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Cultura

Hice las 22 flexiones por España para ver si así me sentía más patriota

Probamos de hacer el reto #22porEspaña para saber si esto produce o no algún tipo de sentimiento más profundo hacia nuestra nacionalidad.

por Alba Carreres
07 Octubre 2016, 9:38am

¡Sí! Soy catalana. Cuando hablo en castellano tengo un ligero acento y no me avergüenzo de ello. ¿Acaso los andaluces esconden el seseo? Estoy orgullosa de mi lengua, mi cultura y mis tradiciones, creo que no es ningún delito sacar pecho por lo que uno siente. Pienso que las diferentes culturas deberían sumar en vez de servir para discriminar. Es por eso que hoy me he unido al reto que propone el ejército, el de las veintidós flexiones, para ver si así, después de cumplirlo, me siento más española.

Contacto con las Fuerzas Armadas para que me expliquen de qué va el tema. En el Twitter del Ministerio de Defensa encuentro la convocatorio original, pero me gustaría saber si hay algún significado en concreto para hacer justamente veintidós. Apuesto a que muchos de los que han aceptado el reto ni siquiera se lo han preguntado. Podrían ser doce, quince o cuatro.

La inspiración proviene de la campaña #22pushups, un reto que consistía en hacer veintidós flexiones durante veintidós días para mimetizarse con los veteranos de guerra. El objetivo era concienciar a los civiles del gran número de suicidios diarios que hay entre este colectivo. Pero tampoco existía una explicación de por qué tenían que hacerse 22 flexiones.

Desde las Fuerzas Armadas aseguran que esta iniciativa tiene como misión que los conciudadanos tengamos presentes a todos aquellos que cada día trabajan para nuestra seguridad, en misiones en el exterior, los que protegen nuestras costas o los que participan en la extinción de incendios, ya que, según dicen, hacen un enorme sacrificio por el país.

Con el ánimo de que nos solidaricemos con las Fuerzas Armadas nos lanzan este curioso reto que he decidido llevar a cabo. Antes de ponerme al lío chafardeé un poquito por internet para ver lquiénes habían completado el suyo. Todos jóvenes, apuestos y atléticos, que mostraban sus esculturales músculos ante la cámara. Ninguna mujer, tampoco nadie vestido de calle hasta el momento.

Como tenía todo el día por delante para realizarlas esperé el momento oportuno para que mi jefa Laura pudiera grabar el ejercicio en vídeo como prueba gráfica del desafío. El momento llegó antes de lo que esperaba. Nos pusimos en la salita de delante del comedor de la oficina, me recogí el pelo con un moño mal hecho y me puse la camiseta por dentro de los pantalones. Fue entonces cuando empezó a grabar.

Desde mi última clase de CX Work, hace ya siglos, no hacía ninguna flexión. Nunca se me ha dado bien eso de mantener la fuerza en los brazos y de bajar lo suficiente como para no romperme la crisma. La verdad es que prefiero los abdominales, el spinning o el cardio box. Supongo que todos tenemos ejercicios que nos gustan más o menos. Yo odio las flexiones. Eso y saltar el potro. Cuando era pequeña me rompí la crisma saltando al potro y me trae malos recuerdos. Por suerte aún no había tenido ninguna experiencia traumática con las flexiones.

Después de un breve discurso delante de la cámara cogí aire y me repetí mentalmente: "por España". Al principio tampoco costaba demasiado, pero a medida que pasaba el tiempo el tema se iba complicando. Conté por dentro cuántas flexiones llevaba y me di cuenta que solo me faltaban unas doce. Bueno, ya vamos por la mitad. Las peores fueron las últimas. Veía cómo el tiempo se ralentizaba y se multiplicaba exponencialmente mi cansancio.

Aquí, sufriendo

Tardé apenas unos minutos, tampoco me planteé cronometrarlo ni era mi intención batir un récord personal, simplemente lo hice a conciencia, como si de un entrenamiento militar se tratara.

Sé que muchos diréis que no las he hecho correctamente, que debería haber subido más el culo o bajar más el tronco para aguantar más mi peso con los brazos, lo sé. Pero oye, que las he hecho y para mí eso ya es mucho.

Después de hacerlas tengo que confesar que me sentí un poco cansada, pero no lo suficiente como para sacar la lengua y caer muerta al suelo. Al principio pensé que el efecto del sentimiento español afloraría en mí y por arte de magia me convertiría en una fiel devota de la patria. Me imaginaba besando la bandera arrodillada en el suelo, celebrando el Día de la Hispanidad, viendo en directo el desfile, tarareando un himno sin letra y aplaudiendo a una cabra en su paso ante mí. Me equivoqué por completo.

Estuve reflexionando un rato para encontrar sentido a mis flexiones y ver si así encontraba la luz en medio de un túnel. Miré a mi alrededor y nada en mí había cambiado, tampoco en los que me rodeaban, todos ellos de diferentes puntos del país.

Y así es como hice el reto de las veintidós flexiones, que, por cierto, no me volvió más española de golpe pero me invitó a reflexionar sobre cómo algunas estupideces que se cuelgan por las redes pueden llegar a ser beneficiosas con una vuelta de tuerca.