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La pura puntita

Cenicienta

'Cada día, después de acostarnos, mi Cenicienta se tumba en el sillón con una de mis playeras puesta; le gusta andar con mi ropa'.

Bernardo estudió psicología en la UAM, tiene una columna en El Fanzine y nos mandó este texto para nuestra sección de cuentitos de los lunes. Gracias, Bernardo.

El mundo de la agorafobia es mi hermana. No hay nada mejor que su cuerpo. Cada día, después de acostarnos, mi Cenicienta se tumba en el sillón con una de mis playeras puesta; le gusta andar con mi ropa. A mí me agrada permanecer quieto en la cama, disfrutando el tibio olor de su sexo impregnado en las sábanas.

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Hace mucho tiempo que no nos decimos nada. Una vez acostumbrados, dejó de importarnos. Eso sí, ella tiene que escapar antes de la medianoche para no ser descubierta: es el turno de papá. Cuando esto ocurre, Cenicienta apura su tercera taza de café y empieza a vestirse. Se pone una blusa azul que solía pertenecer a mamá, los aretes de plata y el collar de perlas. Tras dar un profundo suspiro, estira los bajos de la falda en señal de estar lista. Pero antes que nada, pasa su mano sobre la cama; le gusta deleitar sus oídos con el frufrú de las sábanas.

― ¿Por quéno te dejas crecer el bigote como papá?

―No estaría mal. Nos caería bien otro cambio.

―Te pareces mucho a él.

Cenicienta se da la vuelta. No mira atrás. Toma el abrigo y la veo alejarse con las manos bien metidas en él. Sin embargo, los bolsillos se ven más abultados que si sólo las manos estuvieran allí.

Alrededor de la una de la mañana, la puerta de mi habitación se abre de súbito. Es Cenicienta. Su blusa está cubierta de violencia. Atraviesa la habitación y se tumba en el sillón. Se despoja de la ropa como si estuviera a punto de meterse bajo la regadera, pero no lo hace. En cambio, se queda desnuda observando las salpicaduras de sangre en su vello.

―Tienes los senos de mamá.

―Ya lo creo.

― ¿Puedes recogerte el cabello?

― ¿Así?

―Perfecto. Justo como ella.

La casa se llena de un aire tranquilo. Los muebles ya no intentan escaparse. Las paredes ya no hablan. El silencio por fin llega antes de la tempestad. Me incorporo y me quedo sentado en la cama. El mundo de la agorafobia es el cuerpo de mi hermana. Entonces Cenicienta ocupa un lugar a mi lado. Alarga la mano, suelta un objeto brillante y recarga su cabeza en mi hombro.

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―Oye, ¿crees que ahora ya podremos salir de aquí?

―Podemos intentarlo, ¿pero qué vamos a hacer con él?

Cenicienta, con el sudor de mil lamentos en su cuerpo, abandona la cama. Se pone de pie y coge al pequeño dentro de la cuna. Mientras lo sostiene, le acaricia sus cuatro orejas, las dos anteriores en su sitio y otras dos postero-inferiores no muy visibles; le besa el labio leporino geniano y la división congénita de sus mejillas. En eso, lo rodea con fuerza, como si fuera un cinturón de seguridad que se marca estirándose apretadamente sobre el pecho que resguarda. Los pies torcidos se mueven agitadamente; la boca alcanza a gruñir. Nadie dice nada, pues el peso de la muerte elude la palabra. Finalmente, cuando el maxilar superior incompleto recibe la última bocanada de aire, Cenicienta sonríe.

―La abuela misma debió haberse deshecho de él.

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