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Todos somos Cifuentes robando en el Eroski

Las cremitas no deberían ser el detonante de su dimisión de hoy.

Recuerdo robar, hace vergonzosamente no demasiado tiempo, cervezas y Twix en un supermercado 24 horas de la calle Astúries de Barcelona. Estaba bebido y ya no vendían cervezas porque eran más de las once de la noche, por lo que estaba justificado moralmente. Era un acto político. El Twix sí que lo vendían pasadas las once de la noche pero me apetecía y puestos a robar, pues qué diablos.

En el metro, intento colarme siempre que puedo. También me engaño a mí mismo diciendo que es una “acción política” contra “los cerdos de arriba”. Lo cierto es que prefiero gastarme esos 10 euros en bolsas de patatas o cómics.

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Cuando tenía 14 años, con el grupo de colegas del instituto, robábamos habitualmente en un par de tiendas. Una tienda de juguetes en la que vendían cartas de Magic y en una tienda de chuches que había sucumbido totalmente a nuestro imperio tiránico de hurtos. También teníamos un “conocido” que nos robaba cajas enteras de Warhammer 40.000; entraba en la tienda, cogía la caja y se largaba corriendo. Así de sencillo. El tipo tenía todas sus camisetas repletas de agujeros de chinas de porros. Le llamaban “El Mermelada” —solo Dios sabe por qué pero se decía que tenía algo que ver con un perro— y en esa época lo veíamos casi como un criminal, cuando, evidentemente, era un pringado como todos nosotros.

Lo que quiero decir con esto es que todos hemos robado alguna vez en la vida, ¿cierto?


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El caso es que esta bonita mañana de abril nos hemos levantado con una noticia difundida por OK Diario que ilusionará a más de uno. En ella se cubre el hurto de un par de cremas (de 21 euros cada una) en el Eroski del centro comercial Madrid Sur —cerca de la Asamblea de Madrid— por parte de una señora vestida de azul que, por lo que parece ser, podría ser Cristina Cifuentes. La del máster. Ella.

Esta incómoda situación —que todos, en mayor o menor medida, hemos vivido— sucedió el 4 de mayo de 2011, lo que significa que en ese momento Cifuentes era la número dos de la Asamblea de Madrid, cobrando unos 5.000 euros al mes. Y sí, eran cremas de solo 21 euros cada una.

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La dimisión de Cifuentes debería deberse a la pésima gestión que ha hecho con el asunto del máster y no diluirse con el robo de un par de cremitas

Sería recomendable vincular de alguna forma este vídeo con esa noticia de 2016 en la que se destapaba que la actual presidenta de la comunidad de Madrid fue espiada durante los meses previos a las elecciones autonómicas de 2015 con la intención de difundir el rumor de que era cleptómana.

Todos sabemos que el robar, muchas veces, va más allá de la barrera de la necesidad. A veces puede ser un acto revolucionario o una simple gestión de la economía doméstica; robar pan porque no tienes comida no es lo mismo que robar cubatas en las discotecas porque prefieres gastarte esa pasta en los tres tomos del Providence de Alan Moore.


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Además, está el placer de robar. Lejos de una supuesta cleptomanía, robar es un derecho universal. No solo es el flirteo con el mal —que siempre es positivo para comprenderse a uno mismo como persona— si no que es una montaña rusa de sensaciones corporales, tanto fisiológicas como mentales. Los nervios, el sudor, el abismo que se cierne ante ti al cruzar la puerta del comercio coronada por esos sistemas de alarma con etiquetado antihurto, temiendo hasta el último momento ese pitido que te delataría.

Cifuentes tiene tanto derecho como nosotros a robarse unas cremitas, joder. Lo que no debemos hacer es vincular el robo de unas cremas de 21 euros con el asuntillo del máster ni con la demencial corrupción del Partido Popular (y bueno, de casi todos los partidos políticos españoles), estableciendo una especie de patrón de actuación en el que un crimen menor se vincula con crímenes que han ayudado a destruir este país. Sería como vincular un chiste en Twitter con un acto terrorista, ¿no?

La dimisión de Cifuentes debería deberse a la pésima gestión que ha hecho con el asunto del máster y no diluirse con el robo de un par de cremitas.

En fin, que nos dejen robar cosillas en paz sin hacer un maldito drama, que es algo totalmente humano; lo llevamos haciendo desde que robábamos frutas a los árboles en el Paleolítico hasta ahora, que a la que podemos le robamos el Wi-Fi a cualquier comercio.