Cómo es vivir junto a las mujeres kurdas que combaten contra el Estado Islámico
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Cómo es vivir junto a las mujeres kurdas que combaten contra el Estado Islámico

Kimberley Taylor es la primera mujer británica que se ha ido a combatir al Estado Islámico en Siria. En la última entrega de su diario para Broadly, nos transporta hasta el interior de la utopía feminista radical que están construyendo las mujeres kurdas
EC
traducido por Eva Cañada
MB
tal y como se lo contó a Matt Blake

Nota del autor: en marzo de 2016, Kimberley Taylor se convirtió en la primera (y única) mujer británica en viajar hasta Siria para luchar contra el Estado Islámico. A los pocos días de su llegada, la antigua estudiante de matemáticas de 28 años de edad nacida en Blackburn, Reino Unido, se unió a las Unidades Femeninas de Protección (YPJ) ― el ejército formado exclusivamente por mujeres afiliado a las Unidades de Protección Popular (YPG) del Kurdistán sirio ― y lleva luchando junto a ellas desde entonces. Durante febrero, marzo y abril de este año, Kimberley ― conocida por sus amigas como Kimmie, pero como Zilan Dilmar entre sus camaradas ― ha participado en la ofensiva para liberar Raqqa, la capital de facto del Estado Islámico. A finales de marzo, hablé con Kimberley a lo largo de varias conversaciones por Skype para saber cómo es la vida de una mujer que lucha en primera línea contra el EI. Dos días más tarde se desplazó a Raqqa para luchar en lo que pretendía ser la última amarga batalla del Dáesh. Estas son sus palabras, pero las hemos editado y condensado por motivos de claridad. Aquí puedes leer la primera y la segunda parte .

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VIERNES

La rotación de nuestra unidad en el frente móvil terminó ayer y nos han dado unos cuantos días libres, así que decidí aprovechar un viaje de la furgoneta de logística hasta Qamishli [una ciudad situada al nordeste de Siria] para encontrarme con algunas viejas amigas y hacer algunas compras. Necesito camisetas y calcetines. Pasa algo extraño con los calcetines sirios, siempre hacen que mis pies huelan mal, no importa cuánto los lave. Sorxwîn no para de meterse con mis pies apestosos.

Compré los calcetines y fui a comer con las otras tres mujeres occidentales de las YPJ: dos suecas y una canadiense. Me tomé dos hamburguesas y una cerveza. No os podéis imaginar lo maravilloso que fue después de un mes entero a base de pollo enlatado y quesitos. Y era solo la tercera cerveza que me bebía en todo un año. Las chicas kurdas no tienen permitido beber por motivos religiosos y yo tampoco puedo beber delante de ellas. Me supo a gloria. Creo que me puse un poco piripi.

Echo terriblemente de menos a mi familia, especialmente por las noches.

Qamishli es la capital de Rojava [la región autónoma kurda del norte de Siria]. Lo que más llama la atención allí es la imagen de Abdullah Öcalan ―fundador del Partido de los Trabajadores de Kurdistán y líder del movimiento de liberación kurdo― en casi todas las paredes de la ciudad. Conocido aquí como "Apo" ("tío", en kurdo), lleva 18 años de confinamiento aislado en una prisión turca situada en una isla, donde ideó la filosofía sociopolítica que desembocó en la Revolución de Rojava.

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Vídeo: Las guerrilleras de Kurdistán


Ese es el motivo por el que estoy aquí. Queremos destruir el Estado Islámico, por supuesto, pero está sucediendo algo más, no solo la guerra: un movimiento anticapitalista, laico y respetuoso con el medio ambiente que sitúa la liberación de las mujeres en el centro de su lucha. Han derrumbado y rediseñado todos los aspectos de la sociedad. La educación en el estado es obligatoria para las niñas y también para los niños, entre los 7 y los 15 años, independientemente de su clase o procedencia étnica. Incluso han construido una universidad abierta a todos. Existe un sistema de gobierno cooperativo en el que un hombre y una mujer comparten el poder a todos los niveles.

En las YPG y las YPJ, los oficiales son elegidos por las tropas y los hombres y las mujeres luchan hombro con hombro. Por supuesto, han tenido que mantener algunos de los valores tradicionales de la cultura islámica: los hombres de las YPG y las mujeres de las YPJ viven y luchan juntos, pero comen y duermen en lugares separados. Los hombres no pueden descubrir la parte superior de sus brazos delante de las mujeres y las mujeres no pueden mostrar las piernas o el escote.

Después de las hamburguesas fui a tomar el té con algunas amigas kurdas de mi antigua unidad. Hablamos sobre por qué nos habíamos unido a las YPJ. Xezal*, por ejemplo, es de Kobani, donde el Estado Islámico masacró a cientos de civiles en 2014 antes de que las YPG los echaran de allí un año más tarde. Le pregunté por qué se había unido. Dijo, "Oh, la guerra de Kobani". Aquello tenía sentido, muchas de las chicas de las YPJ proceden de allí. Pero más tarde hablé de nuevo con ella y me contó el auténtico motivo: la habían prometido con otra familia mediante un matrimonio forzoso con uno de sus primos. "Le dije a mi familia que no quería hacerlo", dijo, "pero no me escucharon. Así que cuando intentaron organizar formalmente la boda, me escapé y me uní a las YPJ".

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Este tema es muy común entre las voluntarias kurdas que hay aquí. La mayoría dicen que se unieron por esta batalla o aquella, pero lo cierto es que muchas de ellas siguen enfrentándose a las restricciones y expectativas de cómo debería ser la vida de una mujer joven en Oriente Medio. Las YPJ les proporcionan una vía de escape.

Aunque eso no significa que todas estén huyendo de matrimonios forzosos. Amira*, una chica árabe que conozco bien de mi antigua tabur [unidad], procede de una familia pro Bashar al-Ásad cuyo pueblo fue saqueado por el Estado Islámico el año pasado. A modo de protesta contra sus nuevos amos, su hermana de ocho años escribió en un muro: "Sin nuestro líder no hay vida". Los soldados del EI la llevaron a un edificio elevado y la atropellaron repetidamente con un coche antes de arrojarla desde lo alto del edificio.

Amira se escapó y se unió a las YPJ por venganza.

Y luego están las chicas yazidíes, a quienes las chicas kurdas luchan por salvar. El Estado Islámico secuestró a miles de mujeres y niñas yazidíes de Sinjar, en Irak, en el año 2014. La mayoría fueron llevadas hasta Raqqa para ser utilizadas como esclavas sexuales. Las historias que escucho aquí son demoledoras, como la de una niña yazidí de siete años que fue pasando de mano en mano entre los comandantes del EI hasta que, finalmente, fue vendida a cambio de un cigarrillo. Las mujeres son menos que basura para el Estado Islámico. Somos menos que el fuego del infierno.

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Echo terriblemente de menos a mi familia, especialmente por las noches. Echo de menos las charlas interminables con mi padre en nuestra casa de Liverpool sobre la vida, sobre política y sobre el sinsentido general. Y echo de menos el legendario pastel de carne que mi madrastra preparaba los domingos.

Kimberley (derecha) y su comandante Sorxwîn (en el centro) junto a otra combatiente. Foto cortesía de Kimberley Taylor.

También echo de menos a mi abuela y me preocupo mucho por ella. Cuando hablé con ella por última vez en Navidades me dijo que mi abuelo había muerto. Los tres estábamos muy unidos. Me siento fatal porque no pude volver a casa para su funeral y mi abuela odia el hecho de que yo esté aquí y que ahora ella esté sola.

La policía lleva meses acosando a mi familia basándose en la Ley Contra el Terrorismo. Se han llevado sus teléfonos y sus portátiles y parece que quieren interrogarles absolutamente todas las semanas. Ahora mi familia no solo teme por mi seguridad, sino también por la suya propia a manos del establishment británico. Saben que yo no soy ninguna terrorista, comprenden por qué estoy aquí y apoyan lo que estoy haciendo.

Pero no puedo ir a casa, todavía no. Y no solo porque podrían detenerme si lo hiciera. Tengo una misión que cumplir y no me iré hasta que esté completada. Esto lo hago por algo más grande que yo y mi familia, es por el potencial de un mundo mejor. Pero no se trata solo de una lucha contra el Estado Islámico. Ellos son solo una espina en el costado y una vez que hayan desaparecido, las YPJ seguirán luchando: contra el fascismo, contra el patriarcado y a favor de los derechos de las mujeres en todo Oriente Medio.

¿Quiero morir? Por supuesto que no. Pero, sinceramente, ya ni siquiera pienso en la muerte. Solo pienso en la vida. Creo en esta revolución con todo mi corazón y espero poder ofrecer algún día un modelo a seguir que inspire el cambio, no solo en Oriente Medio, sino en todo el mundo.
*Hemos cambiado los nombres. Ilustraciones por Nayon Cho.

Puedes leer todas las partes del diario aquí .