En ocasiones los deportes cuentan con una forma extraña e inquietante de reflejar el mundo real. Si necesitas un ejemplo para ilustrar esta idea, basta mirar lo que sucede en Brasil, como nación en general y con su selección de futbol.
Hace dos años en las semifinales del Mundial —el primer evento de gran magnitud celebrado en Brasil en 64 años— la selección «verdeamarela», es decir el orgullo de todo Brasil, el equipo que cuentan con más Copas del Mundo y el preferido para ganar dicho torneo, fue aplastado por Alemania. El partido terminó 7-1. Lo que debió ser un momento triunfal para los brasileños y sus 200 millones de fanáticos se convirtió en una catástrofe. Toda una nación, literalmente, devastada.
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La semana pasada Brasil dio la bienvenida, una vez más, a otro torneo internacional de futbol perteneciente a los Juegos Olímpicos. Antes del arranque de la competición, todo indicaba que sería una gran oportunidad para que el equipo varonil de Brasil recobrara su estatus como la potencia de futbol que alguna vez fue. El equipo de casa quedó en el grupo junto con Sudáfrica, Dinamarca, e Iraq. Con respeto de cada uno de las selecciones, ninguno representa una gran amenaza.
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La FIFA colocó a Brasil en el séptimo lugar en su clasificación más reciente, dada a conocer en julio. Dinamarca, equipo que ni siquiera calificó para la Eurocopa de este año, se encuentra en la posición 44. Le sigue Sudáfrica en el lugar 67, e Iraq cierra el grupo en el puesto 99 del ranking mundial. Es cierto que estas clasificaciones están basadas en las selecciones nacionales completas, mientras que los equipos olímpicos están conformados por jugadores menores de 23 años, y tres excepciones que pasen de la edad establecida. De todas formas, el ranking nos ofrece un panorama bastante decente de la fuerza, en teoría, de cada conjunto. Además, no existe universo alguno en el que Brasil sea peor jugando al futbol que Iraq.
En el partido de su debut, los brasileños no apalearon a Sudáfrica, ni se lucieron ante el público. Más bien, rescataron un empate a ceros. Tres días después, el domingo pasado, Brasil se enfrentó a Iraq; una vez más, tuvo problemas. El momento destacado del encuentro se dio en tiempo añadido, con el marcador en ceros, el mediocampista brasileño, Renato Augusto, se encontró sin marca ante la portería iraquí: todo lo que tenía que hacer era empujar el balón dentro del rectángulo de más de siete metros de largo y dos metros y medio de alto.
Renato falló. No podemos enseñarles la repetición por cuestiones legales, pero créanme cuando les digo que fue una de las fallas más increíbles que he visto. Mi abuela habría empujado ese balón.
Ahora hablemos de cómo el arte parece ser un reflejo de la vida. En 2013, la economía de Brasil estaba creciendo y aquellos en el poder, el Partido de los Trabajadores, habían logrado avances importantes en áreas como la educación, fuentes de trabajo, y erradicación de la pobreza. Acto seguido, todo se desmoronó. Previo a la Copa del Mundo de 2014, se dio a conocer el escándalo político más grande en la historia de Brasil, el cual incluía el lavado de dinero de más de cinco mil millones de dólares, sobornos, y arreglos.
El año pasado, las cosas pasaron de mal en peor conforme Brasil fue afectado por el virus del Zika, y la economía empezó a caerse. En junio de este año, el gobernador de Río de Janeiro anunció que su estado se había quedado sin dinero. Advirtió sobre un «colapso total en la seguridad pública, en la educación, transporte, y conservación del ambiente». La ceremonia de inauguración estaba a semanas de arrancar.
Obviamente, el éxito de la selección brasileña de futbol no es una función de la situación económica o política del país. Algunos de los años más memorables del equipo llegaron en un período cuando Brasil estaba empobrecido y bajo una dictadura. Pero si añades la confusión nacional a un programa de futbol que ha ido a la baja por décadas, las cosas se ponen particularmente complicadas para el conjunto nacional.
El combinado carioca siempre ha sido un tipo de manifestación del espíritu de Brasil, una celebración del júbilo de la vida, particularmente la alegría de un simple juego hermoso. Pero conforme la vida en el país se hace más tensa, el equipo nacional se ha vuelto cada vez menos en un reflejo de su nación. Plagado por una mala economía, por la desconfianza hacia sus gobernantes, y una crisis en el sector salud, los brasileños esperan que su selección de futbol sea un revulsivo que pueda brindarles un poco de alegría a su vida diaria.
La escuadra carioca tiene al menos una oportunidad más para redimirse, si es que puede superar a Dinamarca esta noche en su último partido de fase de grupos. Con una victoria, los brasileños aún podrían avanzar a la siguiente ronda y, a lo mejor, hacer que sus fans se olviden de los problemas que los aquejan aunque sea por una horas.
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