"Si estás buena llegarás lejos" y otras mierdas que las artes marciales deben destruir

La filósofa Simone de Beauvoir destacó la utilización de lo masculino como lo humano "por defecto" ya en 1949. En pleno siglo XXI, las MMA se encuentran exactamente con el mismo debate.

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05 Mayo 2016, 11:30pm

Foto de Brandon Magnus, Zuffa LLC

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Pongamos por caso que te hablo del equipo campeón de Europa de fútbol. "El Barça", dirás inmediatamente. ¿Y de baloncesto? "El Madrid", me contestarás. ¿Y la selección campeona del Mundial? "Alemania".

Pues bien: sí y no.

El Barça es el campeón de Europa de fútbol... masculino: el FFC Frankfurt también es campeón de Europa de fútbol, pero al ser femenino parece que necesariamente tengamos que especificarlo. Lo mismo aplica para el USK de Praga, el homólogo femenil del Real Madrid de baloncesto, o para la selección estadounidense que se llevó el Mundial de Canadá del pasado verano.

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Aunque parezca una distinción trivial, esta aparente necesidad de especificar el género del deporte solo en el caso femenino es un fenómeno que ya identificó en su momento la filósofa francesa Simone de Beauvoir, conocida especialmente por su libro El Segundo Sexo (1949) —un texto que llegó a estar en la lista de obras prohibidas por el Vaticano.

En El Segundo Sexo, De Beauvoir argumenta que tendemos a utilizar el género masculino por defecto para describir aquello que es humano en general. En español, el término 'hombre' se utiliza en muchas ocasiones como sinónimo de 'humano' o de 'humanidad'; la misma palabra 'humano' procede del término latín 'humanus', que a su vez tiene sus raíces en 'homo', que significa, de nuevo, tanto 'hombre' como 'ser humano'.

De Beauvoir se opuso a lo que para ella era una asunción errónea: que 'humano' es sinónimo de 'masculino'. A consecuencia de ello, la mujer era definida como aquello que no era el hombre: lo otro.

La extensión de esta línea de pensamiento asumía que el hombre ideal era fuerte, independiente y asertivo, mientras que la mujer ideal era débil, dependiente y sumisa por definición.

La filósofa francesa Simone de Beauvoir, autora de 'El segundo sexo'

Por ejemplo, si los hombres trabajan, las mujeres no lo harán por definición; si los hombres van a la guerra, las mujeres se quedarán haciendo de enfermeras; si los hombres discuten sobre política, las mujeres se quedarán en casa. Estas son algunas de las ideas que De Beauvoir identificó como persecución del sexo femenino.

Como buena existencialista, la filósofa francesa creía que no hay un significado inherente en la vida, y por ello no hay un significado inherente a cada género. Más allá de las diferencias físicas reales y tangibles entre los hombres y las mujeres, De Beauvoir defendía que la masculinidad y la feminidad eran construcciones sociales y por lo tanto eran subjetivas: "No nacemos mujeres, sino que nos hacemos mujeres", declaró Simone.

De Beauvoir consideraba que cualquier intento de igualar a la mujer con el hombre que se basara en la suposición de que las hembras debían hacer exactamente lo mismo que los varones partía de una base errónea: la consideración de que hay actividades inherentemente masculinas o femeninas por defecto, y que por lo tanto el género opuesto solo las llevaba a cabo como algo coyuntural en vez de sentirlas todas como humanas en general, sin distinción de sexo.

Ronda Rousey, el rostro femenino más reconocido de las MMA, durante un combate contra Alexis Davis. Imagen vía USA Today Sports

En los últimos tiempos, las artes marciales mixtas femeninas han crecido en popularidad hasta el punto que la UFC ha decidido añadir más categorías a la división de mujeres. Ello nos presenta una buena oportunidad para romper con el estereotipo de que el campeón siempre es un varón: por fin tenemos a campeonas al mismo nivel.

En los deportes individuales, la batalla por superar la tesis de la filósofa francesa sobre las actividades intrínsecas a un sexo concreto está más avanzada que en los colectivos —al menos en lo referente al lenguaje. Aquí se pueden usar términos femeninos que no masculinicen las disciplinas: tenemos la campeona, la tenista... y ahora, la luchadora.

Nadie puede negar que, basándonos solo en aspectos fisiológicos, las MMA femeninas son distintas a la de los hombres: el auténtico debate es si las MMA femeninas se consideran una simple subdivisión de un deporte masculino... o se ven como lo que son: una disciplina para ambos sexos practicado tanto por mujeres como por hombres.

Tradicionalmente, al menos en Occidente, la belleza se consideraba una virtud primaria en las mujeres y secundaria en los hombres. El poder, el físico y el dinero eran, históricamente, las cualidades más valoradas en el género masculino. ¿Pueden las artes marciales romper con esté cliché?

Desgraciadamente, en la promoción de los eventos femeninos de la UFC, la belleza física de las luchadoras aún se subraya como parte de la estrategia de marketing. ¿Alguien ha visto la última temporada de Ultimate Fighter sin fijarse en los cuidados planos que resaltan los frutos del entrenamiento de las deportistas?

Por supuesto, los mismos planos no existen en la versión masculina del programa —¿es necesario dividir los géneros en dos programas, por cierto?—.

Este hecho, bastante lamentable, fortalece el argumento de De Beauvoir según el cual las diferencias físicas entre los sexos se usan para definir al hombre como el humano arquetípico y a la mujer como todo aquello que el hombre–humano no es.

Personalmente, encuentro fascinante que un libro francés de finales de los años 40 describa problemas que encontramos en el marketing del siglo XXI. La discusión sobre la forma de promocionarse de la UFC es un debate largo y espinoso: lo que parece claro, en todo caso, es que ahí existe una oportunidad para avanzar hacia la igualdad... y que presionar para que así sea está en las manos de todos los aficionados —de todos los géneros.

Sigue al autor en Twitter: @lionchoke