Sexo

Cada vez más tíos se quitan el condón sin consentimiento

Es una forma de agresión sexual, aunque quienes lo hacen no lo vean así. “Me dijo que me estaba poniendo un poco dramática”, dijo una víctima. “Oír eso me puso enferma”.
19 Febrero 2020, 4:45am
condones
Condones blancos: Shuttershock | Pick condom: Getty Images | Collage by VICE 

A veces, ponerle nombre a algo nos ayuda a entenderlo mejor. En esto, los anglosajones son expertos: el término “stealthing” ⎯que alguien se quite sin consentimiento el condón que llevaba puesto durante el sexo⎯ no está muy extendido, pero seguramente conozcas a alguien que lo haya vivido: un estudio llevado a cabo en Australia reveló que el 18 por ciento de las participantes habían denunciado esta práctica a la policía.

Quitarse el condón de tapadillo no solo puede tener consecuencias físicas ⎯como la contracción de ITS o embarazos no deseados⎯, sino también psicológicas, como el sentimiento de vergüenza o culpa de la víctima. Hablé con seis personas afectadas por esta fea costumbre, y algunas me aseguraron que no identificaron del todo el problema hasta que lo vieron nombrado.

Advertencia: este artículo contiene descripciones explícitas de agresiones sexuales.

Avaar*, 26 años; trabaja en un medio de comunicación en Ámsterdam

A los 20 años, tuve sexo con un tío al que conocía porque éramos de la misma ciudad. Pese a no ser amigos, nos movíamos en los mismos círculos. Le invité a casa y empezamos a enrollarnos. Al poco rato, salió el tema de quién haría de activo. Solo me quedaba un condón y se lo ofrecí. Me dejó caer que podríamos hacerlo sin, pero me negué. Cuando empezamos con el sexo, se paraba cada dos por tres “para ajustarse el condón”. En un par de ocasiones le pregunté si se lo había quitado y dijo que no. Seguimos dándole un rato y al final, cuando me tumbé bocarriba, noté algo raro en la espalda. Era el condón.

El tío se rió y dijo: “¡Ups! Se me habrá salido”. ¡Qué asco me dio! Le pregunté cuánto rato habíamos estado haciéndolo sin goma y me contestó que no lo sabía. Cuando le pedí que me dijera si tenía alguna ITS, se puso agresivo y empezó a gritar: “¿Te crees que soy tan rastrero? Si supiera que tengo algo, habría parado. Me ofende que dudes de mí”. La verdad es que no supe qué decir, así que le pedí que se fuera. Me dijo que lo olvidara y me prometió que la próxima vez se dejaría el condón puesto. Pasé de él. Justo antes de irse, para colmo, me dijo que era “una dramática”. Me puso enfermo. Luego fui a ducharme y estuve frotándome durante horas. También pedí cita para hacerme una analítica.

Al día siguiente se lo conté a una amiga durante la comida. No se sorprendió tanto como imaginé y me dijo que exageraba un poco. Al final, me convencí de que no era para tanto y no se lo conté a nadie más. Me da la sensación de que en la comunidad gay se espera que vayas con precaución pero a la vez impera esa filosofía de: “Eres gay, deja de quejarte y practica sexo a lo loco”.

Mona*, 28 años; directora de Nueva York

Él era inglés, cortés y educado. Llegamos a su casa y me ofreció un té, puso agua a hervir y me sirvió uno con galletas.

No conseguía tener una erección y dijo que era por culpa de la goma. Yo insistí en usarla. Por muy educado que fuera, sabía que se había acostado con bastantes y no me apetecía tener que ir al médico. Estábamos bajo las sábanas y él se me puso encima. De repente, su problema de erección desapareció. Al cabo de un minuto, empecé a preocuparme y le pregunté si seguía llevando el condón puesto. Él sonrió inocentemente y dijo, “¿No es mejor así?”. Y la respuesta era que sí, claro, que a mí tampoco me gustan los condones. Pero la respuesta también era “¿Has oído hablar de la gonorrea? ¿Del herpes genital? ¿El VPH? ¿Las ladillas? ¿Has oído hablar de la crisis del sida? ¿Sabes de dónde vienen los bebés? ¿Es que nadie te ha enseñado a respetar? Ya sé que tienes formas, pero ¿dónde te las has dejado cuando decidiste meterme la polla sin protección entre las piernas? ¿Te las has dejado en la tetera?”.

No sabía que en inglés se usaba el término stealthing para referirse a esto, pero no me gusta. No me parece que describa realmente el acto. Suena más a un juego de manos elegante que a la violación oportunista que realmente es. Quizá sea mejor llamarlo por su nombre: agresión sexual.

Elisabeth, 46 años; trabajadora autónoma de Viena

Conocí a un tío alemán durante un concierto. Le dejé muy claro que no estaba tomando anticonceptivos hormonales, sino condones. Me dijo que por su parte no había problema, que la protección era importante. Acabamos en la cama en la primera cita y vi que trajo exactamente la misma marca de condón que yo. Le puse uno y nos acostamos. Luego, me dispuse a ir lavabo y le pedí que me diera el condón usado. Él apuntó al extremo de la cama y dijo que se lo había quitado “porque no se sentía cómodo”. Salté de la cama y noté que algo se me deslizaba piernas abajo.

Sabía que estaba ovulando. Le grité, horrorizada y furiosa. Él se apartó de mí y no dijo nada.

Cómo no, me quedé embarazada. En aquella época, era madre soltera de dos niños y no podía tener un tercero. Él no me creyó. Dijo que nunca antes había dejado preñada a una mujer y que cómo sabía él que era suyo. Yo no tenía dinero suficiente para pagar el aborto, que costaba 450 euros. Me inventé una excusa, le pedí dinero prestado a mi padre y me sometí al procedimiento.

Envié una copia de la factura a la dirección del trabajo del tío, una captura de pantalla del mensaje que me había mandado diciendo lo importante que era para él usar condón y mi número de cuenta. También le advertí de que la próxima vez tal vez se me olvidaba escribir “correspondencia personal” en el sobre. Al final me hizo una transferencia de la mitad del coste del aborto. A mí me habría gustado que me devolviera todo el importe, claro, pero al menos así recuperé el control sobre mi vida.


Nina*, 32 años; trabaja en publicidad en Londres

Después de la fiesta de Navidad de mi empresa, mi jefe y yo acabamos en mi casa. Él estaba casado, pero me dijo que tenía una relación “abierta”. No sé si sería verdad.

Le di un condón y le dije que no me estaba tomando la píldora. Acabamos bastante rápido y nos quedamos un rato tumbados. Cuando me levanté para ir al lavabo, vi el condón en el suelo. Confundida, le pregunté si se había corrido. “Ah, se me ha salido el condón. Me he corrido dentro pero no te preocupes, estoy limpio”, fue su respuesta.

Me asusté y empecé a explicarle a gritos por qué era una putada lo que había hecho. Consulté la aplicación que uso para seguir mi ciclo y la cosa empeoró cuando vi que estaba ovulando. En ese momento entré en crisis absoluta.

Me dijo, como si nada, que me tomara la pastilla del día después, algo que no he hecho en diez años porque no es un método anticonceptivo que me guste. Parecía que las consecuencias de su decisión se la traían al pairo. Se fue a casa y yo me metí en la cama. Al día siguiente me desperté con remordimientos y arrepentimiento.

Para empezar, no es muy buena idea acostarte con tu jefe casado. Pero lo peor era tener que cruzármelo en el trabajo, sabiendo que aquella noche terminó de una forma no consensuada.

Mirko, 27 años; trabajador social de Viena

Había quedado con un tío de treinta y largos por Grindr. Nos emborrachamos y no me di cuenta de que se había quitado el condón mientras lo hacíamos, pero noté que se corrió dentro. Me cabreé muchísimo y él intentó calmarme. Lo eché de casa sin darle tiempo siquiera a vestirse y le lancé la ropa.

Al día siguiente, asimilé lo que había pasado y le escribí un mensaje. Me bloqueó, lo cual me pareció muy ruin. En aquel entonces no conocía la PrEP, y durante las seis semanas que tuve que esperar para hacerme las pruebas lo pasé fatal. Al final el resultado dio negativo.

Lisa, 30 años; estudiante de Medicina en Melbourne

Me acosté con el amigo de un amigo. Parecía majo. Luego me di cuenta de que el condón que llevaba puesto ya no estaba. Yo era joven y recuerdo que solté una risa nerviosa cuando me confesó lo que había hecho, diciendo algo como “¡Ups! Me he portado mal”.

Me estaba tomando la píldora, pero eso él no lo sabía. Pasaron años hasta que entendí el mensaje que expresaba esa actitud: “Me importa una mierda si te quedas preñada o pillas una enfermedad. Mi placer momentáneo es más importante que tu bienestar”.

*Se han cambiado los nombres para guardar el anonimato.