El porno interracial revela la inseguridad del hombre blanco
Foto ilustración de Lia Kantrowitz
Porno

El porno interracial revela la inseguridad del hombre blanco

El 'cuckold' consiste en escenas en las que un hombre negro practica sexo con la mujer de un blanco y constituye la amenaza definitiva a la hombría y la pureza racial del hombre blanco y está cargado de connotaciones racistas.
07 Septiembre 2018, 3:45am

Este artículo se publicó originalmente en Broadly.

En julio de 2017, el director James Camp presuntamente preguntó en dos ocasiones al actor porno Moe the Monster si consentiría que su pareja de escena, la actriz que se hace llamar Ryan Conner, lo llamara “negrata” (nigger, una palabra con fuertes connotaciones peyorativas en inglés) de forma despectiva, según se indica en la demanda que posteriormente interpuso Moe. Al parecer, Camp le dijo que a los fans les gusta que se use la palabra en las escenas y que Conner no tenía inconveniente en decirla.

Moe asegura que se negó a ello las dos veces que Camp se lo propuso.

Pese a ello, en un vídeo alojado en el sitio porno Dogfart.com, se puede oír a Conner -de quien Moe asegura que estuvo presente durante ambas conversaciones- claramente decir, durante la escena de la eyaculación: “ Give me that nigger load. Give me all of that nigger cum” (Échame esa lefa de negrata, dámela toda).

En mayo, Moe demandó a Camp y a DF Productions Inc., la empresa responsable de la producción y la difusión del vídeo, por fraude, negligencia y acoso racial. “He grabado más de 50 escenas para esa empresa”, declaró Moe a New York Daily News. “Durante mucho tiempo, he sido uno de sus actores más valorados. Yo siempre hablo públicamente del racismo, por lo que me parece un insulto que llegaran a pedirme algo así y que luego lo hicieran sin mi consentimiento. Eso duele, da la sensación de que estaba todo preparado”.

Dogfart Network, de DF Productions, está especializado en porno “interracial”, término que, según la definición de la propia industria, implica sexo entre un negro y una blanca y que, además, suele presentar al primero con estereotipos raciales. En la demanda, Moe califica a DF Productions de empresa que “dirige su contenido a público racista, al que incita a pagar dinero a cambio del derecho a ver películas pornográficas racistas”.

Ni DF Productions ni Conner respondieron a nuestras peticiones para hacer declaraciones, y no fue posible contactar con James Camp.

Si las alegaciones de Moe son ciertas, lo ocurrido no solo representa una violación de su consentimiento sexual, sino que es un claro ejemplo de la forma en que se ha instrumentalizado el porno hasta convertirlo en un espacio socialmente aceptado en el que personas blancas proyectan y recrean sus fantasías sobre cuerpos negros, con las implicaciones que ello tiene.

El porno se mueve en un dominio en el que no rigen las clásicas ideas de la decencia. Un dominio en el que, amparados por el consenso mutuo, tienen cabida comportamientos que de otro modo se considerarían “inaceptables” (el sadomasoquismo y otros fetiches, usar insultos, etc.), justificados en nombre de la positividad sexual y la misteriosamente perversa naturaleza del deseo y la atracción sexual. Puesto que los fetiches suelen originarse en nuestras inseguridades, miedos e incluso traumas más profundos, se impone una necesaria y útil lógica basada en la ausencia de juicios y que implica que nada está fuera de los límites para creadores, actores y actrices y consumidores.

La supuesta violación del consentimiento de Moe revela el peligro de crear un vacío ajeno a la politización y la desaprobación. Demuestra lo fácil que es acabar con ese espacio que media entre la actuación sexual ficticia y la agresión racista “real” y nos recuerda que el porno no puede ni debe medirse con un rasero distinto al de otras producciones culturales o de nuestro imaginario racial genérico. Al contrario, estos espacios están íntimamente ligados y se alimentan constantemente unos de otros.

El término cuckold hace referencia a un género en que el hombre observa cómo su mujer practica sexo con otro hombre

El vídeo de Moe y Conner se publicó como parte del canal Cuckold Sessions de Dogfart, que -cabe destacar- parece ir específicamente dirigido a hombres blancos. La descripción del canal reza: “¿Qué haces cuando no puedes satisfacer a tu mujer como es debido? ¡Pues llamar a un semental negro con una polla de 27 cm para que se la folle mientras miras!”.

En porno, el término cuckold hace referencia a un género en que el hombre observa cómo su mujer practica sexo con otro hombre. El sexo interracial al estilo Dogfart lleva el género a un terreno más siniestro, rayando en la violación, con escenas en las que suele haber varios hombres negros y una sola mujer blanca. El sexo se produce de múltiples formas y las mujeres blancas de las escenas interpretan personajes distintos. Algunas son “conejitas” ridículas y caricaturescas cuyo apetito por los hombres negros parece insaciable. Otras encarnan al clásico personaje sexual, con ojos enormes y aspecto virginal, y el resto está a caballo entre ambos estereotipos.

El género del cuckolding interracial aviva el tópico de que hay cierto componente de atracción sexual, ya sea reconocido abiertamente o no, en el desprecio racial. Y en estas escenas, plagadas de tipos negros con pinta de pandilleros, dejan claro que la atracción no es meramente sexual, sino un fetiche que evoca los tópicos históricos racistas que implican la contemplación contenida del poderío sexual del hombre negro que el hombre blanco desprecia, teme y envidia a la vez.

La célebre actriz de porno independiente Stoya me dijo que, como mujer blanca, se niega a participar en vídeos “interraciales” por lo “claramente absurdo” del hecho de que la pornografía refuerce las categorías raciales binarias, el blanco / negro. Asimismo, denuncia que sean las productoras, en lugar de las actrices y los actores, las que creen el contexto en que se dará la interacción sexual en estas escenas.

El sexo interracial lleva el género a un terreno más siniestro, rayando en la violación, con escenas en las que suele haber varios hombres negros y una sola mujer blanca

Stoya recuerda una experiencia durante la grabación de una escena con un compañero no blanco: “La productora presentaba al actor más como un dato demográfico que como a una persona, y me sentí sucia por acceder a ser cómplice de aquello. Todo fue relativamente sutil, pero en la portada del vídeo aparecía yo en una posición pasiva y él cerniéndose sobre mí… Soy muy consciente de que se graban escenas mucho más problemáticas, pero da igual, no me gusta hacer así las cosas. Ahora solo trabajo con actores de color cuando la productora está dispuesta a renunciar a la etiqueta, lo cual significa casi nunca, a excepción de lo que yo misma produzco”.

Mi entrevista por email con Tyler Knight, exactor porno negro y autor de Burn My Shadow: A Selective Memory of an X-Rated Life, sirvió para corroborar que, en el porno comercial, los actores suelen acabar encasillados en la rigidez de esas dinámicas raciales. Según Knight, el 95 por ciento de las cerca de 1.000 escenas que ha grabado son “interraciales”; también afirma que ha llegado a “pasar más de un año sin ver a otra persona negra en el plató”. Para él, esta intermitencia de racismo en la pantalla se debe en parte a que hay actrices no negras que cobran “más de su tarifa habitual por trabajar con un actor negro”, una prima que se conoce como la “tasa interracial”. “Es un dinero extra que simplemente cobran porque su compañero de rodaje sea negro”, señala Knight.

En una entrevista de 2016, la experta en porno Mireille Miller Young describió esa tasa como un pago “para contrarrestar una posible devaluación de las actrices blancas por participar en porno interracial o porque dicen que los negros tienen un tamaño de pene que requiere más trabajo por su parte”. Una conocida mía blanca con experiencia en la industria me dijo que, durante la época en la que hacía películas, podría haber cobrado el doble de su tarifa habitual por escena si su compañero era negro, y aun más si era sexo anal. También cree que hay un doble rasero: “En cambio, las actrices negras no pueden cobrar el doble por trabajar con hombres blancos”.

En el porno comercial, los actores suelen acabar encasillados en la rigidez de esas dinámicas raciales

Como era de esperar, esta discriminación en el porno se traspasa también a la vida real: el hecho de que se pueda producir contenido dirigido a satisfacer las fantasías sexuales y racistas del hombre blanco no solo contribuye a engrosar el imaginario en perjuicio de los negros, sino que provoca que la industria se estructure de tal modo que niega a actores y actrices negros la oportunidad de disfrutar de una igualdad salarial. Se produce así una intersección de la economía moral de la pureza de la raza blanca, la economía material de la desigualdad salarial por razón de género y raza y la economía sexual de la violencia y la producción racial, según la cual la creación y preservación de la raza se ha representado históricamente a través de la sexualización de la violencia y la humillación de las personas negras y de las aseveraciones de dominación de los blancos.

¿Qué disonancia esconde la psicosexualidad del hombre blanco que hace que sienta a la vez terror y desprecio hacia la monstruosa masculinidad negra y también deseo y envidia ante el espectáculo sexual de un enorme falo negro penetrando violentamente a una mujer blanca?

Si tenemos en cuenta que los fetiches a menudo se originan en nuestras mayores inseguridades, es más fácil entender la existencia de un género de porno como el cuckold interracial. Según la lógica de la pureza racial del hombre blanco, una escena entre un negro y una blanca constituye una de las mayores amenazas contra la raza, la neutralización definitiva de la masculinidad blanca.

Un informe de 2016 realizado por el experto Jimmy Johnson revela un prejuicio inherente contra las personas blancas en la categoría de porno “interracial” al yuxtaponer la “regla de una sola gota” con la idea de que, mediante esta interacción sexual tabú y convertida fetiche, los negros “ennegrecen” a las mujeres blancas a las que penetran y acaban con su pureza racial con ese acto de mestizaje.

En 2017, según el análisis anual de Pornhub, las visitas del cuckold, como género / categoría (con composiciones raciales variadas), aumentaron un 72 por ciento. Puede que no sea sorprendente si tenemos en cuenta el reciente auge de la derecha alternativa, que ha vuelto a poner de moda la palabra del siglo XIII cuck (utilizada originalmente para describir la forma en que los cucos hacían como que ponían los huevos en los nidos de otras aves) para usarla contra los conservadores (“cuckservatives”) y otros blancos a los que consideran “ castrados” o traidores. La utilización del término por parte de la derecha alternativa aclara la razón aún más física que subyace al reciente resurgimiento popular del género: la creciente pérdida de poder y marginalización de la hombría y masculinidad de los blancos.

Desde su punto de vista, son estas amenazas –las de los negros– las que se han empleado históricamente para justificar la violencia y el terror de las comunidades negras. El cuckolding interracial es la proyección psicosexual de los miedos de un genocidio blanco mitológico y una caída en la tasa de natalidad blanca también presente en los cantos de los nacionalistas blancos como " You will not replace us!” (“¡No nos vais a sustituir!”), oído en la marcha con antorchas de la derecha alternativa en Charlottesville en agosto de 2017, y en el eslogan de los supremacistas blancos conocido como Las 14 Palabras: “ We must secure the existence of our people and a future for white children” (“Debemos asegurar la existencia de nuestra gente y un futuro para los niños blancos”).

El mercado especializado en vídeos racista de cuckolding existe porque las empresas hambrientas de producción están deseando explotar todas las formas de demanda del consumidor

Como Knight me escribió: “Si el racismo está confeccionado con la tela de la sociedad estadounidense, entonces son la urdimbre y la trama de las amenazas las que constituyen el porno”.

Igualmente, Stoya describió la pornografía como “una cara de la realimentación, y la otra son los clientes” y añade que nuestra reacción al porno es un “reflejo de nuestra sexualidad colectiva” y una “manifestación de un asunto social más grande”.

Todo el mercado especializado en vídeos racistas de cuckolding existe porque las empresas hambrientas de producción están deseando explotar todas las formas de demanda del consumidor, incluso las que no son neutras o que puedan ser dañinas). De hecho, la demanda suele ser lo contrario a neutral, ya que es un reflejo de la socialización cargada de valor de lo que es deseable, en cuyo caso incluye las “preferencias” raciales y la sexualización racista así como nuestro entendimiento del sexo como el sitio en el que se pueden actualizar la aspiración por el poder, ya sea reducido al fetiche y al papel sexual o más allá. Por esa razón, los mensajes racistas de fondo (y los explícitos) que están presentes en parte de la industria del porno son lamentablemente inevitables.

Los antinegros no solo están por todas partes, sino que son uno de los ejes de la actualidad social, política y económica de Estados Unidos. Si no nos enfrentamos adecuadamente a esta congregación, nunca habrá una industria del porno (o cualquier industria) establecida que no reproduzca esta violencia de manera deliberada.