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De cómo el diseño puede cambiar el mundo

El erudito del diseño para la innovación social, John Thackara, pasó por Barcelona para contarnos cómo solo el diseño puede evitar que la industria nos mienta y que el planeta se venga abajo.

El escritor, conferenciante, periodista, editor, crítico de diseño y productor de eventos John Thackara es una de las personas más influyentes en el mundo, digamos, del ecodiseño en el panorama internacional. De hecho, el primer problema al que nos enfrentamos cuando nos encontramos cara a cara con Thackara es definir qué es exactamente a lo que se dedica, y por qué motivo prestigiosas universidades, gobiernos, instituciones y organizaciones de todo el planeta reclaman su presencia y quieren ser partícipes de sus ideas.

Porque Thackara no es exactamente diseñador, o al menos no como solemos entenderlo la mayoría, y asegura con sorna haber fracasado en algunos de sus trabajos convencionales, como el de editor o periodista. A Thackara lo que le gusta es entender cómo funciona el mundo, comprender al milímetro la compleja trama de lazos que entretejen las relaciones humanas y comerciales en el planeta y trazar puentes para mejorar y agilizar estas conexiones. 

Al fin, tras media hora de interesante conversación sobre cómo hacer del planeta un lugar mejor, acabo llegando a la conclusión de que Thackara es, en realidad, un erudito, un teórico del diseño con una cerebro prodigioso capaz de conectar personas e instituciones de todo el mundo en cuestión de segundos. Como un PR del diseño. Y es que Thackara, en definitiva, diseña conexiones, o bien reflexiona sobre las conexiones que idean otros y aporta su grano de arena para mejorarlas.

Charlamos con él en su paso por Barcelona, donde acudió para dar una charla con motivo de su participación en el proyecto DESIS Lab Elisava, una plataforma internacional dedicada al diseño para la innovación social, para que nos explicase cómo puede ayudar el diseño a crear un mundo más justo, más sostenible y, tal vez lo más importante, muchísimo menos alienante.

VICE: ¿Podríamos decir que su objetivo es cargarse el sistema tal y como lo entendemos a través del diseño?
John Thackara: Para nada. No estoy en contra del sistema, aunque probablemente no soy de ese tipo de personas que encajan en él. Solo intento conectar a gente con buenas ideas, nada más.

Desde una parte de la izquierda probablemente se ve el diseño como el enemigo, una especie de tentación que nos incita al consumismo y nos hace desear locamente cosas terriblemente bonitas que no necesitamos.
Para mí, el mundo del diseño tiene dos vertientes: un 80% es el diseño mainstream, esta gente que trabaja con grandes marcas, tiene ideas brillantes y, en definitiva, hace productos. Llevo cuarenta años escribiendo sobre diseño y he de admitir que el diseño mainstream nunca ha perdido fuelle. Pero a mí lo que me interesa es el otro 20 %, ese es mi mundo. Ese diseño que dice que no estamos organizando bien el mundo y que se plantea cómo cambiar el sistema pese a saber que el sistema es algo totalmente incontrolable.

¿Y cómo podemos cambiar el sistema?
Para mí, la manera de hacerlo es trabajar sobre proyectos concretos, que es a lo que me he dedicado durante los últimos cinco años, ir al terreno en que las personas están trabajando de forma tangible: repoblando un río, reforestando un bosque, usando plantas para limpiar ríos en Shichuan. Gente que está haciendo un trabajo positivo para conseguir un mundo más saludable. La idea es fijarse en lo que hacen para más tarde pensar en cómo el diseño puede ayudarles en su proyecto.

¿Son los gobiernos sensibles a sus propuestas?
Los Gobiernos no están interesados en cambiar el sistema, solo les interesa el crecimiento económico. En España lo habéis vivido de forma más extrema que en ningún otro país salvo Grecia. Tal vez sois los dos países de Europa en los que existe una diferencia más abismal entre lo que dicen los Gobiernos y los medios (básicamente que todo va a ir bien) y lo que opina la gente en la calle. La historia de los medios mainstream es que vamos a volver a la normalidad, y la de la población es que las cosas están siendo cada vez más oscuras.

Tal vez este fenómeno sea más visible en países del Tercer Mundo.
Es cierto. De hecho, yo he trabajado mucho en la India, un país donde encontramos un nivel muy alto de modernización y, a la vez, unas altas tasas de pobreza. Las instituciones hablan de un país high tech moderno, y para ellos y los mass media esta modernización es sinónimo de progreso. Pero la gente creativa, verde y social dice que no, que nuestro futuro es el de la gente de la calle. Este conflicto es el mismo en todo el mundo.  

Ha venido a Barcelona como integrante del proyecto DESIS Lab Elisava sobre diseño e innovación social. ¿Nos podría poner algún ejemplo concreto de cómo el diseño puede contribuir a crear una sociedad mejor?  
Yo prefiero no hablar de innovación social, sino de proyectos que me inspiran. Son proyectos, muchas veces pequeños, que con o sin diseño pueden hacer que la gente viva mejor. ¿Un ejemplo? Unos amigos míos de California descubrieron que se estaban regalando toneladas de lana de oveja a China cada año, porque no había ninguna manera de darle salida en Estados Unidos. Durante seis años han estado diseñando un proyecto para crear una red de gente involucrada en el proceso de producción ­–desde el ganadero a los responsables del teñido, los vendedores y compradores– que pudiese dar un nuevo uso a esa lana. Es muy motivador ver cómo se relacionan personas de diferentes backgrounds. De hecho, para mí la sostenibilidad consiste en conectar a gente en nuevas maneras de trabajar.

¿Cuál es el papel de la tecnología en todo esto? Porque a priori da la sensación de que, en lugar de conectarnos, la tecnología contribuye a alienarnos.
La tecnología es muy útil si la utilizamos como apoyo a la actividad económica local. Te doy un ejemplo sobre comida: una compañía llamada Provenance, increíble. En un momento de su vida su creadora se planteó una pregunta que probablemente todos nos hemos hecho en algún momento: cuando te dicen que ese pescado que estás comiendo se pescó a mano en un pequeño pueblo de Indonesia, ¿cómo sabes que es verdad? ¿Por qué debemos creer a la industria? Evitar información falsa sobre todo aquello que estamos comiendo es fundamental, porque ¿quién nos garantiza que todo lo que dice la etiqueta es cierto? Provenance ha creado una tecnología para que los productos lleven un chip que conecte directamente al productor con el consumidor final, sin la ristra de intermediarios habituales. Y que, al fin, alguien desde un café en Barcelona pueda estar conectado con un pescador Indonesio.

Es una manera radical de cargarse los intermediarios.
La tecnología tiene un potencial tremendo para cambiar la relación entre la gente que hace cosas y la gente que las utiliza. En los últimos 200 hemos tenido que soportar la presencia de intermediarios en prácticamente cualquier transacción. Ahora tenemos la oportunidad de acabar con ellos.

¿Y qué ganamos?
Siguiendo con el ejemplo de la comida, en los últimos diez años hemos decidido que queremos consumir comida que ha sido elaborada por personas reales en granjas reales. La industria, claro, es muy sensible a esto porque sabe lo que queremos y ha dado un giro hacia el lenguaje verde. ¿Pero es cierto lo que nos cuentan? En muchas ocasiones las compañías se inventan granjeros, directamente: "Soy un granjero que he cogido esta zanahoria con mis manos", dicen en su publicidad. ¿Es eso cierto? Pues no lo sabemos, así que parece interesante, al menos, poder contactar directamente con el granjero y preguntárselo. Así, te enterarás, sin que te engañen, de quién está produciendo todo aquello que compras.