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Caguamas, pan de muerto y una ciudad de comida chatarra: fotos de tatuajes gastronómicos

"Don Caldos apodaban a mi abuelo, por eso me tatué una olla".

por Jorge Damián Méndez Lozano
21 Noviembre 2017, 8:00pm

Las razones para tatuarse son innumerables, como infinitas las imágenes y figuras para tal fin. En esta ocasión platicamos con algunas personas que decidieron inscribirse en la piel algún elemento de la cocina y la gastronomía ―un concepto más amplio que implica las formas de producción, elaboración y consumo de alimentos de una cultura situada en un medio ambiente particular―, para conocer los porqués, las historias y los significados que llevan guardados en tinta bajo la piel, en una especie de proyección y reflejo de su ser interior.

Tonella, músico

Me tatué una zanahoria porque soy vegetariano y mi perro es fanático de las zanahorias. Si algo podría comer durante toda mi vida son papas; hasta me podría tatuar una. Lo que jamás comería son tacos de cabeza de res, menos me tatuaría una ¿Por qué? Porque el reino animal como alimento lo considero extremadamente primitivo, visceral y agresivo.

Javier, instructor de yoga

Desde los 18 años se me ocurrió la idea de tatuarme una ciudad de comida. Recolecté ideas con diferentes amigos y cuando tuve varias opciones fui con el tatuador, y como él es gringo, terminó utilizando comida chatarra estadounidense. Ahora no como nada de la comida que tengo tatuada, pero queda el recuerdo. Me encanta comer de todo, menos el yogur: la consistencia, el olor, y el sabor no me gustan para nada. Tampoco los productos de origen animal por todo ese proceso que atraviesa hasta llegar a mi plato. Aparte en la práctica del yoga me hace más ligero no consumirlos.

Cagua, empleado de hotel

El tatuaje de una caguama atravesada por una espada viene de mi apodo: Cagua. Cuando entré a primer semestre de preparatoria se burlaban de mí porque me parecía al diputado-boxeador Jorge Kahwagi. En quinto semestre el apodo cambió a caguamero; siempre me emborrachaba con caguamas de cerveza. Ahora soy más mariguano que borracho y por eso mi apodo evolucionó a, Cagua Bonga. Aunque la idea del tatuaje vino de mi novia. Ella se tatuó una caguama en la cadera al mes de conocerme y la etiqueta dice BONGA; cuando lo vi me emocioné; está muy perro que alguien se tatué en su cuerpo algo relacionado conmigo.

Miguel Alfredo, administrador de una galería-restaurante

Albahaca, romero, cilantro, cebolla morada, ajo, chiles, flor de calabaza y un cuchillo santoku ―de origen japonés, su nombre se traduce como tres virtudes―, todo eso es lo que actualmente utilizo en mi cocina todos los días; sigue una zanahoria para darle color, una flor de jamaica y un pulpo, hasta llenar todo el brazo.

Kenia, diseñadora gráfica

La sandía tatuada en la pierna es porque me gusta mucho su sabor, y de paso es un homenaje a la obra, Viva la vida, de Frida Kahlo. La piña se trata de mi vida amorosa. Mi inspiración es la frase: Piña para la niña. La cereza hace referencia a una frase del tatuador, Sailor Jerry, que dice: In memory of my cherry [En recuerdo de mi cereza, donde cereza hace alusión a la virginidad de una mujer]. La fresa es una referencia al sagrado corazón de María. Tomé las frutas porque me parecen coloridas, alegres, llamativas y porque me encantan los postres. Nunca me tatuaría una almeja; visualmente me parecen desagradables.

Miguel, cocinero

El cerdo me lo tatué porque es la proteína que más me gusta; combina con todos los sabores: dulce, agridulce, salado. La calavera atravesada y los cuchillos me los tatué porque la calavera significa cocinar hasta morir y los cuchillos son mis herramientas de trabajo.

Javier, cocinero

Me dedico a cocinar porque soy un hombre de pocas palabras. No me gusta mucho hablar ni tener que interactuar por eso prefiero estar encerrado en la cocina. Mis tatuajes son los elementos que utilizo: mi cuchillo, atrás de la oreja me tatué un chile y un pez atún que es uno de mis favoritos. Eso es todo.

Héctor, administrador de alimentos y chef

El cuchillo santoku que tengo tatuado lleva las iniciales del nombre de mi hijo; yo estaba trabajando en Tulum y pensaba mucho en él por la distancia que nos separaba. El daiquirí me lo hice en Nueva York junto con una novia bartender, un día de brujas que estaban los tatuajes a 50 dólares. El pulpo porque es mi marisco favorito, me encanta su sabor. El cerdo tiene una doble intención, porque es a la vez el cerdo de Pink Floyd, pero también es un homenaje a la carne de cerdo que me gusta un chingo, sobre todo las carnitas y la cochinita pibil. El ajo y la cebolla me las tatué porque considero que son la base en cualquier receta; me encanta el sabor que logra en caldos, estofados y salsas. En el caso del pargo, porque fue el primer pez que me llevaron a filetear en un restaurante donde trabajé en la Riviera Maya.

Aarón Mora, conductor y cocinero de un food truck

Mi tatuaje es simple, son cosas que me fascinan: el fuego, la cocina al carbón y el cerdo, ingrediente principal que manejo en mi cocina móvil de pork foodies. Para mí esto es la base del sabor y de la realización de mi cocina.

Karen, artesana

Mis tatuajes son parte de una colección, gusto y honor a México que suele avivarse mucho en su naturaleza y la manera que la utilizamos para crear alimentos y artesanía. No sé, si tuviera que decir algo sobre el trabajo de Miguel (mi tatuador), si fuera así podríamos agregar que, junto con Miguel he logrado que esas visiones se vuelvan algo muy significativo en la piel.

Raquel, nutrióloga

El vino tinto es mi bebida favorita desde que tengo 19 años; tengo 30. No soy alcohólica pero diariamente me bebo una copa por las tardes. Ninguna bebida me produce tanta excitación y goce estético. Decidí que fuera una copa porque me parece un objeto delicado y sensual. Soy una persona muy delgada y quería que mi primer tatuaje fuera de acuerdo a mi figura.

Selene, diseñadora de modas

Tengo cinco hermanos y cuando éramos niños, mi abuelito nos cuidaba y nos hacía de comer porque mi mamá trabajaba. Conforme fuimos creciendo iban a casa nuestros amigos y cada vez éramos más, sin contar a los de la calle que nada más iban porque sí. Mi abuelito para no hacer menos a nadie empezó a hacer caldos cada mañana para que todos pudieran comer. Entonces todo mundo empezó a llamarlo Don Caldos. Cuando mis hermanos y yo nos mudamos de casa, él siguió levantándose a las cinco de la mañana a cortar verdura y hacer un caldo para quien quisiera; así hasta el día que murió. Cuando te daba un caldo decía: "Solamente dos tortillas, porque somos un chingo".

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