Nuevas voces

¿Para qué sirve la gramática?

NUEVAS VOCES // Jaír Villano narra una típica tarde de sábado en Bogotá… aunque no contaba con un pequeño incidente natural.
23.3.17

El médico me ordenó no consumir lácteos, cafeína, trigo, nicotina, ácidos, fritos. "¡Ah de la vida!"… ¿Nadie me responde?: todavía hay incautos que dicen que estoy joven y bello. Era un sábado de esos en que uno se cree con alguna que otra capacidad, porque, claro, pagaron. Caminaba por la Séptima, como camina alguien sin rumbo. Y entonces una torrencial lluvia se vino. Sin paraguas y con frío decidí comprar un cigarrillito. Y como este cae mejor con tinto, me pedí uno, uno de los pequeñitos.

Publicidad

15 minutos después el estómago crujió. Para cuando eso iba por la Caracas mojado y con ganas de llegar rápido a mi covacha. Pero la suerte no estaba conmigo. Volvió a llover. Y para rematar: tuve que escampar en un restaurante que se veía caro. Para atenuar el precio de la comida –no pedí almuerzo completo porque, en efecto, era oneroso– en la sala había un plasma gigante en el que, más pronto que tarde, se iba a transmitir el clásico español: Real Madrid versus Barcelona. (Ay, me dio lástima de esos hinchas. Porque uno de Colombiano está acostumbrado a ver fútbol de alto linaje: Patriotas vs Fortaleza, Chicó vs Pasto…).

Me moría de ganas por prender otro cigarrillo y acompañarlo con una de esas cervezas que todos los demás bebían. El estómago estaba crujiendo menos para ese momento. Como los ácidos me caen mal –un enfermo sin plata es peor y más feo que un moco rozando una fosa nasal– me tocó pedir jugo natural. También caro. Lo pedía de guanábana y digamos que bien.

Al terminar el primer tiempo del partido había menguado la lluvia. El fútbol me gusta, pero moría de ganas por llegar a la covachita a prepararme una agua aromática –otro síntoma de vejez (prematura)– y a estar alerta por si mi proceso metabólico venía con una explosión. Salí raudo del local, apenas lloviznaba, y de repente el dolor de estómago transmutó a unas incontrolables ganas por ir a depositar lo innecesario al baño. Estaba que me hacía popó. Popó es un eufemismo en singular: estaba que hacía mierdas (con el respeto de los señores de la Academia). Pero no había baño a la vista. Solo gente que iba y venía con su paraguas, porque la lluvia volvió a hacer de las suyas.

De entre la romería vi un local que tenía la forma de baño. Desesperado y apunto de hacerme en el pantalón, salí corriendo hacia allá. Era un parqueadero con algunos pocos vehículos y sin ningún vigilante en el camino. Al lado derecho de la entrada recordé que soy un ateo de esos que dejan de serlo apenas se presenta la ocasión: vi a Dios en forma de baño. Ahí estaba, blanco, limpio. ¡Ahí estaba el baño!

Apenas me bajé los pantalones un terremoto desmoronó con todo. El inodoro quedó pintado de eso tan humano y yo no había podido echar seguro a la puerta, porque resulta que la puerta no tenía seguro. Dios castiga a los ateos que no son impolutos. Y yo, ciertamente, estaba manchado.

Cerré la puerta como pude y cuando me dispuse a buscar el papel higiénico me di cuenta que no había. Desesperanzado, mojado y cagado lamenté mi suerte. Es cierto que peco al escribir novelas, poemas y cuentos; es cierto que peco al hablar mal de El atravesado; es cierto que peco cuando robo los mejores libros; es cierto que soy perezoso, que no me gusta madrugar, ni lavar el baño, que preferiría no cortarme el pelo, que me burlo de los periodistas, que comí muchos mocos cuando era niño y que suelo desear la mujer del prójimo. Pero ten piedad de mí, oh, tú, que al menos en este momento deberías existir, ten piedad de mí.

Me acordé que antes de caminar por la Séptima había comprado un libro de esos escatológicos: hablan de verbos copulativos, de anacolutos y otras bellezas más. No me quedó de otra. Pero bueno, le encontré la fabulación: aprendí, a la brava, que la gramática sirve para eso…