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Breve historia de los hooligans usando armas en sus peleas

Durante una reyerta entre los ultras del Everton y los del Millwall, uno de ellos recibió una cuchillada en la cara desde la oreja hasta la boca

por Nick Chester; traducido por Julia Carbonell Galindo
08 Febrero 2019, 4:00am

Un hombre que llevaba una camiseta con el logo de los Chelsea Headhunters, la banda del club. Foto: 67photo / Alamy Stock Photo

En el último encuentro entre el Everton y Millwall se desató una pelea masiva entre sus seguidores. Puede que ya hayas visto a Jay Burns, el forofo del Everton que recibió una puñalada en la cara, desde la oreja hasta la boca. Puede que también hayas visto a la ganadora de The Apprentice ofrecerse a tratarle gratis en su clínica, algo que se volvió en su contra, ya que empezaron a acusarla de utilizar la desfiguración facial de un hombre para darse autobombo. En cualquier caso, la pelea llevó a un agente de policía veterano a comentar que este era “uno de los momentos más violentos que se habían visto en el mundo del fútbol”.

Seguro que muchos otros estaban de acuerdo: la imagen que se suele tener del hooligan es la de un hombre de mediana edad borracho peleándose con alguien en la puerta de un pub, no la de delincuentes de la era victoriana que intentan rajarse la cara unos a otros con navajas Stanley. Por desgracia, en realidad son una mezcla de ambas cosas.

Los ultras del fútbol llevan utilizando armas desde finales de los 60. Entonces, cuando empezaron a restringir con qué se podía acceder a un estadio, crearon el “Millwall brick”, un arma improvisada hecha con periódicos enrollados de forma muy compacta. Los cuchillos también empezaron a aparecer en las gradas por aquella época; los cortamoquetas eran los preferidos entre los ultras del Liverpool. Escribí unas cuantas autobiografías en nombre de varios hooligans entre 2010 y 2014 y un tío de Scouse algo mayor al que me presentaron contaba que esas armas podían “atravesar la nariz y los labios de una persona al instante”.

Las armas blancas más pequeñas se pusieron de moda en los años 80, en parte debido a que era más fácil ocultarlas; podían esconder los cúteres en la ropa o en los laterales de los zapatos.

En los 80 también se empezó a usar una nueva arma: el amoniaco. Llevaban este líquido cáustico en botellas y se lo tiraban a la cara a sus rivales. El antiguo ultra del Watford FC, Dougie Brimson, guionista de Green Street, asegura que el amoniaco fue la razón por la que dejó la brutalidad del fútbol. “Cuando empezaron a llenar botellas compresibles con amoniaco, pensé: ‘Hasta aquí’”, declaró a un reportero de la BBC en 2003. A finales de la década ya apenas se utilizaba, aunque no fue el fin del uso de sustancias nocivas como armas.

Los hooligans también usaban latas de gas CS para entorpecer a sus oponentes. Se solía importar de contrabando de otros países en los que era legal, pero no a todas las bandas les gustaba, en parte debido a que muchos preferían los espráis de gas CS. Mientras que las latas emiten una nube de gas que probablemente se acabe metiendo en los ojos del atacante además de en los de la víctima, el espray es más directo. Contiene gas CS mezclado con un disolvente que sale impulsado gracias al nitrógeno presurizado. El ultra del Manchester United Colin Blaney me contó que su banda, los Inter City Jibbers, apostó por el espray durante sus días de gloria porque era más preciso y se podía apuntar.


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Los ultras también han utilizado armas más extremas a lo largo de los años. Se han lanzado cócteles molotov y se han disparado bengalas; Andy Blance, el cabecilla de los ultras del Hibs, fue condenado a cinco años de prisión por dar un hachazo a un rival por la espalda. Pero este tipo de incidentes son los menos, ya que la mayoría de las lesiones que no están provocadas por objetos cotidianos como botellas y ladrillos, las causan armas blancas.

Aunque los cuchillos son lo más habitual, esto no quiere decir que se acepten como parte de la cultura hooligan. Brian, antiguo miembro de la banda Dirty 30 del Crystal Palace me cuenta que los desaprueban, pero que se permiten, ya que consideran que es imposible evitarlos porque siempre hay algún que otro pirado en estas bandas. “La mayoría no ve las armas blancas con buenos ojos, pero en cada banda hay un par de psicópatas que quieren llevarlas”, afirma.

La percepción de que las armas son excesivas e improcedentes implica que aquellos que las usan tiene que enfrentarse a las consecuencias. Andrew Bennion, fundador de los Young Guvnors del Manchester City, me dijo una vez que sus adversarios iban en su busca con pistolas después de que él apuñalara a un ultra rival. Me contó que se solía buscar venganza en ese tipo de incidentes.

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A la izquierda: forofos del Everton y del Millwall en un enfrentamiento en Surrey Quays. A la derecha: Jay Burns, seguidor del Everton, al que acuchilló un fan del Millwall. Imagen: Facebook

Visto que muchos hooligans están en contra de las armas, ¿pueden los ataques como el de Millwall pasar a ser cosa del pasado? No exactamente. Según Kevin, miembro de la banda conjunta del Dundee United y del Dundee FC, la Dundee Utility, la forma distinta que tienen las nuevas generaciones de ver las armas blancas podría cambiar las tornas por completo.

“Los más jóvenes son los que van a decidir el camino, los schooligans que posan en Instagram y en Twitter con su ropa de Stone Island y una navaja en la mano”, afirma. “Esa gente es el hazmerreír de las redes sociales, pero el problema es que algunos no solo posturean desde su habitación; van a los partidos de los sábados. Si esa es la actitud de la nueva generación en lo que a armas se refiere, las cosas van a cambiar, inevitablemente”.

Por muy impactante que sea lo sucedido en Millwall, es un incidente más en la larga trayectoria de los hooligans que utilizan armas. Y aunque la mayoría parece que se conforma con una pelea a puñetazo limpio con sus rivales, a no ser que las bandas decidan frenar a los que llevan armas blancas, lo más probable es que una minoría siga llevando armas a los partidos.

@nickchesterv

Gracias a Pete Nice y a Johnny Proctor, ambos autores publicados, por su ayuda con los contactos para este artículo

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