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Cómo vive un indígena millennial en la selva amazónica

«Alguna gente cree que los Quichuas no usan ropa ni entienden español. O que dormimos en hamacas y tenemos casa pequeñas. Y que no tenemos luz», me cuenta Jaime Calapucha de 25 de edad. «Ellos me dicen que han visto eso por Internet. ¿En serio? ¿Quién está dando esta información?»

Como casi todos las personas de 25 años, Calapucha tiene cuenta de Facebook e Instagram, está actualizado con lo que sucede en la cultura pop, disfruta tomarse uno que otro trago y sale de fiesta ocasionalmente a la ciudad más cercana. La diferencia es que ha vivido en la selva amazónica toda su vida. 

Calapucha hace parte de los Quichua (o Kechwa), un grupo indígena ubicado en algunas partes de Suramérica. Su pueblo, llamado Ahuano, tiene una población de casi 4.000 personas —la mayoría Quichwa— y se ha modernizado rápidamente en los últimos años. Todavía es un pueblo selvático: una gran parte de la población vive de la agricultura, lo que hace que los jóvenes naveguen por una línea difusa entre tecnología y cultura indígena.  


La cuenta de Instagram de Jaime. Imagen: Instagram

Cuando Calapucha era un niño, las calles de Ahuano no estaban pavimentadas y la gente se movía en barcas. No había electricidad y para conseguir agua, recogían agua de la lluvia. Ahora, debido más que todo al turismo, el pueblo está pavimentado y hay tuberías con agua potable. Hay carros en todas partes, cafeterías con Internet, un par de docenas de bares, discotecas y un nuevo colegio. Casi todas las familias tienen televisión de alta definición. Los proveedores de teléfonos celulares llegaron a principios del nuevo milenio y la electricidad hace una década. 

Desde que Calapucha tiene memoria, el turismo siempre ha sido la industria principal y una de las fuentes de ingreso más importantes para los habitantes. Hay varias cabañas ecológicas distribuidas a lo largo de la zona que le brindan hospedaje a turistas de todo el mundo. De hecho, Calapucha es un guía turístico y usa su trabajo para hablar de la importancia de proteger la cultura Ahuano y su selva. Yo lo conocí cuando visité Gaia, una cabaña ecológica en el pueblo. 

No todos los pueblos indígenas del Amazonas están tan conectados como Ahuano, que queda a 40 minutos en carro de Tena, la ciudad más cercana. Tribus como la Huaorani están ubicadas más adentro de la selva y, hasta el momento, permanecen prácticamente desconectadas.


El río Napo. Imagen: Clarissa Wei

El acceso a Internet no siempre significa mejor calidad de vida, pero a veces puede facilitar la información. La mayor dificultad de crecer en Ahuano no fue la falta de comodidades o la lenta introducción hacia ellas, me dijo Calapucha, sino el acceso a la educación. Puede meterse fácilmente a Facebook, pero tiene que viajar para conseguir un profesor. «Tenía que trabajar para poder seguir estudiando», dice. «Tenía que ir a la ciudad para aprender más». 

Aunque hubo un par de piedras en el camino, Calapucha terminó graduándose del colegio —un lujo que pocos en su familia tienen—. La mayoría de los niños en Ahuano no terminan el colegio y algunas entidades sin ánimo de lucro estiman que la mitad de los indígenas del Ecuador viven debajo de la línea de pobreza. Pero los tres café Internet que hay en el pueblo les han permitido hacer investigaciones o aprender idiomas sin tener un profesor cerca. 

Pero Internet no le puede enseñar a la gente joven algo que para Calapucha es esencial: el conocimiento indígena. Aunque la mayoría en Ahuano son católicos, el chamanismo todavía juega un rol importante en la comunidad. Gran parte de las comunidades Quichuas tienen por lo menos un chamán que es buscado para curar enfermedades y limpiar el aura. El chamán depende de la selva para conseguir plantas medicinales, como la infame ayahuasca, que se trata con mucho respeto y solo se usa para casos especiales. 


La selva tropical continúa perdiendo vegetación todos los años. Imagen: Clarissa Wei

La selva le da a los locales casi todo lo que necesitan. De hecho, Ahuano fue nombrado así por un árbol (Swietenia macrophylla) que los residentes usaban para construir sus casas. Pescan en los ríos cercanos y cazan animales salvajes como zorros, o roedores como  guatusa, capybara y tapir —un mamífero largo de pelo negro y corto que se parece a un cerdo—. Algunas familias todavía extraen oro de las minas.

Pero los locales no podrán vivir de la selva por siempre. En los últimos 40 años, cerca del 20% del Amazonas ha sido deforestado y seguirá forzando a las familias a dejar la agricultura como fuente de supervivencia. El cambio climático también está forzando a que la gente deje su estilo de vida rural porque cada vez hay menos lluvia para hidratar sus cultivos. Y al final del día, ni el medio ambiente ni el Internet podrán proteger la cultura heredada generación tras generación.

«Puedes tener una casa moderna y un computador, pero necesitas conservar tu cultura», dice Calapucha.

Este artículo fue publicado originalmente en Motherboard, nuestra plataforma de tecnología.

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