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Según los Presupuestos Generales del Estado, en 2017 La Casa de Su Majestad el Rey de España costará casi 8 millones de euros a los españoles, una cifra que se ha mantenido constante en los últimos años (ha aumentado ligeramente este año) y que representa solo la asignación directa de los presupuestos a la jefatura del estado. Indirectamente, la cosa nos cuesta bastante más, unos 50 millones según los cálculos más conservadores de algunos medios; pero ese es otro debate.
Volviendo al tema que nos ocupa, dentro de esa asignación de casi 8 millones, la Casa Real está obligada desde 2013, con la entrada en vigor de la Ley de Transparencia, a publicar muchos detalles de sus cuentas anuales, entre las que encontramos sus contratos y convenios con otras empresas y entidades. Revisando esos contratos, me fijé en que el más costoso era el destinado al «Servicio de máquinas expendedoras de alimentos sólidos, bebidas calientes y frías (importe máximo licitación para dos ejercicios). Pago según consumo efectuado».
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En total, 181.500 euros de dinero público que destinamos a máquinas expendedoras. Más que el alquiler de coches oficiales, caterings o los servicios de telefonía móvil, por ejemplo… ¿Pero qué carajo significa esto? En mi oficina, yo pago por lo que consumo en la máquina de bollos y refrigerios varios, la típica que se te traga el euro o no te tira el producto deseado y pateas con soberana rabia. Está claro que a mí nadie me paga, y menos el Estado, el café del desayuno o el bollo de la merienda. Ante la duda, decidí llamar a la Zarzuela para conocer los detalles de la relación entre las máquinas expendedoras y la casa de nuestros monarcas.
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