Dos rockstars de las letras mexicanas nos hablan de su pasión por el basquetbol, la cual creció a la par que su pasión por la literatura. Esto demuestra que el basquetbol no es un deporte de nicho, sino que su poder nos permea a todos.1. ¿CUÁL ES TU EQUIPO FAVORITO DE BASQUETBOL?
Al haber recibido mi educación sentimental en la década de 1990, el único equipo posible para mí son los Toros de Chicago.2. ¿POR QUÉ TE GUSTA EL BASQUETBOL?
MAURICIO SALVADOR (escritor y editor)
Al haber recibido mi educación sentimental en la década de 1990, el único equipo posible para mí son los Toros de Chicago.2. ¿POR QUÉ TE GUSTA EL BASQUETBOL?
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Es un deporte que mezcla un esfuerzo físico notable y una camaradería especial entre quienes lo practican. Al llegar a las canchas uno disfruta desde ya ver las caras conocidas y anticipa el gozo de competencia. Luego, con los años, se acrecenta el gozo de ver a los amigos y disminuye la capacidad de competir al mismo nivel. Llega un día, finalmente, en que muchos jugadores despiertan viejos y dejan de ir a las canchas.3. CUÉNTANOS ALGUNA ANÉCDOTA QUE TENGAS RELACIONADA AL BÁSQUET.Cada año mi familia y yo viajábamos a la Sierra de Juárez, en el norte de Oaxaca. No lo sabía entonces pero aquella sierra cobija a los más apasionados practicantes del basquetbol. En aquellos pueblos, separados entre sí por dos o tres kilómetros, las rivalidades son milenarias. En uno de esos viajes me presenté en la cancha local con un par de tenis Reebok cuya particularidad era un mecanismo de bombeo de aire que inflaba ciertas zonas del zapato para mayor ajuste. Mi creencia era que al bombear el aire podía saltar y correr más. Como bien sabemos, "Aire", Air, era una palabra muy importante para todos los basquetbolistas de esa primera mitad de la década de 1990. Sugería, entre otras cosas, que con el suficiente esfuerzo uno podía "sostenerse" en el aire o "elevarse" más pulgadas de las humanamente posibles. Dejé que los chicos de aquel pueblo se reunieran a mi alrededor y con cierta teatralidad comencé a bombear la pequeña perilla ubicada en la lengüeta.
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"¿Puedes saltar más alto?" me preguntó un chico de unos ocho años. Yo tenía 16 o 17. Di dos golpes en la tierra para terminar con el ritual y dije que, en efecto, podía saltar más alto con esos tenis. Ante la curiosidad general me pegué un balón a las manos con un kilo de brea y tomé distancia para hacer una clavada que nunca había logrado ni lograría jamás. Sólo debía elevarme y sostenerme, sólo eso. Así que corrí y me elevé. El balón escapó de mis manos justo antes de alcanzar el punto exacto pero mi orgullo me obligó a jalar el aro y demostrar que, por lo menos, podía alcanzar el aro. Se trataba de un viejo aro oxidado que al hacer contacto con mis dedos me rebanó los tres prominentes callos que hasta entonces eran las medallas de mi status como basquetbolista que, por lo menos, podía alcanzar el aro. Al caer, finalmente (pues el tiempo transcurre de otra manera en el aire: dos segundos en elevación son uno trerrestre), mi mano comenzó a dejar un pequeño charco de sangre sobre el cemento. Creo, viéndolo a la distancia, que fue ese momento en que mi mano permaneció lisa para siempre,como si no hubiera trabajado con ella un solo día de mi vida, según suelen decirme las mujeres que acostumbran tomar tu mano como primer acercamiento físico. No fue mi último intento pero jamás volví a recuperar la confianza. Si me lo preguntas, sin embargo, sigo creyendo que es factible elevarse y sostenerse en el aire. Pero sólo quienes han estado ahí saben a qué me refiero.
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