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Salud

Qué se siente al estar en estado terminal

Cada turno en la UCI es un estremecedor recordatorio de tu propia muerte. Presenciamos junto a un médico las últimas horas de vida de un paciente.

por Frank Huyler, MD
07 Diciembre 2017, 4:30am

Foto: Miquel Llonch/Stocksy

De cuello hacia arriba, Robert Gregory tenía el aspecto de un hombre corriente, amable, culto, con unas gafas metálicas finas y unos ojos brillantes bajo los vidrios.

De cuello hacia abajo, sin embargo, a duras penas se le podía describir como hombre. Tenía el cuerpo tan lleno de líquido que apenas podía moverse. Tuvimos que pasarlo de la camilla a la cama, mientras él se esforzaba por respirar con la mascarilla de oxígeno.


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No llevaba ropa en la parte de arriba y tenía la piel gris y húmeda. Sus manos y pies estaban azules. Estaba frío como un cubito de hielo.

“No puedo respirar, tengo muchas náuseas, ¡ayudadme!”. Tenía que hacer una pausa para respirar después de cada palabra. “¡Ayudadme!”, repitió, y luego rompió a llorar. Lloraba desconsoladamente y respiraba con gran dificultad.

Le pregunté si quería llevar la mascarilla de oxígeno y qué quería que hiciéramos por él antes de que se le parara el corazón. Tenía que ir directo al grano. “Tengo una orden de no reanimación”, explicó él. “Dejadme ir. Tengo muchas náuseas y miedo. Ayudadme, por favor”.

Tenía el cuerpo tan lleno de líquido que apenas podía moverse. Tuvimos que pasarlo de la camilla a la cama, mientras él se esforzaba por respirar con la mascarilla de oxígeno

“¿Qué quiere que haga por usted?”. “Quiero algo para las náuseas y el dolor. ¡Por Dios!”.
Me quedé sin palabras y me limité a observarle. El enfermo sollozaba como un crío, pero aun así tuvo el coraje de darse por vencido. Su visión era estremecedora.

La hipertensión pulmonar primaria afecta principalmente a mujeres, aunque nadie sabe por qué. Esta dolencia se produce cuando el sistema inmunitario del afectado ataca a sus arterias pulmonares. Estas se vuelven duras y se inflaman, lo que obstaculiza el bombeo de sangre desde el corazón a través de las arterias y, unos años más tarde, el corazón deja de funcionar. No existe cura. La primera consecuencia que aparece es la dificultad para respirar.

Los enfermos suelen acabar en las mismas condiciones que Gregory. Él fue quien llamó a la ambulancia porque las enfermeras que le cuidaban solo iban un par de veces a la semana y ese día no les tocaba. Gregory debería haber estado en un centro de día, pero no, estaba solo en su casa.


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Normalmente nos da tranquilidad poner nombre a las cosas, sobre todo cuando la enfermedad en cuestión es poco común y cuando las posibilidades de que nos toque a nosotros son mínimas. Solemos pensar, “Seguro que es otra cosa, pero eso no”, y nos quedamos con esa incertidumbre en nuestro interior. Él estaba sufriendo, no había ninguna duda.

La enfermedad le había elegido, como si de una celebridad se tratase, como si fuese la única estrella en el cielo. El hospital estaba lleno, como de costumbre. En todos los hospitales del país pasa exactamente lo mismo. En el mío puedes ser testigo de esos problemas porque es donde se ve claramente su nivel de gravedad.

No había sitio —ni habría en horas— para subir a Gregory a planta. Por la tarde solo se vació alguna camilla en la UCI, para la que una gran multitud de enfermos esperaba en el pasillo.

La hipertensión pulmonar primaria se produce cuando el sistema inmunitario del afectado ataca a sus arterias pulmonares. Estas se vuelven duras y se inflaman, lo que obstaculiza el bombeo de sangre desde el corazón a través de las arterias

Paró de llorar durante un rato.

“¿Quiere que llamemos a alguien?”.

“Mi madre es muy mayor y no conduce. No la llaméis, por favor”.

No la llamamos, pero él tenía ganas de hablar y no quería estar solo, podíamos notarlo.

Le pregunté a qué se dedicaba y de dónde era, como si estuviéramos contándonos nuestra vida.

“Soy artista”, respondió, formando pequeños círculos con los labios, como ondas en un estanque.

“¿Qué es lo que haces, exactamente?”.

“Pinto acuarelas”.

Empezó a sollozar de nuevo, abriendo y cerrando las manos.

Era mi decisión… ¿cuánta morfina tenía que ponerle?

***

Una vez, de niño, me monté en un carro tirado por caballos y recorrí unos kilómetros por la costa de la India. Nos dirigíamos a un hotel a las afueras de la ciudad. Nos metimos en el vehículo en mitad de una noche cálida y ventosa y partimos a paso ligero. Las herraduras del caballo resonaban contra la sucia calzada, y las olas se oían a lo lejos a nuestro paso por las playas. Podía verse la luna entre las nubes. Era un paisaje tenebroso, lo que resultaba especialmente emocionante.

Pero al poco rato nos dimos cuenta de lo débil que era el caballo. No era capaz de seguir el ritmo. Casi no podíamos verlo en la oscuridad. El conductor le azuzó varias veces. El hombre quería llegar a la ciudad lo antes posible para poder recoger a otro pasajero. Recuerdo cogerle del brazo y pedirle que parara. Me miró, perplejo y molesto, como queriendo decir que era solo un caballo y que no tenía ningún derecho a decirle qué hacer”.


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Morfina. La duda me estaba consumiendo. Demasiada cantidad le mataría, pero no darle la suficiente era peor. Estaba muriendo pero no quería ser yo quien acabara con su vida. Se trata de una decisión muy importante. Además, cuando quieres hacer algo, el deseo es muy poderoso. Tienes que contenerte, así que en esos casos no hacer nada es la mejor elección.

Pero ese siguiente paso, el de liarme la manta a la cabeza y terminar con todo, es mucho más complicado, pues requiere cierto coraje y no tienes opción de fallo. No puedes dudar. Estaba trabajando y había muchos otros pacientes esperando a ser atendidos. Me quedé solo unos minutos con él porque tenía más pacientes que visitar y más pruebas que pedir.

Había residentes, estudiantes y electrocardiogramas que leer. Había notas que escribir y preguntas que hacer, ambulancias que llegaban y gente deambulando por allí. Y, por si fuera poco, no me dejaba de sonar el móvil que tenía para las urgencias.

Lo máximo que ocupan las últimas horas de vida de una persona es una habitación, pero la llenan por completo

Quería irme de allí, y eso hice. Pero con el paso de las horas, sentía su presencia. Sabía que estaba detrás de la cortina, en la esquina, llorando y suplicando. No dejaba de rogar como una víctima pidiendo clemencia a su torturador. La enfermera se sentó a su lado y le cogió la mano.

Entonces llegué a la conclusión de que le daría la morfina que necesitara.

Pasaron horas hasta que su estado de alerta se desvaneciera. Pero, finalmente, sucedió lo inevitable y entró en un estado de confusión. En ese momento, dejó de estar tan horrorizado. El abismo entre el observado y los observadores creció. Su frecuencia respiratoria disminuyó, su cabeza se daleó hacia atrás y la boca empezó a abrírsele. Suspiró con los ojos abiertos, miró a su alrededor y parpadeó ligeramente. Gemía como si estuviera soñando.


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La enfermera seguía sentada a su lado y le cogía la mano, pero tuvo que levantarse para volver a su trabajo. Ella fue quien se llevó la peor parte. Es joven, no llega a los treinta, y su vida no es precisamente fácil, pues tiene facturas, hijos y problemas. Esto lo sé porque las enfermeras hablan unas con otras, y las escucho. A veces me hablan a mí también.

Para entonces ya habíamos apagado el monitor, así que las alarmas no sonaban.

Ella fue quien lo dio todo por él. Se sentaba a su lado siempre que podía, le miraba a los ojos y le intentaba reconfortar durante horas y horas, hasta que las luces se apagaron.

Lo máximo que ocupan las últimas horas de vida de una persona es una habitación, pero la llenan por completo. Además, se produce una sensación extraordinaria de admiración hacia esa persona, cualquiera puede sentirla.

Tienes que tener muy presente que nadie debería sufrir de tal forma, en un cubículo de la UCI, entre extraños

Yo la sentí, pero no tanto como si me hubiese pasado de joven, ni mucho menos. Además, estas cosas son algo que también te guardas para ti. Si no eres demasiado afortunado, tu propio corazón se hace más fuerte con el paso del tiempo y entonces empiezas a ver todo de forma más realista. Pasas a formar parte de las indiferencias y la experiencia hace que dejes de tomarte tan mal las dificultades de la vida. Eso es algo que tienes que recordar siempre. Tienes que tener muy presente que nadie debería sufrir de tal forma, en un cubículo de la UCI, entre extraños.

Finalmente, dejó de sollozar. La cabeza se le fue hacia atrás y la boca se le abrió bajo la mascarilla. Todavía llevaba las gafas. Su respiración se oía cada vez menos, la cara se le fue poniendo azul hasta alcanzar el tono de sus manos. Sentí que había estado allí lo suficiente.

Un acuarelista, el hombre más afable e inofensivo que nadie haya conocido nunca.

***

El hotel era un edificio de cemento, uno de los más bonitos del lugar, iluminado con focos. También había farolas de camino al mar que iluminaban las olas para todo aquel que nadara a la luz de la luna. Parecía un milagro después de haber visto los trenes de tercera clase, los mendigos por todos sitios y el calor que hacía allí.

Salimos del carro, que estaba decorado con borlas y pintado de rojo y azul y con cojines desgastados en el asiento trasero. Mientras los botones se encargaban de nuestras maletas, pudimos ver mejor al caballo.


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Bajo la luz de las farolas, vimos al animal con toda claridad, con las costillas tan marcadas que parecían ramas de árbol. El pelaje, de un marrón apagado, estaba pelado en la parte donde el yugo rozaba. El caballo respiraba con dificultad, recomponiéndose. Me lo quedé mirando mientras pagábamos el hotel. Entonces el conductor cogió las riendas, hizo un chasquido y ambos se sumergieron de nuevo en la oscuridad.

Como niño que era, no comprendía que todos los caballos de aquella ciudad estuvieran demacrados y que se les alimentara solo para que sirvieran para trabajar, es decir, para tirar de los carros por el paseo marítimo, a través de montones de basura generada por los turistas. Realmente no era consciente de la pobreza que había. Lo único que sabía era lo mucho que me había dolido ver a ese caballo.

Ahora me pregunto si sería capaz de ver esa realidad, si realmente podría observar todas aquellas cosas de nuevo.

La mujer de la limpieza vino, volvió a hacer la cama y fregó el suelo. Se instaló a un nuevo paciente, que no tenía ni idea de lo que acababa de suceder allí

Declaré su muerte, lo que es un pequeño ritual anclado en el pasado. Coloqué el estetoscopio en su pecho y fingí que escuchaba. Le examiné los ojos con la linterna. Luego me inventé una hora y la enfermera la anotó.

Para aportar al informe un falso aire de precisión, puse las 15:32 y no las 15:30. En estos casos no hay que redondear ni hacia arriba ni hacia abajo, simplemente elegir una cifra que parezca calculada y no inventada, inteligente y no confusa.

Cubrimos su cuerpo y lo trasladamos al depósito forense para esperar a su funeral. La mujer de la limpieza vino, volvió a hacer la cama y fregó el suelo. Se instaló a un nuevo paciente, que no tenía ni idea de lo que acababa de suceder allí. Entonces la enfermera, la que había estado a su lado y la que puso todo su esfuerzo en Gregory, salió al pasillo. La seguí, le toqué el hombro y le dije algo —no recuerdo realmente qué— pero me ignoró y se alejó caminando.

Diez minutos después, volvió, con la mirada apagada y muy tranquila. Yo sabía que había estado llorando para calmarse, y cuando la miré, pensé, Es tan joven y le queda tanto por ver...