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Mara Gómez. Todas las fotos por el autor. 
Identidad

Mara Gómez: el fútbol como anestesia

A sus 23 años, Mara Gómez se convirtió en la primera futbolista transgénero en jugar en la Primera División de fútbol femenino de Argentina.
9.3.21

Mara Gómez sintió que volvió a nacer cuando tuvo su Documento Nacional de Identidad (DNI) femenino.

Aunque desde 2020 su nombre es citado en medios de información por ser la primera futbolista transgénero en jugar en la Primera División de fútbol femenino de Argentina, ese nombre, Mara Gómez, hace seis años no existía. Así solo la llamaba su entorno más cercano. Hasta un día de abril de 2015, cuando estaba en su casa y tocaron la puerta. Le entregaron el sobre con el DNI y, emocionada, sacó la tarjetita y leyó por primera vez en un documento legal “Mara Stefanía Gómez”. Tenía 18 años.

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Así consolidó un proceso que inició durante su adolescencia, cuando empezó a explorar sus emociones, su identidad, su autopercepción de género. Mara halló que no se reconocía en cuanto iba descubriendo, como si su personalidad estuviera contenida en un cuerpo que no le permitía expresarse, ser. Intentó cambiar su identidad a los 16 años, por primera vez, apoyada en la Ley de Identidad de Género que rige en Argentina desde 2012. El estudio de la solicitud tardó casi año y medio, hasta que la decisión de un juez la negó. Insistir significaba entrar en un litigio legal que podía ser largo, quizá más de los pocos meses que le faltaban para cumplir la mayoría de edad. Tras su cumpleaños fue con su mamá a hacerse una nueva partida de nacimiento y luego el DNI femenino, ese que recibiría un mes después.

Con el DNI femenino en mano ya no podrían negar su identidad, como lo hicieron en la escuela, donde no la llamaban Mara, o en los hospitales, donde no la llamaban por su apellido, o en la calle, donde no la dejaban entrar a algunos lugares. Antes de volver a nacer, Mara sentía que no merecía vivir. Durante su adolescencia, en varias oportunidades atentó contra sí misma. Nunca olvidará ese día, con 15 años de edad, cuando dejó su casa con la intención de no volver. 

Iba hacia la Avenida 520, a tres cuadras de su casa en La Plata. Una vía a doble mano y por la que circulan de manera constante autos de cualquier tipo. Pensaba arrojarse a alguno. Llegó hasta la vía, y, muy cerca del asfalto, escuchando el rugido de motores que levantaban el polvo al pasar, apareció Adriana Aguirre, su vecina y amiga, para detenerla. Al borde de la vía, en el cordón, Adriana, quien venía siguiéndola, sentó a Mara y la abrazó.

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—Vos contás conmigo —le dijo. No tomés decisiones de las que te podés arrepentir luego. Esta no es la solución. Podés apoyarte en mí. 

Adriana llamó a otra amiga para que la viniera a buscar y evitar que Mara se quedara sola cuando tuviera que irse. Fue ella, Adriana, quien la invitó a que jugaran fútbol, como quien sugiere que la tristeza y el dolor pueden patearse como un balón.

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Aunque a Mara no le llamaba la atención el deporte y nunca lo había practicado, empezó a jugar en una cancha del barrio a los pocos días de ese episodio al borde de la vía. Sus primeros pasos en el campo fueron carreras: no sabía jugar pero podía correr. La torpeza inicial no importaba tanto como la sensación de que, en el campo, se superaba a sí misma. Sentía que el fútbol era una anestesia para el dolor. 

Comenzó a jugar de manera ocasional en torneos de fútbol 5, 7 ó mixtos, en equipos de mujeres y hombres, casi improvisados, en los que no jugaban por tres puntos ni una copa sino por dinero o una tira de asado. Aunque en varias ocasiones no la dejaron participar o se opusieron, argumentando que era una competencia desigual o discriminándola, la pelota era un terapeuta y la cancha un diván.

Tres años después de aquel encuentro con el fútbol y teniendo su DNI femenino, comenzó a jugar con Toronto City. En un principio, fue a probar suerte, pensando que le iban a decir “no”. Luego de intentarlo, le dijeron: “Queremos que seas parte del equipo”. La preparación había dado resultados: ya no era torpe, había mejorado. También le comentaron que se sentían orgullosos porque serían el primer equipo en la Liga Independiente de Fútbol Infantil Platense Amateur (LIFIPA) en tener a una chica trans en su plantel. 

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Lo que había ocurrido antes, en torneos de barrio, se repitió en la LIFIPA: varios delegados de otros equipos pensaban que Mara no debía jugar. Durante una reunión en la que explicaron sus dudas, alguno se mofó y dijo: “Me pongo una colita, una pollera y juego”. Al ver la escena, Gerardo Telese, presidente de la liga, preguntó cuál era el nombre de Mara y cuál era el género que se reconocía en el DNI. “Mara Gómez, del género femenino”, indicaron. “Es una persona que está dentro de sus derechos, merece jugar y tiene que jugar”, dijo Telese, tras dar dos golpes sobre la mesa. 

Luego, Mara pasaría por distintos equipos de la Liga Amateur Platense, quedando goleadora en algunos torneos y ganando algún campeonato. Mara ya no solo corría en la cancha: jugaba. Su nombre era reconocido entre jugadoras y cuerpos técnicos. Uno de los directores técnicos que supo de ella fue Juan Cruz Vitale, entrenador del Club Atlético Villa San Carlos de la Primera División. 

Villa San Carlos contactó a Mara a través de Instagram para pedirle su número de teléfono y a mediados de 2019 le ofreció hacer una prueba. El vínculo no se concretó sino hasta enero de 2020, cuando el técnico la llamó: 

—¿Tenés arreglado algo con algún equipo? —dijo Vitale.

—Tengo oportunidades en otros clubes. Pero me interesa ser parte de Villa San Carlos —dijo Mara.

—Empezamos la pretemporada el lunes. Si querés arrancar, sos bienvenida –dijo Vitale.

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Durante esos primeros días de enero retomó contacto con Lorena Berdula, profesora de educación física y la primera mujer que se recibió como Directora Técnica en la Asociación de Técnicos del Fútbol Argentino. Mara la conoció en 2016 y, a través de los años, participó en distintas actividades con ella. Cuando Lorena vio el revuelo mediático que generó la inclusión de Mara en Villa San Carlos, la llamó:

—Me parece necesario que alguien te acompañe en este proceso —dijo Lorena.

—Yo estaba pensando en vos —dijo Mara.

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La conversación concluyó con un acuerdo. Lorena comenzaría a ser su representante “no hegemónica”, como ambas describen la relación: “Yo no quiero vivir de tu dinero; tenemos que ir a conquistar tus derechos”, dijo Lorena. En marzo de 2020, luego de varias semanas de entrenamiento, Mara y Lorena oficializaron a la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) su decisión de jugar con el Club Atlético Villa San Carlos. 

Ni AFA, ni la Confederación Sudamericana de Fútbol ni FIFA, los entes locales, regionales e internacionales relacionados, tienen mayor normativa sobre las jugadoras transgénero. Pero el Comité Olímpico Internacional (COI) sí. Entonces, Mara y Lorena decidieron apoyarse en sus recomendaciones. Una de ellas indica que el parámetro de testosterona en sangre de una chica transgénero debe ser de 1 a 10 nanogramos por litro de sangre. Así, desde la perspectiva del COI, no habría desigualdad competitiva.

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Luego de tres reuniones durante marzo de 2020 en la AFA, se acordó que ese sería el principal requisito para poder jugar. Mara, al comienzo de cada torneo, debe hacerse pruebas para evaluar cuánta testosterona tiene en sangre. La formalización de esto se demoró, debido a la pandemia, hasta el 29 de septiembre de 2020, cuando se hizo oficial. Mara, luego de los meses de cuarentena, llevaba varias semanas entrenando con el equipo, teniendo contacto con eso que la alivia: la pelota. “Hoy soy oficialmente jugadora de la máxima categoría del fútbol argentino”, escribió aquel día en sus redes sociales.

Sin embargo, esa exigencia hormonal no es algo menor porque influye en el tratamiento hormonal que Mara realiza desde hace un par de años. Compaginar el requisito deportivo y los médicos puede derivar en variaciones de su estado de ánimo, reducción de masa muscular y fuerza, entre otros efectos. Como si la aspiración deportiva chocara con sus deseos personales.

Mara se realiza estudios hormonales cada tres o seis meses desde hace un par de años, guiada por una especialista médica, para evaluar sus niveles hormonales en sangre, las reacciones del tratamiento y los cambios físicos que se generan. Este proceso se ajusta o no para que sus niveles de testosterona no le impidan jugar y, a su vez, cuidar los porcentajes de otras hormonas que influyen en su desarrollo. 

Aunque se dedica al fútbol, no es su profesión: Mara aún no tiene contrato con el equipo, así como tantas otras jugadoras de la Primera División. Ya que vivir del juego siempre ha sido una posibilidad difuminada, desde hace tres años estudia Enfermería. Había empezado a estudiar Derecho pero se le hizo una carrera muy larga. En ese momento pensaba en tener un ingreso fijo, un seguro de vida, la posibilidad de independizarse. Con el tiempo, la enfermería se volvió una vocación: en menos de cuatro meses se graduará. 

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Fuera de las canchas ha trabajado de manera independiente haciendo manicuría y tratamientos capilares. Decidió aprender a hacerlos en 2015, con 18 años, luego de dejar currículos en distintos lugares y no recibir un llamado de vuelta. Así ha pagado guías de estudios o los colectivos que toma para ir a estudiar o entrenar.

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Esos viajes para ir a los entrenamientos le toman un par de horas de ida y otras más de vuelta. Así hizo el 6 de enero de 2020 para llegar al primer entrenamiento con Villa San Carlos, cuando aún no se había hecho el acuerdo con AFA, no tenía representante, comenzaba a hacer la transición entre el deporte amateur y el profesional, pasando de entrenar dos o tres veces por semana a hacerlo todos los días, y tampoco tenía la exposición mediática que vive desde entonces.

Por eso, el día siguiente después de ese primer entrenamiento, a punto de empezar a desayunar, se sorprendió al verse en la TV. Ese hecho, así como el homenaje del Club Atlético Lanús, equipo que le dio una camiseta con su nombre cuando debutó contra ellos, le confirma algo que dice: “La vida me demuestra que sí hay oportunidades”.