Así se crían los cachorros que se venden en las tiendas

Durante el invierno de 2005 trabajé una semana en un criadero de perros en Iowa. Nos contrataron a un amigo y a mí para conducir una furgoneta por todo el país, entregando los cachorros en las tiendas de mascotas. Fue una pesadilla.

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sep. 23 2014, 1:24pm

Un cachorrito de una jaula en un criadero de perros. Fotos del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos, cortesía de Mary LaHay

Durante el invierno de 2005 trabajé una semana en un criadero de perros. Nos contrataron a un amigo y a mí para conducir una furgoneta por todo el país. La empresa servía como intermediario para un centro de crianza de perros en el estado de Iowa y para otras tiendas entre ese lugar y Nueva York. Cuando acepté el trabajo, no tenía ni idea de que acabaría cometiendo un delito ni de que sería parte de una industria de tortura, lo que me atormentaría para siempre.

Mi amigo (a quien llamaré Pete) y yo teníamos veintitantos y apenas habíamos salido de nuestro pueblo. Era nuestra oportunidad para explorar el país y al mismo tiempo ganar un poco del dinero que tanto necesitábamos (tras dejar la escuela de arte, íbamos de trabajo en trabajo). ¡Además había cachorritos! Mi corazón se emocionó con la idea: conducir a través de Chicago, Detroit, Boston y Nueva York, las selvas urbanas de nuestros héroes musicales, los paisajes míticos que solo conocíamos por las revistas y las biografías. Todo esto con cuatro o cinco cachorritos purasangre en nuestros regazos, explorando junto a nosotros este exótico y nuevo mundo.

Pete afinó los detalles. Teníamos que hacer nuestra primera parada a las 5 de la mañana de un día de enero. Caminábamos torpemente y medio dormidos a través de un camino empedrado cuando noté el olor. Después, los gritos.

A diferencia de Pete, yo no había crecido en una granja. Había pasado suficiente tiempo en granjas como para que no me molestara el olor del fertilizante o el agudo sonido de una cerda pariendo. Pero esto era distinto, era como si el motor de un avión esparciera el olor de un basurero, un horror que no había visto en mis 22 años viviendo en Iowa.

El edificio era un hangar de aluminio muy largo iluminado con luces fluorescentes que parpadeaban y dejaban ver un pasillo lleno de jaulas para perros que parecía no tener fin. Había pilas de seis o siete perreras con tres o cuatro perros hacinados dentro. Había perros salchicha, bulldogs, beagles, huskys, mastines, carlinos, rottweilers de menos de dos meses de edad. Cientos de perros por todos lados pedían atención con urgencia. No eran esos ladridos juguetones de emoción que vemos en los videos virales de YouTube. Estaba claro que esos sonidos eran gritos de dolor.

No podía culparlos. Yo también quería gritar. La peste de cientos de perros orinando y cagando sobre otros perros dentro de un lugar tan cerrado me envió directo al baño, donde vomité mi café mañanero. Llevamos a dos collie y tres gran daneses a la camioneta. Los perritos eran minúsculos. Al igual que en el criadero, las perreras estaban apiladas unas sobre otras dentro de la camioneta. Comencé a meter a cada perro en su propia perrera (que tenía un suelo de alambre y serrín para los desechos) pero Pete metía a dos o tres perros en cada perrera para que cupieran todos los perros que faltaban. Quedó claro que mi fantasía tipo Scooby Doo con media docena de cachorros era una broma.

Durante todo el tiempo que estuvimos ahí, una perra adulta estaba encadenada en el suelo, ladrando con impotencia al ver que le quitaban a sus hijos. El ladrido era débil y afónico. Después me enteré de que le habían quitado las cuerdas vocales.

En general, ésta es la parte de la historia en la que me preguntan: ¿Por qué continuaste con el viaje después de ver en lo que te estabas metiendo? ¿Por qué no te negaste y te fuiste a casa, aunque fuera caminando?

“Desayunaste un burrito en McDonald’s esta mañana. ¿Cómo crees que viven los pollos con los que hacen ese burrito?”, me preguntó Pete en la camioneta después de que le dije mi opinión sobre lo mal que tratan a los perritos. “Las personas que compran estos perros en sus tiendas locales tienen dinero y pueden ignorar de dónde vienen los cachorros. Pero nosotros somos pobres, por eso trabajamos tras bambalinas. Eso es lo que hacemos”.

Pete creció como un chico de granja. Recogía el semen de los cerdos y le cortaba la garganta a los pavos. Mi sensibilidad hacia los animales era una desventaja en ese mundo, algo que aprendí a guardar en secreto después de unos años de bullying. Cuando era niño, a mis amigos les encantaba torturar gatos y ardillas. Si no contenía mis lágrimas, probablemente recibiría la misma tortura con keroseno y una cerilla. (Hasta el siglo XIX, las quemas públicas de gatos eran una forma de entretenimiento popular en Francia).

Definitivamente no me criaron para tener empatía con los animales. La idea de las mascotas horrorizaba a mi padre, para quien los animales solo eran comida o una molestia. ¿Entonces por qué me escandalicé? Tenía 22 años y no sabía que había otras personas en el mundo que también veían el dolor en los ojos de los animales igual que yo. Pero no tenía el valor para plantarme y protestar cuando sentía que algo no estaba bien.

Cuando se llenó la camioneta, teníamos más de cien perros ahí dentro. Nos pidieron que condujéramos las 24 horas del día. Mientras uno dormía, el otro tenía que conducir. Como teníamos muy poco tiempo, no podíamos alimentar o darle agua a los perros, y mucho menos sacarlos de sus jaulas. En un intento para aplacar el olor, abrimos las ventanas por completo. Pero estábamos en el Medio Oeste de Estados Unidos en enero, el aire era muy frío y nos habían advertido que no podíamos dejar que los cachorritos pillaran neumonía y murieran (aunque si lo hacían era un daño colateral que podía ocurrir durante el envío).

Tanto Pete como yo nos enfermamos en este viaje: teníamos síntomas de gripe combinados con sueño y los incesantes llantos de los cachorros nos deprimían. Me sentía un poco mejor cada que bajábamos a unos cuantos cachorros en algunas tiendas de animales. Hasta que, una vez en Chicago, el encargado de una tienda nos siguió hasta nuestra camioneta y dijo: “Que no los detengan en Illinois con la camioneta así, porque pueden arrestarlos por maltrato animal”. Me puse a llorar frente a un extraño.

Siete años después de esta conversación, arrestaron a dos hombres por hacer el mismo trabajo que nosotros y para la misma empresa. Les imputaron una interminable lista de cargos por maltrato animal (uno por cada cachorro). Si me arrestaran, preferiría que fuera por traición, secuestro o robo a mano armada, y no por maltrato animal.

Sin embargo, este tipo de acusaciones contra los criaderos de perros son muy poco comunes.

“Les dan un susto de vez en cuando, pero nada serio”, dijo Mary LaHay, presidente de Iowa Friends of Companion Animals (una asociación que protege a los animales). El USDA (Departamento de Agricultura de los EEUU) no es tan estricto con estas personas. Si violan las reglas, les dan unos años para que mejoren las condiciones de los animales.

Fue el Departamento de Agricultura de EEUU el que animó a los granjeros a criar perros tras la pérdida de las cosechas en la Segunda Guerra Mundial. En 1966, el presidente Lyndon Johnson firmó la Ley para el Bienestar de los Animales. En esta Ley está estipulado que cualquier criador que tenga más de tres perros puede solicitar una licencia, y solo requiere que las jaulas midan 15 centímetros más que los perros para que puedan ponerse de pie. Estas cajas suelen ser de alambre y los perros viven ahí toda la vida sin poder tocar el suelo ni ver la luz del día. La Asociación Estadunidense para la Prevención del Maltrato Animal (ASPCA, por sus siglas en inglés) calcula que hay cerca de diez mil criaderos de perros en EEUU y que en muchos de ellos alojan a más de mil perros dentro de sus instalaciones.

Aunque Iowa es el segundo estado con más criaderos de perros después de Missouri, resultó que fue el primer estado en imponer multas contra los “Ag-Gag” (videos de maltrato animal). El propósito de estas multas es castigar a los que graban vídeos de maltrato animal en las granjas. Además, según LaHay, de todos los estados en EEUU, Iowa es el único que no supervisa este sector.

“Una de las principales razones por la que no hay una legislación para regular los criaderos de perros es que los que se oponen son personas adineradas”, dice Devin Kelley, un abogado en Iowa que ofrece apoyo legal a clientes acusados de maltrato animal.

Entre estos oponentes adinerados se encuentra el American Kennel Club (Club de Perreras de EEUU), que contrata a grupos de presión para luchar contra las regulaciones con la misma premisa que la Asociación Nacional del Rifle (NRA, por sus siglas en inglés) lucha contra el control de armas: cualquier regulación, no importa cuán pequeña sea, amenaza con cerrar el negocio de la crianza de perros. (La NRA también presiona contra las legislaciones para regular la crianza de perros con la premisa de proteger a aquellos que crían perros de caza).

Los legisladores del estado de Missouri desmantelaron una ley anticriaderos de animales en 2011. Insistieron que los nuevos requerimientos de vigilancia iban a costarle mucho dinero al estado (que tiene una ganancia de cerca de mil millones de dólares al año gracias a esta industria). Missouri es el estado que aparece más veces en la lista de los “101 peores criaderos de cachorros” que hizo la organización Humane Society. El Riverfront Times hizo un reportaje el pasado mes de mayo en el que afirman que a muchos perros los alimentan con “carne cruda de vaca llena de gusanos. Sus rostros están cubiertos de heces y no pueden ver. Sus heridas sangran y supuran y no reciben tratamiento médico. Los dejan a la intemperie dentro de jaulas con suelos de alambre y se mueren de frío”.

Missouri implementó una Ley para la Prevención del Maltrato Animal aunque, según la Humane Society, no es tan estricta como la propuesta original por la que todos votaron, pero al menos sí exige “estándares de cuidado en las perreras de crianza comercial más altos que los que había en Missouri hace cinco años”.

La mayoría de las leyes que se impusieron para combatir la crianza comercial de perros a gran escala no conciernen tanto al maltrato animal, tratan más sobre los impuestos y la protección al consumidor. Estos negocios a menudo se salen con la suya y no pagan el permiso de ventas que expide el gobierno. Tampoco declaran sus impuestos y gracias a eso evitan muchos pagos a pesar de que su negocio mueve miles de millones de dólares. (LaHay calcula que la industria genera para Iowa cerca de 15 millones de dólares anualmente). Esta falta de cuidado por parte de los criaderos a menudo provoca que las mascotas estén llenas de enfermedades y el nuevo dueño tiene que tratarlas.

“Muchos de los cachorros que salen de estos lugares están enfermos y son genéticamente inferiores”, asegura LaHay. “La falta de socialización a una edad temprana provoca agresividad o miedo. Los cachorros suelen aprender cómo deben comportarse al ver a sus madres, pero las madres en los criaderos no están entrenadas. Además de las anomalías genéticas como displasia de cadera, alergias o dislocación en la rótula. Las personas que compran estos perros se enamoran de ellos y después descubren todos sus males”.

Durante la semana en la que repartí a los perros de los criaderos, los dueños de las tiendas de mascotas descubrían con frecuencia problemas de salud en los perritos. Revisaban a todos los perros para ver si tenían tos, infecciones en los ojos u otro tipo de enfermedades. Si veían síntomas, rechazaban a los perros y los enviaban de vuela al criadero en Iowa. Me sentía aliviado cada vez que recibían a los perros, los metían en contenedores grandes llenos de juguetes con más cachorritos y les daba la cálida luz del sol desde la ventana de las tiendas. Y no había nada peor que cuando rechazaban un perrito y nos obligaban a llevarlo de nuevo a la oscura y fría furgoneta.

Para cuando llegamos a Nueva York, solo quedaba una docena de perritos, es decir, la cantidad de perros que había imaginado al principio. Pero ya nos quedaba muy poco tiempo y ya no pudimos recorrer la ciudad de la que tanto cantaba Lou Reed. Solo quería irme a casa. Pete y yo estábamos enfermos y no habíamos dormido en una semana. Los perros que quedaban en la camioneta también estaban enfermos.

Pete también se sentía indignado por el trabajo que realizamos, así que llamó a su jefe en Iowa y dejó el curro. Gracias a esto tuvimos más tiempo para regresar a casa. En algún lugar de Ohio, nos detuvimos en un parque y dejamos libres a los cachorritos que quedaban en las jaulas. Era una tarde muy calurosa para esa estación y nos pusimos a jugar con los perritos en la colina llena de hierba. Todos los cachorros se pusieron a saltar con emoción ya que estaban sintiendo el césped y respirando aire fresco por primera vez en sus cortas vidas. Nos echamos a correr y nos persiguieron. Me tumbé en el suelo y los perritos saltaron sobre mí y lamieron mi cara. Me hacían cosquillas con su pelaje que parecía de algodón. Nunca comprendieron que nosotros éramos los malos. Nosotros éramos los responsables de su desgracia. Todo lo que sabían era que probablemente ese iba a ser el único momento de felicidad y amor que iban a experimentar.

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