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¿Cuándo se convierte en enfermedad mental soñar despierto obsesivamente?

Las personas que padecen trastorno de ensoñación inadaptada pasan innumerables horas inmersas en vívidas y complejas fantasías.

por Rebecca Kamm
27 Febrero 2017, 9:00am

Illustrations by Ben Thomson

Andrea lo hace durante tres horas todos los días, balanceándose de un lado a otro sobre su cama al ritmo de la música. Le hace sentir "segura, cálida, emocionada, feliz, satisfecha y equilibrada", pero también sospecha que es el motivo por el que nunca se ha casado. Es detective de policía. Se sentiría horrorizada si alguien se enterara.

Las sesiones de Bill pueden durar hasta ocho horas. Este gerente de planta lo hace en la oscuridad de su habitación o durante largos paseos solitarios mientras escucha la misma playlist en bucle. Una vez caminó durante cinco horas seguidas sin darse cuenta y cuando finalmente paró miró hacia abajo y vio que le sangraban los talones.

Para Julia, tener trabajo es impensable porque "hay desencadenantes por todas partes". En lugar de ello ríe, llora, canta, habla en voz alta y después reaparece de entre la niebla horas más tarde, totalmente agotada. Consume hasta el setenta por ciento de su tiempo. Cree que quizá sus amigos podrían haberse dado cuenta de que algo está pasando.

Mi lógica retorcida es, ¿por qué vivir la vida si puedo soñar una mucho mejor?

En 2002, el Dr. Eli Somer, profesor de psicología clínica en la Universidad de Haifa, en Israel, se dio cuenta de que seis de las 24 víctimas de abusos infantiles a las que estaba tratando en aquel momento "aludían ocasionalmente a esta secreta vida de fantasía interna que vivían".

Y no se trataba de las divagaciones mentales que todos tenemos todos los días. Eran guiones híper reales, milimétricamente detallados, que se representaban entre las paredes de su mente durante una gran parte de sus horas de vigilia. Soñaban con versiones idealizadas de sí mismos. Con amistades profundas, fama, romances, rescates y escapadas. Actores y cantantes famosos poblaban sus paisajes de ensoñación.

Realizaban movimientos repetitivos como caminar, mecerse, girar o lanzar una pelota al aire. Y escuchaban música con una alta carga emocional porque, según explicaban, les ayudaba a desencadenar y prolongar sus historias favoritas.

Lo que preocupaba a Somer no era la intensidad de la actividad o el tiempo que dedicaban a ella. "La mayoría de la gente sueña despierta", nos dice desde su consulta en Haifa. "Es un fenómeno normal que, como cualquier otro fenómeno psiquiátrico, se distribuye a lo largo de un espectro que va de lo normal a lo anómalo". Y sus pacientes no mostraban síntoma alguno de psicosis o esquizofrenia: incluso en medio de su ensoñación sabían que no era real.

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Somer estaba preocupado porque sus pacientes decían que no podían parar de soñar despiertos. Afirmaban que eran adictos. Y, como pasa con cualquier adicción, su capacidad diaria de funcionar con normalidad se resentía. Los amigos, la carrera profesional, el amor... incluso si habían conseguido armar algo que se asemejara a una vida, todo quedaba en un segundo plano. Nada podía compararse a su mundo interior.

Desconcertado, incluyó sus descubrimientos en un ensayo de investigación en el que se refirió a este comportamiento como "Ensoñación Inadaptada" (EI) y lo describió como "amplia actividad fantasiosa que sustituye la interacción humana y/o interfiere con el funcionamiento académico, interpersonal o profesional". Pero nadie dentro de la comunidad científica le hizo caso, así que lo dejó estar.

Pero entonces llegó la avalancha de emails.

"Habían buscado 'fantasías intensas' y otras palabras clave en Google y habían encontrado mi breve artículo", afirma Somer, todavía asombrado. "Me vi inundado con cientos y cientos de emails de todos los rincones del mundo que me suplicaban: 'Por favor, ayúdeme. He ido al médico, he ido al psicólogo, pero nadie me hace caso. Por favor, ayúdeme'".

El Dr. Eli Somer: "Me vi inundado"


Seis horas al día. El día entero si está sola. Pillarse un ciego con la "droga de la ensoñación" es demasiado fácil cuando tú mismo eres el yonqui y el camello a la vez, dice Natalie Switala, de 26 años de edad. "Mi lógica retorcida es, ¿por qué vivir la vida si puedo soñar una mucho mejor? Nunca he sentido ganas de viajar. Incluso subir a lo alto de la Torre Eiffel es un millón de veces mejor en mi cabeza".

Esta estudiante de Canberra, Australia, se preguntó durante años qué era lo que le pasaba. Entonces encontró el ensayo de Somer online y "todo cambió".

Estos días busca consuelo en Wild Minds Network, un sitio web de apoyo con 5.500 usuarios que se autodenominan "MDers" (por las siglas de "Maladaptive Daydreamers", es decir, "Ensoñadores Inadaptados" en inglés). "Pasé años sintiéndome sola y asustada, como si fuera la única persona en el planeta que estuviera pasando por aquello", puede leerse en el texto de bienvenida. "Me sentía completamente avergonzada y asustada de que alguien pudiera descubrirlo. Es el momento de acabar con eso. No somos bichos raros".

La amplia comunidad online de "MDers" es una muestra del poder que tiene acuñar un término médico en la era de internet. Existen grupos en Yahoo y Facebook, subreddits, foros de salud, blogs personales y vídeos en YouTube. Página tras página repleta de farragosos discursos y frenéticas preguntas:

"¿Alguna vez os lo saltáis?", "¿Tiene que ser en la oscuridad?", "¿Vuestros amigos lo saben?".

Puede haber varias vías por las que el cerebro llega a la EI, según Somer. Una de ellas es el trastorno obsesivo compulsivo (TOC), ya que muchos "MDers" se quejan de sentir "la necesidad de perfeccionar la situación y la fantasía y de repetirla y reanudarla y desarrollarla cada vez más y más".

Si trato de detenerlo, noto como si mi cuerpo se resintiera, me encuentro enferma y tengo vómitos y migrañas

En el caso del 25 por ciento de "MDers" que habían recibido abusos o maltrato cuando eran niños, la EI podría empezar no como un TOC sino como un poderoso mecanismo de defensa durante la infancia. Los pacientes de Somer recuerdan haber soñado una "familia alternativa mejor que la suya" cuando eran niños como forma de escapar a su dolor.

Otro motivo podría ser el Trastorno de Movimientos Estereotípicos, un trastorno de la infancia que aparece en Manual de Estadística y Diagnóstico de Trastornos Mentales (DSM, por sus siglas en inglés). "Caminan en círculos", explica, "y dan palmadas con las manos. Cuando les preguntas qué están haciendo todos responden: 'Estoy inventando historias', o 'Estoy imaginando'. Creo que es el precursor infantil de la EI".

Cerrando perfectamente el círculo, Somer y su equipo están ahora recogiendo los frutos que sembraron para su investigación, que todavía sigue en marcha. Su informe más reciente incluyó a 447 encuestados de 45 países diferentes. El soñador más joven tenía 13 años y el más mayor 78. "Imagina una serie de televisión que se mantiene en antena durante 30 años", afirmó el participante número 221. "Piensa en todas las experiencias que habrás visto vivir a sus protagonistas. Eso es lo que lleva haciendo mi miente a lo largo de los últimos 30 años".

La investigación está todavía en su fase embrionaria, según Somer, pero ahora ya saben que el trauma infantil no es necesariamente un precursor (aunque en torno a un cuarto de los MDers sufrió abusos en su niñez). En lugar de ello, "la gente probablemente nace con la capacidad de soñar despierta de forma absorbente y vívida". Unos pocos de ellos encuentran que prefieren su mundo de ensueño a la vida real y son incapaces de resistir la atracción.

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La necesidad de soñar despierto parece estar enganchada a una rueda que no deja de girar, explica Natalie, cuyas ensoñaciones se ven desencadenadas por cualquier cosa: una canción, un anuncio de la tele, o incluso ver ropa en una revista. "Inmediatamente me imagino a mí misma llevando esa ropa y creo una historia a su alrededor".

"Hay una abrumadora pérdida de control", afirma, "y después de tener el subidón, te estrellas contra el suelo. Si trato de detenerlo, noto como si mi cuerpo se resintiera, me encuentro enferma y tengo vómitos y migrañas". Natalie escribió sobre el tema este año para un boletín local de noticias sobre salud mental y se siente feliz de haber empleado su nombre real porque desea normalizar la EI, "para que otros que sufren en silencio puedan encontrar ayuda".

"Quiero poder salir de internet y lanzarme a la calle".

No todos los "MDers" desean abandonar su hábito. Algunos se imaginan abandonando la cálida crisálida de su mundo interior para siempre y se sienten aterrados.

"Paso casi cada segundo del día haciéndolo", escribe el redditor SaveItForARainyDay17, que afirma que no se dio cuenta hasta hace poco de que lo que hacía incluso tenía un nombre científico. "Sin esto, probablemente habría intentado suicidarme. Algunas personas consumen drogas, beben o juegan para escapar, pero yo tengo este mundo".

La EI es un ejercicio de compensación, afirma Somer. "Tomemos como ejemplo las personas que son extremadamente tímidas e introvertidas, o que sufren de ansiedad social. Pueden encontrar un gran consuelo imaginándose a sí mismas rodeadas de estrellas del pop o del rock, o siendo famosas ellas mismas".

Las víctimas de abusos con frecuencia sueñan que son superhéroes que vuelan a través de la noche para rescatar a niños infelices. A veces son ellos los rescatados. Las víctimas masculinas de abusos tienden a tener las ensoñaciones más violentas. "Inician guerras, luchan con espadas o bombardean a sus enemigos".

Natalie fantasea con ser famosa y hacerse amiga de las celebridades. Todo gira en torno a la conexión, según ella. Y a menudo también hay una sensación de "damisela en peligro": "Un hombre viene a salvarme y todo se vuelve mejor en mi vida". A veces la fantasía gira en torno a su propia muerte y rompe a llorar.

Es común que los "MDers" aderecen sus ensoñaciones con tragedias, indica Somer. "Mi teoría es que se trata de una tristeza interior que les resulta demasiado difícil de articular, de modo que imaginan que sucede algo doloroso. Pero ellos saben que pueden regular la intensidad de ese dolor".

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Natalie sufrió abusos sexuales cuando era adolescente. Su padre no estaba mucho en casa, explica. "Creo que todas mis ensoñaciones acerca de que un hombre me ama podrían tener su origen en necesidades emocionales no satisfechas".

Hay un adorable novio (en la vida real) que sabe lo de sus ensoñaciones, pero no hablan mucho del tema porque sus sesiones tienden a comenzar después de que él haya salido de casa para ir a trabajar. Esta mañana, explica Natalie, estaba sentada en la cama rodeada de amigos. Algunos eran familiares pero otros no. "Siempre hay un chico o alguien a quien quiero impresionar sentado justo frente a mí", afirma.

"Imaginé que ponía la canción 'Born To Die' de Lana Del Rey y la música empezó a sonar. O sea, realmente estaba sonando en mi ensoñación. Entonces empecé a cantar y había gente a mi alrededor tocando instrumentos".

Algunos "MDers" utilizan la música como telón de fondo emocional, como la banda sonora de una película. Otros, como Natalie, verbalizan o cantan la letra como si ellos fueran la estrella de un vídeo musical. "Es como si las estuviera escribiendo yo misma en ese instante", indica. "Puedo notar el dolor que desprenden". Y también ríe y charla mientras sueña despierta. "No es sobre nada importante, en realidad, simplemente cosas cotidianas de las que hablo con grupos de amigos que imagino".

"Las cosas que digo y el modo en que actúo es como me gustaría ser en realidad".


La meta a largo plazo de Somer es que la ensoñación inadaptada se reconozca formalmente como trastorno psiquiátrico en el DSM, que es empleado por médicos de todo el mundo para diagnosticar y tratar a los pacientes con enfermedades mentales.

"De ese modo los profesionales de la salud podrían diagnosticar este trastorno correctamente", dice. "Como resultado, los médicos dedicarían más esfuerzos a explorar posibles tratamientos". También abriría las puertas a las becas de investigación, que rara vez se destinan a trastornos no reconocidos oficialmente.

Pero conseguir que un nuevo trastorno entre en el DSM, que está controlado por la Asociación Norteamericana de Psiquiatría, es una ciencia en última instancia subjetiva. Incluso el Instituto Nacional Norteamericano de Salud Mental, la más importante agencia financiadora de investigaciones sobre salud mental del mundo, ha denunciado que el proceso de categorización que emplean está "basado en un consenso" en lugar de en " mediciones objetivas dentro de un laboratorio".

El mayor obstáculo en el camino de Somer es la postura de quienes le critican, que le acusan de cometer uno de los pecados capitales de la medicina: la patologización de las actividades mentales normales. El Dr. Eric Klinger, profesor en la Universidad de Minnesota que estudia la relación entre la tendencia a fantasear y la psicopatología, está de acuerdo con que lo que ha identificado Somer podría describirse como "determinado tipo de afección" que "merece la atención de la comunidad clínica".

Sin embargo, afirma: "No me gustaría ver cómo creamos otra dudosa categoría para las ensoñaciones porque un individuo las considera como inadaptadas".

La palabra clave aquí es "considerar". Soñar despierto es probablemente algo universal entre los humanos con cerebros intactos, explica Klinger. Consume hasta la mitad de nuestra actividad mental, está compuesto de más de 2.000 "segmentos" cada día y normalmente está relacionado con una meta personal, tanto si llegamos a lograrla como si no. Si se sigue a partir de eso, simplemente sucede que algunas personas se entregan a esa actividad más que otras. Y algunas de las personas de esa subcategoría desearían no hacerlo. Es ahí donde llega el término "inadaptada".

Eso no lo convierte en un trastorno único, según Klinger, quien también apunta a la frecuente superposición de esta afección con otros trastornos psiquiátricos como depresión profunda y TOC.

Pero no todos los soñadores compulsivos están deprimidos o sufren de TOC, afirma Somer. Y n o todas las personas con depresión o TOC tienen fantasías vívidas e incontrolables. "Así que esta es una característica extremadamente única que justifica su distinción como trastorno.

"Y es un trastorno".

*Algunos nombres se han cambiado para proteger el anonimato.


Este artículo fue publicado originalmente en The Wireless.

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