Cultură

Tener sexo en el trabajo puede salir muy mal

Desde lo vergonzoso hasta lo peligroso, reunimos las historias de personas que han experimentado de primera mano las dificultades del sexo en la oficina.
4.8.16

Pam y Jim definitivamente lo hacen en el trabajo. Fotograma de The Office.

Admítanlo: la idea de tener sexo en el trabajo suena bastante bien.

Ciertamente hay muchas personas que lo hacen; recientemente, Business Insider (la más sexy de las publicaciones) llevó a cabo un estudio que encontró que el 54 por ciento de los encuestados había cogido con un colega, y que casi la mitad de esos encuentros tuvo lugar en instalaciones laborales. La compañía de seguros de salud Zenefits incluso tuvo que mandar un correo electrónico que pedía a los empleados dejar de coger en sus escaleras. ¿Y por qué no? Suena divertido. Peligroso. Como salido del Foro de Penthouse (¿lo recuerdan compañeros treintañeros?). Y a menudo lo es.

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Pero no siempre.

Porque a veces, el sexo en el trabajo puede salir muy mal. Desde lo simplemente vergonzoso hasta lo peligroso, reunimos las historias de personas que han experimentado de primera mano las dificultades del sexo en la oficina.

ÓRGANOS DE GOBIERNO

Mi novio y yo trabajamos juntos en la Legislatura provincial, y un día decidimos tomar ventaja de la hora de la comida para tener sexo. Exploramos la oficina con antelación y decidimos que el baño de hombres era el lugar menos probable para que nos cacharan. Nos metimos a uno de los dos cubículos, pusimos una toalla en la tapa donde él se sentó, y yo lo monté. La estábamos pasando muy bien cuando escuchamos que la puerta se abría. Tan rápido como pudimos, levantamos nuestras piernas y apoyamos nuestros pies contra los costados del cubículo y esperamos.

Probablemente parecíamos dos personas jugando en los columpios. Además, tengan en cuenta que todavía estábamos, um, a media inserción para ese punto. ¿El intruso fue al mingitorio? ¿O al lavabo para lavarse las manos? No, por supuesto que llegó velozmente al cubículo contiguo para cagar después del almuerzo.


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No tengo ni idea de cuánto tiempo nos sentamos allí, suspendidos como arañas con las piernas arriba, escuchando a este sujeto echarse una cagada interminable, tratando de no reír o respirar, y controlar las arcadas. Finalmente se fue y nos quedamos sentados por unos minutos, tratando de decidir si queríamos continuar. Uno pensaría que los sonidos y olores nos habían disuadido, pero al final no lo hicieron. Nos dimos cuenta de que nos lo habíamos ganado. Más tarde ese día reconocí al intruso por sus zapatos. Nunca pude volverlo a ver a los ojos sin recordar esa combinación extraña de sexo y mierda.

—Tina, 31

Un romance poco convencional de oficina. Fotograma de la película Secretary.

PROBLEMAS EN EL CALABOZO

Había aceptado un empleo de verano en Toronto y mi novio de ese entonces vino a visitarme. A los dos nos gustaban los juegos de rol, pero sólo contábamos con una habitación barata de hotel, así que no podíamos hacer nada de las cosas divertidas y emocionantes que teníamos en mente. Pero también tenía las llaves del área de trabajo, y uno de los cuartos era un gran espacio parecido a un almacén. Entonces me di cuenta de que podíamos actuar unas escenas increíbles allí.

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Por lo tanto, un fin de semana preparé una escena compleja para él. Digamos que había muchas piezas diferentes de bondage que instalé por toda la habitación, así como varios dildos de diferentes tamaños. La escena requería que me vistiera como un maestro de escuela, y él iba a venir vestido como un estudiante de inglés. Además, cada uno de los dildos iba a representar a otro miembro de la facultad. No era muy discreto, pero no me importó. Era un fin de semana, así que no había nadie más. La habitación se cerraba por fuera, así que colgué la llave alrededor de mi cuello. Preparé la habitación, los dildos, los caballetes y esas cosas, me vestí y me puse la camisa de vestir y la corbata. Y pensé, ok, voy a ir rápido por un café. Esto podría ser una larga tarde. Pero mientras caminaba hacia la puerta, me di cuenta de que la sensación alrededor de mi cuello no era, de hecho, la llave, si no la corbata que traía puesta. Me había quitado la llave y la había dejado en la habitación, que ahora estaba cerrada.

Me asusté. Pensé: ¿Qué chingados voy a hacer? Había una señal cerca de la recepción que decía: "En caso de emergencia, llame a seguridad". Y lo consideré por un segundo. Pero no pude pensar en ninguna manera de hacer que abrieran la puerta y no miraran dentro de la habitación. ¿Qué demonios iba a hacer de todos modos? No les podía decir "Hola, chicos. ¡Me quedé fuera por accidente!" y luego conseguir que abrieran la puerta y cerrarla inmediatamente en sus caras. "¡Gracias, chicos! ¡Miren aquí! ¡Mírenme a los ojos! ¡Sólo a mis ojos!" Por lo tanto, llamarle a los de seguridad no era una opción.


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En este punto estaba entrando en pánico. Entonces corrí al área de administración. Normalmente, la puerta está cerrada, pero ese día, gracias a Dios, estaba abierta. Corrí detrás del mostrador de la recepción, y tomé todas las llaves que pude encontrar. Luego corrí de regreso y traté de abrir la puerta, pero, por supuesto, nada funcionó. No sabía si había seguridad alrededor, o si había cámaras. Y por supuesto, mi novio llegaría en cualquier momento. Así que regresé a la oficina, y lancé las llaves a donde estaban, sin tener idea de dónde habían salido. Sólo las arrojé. Eventualmente hice un cortometraje sobre la experiencia, en el que exageré el drama un poco, pero en la vida real, sólo me hundí en la silla del administrador. Usé toda la perspicacia como actor que pude reunir, y me dije: OK, soy un administrador. Soy profesional. Estoy a cargo de todo. Tengo una llave para todas las puertas. Si hay una emergencia, puedo hacerme cargo. Puse la llave… AQUÍ.

Miré hacia abajo y delante de la computadora, asomándose bajo una pila de tarjetas de negocios, había una última llave. Juro por Dios que escuché un coro de ángeles celestiales mientras corría por el pasillo para abrir la puerta. Y funcionó. Así que entré, me puse la llave alrededor del cuello, le di un beso a un dildo para la buena suerte, y puse todo de vuelta en donde estaba. Mi novio llegó unos minutos más tarde y todo salió bien. No tuvo ninguna queja. Bueno, me dijo: "la próxima vez que uses dildos, caliéntalos en agua primero. De esa manera se sienten más reales". Consejo de los profesionales.

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De cualquier manera, no le conté la historia hasta MUUCHO tiempo después.

—David

LA OTRA MUJER EN LA CÁMARA DE SEGURIDAD

Cuando tenía 18 años, me dieron un trabajo en una clínica para adelgazar mediante métodos naturales. Venden pastillas y crean programas dietéticos para la gente. Los clientes vienen tres veces a la semana para una revisión de sus objetivos. Había un tipo que solía venir justo antes del cierre, de unos treinta años, que tenía esposa e hijos. Era muy dulce, y cuando empezó a perder peso, me agradeció que lo hubiera ayudado. Y entonces empezó a traerme regalitos. Era muy dulce.

Y entonces empezamos a tener sexo por todo el lugar. Había un gran espacio abierto donde se hacían las ventas, un mostrador y habitaciones privadas para las consultas. Tuvimos sexo en todas esos cuartos. En las habitaciones traseras. En el espacio de ventas. En el clóset de mantenimiento. En todos lados. Esto se prolongó durante un par de meses. Un día la dueña me invitó a tomar un café, para ponernos al día. Justo después de que nos sentamos me dijo: "creo que debo decirte que instalamos cámaras de seguridad hace unos seis meses". Y yo contesté: "oh", tratando de sonar indiferente, porque siempre teníamos las luces apagadas. Pero entonces me dijo inmediatamente: "por cierto, las cámaras tienen visión nocturna Sólo pensé que debería decirte porque, bueno, su esposa y yo estamos juntas en la Asociación de Padres de Familia.

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No me malinterpreten, lo tomó con mucha tranquilidad. Era una buena persona y un espíritu libre. De hecho me dijo: "En verdad aprecio que hayas esperado hasta la hora del cierre".

—Nora, 29


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CASI PIERDO UNA PIERNA

Estaba trabajando para una importante agencia de viajes en Europa, y veía a un bartender en Ámsterdam cada vez que visitaba la ciudad. Llegaba a su bar para platicar y tener sexo durante uno de mis descansos, o a veces después del trabajo. Un día llegué con él y me preguntó si podía "ayudarlo con unas cajas en la parte de atrás". Bajamos a la bodega de vinos del bar, y tuvimos sexo recargados en las paredes de roca sin terminar.

En algún punto se lo estaba mamando, y estaba oscuro, y supongo que lo estaba haciendo con bastante entusiasmo, porque no me di cuenta qué tan áspero estaba el piso para mis rodillas. Cuando salimos de la bodega, nos dimos cuenta de que un trozo de cristal roto se me había metido en la rodilla, y sangraba profusamente.

Me limpié y la herida sanó bien durante la semana siguiente… o eso creía yo. Dos semanas más tarde, en un viaje a París, me desperté con un dolor insoportable en la rodilla, que se había hinchado al doble de su tamaño normal. Casi vomitando del dolor, fui a la sala de emergencias de un hospital local, donde los médicos me dijeron que los resultados de mis pruebas indicaban que tenía una infección que podría ser peligrosa si entraba en mi torrente sanguíneo. Iban a aplicar otros exámenes para ver si podían contener la infección, pero si no lo hacían, me dijeron que lo más seguro era que me cortaran la pierna justo por encima de la rodilla. Mejor perder la pierna, aclararon, que arriesgarse a que se convirtiera en una infección mortal.

Me quedé despierta en la cama del hospital en París durante toda la noche, pensando en la mamada que podría costarme una pierna. Pasé una semana en el hospital en recuperación y usé muletas durante otra semana. Afortunadamente, me informaron que serían capaces de tratar la infección antes de que se convirtiera en un riesgo, pero ya había decidido que mi ruta de trabajo no volvería a pasar por aquel bar en Ámsterdam.

Mi familia vino a verme. Además, todo el mundo en el trabajo y en casa querían saber lo que había sucedido. Fue muy difícil de explicar.

—Danielle, 29