.

Una vez me lo caché en el cine Lyric, sentado hasta atrás, fajando con alguien a quien no reconocí. A oscuras, a duras penas habría distinguido a Les, a menos que hubiera entrado de prisa con ella, justo antes de que las luces se hubieran apagado del todo, por su peculiar silueta y su modo de moverse, caminando de puntitas, equilibrándose y encorvándose como un enorme gato. Antes de que terminaran los cortos, ya estaban los dos en el mismo asiento.

Eso era algo que ni se me habría ocurrido hacer: coger al fondo de una sala de cine.

Me quedé ahí sentado, apenas viendo la película, pensando que mientras él tenía la boca húmeda con la saliva de ella, quienquiera que fuese, y ella con la de él, yo estaba solo como de costumbre, sumido en la oscuridad, con los dedos y los labios embarrados de la grasa de mis palomitas, eso que llamaban mantequilla.

* * *

Nunca le oí leer en voz alta nada que hubiera escrito, pero a veces citaba algún poema, suyo o de alguien más, durante la conversación. Suena poco probable, afectado, pretencioso o falso, pero hasta el otro lado de nuestra mesa en el High Hat, podía hacer coincidir los versos de algún poema con el fluir de la plática a la perfección. Su rostro iba tan a favor de su pesarosa guapura, que parecía mayor y más convincente que cualquiera de nosotros. Su solemnidad nos absorbía a todos. Podía clavarle a uno la mirada y llevarlo a un ambiente extraño donde se suspendían del todo los hábitos del pensamiento. Era como si procediera de un lugar donde la emoción no se interpretara en calidad de indicador inverso de la inteligencia, y donde fuera normal mencionar a Cocteau y al bagre azul en la misma frase. Ninguno de nosotros tenía su alcance, ninguno había leído tanto.

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La negrura opalina de sus ojos era magnética.

Todo el mundo sabe cuánto te quiero. Cada uno de tus gestos se ha vuelto mío. Lo recuerdo citando esos versos una noche en el High Hat. Pero lo que más recuerdo de aquellos días son ciertas cosas que decía en particular. Sus palabras no eran tanto registros memoriosos de acontecimientos como algo que lo hacía capaz de practicar una manera de hablar que nos hechizaba, incluso a sabiendas de que eran pendejadas.

No tengo la menor duda de que al menos la mitad de lo que decía era justo eso. Ciertas cosas que mencionaba como de paso: cómo había ganado dinero dándoles clases de karate a unos policías; cómo había conocido al camarógrafo de Ingmar Bergman en su único viaje a Nueva York; cómo, ese mismo fin de semana, había pasado una noche con la bailarina principal de Alvin Ailey, quien, según él, lo había echado a patadas de la cama por la mañana, mirándolo como si estuviera loco cuando le preguntó si la podía volver a ver. Ésta era la clase de inventos que un mentiroso de categoría, que cruzaba la frontera estatal muy rara vez, les contaba a sus crédulos amigos, dueños de una experiencia igual de limitada que la suya. Estoy seguro de que practicaba frente al espejo la manera de colocar la mandíbula, así como su mirada hierática.

No obstante, yo me sorprendía queriendo imitar sus labios caídos y su lenta, ahumada voz, al contar cosas con las que pensaba salirme con la mía y hacerlas pasar por propias.

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Todo el mundo sabía cuánto lo quería.

* * *

Foto vía.

Era un típico día de junio. Metí segunda al llegar a la plaza, cerca del hotel The Basin, donde unos viejos habían colocado sus sillas de jardín en un pequeño círculo para hacer coincidir la conversación de ayer con las decrecientes, fragantes virutas de cedro que ya salpicaban sus mocasines. Un tipo con sombrero de paja estaba de pie, de espaldas a la silla; se despegó los pantalones de las rodillas jalándolos un poco, y tomó asiento. Me estacioné junto a tres pickups enlodadas en el lote de grava detrás del taller de cerámica, y recorrí de nuevo media cuadra hasta la Compañía Walker de Topografía. Una bicicleta de diez velocidades estaba recargada contra la pared, junto a la puerta, y dos libélulas anaranjadas vagaban sobre el alféizar de concreto fresco bajo el aparato de aire acondicionado. Quinton Walker estaba en el cuarto de al lado, hablando con un ranchero acerca de un levantamiento topográfico. Sí, por supuesto que iremos para allá la semana que entra, le oí decir al entrar y pasar junto a la mesa de trabajo y las sillas tembleques con rumbo a la cocina a servirme una taza de café. Seguro, por supuesto iremos para allá la semana que entra, repetí como perico, anunciando mi presencia. Asomó la cabeza con cola de caballo por la puerta entreabierta, y se me quedó mirando.

Abrí dos sobrecitos de azúcar, cortesía del paradero de camiones, y me los serví. Después de revolverlo con el dedo meñique, vi un rizo de suciedad arremolinarse a lo largo de la negra superficie del café. Me llevé la taza de unicel al cuarto de atrás donde había otra larga mesa de trabajo cubierta de planos prediales y, protegida del polvo con una bandera del Reino Unido, una vieja máquina de plóter. En la radio, un reportero describía a los sobrevivientes de un barco que había zarpado de un campamento de refugiados, sólo para acabar sufriendo un ataque pirata.

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Del estante de la pared al fondo tomé uno de los señalizadores de tráfico de doble sentido, y me lo metí en la bolsa lateral, junto a la calculadora. Tomé una batería más para el MDE (Maquinado por Descarga Eléctrica) y me la llevé, junto con el café y las llaves de Quinton, que estaban en el mostrador de la cocina, a la Chevy C-10: mi figura combada se reflejaba en el tapón de la llanta. Me metí por el lado del pasajero, dejando la puerta entreabierta. Un gato gordo güero subió de un salto al cofre y de ahí al techo.

El ranchero pasó de largo, saludó tocándose el ala del sombero y se subió a su camioneta. El gato emprendió el camino inverso de su trayectoria anterior, tamborileando sobre el cofre al ir bajando, y luego desapareció sin pendiente por las escaleras de madera rumbo al taller de cerámica. Unos minutos más tarde, Quinton destrabó la compuerta trasera y amontonó el brillante teodolito anaranjado y los estuches de medición en la plataforma de carga de la camioneta. Después, abrió la puerta del conductor.

—Espérame un momento —dijo—; será mejor llevar el plano impreso.

Nos dirigimos a hacer un trabajo menor en Green Forest, donde había como una docena de cabañitas de piedra de la época del Programa de Asistencia de 1939 (WPA), justo a las afueras de la carretera. El reflejo de los árboles caía en cascada sobre el parabrisas implacablemente. Unos veinte metros antes de las cabañas, pasamos unos anuncios de una tienda de antigüedades. El más pequeño era de la descomunal figura recortada de una mecedora Ozark. Sólo que el poste del anuncio de la mecedora se había ladeado —tal vez un coche lo había golpeado al meter reversa, según creí—, de manera que la imagen de la silla obstruía la última palabra del anuncio más grande. Así que, en vez de decir: Deténgase aquí para siempre encontrar las mejores ofertas, ahora decía: Deténgase aquí para siempre.

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Quinton se rio burlonamete. Con las piedritas resonando en el bajo chasis, se enfiló a la entrada en forma de herradura que daba servicio al conjunto de cabañas que pronto demolerían.

—Sí, lo vi —dije, sin mostrarme impresionado—.

¿Les y tú estropearon esos anuncios?

Quinton volteó la vista por la ventana lateral para evitar resoplarme a la cara.

—¿Pues qué no replantearon el trazo por coordenadas?

—El teodolito se calentó, yo estaba crudísimo. El día entero ya se había jodido cerca de las diez de la mañana—respondió Quinton—. Y la cosa terminó en que pasamos en el coche por el campo de golf, y Les me hizo estacionarme mientras se bajaba a cagar en el hoyo seis.

Quinton le dio un pisotón al freno de emergencia, y cuando nos bajábamos de la camioneta, me llegó el amargo tufo de mis axilas.

La mañana era esplendorosa. Entre una de las cabañas y la calle, un manzano en flor. Pasé la vista por el estacionamiento y distinguí las banderolas del punto de control que Quinton o Les habían colocado ahí a martillazos en el estropeado macadán.

—Por Dios, Quinton.

Quinton se me acercó y se quedó parado junto a mí, mirando la marabunta de hormigas negras en torno a un agujero, a unos centímetros del punto de control.

Y dijo:

—Clay, tú bien sabes que yo no habría clavado la punta metálica de la baliza en ese lugar, si las hormigas hubieran estado ahí. ¿Trajiste el insecticida en aerosol?

—No.

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—A lo mejor te podrías parar en algo —dijo—. Seguro que va a llover, porque están haciendo su chamba antes de tiempo.

* * *

Yo me habría imaginado que Les mentía no sólo porque le resultaba conveniente, sino porque consideraba que mentir era creativo. Mentía no sólo acerca de su esposa Cora, su novia Sarah, sus amantes, sino acerca de todo. Le oí mentirle al tipo que debíamos ver a las diez a.m. para realizar un trabajo de topografía, cuando a las diez a.m. estaba en la cama con la cantinera y no llegó a recogerme sino hasta después de las once. Mentía con tal fluidez, con tal instinto del detalle inesperado, que lograba hacerme pensar que había visto una película que yo sabía sin lugar a dudas que no había visto. Le mintió al editor que le había pagado para llevar a cabo una entrevista con cierto escritor famoso, cosa que nunca ocurrió. Mentía incluso sobre la mantequilla de cacahuate en la cocina de la oficina de Quinton. Tenía un oído perfecto. Podía imitar a cualquier pájaro, y de hecho era el único observador de pájaros que yo conocía. Podía salir de Fresas silvestres de Bergman —después de convencernos de ir en coche hasta Fayetteville para verla, hablando de la película como si fuera algo que primero muertos que perdérnosla—, y más tarde, aquella misma noche, después de innumerables shots de bourbon, congelarnos en el High Hat con una mirada panorámica de un lado al otro de la mesa, murmurando un monólogo en lo que yo habría jurado que era sueco.

Fue porque me sentía atraído por él y porque él no tenía tiempo para mí que comencé a ver más a Sarah. La visitaba en la librería donde trabajaba y, en casa, la escuchaba estudiar el cello. Hablábamos de Les. Él era nuestro narcótico.

Anteriormente:

Toda la sangre

Lee más adelantos en nuestra columna semanal La pura puntita.