Le di hongos a mi mamá para que se abriera sobre la muerte de mi padre

Le di hongos a mi mamá para que se abriera sobre la muerte de mi padre

"¿Por qué me diste esto? ¿Quieres verme llorar?"
9.2.17

—¿Estás lista, mamá?

—Si, claro pero sigo sin entender qué voy a lograr con esto…

—No te preocupes, sólo relájate. Te van a ayudar a sentirte mejor. Pase lo que pase, no te asustes. Di lo que quieras, no te guardes nada.

Es una tarde de otoño en Mississauga, Ontario. Voy a visitar a mi madre por unos días antes de que se vaya a Pakistán. Es la segunda vez que va en menos de dos años, eso es raro viniendo de ella. Desde la muerte de mi padre hace un año, parece que está un poco desorientada. Mi hermano y mi hermana también han notado un cambio en ella, habla constantemente de que ya no tiene caso vivir porque es viuda. Nos dice que ya no la necesitamos, que nadie la necesita, y que hubiera sido mejor que ella se muriera en lugar de nuestro papá.

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Está deprimida, pero no lo admite, y eso está empezando a afectar a nuestra pequeña, pero unida familia. Entiendo por lo que está pasando. Pasé por algo similar también después de la muerte de mi padre. No es común en las familias paquistaníes hablar sobre el dolor y las vulnerabilidades. Se nos enseña que la debilidad no es atractiva, que nunca debes abrirte a otras personas porque siempre usarán esa información para menospreciarte y, en última instancia, para hacerte daño, incluida la familia. A mí también me enseñaron eso, y la única razón por la que me liberé de esa mentalidad tóxica fue porque empecé a experimentar con psicodélicos. Ahora, quiero ayudar a mi mamá a hacer lo mismo.

Estiro mi mano y le doy tres hongos secos de Psilocybe cubensis, hongos mágicos, aproximadamente tres gramos en total. Convencerla de que lo hiciera fue sorprendentemente fácil, ni siquiera sabía que eran ilegales. Yo sería su guía.

—Saben horrible mamá, mastícalos y pásatelos con el agua que trajimos.

Toma un bocado y retrocede inmediatamente.

—¡Guácala, saben asquerosos!

Se come el resto con más facilidad de lo que pensé.

—Muy bien, ¿ahora qué?.

—Ahora, nada, vamos a dar un paseo, no lo pienses demasiado.

Es un hermoso día soleado. Hay un parque cerca de su casa y caminamos hacia allá. Mi hermano está en la casa, y no quiero que mi mamá empiece a tripear mientras está cerca; puede ser un poco prejuicioso con la gente que consume "intoxicantes", incluyendo el alcohol. Caminamos por el parque durante unos 45 minutos, después nos dirigimos a un Starbucks en una plaza que está cerca. Quiero asegurarme de que estemos en algún lugar cerrado y cómodo antes de que le peguen.

Pasamos al lado de una cama de flores mientras nos acercamos al Starbucks. Mi madre se detiene y las mira fijamente en silencio durante unos segundos.

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—Estas flores son tan hermosas— dice suavemente.

Cuando nos acercamos a la entrada de Starbucks, mira hacia el cielo, con los ojos abiertos y la boca abierta.

—¡Wow, el cielo se ve tan azul! ¿Siempre está tan azul?

Caminamos, y de repente se empieza a reír.

—¡Hina, mira los zapatos de ese hombre! ¡Son tan rojos!

Se refiere a uno de los clientes de Starbucks que trae unos Nikes rojos. ¡Los zapatos sí son muy rojos!

—¡Sí, lo son!

Se agarra de mi brazo, y rápidamente la examino. Sus pupilas están dilatadas, y tiene una enorme sonrisa en la cara. Está ligeramente nerviosa, y su respiración se ha intensificado.

Está tripeando.

—¿Quieres tomar algo, mamá?

—Sólo…creo que necesito sentarme, ¿puedes ir por algo? ¡Cualquier cosa dulce está bien!

Pido dos lattes, y nos vamos a sentar al patio; quiero que disfrute de los colores. Somos las únicas afuera, nos sentamos en una mesa en la esquina, mirando hacia otra cama de flores. Mi mamá está escaneando su entorno, como si lo viera por primera vez. Nos sentamos en silencio durante unos minutos.

—¿Extrañas a tu padre?— finalmente pregunta.

Antes de que pueda contestar, prosigue.

—Yo no conocí a mi papá, sabes, murió cuando yo tenía tan sólo 16 años. Incluso cuando vivía, siempre estaba trabajando y mi mamá nunca estuvo allí para mí. Con siete hijos y una casa llena de sirvientes, nadie tenía tiempo para mí. Definitivamente siento un gran vacío por mi madre—dice.

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—Por eso que me casé con tu padre cuando tenía 21 años, realmente no lo amaba, ni siquiera sabía lo que era el amor, sentía que nadie me quería cerca, mi madre y mis hermanos me veían como una carga. No podían esperar a que me casara y me fuera. ¿Sabías que mi hermana Asma se casó cuando tenía apenas 17 años?

Y así fue como mi madre, de 48 años, por primera vez en su vida se abre y me cuenta sobre su infancia y el trauma que sufrió creciendo con su familia en Pakistán —el sexismo, la vergüenza, el abandono y el abuso sexual por parte de sus hermanos. Escucho en silencio mientras narra los primeros años de su matrimonio con mi padre: infidelidad, abuso verbal y físico, chantaje y varias separaciones. La mayoría ya lo sabía; pero algunas partes no.

De vez en cuando se detiene a mirar las flores, y luego continúa. Hago preguntas para mantener la conversación, pero en su mayoría sólo estoy escuchando. Después de una hora de hablar, se toma un descanso.

De repente pregunta: —¿Por qué me diste esto? ¿Quieres verme llorar?

—¿Tienes ganas de llorar? Está bien si lo haces.

Ella mira hacia otro lado.

—Ya no tengo ganas de llorar, he llorado lo suficiente en mi vida.

Hablamos un poco más. Me explica porque nunca podría haber dejado a mi padre, sin él, no habríamos tenido el estilo de vida que su dinero nos daba. Su familia no estaba dispuesta a apoyarla; su madre pensaba que sería una vergüenza para la familia si su hija se divorciaba con dos hijos pequeños y le decía que nadie se casaría con ella después. Así que sin recursos financieros, un trabajo o la ayuda de su propia familia, mi madre decidió que la única opción era quedarse con mi papá. Un matrimonio de veinticinco años, en su mayoría sin sexo, sólo se quedo ahí para darle a sus hijos los recursos que ella no podía darles por su cuenta.

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—Mamá, tengo que preguntarte: ¿por qué vas a ir a Pakistán otra vez? Papá está muerto, ya no tienes que pretender ser la buena esposa, ¿y realmente quieres ver a tu familia?, después de todo lo que me dijiste, ¿Por qué?

Se ve realmente desconcertada por mis preguntas. No responde al instante, cruza los brazos sobre su pecho y me mira fijamente.

—Yo… no sé por qué me voy— finalmente admite—. Estoy tan perdida ahora, no tengo ni idea de qué debo hacer con mi vida.

Hablamos durante unas horas más, después fuimos a Wild Wings a cenar. Mamá ya está sobria, pero con mejor estado de ánimo de lo que había estado antes de comer los hongos. Está sonriendo y contando historias sobre sus primeros años siendo una madre joven y calculando todo por su cuenta. Reconoce cómo construyó su identidad entera en ser una madre y darnos todos los recursos necesarios a mis hermanos y a mí para que tuviéramos éxito. Esa es la razón por la que ahora está tan perdida: hemos crecido y estamos viviendo nuestras vidas, y ahora tiene que encontrar que hacer con su vida por su cuenta.

—Mamá, no estás sola, espero que lo sepas, la vida te ha dado una segunda oportunidad, y solo queremos que vivas el tipo de vida que siempre has querido. Puedes empezar a salir con alguien, enamorarte, casarte, viajar por el mundo, lo que quieras, ¡nosotros te apoyaremos! —Se lo dejo bien claro.

—¡No, no quiero casarme de nuevo, ya pasé por esa parte de mi vida!— Responde con una mirada de disgusto en su cara.

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Cuando nos vamos, mi mamá me pregunta: —Así que ya habías hecho esto antes, ¿no?, ¿qué pasó cuando lo hiciste?

Tardo en responder. Hay muchas cosas que no le he dicho sobre la manera en que mi infancia me ensució la cabeza, y cómo he estado lidiando con todo eso a través de la microdosificación. Ver pelear a mis padres y ver a mi padre golpear a mi madre me traumatizó y dañó mi relación con los hombres, y me ha tomado años estar en paz con mi pasado. Quiero compartir eso con ella, pero no ahorita. No cuando está de buen humor.

Sé que el estado de ánimo será pasajero, pero quiero que se quede allí, como cuando estuvo en aquel banco hace sólo un par de horas, sentada, con los ojos cerrados.

—Dios mío—dice— ¿El cielo siempre ha sido tan azul?

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